Muñeca Rota (Inspiración por Ariel Rot)

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Publicado en Evaristo Cultural en mayo de 2013

“La vida era una fiesta hasta llegar a los treinta, ahora te pasó la cuenta…”. Tranquila, ¿qué es ese rostro ruborizado? ¿A qué viene ese sabor amargo como la hiel que te taladra la existencia? Calma entonces, que nadie te lo está diciendo. O acaso sea tu conciencia quien te lo esté suspirando al oído, lo más despacito posible. O el espejo del paso inexorable del tiempo. Como fuera, yo no estoy ahí, sólo percibo a la distancia. Digámoslo así. Lo veo en tu rostro, en tus palabras y acciones, en cada instante de las que les toca ser parte de tu grupo, tan parecidas entre sí mismo. Que no son todas, dicho sea de paso. Es que algunas lo saben llevar con madurez y dignísima entereza. Por eso tal vez vos seas de las que más terrible les resulte asumirlo. Digo, en caso que sea posible. ¿Insisto, por acaso sos de aquellas que sienten que se les pasó la cuenta? Permitime indagar todavía un poco más, y al menos confesame cuál fue el instante en que decidiste para el reloj del destino, e intentar desafiar toda ley física posible. Porque bien sabés, o al menos deberías hacerlo, todo esfuerzo va a ser inevitablemente en vano. Entonces sí, ésta es tu historia, mi estimada muñeca. Maestra no recibida de la actuación, reina de lo solapado. Comandante no asumida del buque con un iceberg clavado en la trompa, dueña de la brújula oxidada que agoniza buscando algún punto cardinal en los océanos congelados del más acá, y que tiembla por enfrentar el más allá. Payaso pintado del circo sin carpa, con la sonrisa dibujada, retornando a camarines tras la enésima función, con el rimmel corrido hasta el ombligo. Atrás lejos en el tiempo quedó el protagónico unipersonal de un libreto que te esforzaste en escribir, y cuya tinta se decoloró hasta alcanzar un matiz demasiado aburrido como para no poder olvidar. “Tu estado de inconciencia permanente buscando la ocasión para ir al frente, sin nada que te detenga” Inconciencia bien conciente, convengamos. O al revés, igual no cierra. Bien lo sabe tu almohada, tu mejor aliada en esta historia espejada donde se refleja tu realidad, cuando el antojo de manejar las cosas a tu estilo terminó en el tacho, tras no sobrevivir al freezer. Pensé que quizás, en algún momento, te ibas a hacer cargo de la situación y preferir que nadie salga malherido. Pero fue en vano, seguramente me dejé llevar por la esperanza de que así sea, y el guión de obra se fue a cualquier parte y te perdiste el papel principal por el que te desvelabas, para agregar una hoja más en blanco y convertirte en actriz de reparto. Te quedaste enganchada en tu propia telaraña, te empeñaste en volver a tejer nuevos artilugios, al fin y al cabo toda una experta, pero la mosca vio la red antes de quedarse pegada, y ahora volviste al nido sin presa, cuando el tiempo ya se había detenido y, claro, no quedaba otro camino. “Te tiraste de cabeza al agujero sin pensártelo primero, de cama en cama, de boca en boca… Ahora no puedo ocultarte mi dolor al verte así, tan frágil, como una muñeca rota.”
Alguna vez me encandilaste con tus sueños de buenaventura y añorado placer, y me convencí que vibrábamos en la misma frecuencia. Que las palabras sobraban y que un gesto valía mucho más que miles de ellas, como siempre escuchamos decir. Que mejor que pararse de frente al otro era caminar a la par, y que sólo se trataba de retar a duelo toda ley matemática, y que entonces uno más uno debía dar uno. ¿En eso coincidíamos, verdad? Por algún motivo, consideré el soñar despierto una jugada arriesgada. Pero cometí el terrible pecado de ser buena gente, transparente, honesto, mientras veía cómo mandabas al fondo al galeón que transportaba el cofre sagrado del tesoro jamás alcanzado, y te hundías con él. Pero antes me aseguré de guardarme algunas monedas en el bolsillo. Agua, aire, tierra, anduve por todos lados. Y se me pasó por completo que el avión podía volver a estrellarse una vez más. La torre de control ya no aparecía en el radar y el piloto se derrumbaba sobre el tablero. Recordé que la tripulación había sido oportunamente diezmada, y que ya no me quedaban pistas de aterrizaje libres. Ni tampoco localidades para la película de amor de ocasión, mientras en su lugar escribíamos un clásico del cine catástrofe. “Manejabas a la perfección el arte de la huída hacia adelante, más de uno se dejo los huesos en el intento de seguir el rastro de tu rumbo itinerante.” También me llevó un buen tiempo entender que no eras la mejor de la clase para sumar o multiplicar, pero sí la alumna más rápida para dividir, y la mejor a la hora de restar. Y que te anotabas las fórmulas en la palma de la mano, y entonces dejé atrás mi idea equivocada de burro para convertirme en abanderado. Y premio al mejor compañero en un grado de dos, mientras te ibas solita a marzo. “Te encontré una madrugada con el corazón en llamas desafiando al mundo con el filo de una copa, y justo en ese momento presentí que ibas a acabar así, como una muñeca rota.”
Tiré la toalla, abandoné el ring. Recuperé el tiempo perdido y me llevé todos los intereses de tamaña inversión. Las acciones se fueron bien arriba y pasé del corralito de la desilusión a la caja fuerte de la experiencia, que acabó blindándose