DETRÁS DE LAS CANCIONES: “NO WOMAN, NO CRY”

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Era octubre de 1974 y los Wailers avanzaban paso a paso firmemente en el terreno que, tras atravesar el período de una década portando el estandarte de su distintivo estilo artístico, los llevaría a convertirse en los embajadores mundiales del género musical más representativo y popular de su tierra de origen. Por entonces Jamaica estaba gobernada por el primer ministro Michael Norman Manley, un social-demócrata que seguiría al frente de la administración de Jamaica hasta 1980, su primera presidencia, quien también enarbolaba otra bandera, la de los asuntos relativos a la de los países del Tercer Mundo, los comprendidos por las colonias asiáticas y latinoamericanas, aquellos que no formaban parte del Primero (los desarrollados y mayormente capitalistas, con los Estados Unidos a la cabeza), ni tampoco los del llamado Segundo Mundo, o las naciones comunistas capitaneados por la vieja Unión Soviética. Fue en ese contexto que el combo jamaiquino, por entonces ya rebautizados Bob Marley and the Wailers (luego de varios cambios registrados anteriormente, desde The Teenagers, The Wailing Rudeboys, o The Wailing Wailers, y dejando en claro quien terminaría siendo su líder definitivo), lanzaron al mercado su álbum Natty Dread, el séptimo en su carrera, y el primero sin los miembros originales Peter Tosh y Bunny Wailer. El disco incluía una de las más bellas canciones alguna vez compuestas, que bajo el título de No Woman, No Cry, no lograría obtener su mayor éxito o difusión con la versión original de estudio, sino gracias a la toma en vivo incluida en Live!,el álbum en vivo de 1975 registrado en el Lyceum de Londres, y cuyo reconocimiento público (desde su edición, y hasta estos días) parece haber dejado atrás a la original para siempre.

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Contrariamente a la suposición habitual que indicaba que la letra de la canción aludía a la superación de  la pérdida de una mujer, lo que Marley quiso retratar, en rigor, son los sentimientos de alguien al momento de decirle a esa chica que pare de llorar, asegurándole su propio regreso. De hecho, en su versión básica, la cantó de manera diferente a le que luego formó parte de Live!, usando la frase “no woman, nuh cry”, lo que en lenguaje patois (o el dialecto insigne más usado en Jamaica), ‘nuh’ significa ‘don’t’, por lo que en su traducción directa “nuh cry” alude a “no llores”, un mensaje que habría estado dirigido a su esposa Rita. Una segunda interpretación de los hechos alude a un mensaje a todas las madres, esposas y hermanas que sufren las penas que en los hombres les generan.Si bien fue Marley quien se encargó de la melodía, los créditos del disco citan a Vincent Ford como su autor inicial, situación que ha originado más de un debate sobre su origen. Ford fue amigo de Marley en tiempos de sus días de infancia en el gueto de Trenchtown de la ciudad de Kingston (fase mencionada en la letra de la canción), y con cinco años más de edad, lo llevó a dar su primeros pasos en la guitarra, asimismo permitiéndole al futuro profeta del reggae, y a sus músicos, practicar dentro de la tienda de sopas de la cual estaba a cargo. “Vincent y yo acostumbrábamos a cantar juntos hace mucho tiempo”, señalaría Marley posteriormente. “Casi vivíamos en esa cocina”. Consecutivamente, Ford también sería incorporado a los créditos como compositor de tres de las canciones de Rastaman Vibration, el disco de 1976 que sucedió a Natty Dread, y junto a quien Marley forjó en letra y música a la más aclamada y gloriosa de las canciones de reggae alguna vez grabadas.
No, woman, no cry
No, woman, no cry
No, woman, no cry
No, woman, no cry
Said, said, said, I remember when we used to sit
In the government yard in Trenchtown
Oba-obaserving the hypocrites
As they would mingle with the good people we meet
Good friends we have, oh, good friends we’ve lost
Along the wayIn this great future, you can’t forget your past
So dry your tears, I seh
No, woman, no cry
No, woman, no cry‘
Ere, little darlin’, don’t shed no tears
No, woman, no cry
Said, said, said, I remember when-a we used to sit
In the government yard in Trenchtown
And then Georgie would make the fire lights
As it was logwood burnin’ through the nights
Then we would cook cornmeal porridge
Of which I’ll share with you
My feet is my only carriage
So I’ve got to push on through
But while I’m gone, I mean
Everything’s gonna be all right!
Everything’s gonna be all right!
Everything’s gonna be all right!
Everything’s gonna be all right!
So, woman, no cry
No, no, woman, no woman, no cry
Woman, little sister, don’t shed no tears
No, woman, no cry
I remember when we used to sit
In the government yard in Trenchtown
And then Georgie would make the fire lights
As it was logwood burnin’ through the nights
Then we would cook cornmeal porridge
Of which I’ll share with you
My feet is my only carriage
So I’ve got to push on through
But while I’m gone
No, woman, no cry
No, woman, no cry
Woman, little darlin’, say don’t shed no tears
No, woman, no cry
Eh, little darlin’, don’t shed no tears
No, woman, no cry
Little sister, don’t shed no tears
No, woman, no cry
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BEATLES: ADIÓS A INGLATERRA

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Corría el mes de marzo de 1966, y Maureen Cleave, periodista del diario británico Evening Standard, indagaba a John Lennon sobre su manifiesto interés sobre las religiones en general, al que había hecho alusión en una serie de ocasiones, y entre las que se destacaban las referencias el cristianismo. “Desaparecerá. Se esfumará, se va achicar. No necesito ponerme a discutir sobre eso, tengo toda la razón, y el tiempo dirá que es así. En este momento somos más populares que Jesús, no sé qué es lo que se irá primero, si el rock’n’roll o el cristianismo. Jesús estuvo bien, pero sus discípulos eran torpes y vulgares” Wow. Las palabras de Lennon no pudieron evitar que el talentosísimo manager de la banda Brian Epstein entrara en pánico. Su declaración ponía en riesgo la nueva gira que el grupo se aprontaba a realizar en los Estados Unidos en agosto del mismo año, con un total de 19 fechas (diecisiete en los Estados Unidos, y dos más en Toronto, Canadá) Epstein temía que la nueva postura “anti-Cristo” de Lennon podría llegar a tentar a ciertos radicales religiosos a atentar físicamente contra la banda, o incluso contra sus vidas, lo que lo llevó a barajar la cancelación completa de la nueva aventura, la tercera visita beatle en plan conciertos a aquel país. Para el beneplácito del manager, todo terminó con una suerte de aclaración pública antes de los dos conciertos que abrían el tour en el International Amphitheatre de la ciudad de Chicago, cuando los Beatles brindaron una conferencia de prensa que le sirvió a Lennon para realizar su propio mea culpa, donde explicó que sólo se había referido a una disminución en los fieles que asistían a las iglesias, y admitiendo que había cometido un error al intentar comparar a los seguidores de los Beatles con aquellos de la religión organizada, nunca habiendo querido expresar “algo anti-religioso inútil” Pero nada impidió que fuera continuamente confrontado por otros miembros de la prensa a medida que se desarrollaba el periplo, situación que terminó exasperándolo, como así también a los miembros restantes de los Fab Four. Y si bien la gira acabó tornándose un éxito comercial, la baja en cantidad de entradas vendidas para los shows fue por demás notoria. Una vez finalizada la gira tras el concierto en el Candlestick Park de San Francisco el 29 de agosto, y con las escandalosas declaraciones de Lennon ya incorporadas al imaginario general de aquellos tiempos, los Beatles pasarían a convertirse en un proyecto que se dedicaría exclusivamente a trabajar en estudios. De regreso en Inglaterra, con la excepción del recordado rooftop concert en el techo del edificio de la compañía Apple en enero del ’69, los Beatles también realizarían su última aparición oficial como banda en su país natal cuando el 1 de mayo de 1966, y ante una audiencia de 10.000 personas, se presentaron en el legendario New Musical Express Annual Poll-Winners’ All-Star Concert.

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Con sede en el Empire Pool de Wembley, y definido como “el elenco del siglo”, el concierto marcó la cuarta vez que formaban parte del festival, que en aquella ocasión también incluía a los Rolling Stones, The Who, Roy Orbison, Herman’s Hermits, Small Faces, Dusty Springfield, Cliff Richard and the Shadows y los Walker Brothers, entre otros. A 50 años del concierto, el evento contó con una serie de bemoles desde su inicio (y no precisamente de índole musical), tras que la banda se negara a otorgarle el visto bueno a que la cadena televisiva británica ABC-TV filmase su presentación, en su lugar permitiendo que registren la entrega del premio obtenido como “Mejor Banda Vocal Inglesa”, un show que finalmente terminó extendiéndose por sólo 15 minutos, y con los Beatles interpretando un total de cinco canciones (I Feel Fine, Nowhere Man,Day Tripper, If I Needed Someone y I’m Down) Los fans ingleses desconocían que ese iba a ser el concierto final de su adorada banda en su país de la historia. De ahí en adelante se volcarían únicamente a la producción de nuevos trabajos en estudio (comenzando con la grabación del álbum Revolver, cuyas sesiones culminarían en junio, y que se editaría en el mes de agosto), cuatro años antes de su disolución

LÁGRIMAS PÚRPURA

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Publicado en Evaristo Cultural el 14 de abril de 2016

“¿Qué, ya terminó?” Casi al unísono, los que terminábamos de ver aquel concierto majestuoso de Prince esa noche del 21 de enero de 1991 coincidimos en un clamor generalizado que quedaba huérfano de respuestas. Bastaba con echar un vistazo alrededor y descubrir la misma mirada de desconcierto instantáneo entre los algo más de 25.000 asistentes al show, un número por demás bajo, teniendo en cuenta que nos encontrábamos en el estadio de River Plate. “¿Cómo, no va a volver”? Estaba claro. Acabábamos de presenciar en vivo y en directo uno de los mejores performances de la historia por estos lares, y la hora y cuarto por la cual se extendió nos dejó insatisfechos, y donde no faltaron los abucheos del público pidiendo por más. Y por más todavía. Prince había desembarcado en Buenos Aires junto a la New Power Generation (su banda de acompañamiento de aquel momento, el proyecto de ocho integrantes con quienes grabaría el excelente disco Diamonds and Pearls algo más tarde ese mismo año) tras participar de la segunda edición del Festival Rock In Rio de la ciudad carioca, y ahora formar parte de la grilla de otro festival, el de Rock and Pop local junto a Joe Cocker, Billy Idol, INXS y Robert Plant. Aquí lo esperaba una base acotada de fans, pero fiel, que venía soñando con su llegada al país desde hacía al menos siete años, cuando su popularidad autóctona se estableció de la mano de la banda de sonido de la película Purple Rain de 1984 (la misma que le valió un Oscar y ventas de casi 25 millones de copias alrededor del planeta), y cuya canción principal del mismo nombre no dejó de sonar en las radios locales desde entonces, hasta convertirse en un clásico eterno. El mismo grupo de acólitos al que no le quedaban dudas que el éxito de Phil Collins Sussudio de 1985 era un afano directo a la canción 1999 que el “genio de Minneapolis” había plasmado en 1984, una devoción que más tarde se vería alimentada por la gran difusión que obtuvo la versión de Nothing Compares 2 U que Sinead O’Connor había grabado en 1990 (y que Prince no dudó en incluir en el repertorio que usó en Buenos Aires), o una aún mayor, aquella irresistible de Kiss que Tom Jones registró en 1989. De algún modo ya se había ganado la medalla que lo condecoraba al título, prolíficamente hablando, del mayor músico del pop de la década del ’80. Una carrera que se propagaría por cuatro décadas, y basada en un individualismo absoluto. Hermético hasta el nirvana, supo potenciar esa condición para generar deliberadamente todos los enigmas posibles respecto a su existencia, presentándose ante el mundo como una andrógina criatura sexual, lo que le permitió llamar aún más la atención de forma completamente preconcebida. La vida de Prince resultaba todo un misterio, su plan resultaba exitoso, y todo el mundo se desvelaba por revelar los acontecimientos detrás de la vida del nuevo ícono mimado del espectáculo mundial. Ya desde su álbum debut en 1978 (de la misma forma que los Rolling Stones lo hicieron con el blues en los ‘60s) Prince resultó ser el elegido a la hora de llevar adelante una misión divina, la de revitalizar (y redefinir) todo género musical negroide posible, dándole una inyección de vida y glamoural más puro funk, R&B y soul (géneros por los que, cualquier aclaración estaría de más, se desvivía), sin dejar de ahondar en el pop y el rock. Esa androginia erótica y sensual estuvo estampada en sus letras y las tapas de sus discos desde el vamos, lo que lo llevaron a lidiar con la controversia (otra movida calculada y deliberada), aguas en las que supo nadar y brillar, edificando un imperio propio desde sus multifacéticos roles de compositor, productor y artista, rechazando entrevistas a diestra y siniestra, y más perfeccionada aún desde que eligió convertirse en el iconoclasta perfecto cuando, en señal de protesta contra una industria musical que no lo favorecía sus contratos, decidió cambiar su nombre artístico por el de un símbolo gráficamente irreproducible. Ni siquiera otros íconos de los ‘80s como Michael Jackson o Madonna, que a diferencia de Prince no contaban con un sonido propio, lograron tener semejante influencia en la música de esa década, acompañado de una imagen que no se quedaba nada atrás. Por si acaso su faceta musical le resultaba corta, también había descollado en la pantalla grande, agregando un capítulo el pasado mes de marzo al anunciar la edición de de The Beautiful Ones (“Los Bellos”), un libro de memorias montado sobre “una travesía poética y poco convencional sobre su vida y su carrera, sobre su familia y la gente, los lugares e ideas que encendieron su imaginación creativa”, y planeado para lanzarse el año próximo a cambio de una oferta de dinero que, según palabras del mismísimo Prince, “no pude resistir” “Este va a ser mi primer libro. Mi hermano Dan me está ayudando a escribirlo. Es un buen crítico, y es lo que necesito. No es del tipo de personas que le dice ‘sí’ a todo, y realmente me está dando una mano para hacerlo. Va a comenzar con mis primeros recuerdos, y espero lleguemos hasta el día del Super Bowl” (la tradicional final del campeonato de la National Football League de USA que cerró en el 2007) considerada por muchos, público y críticos, como la mejor actuación de la historia.
El viernes pasado, tras una actuación en Atlanta, el avión privado que lo trasladaba se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en la ciudad de Moline, Illinois, situación a la que su manager se refirió explicando que estaba experimentando alguna enfermedad. Tras ser dado de alta algunas horas más tarde, retornó a su legendaria propiedad de Paisley Park, en su estado de Minnesota, donde en la jornada de ayer fue hallado muerto dentro de un ascensor. Si bien las causas que originaron su deceso aún no fueron establecidas, algunas versiones señalan que durante su paso por la clínica en Moline debió ser tratado para hacerle frente a los efectos de los opiáceos.
Con la desaparición física de Prince, con sólo 57 temporadas a cuestas, y en un año por demás triste que en su corto trayecto ya ha dejado un tendal de pérdidas significativas en la escena de la música mundial, el más grande catalizador de la música negra de al menos las tres últimas décadas, el geniecillo en plataformas, pudo habernos dejado con ganas de más aquella noche estival de Buenos Aires del ’91, pero su legado en vida, haciendo gala de su tan mentada controversia artística, permanecerá indesafiable, ahora que el título se quedó sin posibles contendientes.

ADIÓS, MAESTRO

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Publicado en Evaristo Cultural el 14 de abril de 2016

Qué ganas de llorar, en esta tarde gris/ En su repiquetear la lluvia habla de ti/ Remordimiento de saber/ Que por mi culpa, nunca, vida, nunca te veré/ Mis ojos, al cerrar, te ven igual que ayer/ Temblando, al implorar de nuevo mi querer/ Y hoy es tu voz que vuelve a mí, en esta tarde gris

Los que nunca fuimos cultores personales del género, por meras cuestiones de edad, de contemporaneidad, o simplemente por las vueltas de la vida, siempre cargaremos con el eterno cuestionamiento sobre el porqué de no habernos volcado con más detenimiento a la más indisputable de nuestras mayores creaciones musicales autóctonas. Bienvenidas todas esas excusas, entonces, como motivos para habernos privado de la belleza que puede atribuírsele a un tango como la gente, a una de esas obras definitivas cuya letra inaugura este texto, y que con música del aquí homenajeado, y letra de José María Contursi, te pueden arrancar el alma en cuestión de segundos. Y no hay vuelta.
Con la noticia de la muerte de Mariano Mores se va uno de los maestros del tango que, como pocos, supo de qué iba todo eso de dejar que el sentimiento se apodere de todo. Basta recordar algunos momentos de nuestra infancia, al menos en el caso de quien aquí suscribe, y hacer memoria sobre los familiares que tarareaban esas hermosas melodías que los llenaban de lágrimas y que, desde algún rincón de su ser, y con no más intención que la de contagiarte su emoción, te disparaban un “escuchá esto, ¡qué belleza!”, mientras uno se devanaba los sesos esperando que le pongan a andar aquel disco de Gaby, Fofó y Miliki por enésima vez. Era llegar a la casa de la abuela un fin de semana (como lo hacía junto a mis padres cada sábado), o en cualquier reunión familiar que podía preciarse de tal, y escuchar algún buen disco de tangos sonando en la casa. Porque por algún motivo, para mis abuelos, esos eran los días y las horas señaladas para compartir esa suerte de ceremonia compuesta por todas esas bellas canciones que salían radiantes de los parlantes del combinado Champion que estaba en el living. A los de tango le sucedían los de música clásica y folklore local, y entre tanta cosa por descubrir, y de las cuales nutrirse, me resultaba interesante el sinfín de sonidos que se daban incansablemente, y en sana convivencia. La mezcla era muy heterogénea. Bach, Gardel, Cafrune, Ravel, Larralde, Mozart , Julio Sosa, Mercedes, Daniel Toro, Ravel, Yupanqui, y algún que otro disco romántico melódico de ocasión, con Caravelli o Julio Iglesias liderando el podio. El rock lo traería yo a casa unos años después, muy prematuramente, y en mis primeros años de escuela primaria. Pero la canción que siempre le pedía a mis familiares, que de algún modo oficiaban de disc jockeys de ocasión, era aquella de la letra estremecedora que, entre piezas de Rasti y soldaditos, siempre me dejaba pensando, y que según la contratapa del álbum que giraba en el tocadiscos, aparecía descripta como Uno (Discépolo/ Mores). Aquella en la que esperaba el cambio de melodía a partir de su segunda estrofa (“Si yo tuviera el corazón…”), y que yo consideraba el momento más emocionante de la pieza. De hecho, y si la memoria no me engaña (y, vamos, aún así) fue la primera que me llenó tanto pero tanto de exaltación, al mismo tiempo que descubría que infantil corazón podía fruncirse.

Cuartito azul/ De mi primera pasión/ Vos guardarás todo mi corazón/ Si alguna vez volviera la que amé/ Vos le dirás que nunca la olvidé/ Cuartito azul, hoy te canto mi adiós/ Ya no abriré tu puerta y tu balcón

1 (2)Como autor de muchos de los más famosos tangos de aquellos años dorados de la década del ‘30 (nuestros propios blues), sin mencionar su talento inigualable como pianista y director de orquesta, Mariano Mores ha dejado para la posteridad un sinfín de títulos que desde el vamos se han convertido en piezas extraídas de la mejor cepa musical ciudadana, nuestro rasgo artístico más característico, y lo mejor que hemos hecho. Trabajando codo a codo con los más distinguidos letristas y poetas urbanos (los mencionados Enrique Santos Discépolo y Contursi, Francisco Canaro, Cátulo Castillo, Dante Gilardoni, entre tantos), sin mencionar las supremas orquestas o cantores con los que las registró (Troilo, Fiorentino, Libertad Lamarque, Cadícamo, Castillo, Marino), nos ha dejado piezas eternas como Gricel (que un joven Mores compuso a los 24 años de edad), Adiós Pampa Mía, Tanguera, En Esta Tarde Gris, La Calesita, Sin Palabras, El Patio de la Morocha, Cristal, Frente al Mar, Cafetín de Buenos Aires, Cuartito Azul, El Firulete o Taquito Militar, un catálogo de tangos que, con alrededor de 300 grabaciones, pueden completar el decálogo de los diez más famosos sin ninguna forma de titubeo. Su genio convivía amablemente con una humildad permanente que se hacía notar en el bajo perfil que cultivaba en cada una de sus apariciones radiales o televisivas. Sublime, clásico y distinguido, de sonrisa permanente, tuvo su gran homenaje en vida cuando en 2015, con motivo del Festival y Mundial de Tango de la Ciudad, recibió la caricia más sincera de manos de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, que interpretó sus éxitos frente a una audiencia desbordada.
Con el fallecimiento de Mores, a los 98 años de edad y en una tarde gris, se fue una de las figuras definitivas de la primera línea del tango, un vuelo directo al firmamento de nuestro género musical más sanguíneo y representativo por excelencia.

 

 

LAS SIETE VIDAS DEL GATO

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Publicado en Evaristo Cultural el 8 de abril de 2016

No voy a decir nada del Gato Barbieri que prácticamente no se haya documentado. Bastante se dijo por estos días sobre su enorme estatura de haberse convertido en el más grande músico de jazz que parió nuestro país, y en el músico local con alcance internacional más prominente (después de Astor Piazzolla y Lalo Schifrin) de al menos los últimos 50 años. Dedicarme a escribir sobre los detalles de su vida podría ser tomado como redundante. Por lo que no voy a aludir a su ciudad natal de Rosario, que vio nacer a Leandro (lo de “Gato” llegaría durante su adolescencia, cuando alguien decidió adjudicarle el seudónimo por la forma en que Barbieri solía aparecer repentinamente en sus presentaciones entre club y club nocturno del Buenos Aires de aquellos tiempos) un 28 de noviembre de 1943, en años en que el jazz era apenas un género abordado por una pequeñísima minoría a nivel nacional, y cuando aún restaban otros tantos para que comience a indagar en los ritmos latinos más tradicionales, esos que le habían despertado curiosidad, antes de adentrarse definitivamente en el jazz de vanguardia, o en el estilo fusión, o incluso en el mismísimo pop, momento para el cual el Gato ya había sido cautivado por los sonidos de John Coltrane, o hasta de Carlos Santana. En consiguiente, no voy a hacer hincapié en referirme a la llegada a Buenos Aires junto a su familia en 1947, que luego derivó en su paso por la banda del mencionado Schifrin durante los gloriosos ’60, cuando aún no soñaba con convertirse en uno de los mejores saxofonistas latinoamericanos que el mundo conocería, y digno embajador de la por entonces cuasi ignota escena del jazz tercermundista. Mucho menos voy a dejar en claro su maestría a la hora de ejecutar el saxo tenor, el que ya dominaba majestuosamente por entonces y que, a poco de cumplir 20 años, lo acompañó en su bien ganado rol de músico avant-garde, desembarcando en Europa en 1962 para cruzarse en su travesía al trompetista y multi-instrumentista Don Cherry, al cual se uniría en su consagradísimo grupo y con quien, si es necesario apuntarlo, plasmaría los discos Complete Communion (la primera grabación de Cherry para el sello Blue Note Records, y del que también participó Pharoah Sanders, uno de los ídolos musicales de Barbieri) y un segundo álbum,Symphony for Improvisers. Asimismo estaría de más señalar que promediando los años ’70 el Gato se percató de alguna suerte de cambio en su senda musical y dejó el jazz experimental de lado para incorporar nuevas texturas y ritmos a su estilo. Tal vez debiera subrayar que en 1972 logró su punto artístico definitivo, tras serle encomendada la banda de sonido de El Ultimo Tango en París, el recordado largometraje de Bernardo Bertolucci (aquel drama erótico protagonizado por Marlon Brando y Maria Schneider), la que no sólo lo consagraría comercialmente, sino que además le valdría un premio Grammy el siguiente año.

1 (1)Así, el Gato continuó grabando música de forma incansable hasta 1982 (y con 35 álbumes registrados desde 1967 a esa parte), cuando tras una disputa con la compañía discográfica a la que pertenecía, se vio obligado a enfocarse únicamente en realizar conciertos para poder subsistir, un período oscuro en su vida donde no faltaron los coqueteos ocasionales con el alcohol y las drogas, y que se vio acrecentado tras verse afectado por la pérdida de su esposa en 1995 luego de 35 años de matrimonio, lo que lo llevó a enfrentar una cirugía coronaria al poco tiempo (y que le dejó un bypass triple), y a un eventual período de inactividad artística mientras pujaba por recuperarse mental y físicamente, combatiendo una seria depresión que incluso casi le produce la ceguera luego de sufrir una maculopatía severa. Aún con un estado de salud frágil, Barbieri continuó saliendo de gira, y hasta registró cuatro discos más, mientras desafiaba los embates que el destino le había puesto. Tradicionalmente escudado en su legendario sombrero fedora y sus clásicos lentes, el Gato siguió adelante presentándose mensualmente en el club de jazz Blue Note de New York a partir de 2013, la ciudad que lo había adoptado, si bien no grababa desde 2002, cuando lanzó The Shadow of the Cat, su trabajo en estudio final. Siete vidas más tarde, falleció el pasado sábado 2 de abril a los 83 años de edad en un hospital de la Gran Manzana, rigurosamente afectado por una neumonía demoledora, y tras sobrevivir a una nueva intervención cardiológica para extraerle un coágulo.
“No me importa ser recordado”, declaró alguna vez tras ser indagado sobre el día de su desaparición física, pero desde aquí hacemos todo lo posible para que no sea así. No hace falta decirlo.

 

EXHIBITIONISM | LOS STONES DESDE ADENTRO

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Publicado en Evaristo Cultural el 28 de marzo de 2016

En julio de 1989, días después que los Rolling Stones brindaran una conferencia de prensa en la estación central de trenes de la ciudad de New York para promocionar la inminente gira de su por entonces nuevo disco de estudio Steel Wheels (el que marcó la reconciliación Jagger-Richards tras su mutuo distanciamiento a mediados de esa década, cuya magnitud terminó momentáneamente opacando el futuro de la banda), una carta de lectores que apareció en el periódico de distribución gratuita neoyorquino The Village Voice generó una serie de risotadas cuando su autor no tuvo la mejor idea que, considerando a los miembros del grupo de edad suficientemente avanzada como para seguir haciendo lo que mejor sabían hacer después de casi 30 años de carrera), se refirió al maratónico periplo anunciado como la Steel Wheelchairs Tour (“la gira de las sillas de ruedas”) Mick Jagger se tomó el comentario probablemente en sorna, a pesar de su eterno complejo de Peter Pan, y mucho más lo habrán considerado así sus compañeros de ruta, no tan acomplejados como el líder del grupo. “La suma de la edad de los cinco Rolling Stones supera la de los años desde que fue firmada la independencia de los Estados Unidos”, agregó otro simpático lector. Eventualmente los Stones no volvieron a parar nunca, ni mucho menos tuvieron que recurrir a alguna silla de ruedas para seguir adelante, realizando prolongadísmas giras de ahí en adelante, y resistiendo exitosamente el paso inexorable del tiempo. Para muestra puede alcanzar un botón, pero para cimentar una carrera que desde hace años los ha consagrado como la banda definitiva de la historia del rock’n’roll (y así taparle la boca a los opinadores de turno) basta con remitirse a su reciente travesía latinoamericana de 14 fechas a lo largo del continente, y que culminó hace días con un simbólico concierto gratuito en la ciudad de La Habana, con unos Stones en perfecta forma, y con un promedio de edad que ronda los 70 años. Por lo que no resulta raro que, ahora que los Stones anunciaron la exhibición itinerante más grande de una banda de rock de la historia realizada (y la primera de carácter oficial en sus casi 54 años de carrera), otro ignoto emisor haya sugerido en una red social “si no sería más bien hora de ponerlos a ellos mismos en un museo” Así las cosas, Exhibitionism, descripta como “la más intensa e involvente perspectiva dentro del mundo de la Banda Más Grande del Rock’n’Roll”, de hecho la mayor dedicada a la vasta trayectoria de los Stones que el mundo alguna vez vio, tendrá su inauguración el próximo mes de abril en la galería Saatchi de la ciudad de Londres. La muestra, que ocupará nueve inmensas salas diseminadas en dos pisos ocupando 1.750 metros cuadrados (considerada diez veces mayor que la de David Bowie Is en el Victoria & Albert Museum, o veinte más que la de Elvis en el O2 de la misma ciudad, y con un presupuesto que ronda casi los 6 millones de dólares), fue diseñada en plan gira interactiva, y mostrará principalmente las ropas más típicas usadas por la banda, así como guitarras y todo tipo de instrumentos (destacándose la primera batería de Charlie Watts), audios inéditos, presentaciones cinemáticas, diarios personales, fotografías y diversas piezas de arte y memorabiliaacumuladas por la banda a través  de su enorme carrera.

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Tal como declaró la curadora de la muestra Ileen Gallagher a la revista Newsweek, el público asistente se encontrará con una réplica exacta del histórico departamento de la calle Edith Grove, el cual Jagger, Richards y Jones habitaban en los primeros tiempos del grupo, así como también reproduciendo estudios de grabación carácterísticos, y hasta un área backstage. Un montaje fílmico en 3-D transportará a los visitantes a la imaginaria chance de estar sobre un escenario junto a los mismísimos Stones. “No hicimos un trabajo cronológico”, señaló Gallagher. “Hicimos foco en la carrera de la banda de forma temática, e intentamos crear una atmósfera para que la gente pueda sumergirse en ella” The Rolling Stones, Exhibitionismcontará a su ingreso con dos salas (oportunamente tituladas Ladies and Gentlemen y Experience), que oficiarán de presentación de la muestra. La primera incluirá una serie de animaciones rápidas que cubren la inagotable saga de los viajes de la banda a través de su historia, como así también el total de canciones y discos que han producido. Al llegar a Experience, el público asistente se topará con una pared semicircular de 60 pantallas de video que proyectan un montaje de la carrera completa de los Stones, sazonado con detalles cronológicos sobre su historia, para luego atravesar un túnel que los trasladará a una tercera sala, Meet the Band (Conozca a la banda), acompañados de un audio de fondo en el que Mick Jagger y Keith Richards explican cómo se conocieron.

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El derrotero interactivo se completa, ahora sí, con el arribo a la réplica del mencionado e infame departamento en Edith Grove. “Nos remite a un recuerdo muy divertido del lugar”, apunta Gallagher. “Allí se ve todo, los hongos que crecían en las paredes, y aquel olor de medias sucias, cerveza y cigarrillos” “Fue el departamento más repulsivo y roñoso en el que alguna vez estuve en mi vida”, opinó Watts, que cuando le propusieron la idea de aromatizar el ambiente con patchouli, no dudó en dejar en claro que “nunca fuimos un grupo así” A lo que Keith Richards agregó “¿Patchouli? Ni siquiera teníamos para comprarlo”
Exhibitionism no podía dejar también de ahondar en lo fílmico, inevitablemente en lo relativo a un fenómeno artístico que siempre trascendió lo musical, y que asimismo también terminó haciendo hincapié en el arte general, o en la literatura, por lo que una de las nueve salas que la componen estará dedicada al sector de video donde, desde una pista de audio grabada, el director Martin Scorsese disertará sobre los momentos fundamentales de los Stones en celuloide. La siguiente sala apunta al legado artístico stoniano, desde la evolución del icónico logo de la lengua pergeñada por el diseñador John Pasche hasta una serie de piezas de colección, las tapas de los álbumes, y pósters promocionales de las giras, con Jagger hablando de fondo. El extenso derrotero artístico de los Stones, nunca y jamás superado, no podía dejar afuera su etapaglam (que podría enmarcarse a partir de sus pasos a fines de los años ’60 hasta mediados de la década siguiente), donde se exhibirán los simbólicos atuendos que usaron en los conciertos simbólicos de Hyde Park de 1969 (el primero de su carrera sin el fallecido Brian Jones, miembro fundador de la banda) y el trágico concierto en Altamont del mismo año.

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La galería Saatchi verá ocupada otro de sus espacios con lo concerniente a la alta moda (territorio del cual el grupo, principalmente Jagger, jamás estuvo ausente), con una serie de ropas diseñadas por figuras renombradas como Yves Saint Laurent o Christian Dior, entre otros, y hasta L’Wren Scott, última pareja oficial de Sir Mick, la misma que puso final a su vida hace dos años, sumando también los ocho trajes que el cantante vistió a través de las diversas interpretaciones de la canción “Sympathy for the Devil” a través de los años. Exhibitionism cierra su travesía con una sala final, Performance, montada con la única finalidad de recrear el área que el grupo utiliza inmediatamente una vez que abandonan un escenario, de los miles que, literalmente, los han visto hacerlo. “Habíamos estado pensando en hacer la exhibición durante mucho tiempo”, apuntó Sir Mick, “pero tenía que ser en el momento indicado, y a gran escala, como cuando planeamos nuestras giras. Creo que ahora es un momento interesante para llevarla adelante”

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La nueva operación de los Stones, la del vistazo más íntimo a al menos una buena parte de su inoxidable existencia, planea continuar viaje a través del mundo una vez concluya su residencia de cinco meses en la Saachti Gallery el próximo 4 de septiembre, desafiando el ciclo imparable de las agujas del reloj que marcaron el paso del tiempo, que no espera a nadie, pero que para los Stones siempre estuvo de su lado.

LOS 50 PERSONAJES MÁS SIMBÓLICOS DE LA HISTORIA DEL CINE (PARTE 5)

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Publicado en Evaristo Cultural el 29 de enero de 2016

Que nombres como los de Travis Bickle, El Capitán Blood, Tony Montana o King Kong resulten ser más reales que una buena parte de las personas que protagonizan nuestros días es algo en lo que posiblemente podamos estar todos de acuerdo. La historia de la cinematografía nos dejó un tendal de personajes inolvidables. Nacieron en un guión, se criaron en un set de filmación, y terminaron habitando las salas de cine del barrio adonde íbamos a descubrirlos, o el living de nuestras casas. Los hemos idolatrado al máximo, y hasta incorporamos alguna o varias de sus frases y gestos a nuestra conducta habitual, convirtiéndolos en casos más reales de los que suelen poblar nuestra vida cotidiana. Como esos familiares lejanos que le despiertan a uno un cariño especial. Es cuando la ficción supera a la realidad y, no nos engañemos, tampoco es que la situación diste mucho de la realidad. Digámoslo así: los personajes de cine forman parte de nuestras vidas. Aún cuando habrá que sacrificar a quienes los protagonizaron y dejarlos, aunque sea por esta vez, en segundo plano. Todo listado resultará insuficiente, pero he aquí el primer intento (al que se le sumarán cuatro entregas) sobre 50 figuras inolvidables con las cuales seguimos maravillándonos, y que no parecen tener fecha de vencimiento.


William “Bill” Kilgore (Robert Duvall, ‘Apocalypse Now’, 1979)
Una playa de un río vietnamita no parece ser el mejor de los lugares para disponerse a un obtener un buen bronceado, pero sí para albergar a una de las escenas clave de una de los mejores largometrajes bélicos alguna vez filmados. La mera mención de Apocalypse Now nos lleva instantáneamente a la figura de Marlon Brando, pero es Bill Kilgore, el personaje encarnado por Robert Duvall (una vez que dejamos pasar su emblemático rol de el consiglieri en El Padrino, u otros papeles secundarios, por los que siempre se caracterizó), el teniente coronel de Caballería del Tío Sam al que “el enemigo rojo” hizo que terminara regresando a su tierra de origen con la cola entre las patas, que termina siendo el personaje más magnético de la película y, sin ir más lejos, con aquel discurso de Duvall sin desperdicio: “¿Olés eso? ¿Lo olés? Napalm, hijo. Nada en el mundo huele así…Amo el olor de las napalm en la mañana. Sabés, una vez nos bombardearon una colina durante doce horas. Cuando todo terminó, me acerqué caminando. No encontramos ni uno de ellos, ni un solo cuerpo maloliente. El olor, sabés. aquel olor a gasolina por toda la colina. Olía a victoria. Algún día esta guerra terminará…”

Erik (Lon Chaney, ‘The Phantom of the Opera’, 1925)
El fantasma del rostro deformado detrás de la máscara que merodea la Opera de París con el mero objetivo de lograr convertir en estrella a la mujer que ama, generando una serie de asesinatos horrorosos durante la marcha, hasta acabar ahogado en el río de manos de una multitud irascible. No hace falta entrar en detalles a la hora de describir el logradísimo papel de Chaney en uno de los clásicos indisputables del terror. Aún fuera de escena, antes del inicio de cada jornada de rodaje, Chaney se maquillaba solo (secreto que no se develó hasta el mismísimo estreno del film), lo que le dio a El Fantasma de la Opera un toque aún más siniestro, por si algo le faltaba.


Detective Virgil Tibbs (Sidney Poitier, ‘In the Heat of the Night’, 1967)
Ganadora de cinco premios Oscar, en En el calor de la noche, el actor Sidney Poitier encarna a un detective originario de la ciudad de Philadelphia que, especializado en homicidios, se ve súbitamente envuelto en el asesinato de un poderoso hombre de negocios, para terminar siendo acusado del hecho, y luego solicitado a resolverlo, llevando al detective negro Tibbs a una tarea complicada, al ver sus intentos frustrados gracias a la presencia del sheriff Bill Gillespie (protagonizado por Rod Steiger), y los conflictos raciales en común. No resulta para nada casual el rol de Poitier que, cuatro años antes, en base a su trabajo en Lilies of the Field, se había convertido en el primer afro-americano ganador de un premio Oscar. Finalmente, al darse cuenta que ningún hombre solo iba a poder resolver el caso por sus propios medios, detective y sheriff deciden dejar de lado sus prejuicios, aunando fuerzas en busca de la verdad detrás del caso.

Gordon Gekko (Michael Douglas, ‘Wall Street’, 1987)
Poco después de verse seducido salvajemente por Glenn Close en Bajos Instintos, y apenas unos años antes de salir de sus cabales ante el ritmo de la sociedad cotidiana en Un Día de Furia, Michael Douglas encarnó uno de los roles cinematográficos más insignes, llevándose a todo por delante en el intento de hacer lo que sea a cambio de alcanzar la cima en el alocado mundillo financiero de la Bolsa neoyorquina. Amparado en su canto de batalla, el omnipresente “la codicia es buena”, y permanentemente idolatrado por su joven compañero de aventuras Bud Fox (Charlie Sheen), quien no duda en seguirle los pasos a la hora de romper con todo límite ético posible, bajo las órdenes del director Oliver Stone. Irónicamente, la película tuvo su estreno poco antes de la crisis financiera del mismo año en que llegó a los cines.

Forrest Gump (Tom Hanks, ‘Forrest Gump’, 1994)
La vida ha sido muy poco generosa con el pobre de Forrest, dotándolo de un coeficiente intelectual por demás escaso (y de un eventual retraso mental), pero a pesar de ello Gump lleva adelante una existencia lo suficientemente encantadora, dominada por una serie de episodios inconexos que lo lleva a conocer a los presidentes John F. Kennedy, Lyndon Johnson o Richard Nixon, a invertir en computadoras Apple, a transformarse en estrella del fútbol americano, a echar luz sobre el escándalo Watergate, a codearse con el movimiento hippie de la época, o a enseñarle a bailar a Elvis, mientras corre incansablemente a través de su país a lo largo del paso de los años. Dirigida por el gran Robert Zemeckis. Run Forrest Run!

Raymond Babbitt (Dustin Hoffman,
‘Rain Man’, 1988) 
A Hoffman no le hacía faltar lograr otra de sus actuaciones majestuosas para sostener una trayectoria cinematográfica impecable, esta vez representando a Raymond Babbitt, el hermano mayor autista de su prójimo Charlie (protagonizado por Tom Cruise) Así, Raymond termina siendo el único beneficiario de la fortuna devenida de la herencia de su padre, y no su hermano menor, que desconocía su existencia hasta el momento de enterarse de la muerte de su progenitor, y al que sólo le toca un automóvil de 1949, además de su colección de rosas. Pero Raymond, en este drama del director Barry Levinson, es incapaz de funcionar como un ser humano normal, y acaba subyugando al joven Charlie.


Melanie Daniels (Tippi Hedren, ‘The Birds’ 1963)
La madre de Melanie Griffith era tan bella como su hija, y no por nada terminó siendo la cara elegida para protagonizar una de las obras más purgantes del más perverso de los cineastas. En una de los trabajos más rutilantes de Hitchcock, una chica joven del mundo snob de la clase alta de de San Francisco conoce al abogado Mitch Brenner (Rod Taylor) en una tienda de venta de pájaros de la ciudad, pero decide no prestarle atención al estar al tanto de su vida por demás alocada. Obsesionada por el hecho, Melanie decide presentarse al poco tiempo en la casa de la madre de Mitch pero, al llegar, descubre que los pájaros que habitan la zona terminan enloqueciendo, al punto de atacar a sus habitantes, y sin explicación aparente.

Edward Scissorhands (Johnny Depp,
‘Edward Scissorhands’, 1990) 
Una película cuya escena inicial muestra al gran Vincent Price ensamblando el cuerpo de un personaje sintético no podía responder sino a la mente de un director como Tim Burton. Edward contaba con todas las partes necesarias que podía reunir la morfología humana común y corriente, a excepción de sus manos compuestas por tijeras. Así termina saliendo de su mundo de aislamiento, para adentrarse en la sociedad, dando así lugar a un personaje que, logrando amalgamar el romanticismo y la fantasía ténebre le permitió a Depp y El Joven Manos de Tijera conquistar al público masivo en éste, el primer largometraje que lo llevó a la auténtica popularidad.

Carrie White (Sissy Spacek, ‘Carrie’, 1976)
La salas de cine ya habían muerto de espanto con El Exorcista. El filme había logrado trascender todo lo que se había logrado en materia de shock hasta el momento, una obra de arte en la que cada detalle logró un efecto en el público sin precedentes. Solamente una historia inspirada en una de las millones que escribió Stephen King podía igualar semejante clima de horror, por acaso en una historia bastante más creíble. Podremos recordar a la actriz Sissy Spacek en papeles mucho más normales como en Missing o La Hija del Minero, pero fue en ésta, en la que encarna una flaca escuálida y de piel casi transparente que es víctima de las burlas de sus compañeros de escuela en su pequeño pueblo, alimentadas por la culpa religiosa permanente, crédito de su madre, la misma que la lleva a horrorizarse ante su primera menstruación, y que sólo la unión de la sobresaliente dirección de Brian DePalma y la pluma de King, en su novela inaugural, logró para la eternidad.

John “Bluto” Blutarsky (John Belushi, ‘National
Lampoon’s Animal House’, 1978)
Al director John Landis se le ocurrió realizar un film de bajo presupuesto, para terminar logrando una comedia de éxito fenomenal que al mismo tiempo catapultó a varios de los integrantes de su elenco al estrellato, y en la que un grupo de reprobados de un colegio secundario estadounidense (donde algunos incluso ya han superado los 20 años de edad) lleva adelante su delicada misión, la de corromper el clima moral y ortodoxo de la institución, desafiando su hasta entonces establecido orden social, en un rol que a Belushi, tanto en su tan característica fase actoral (como así también en su vida fuera de la pantalla), pareció haber sido creado a su medida.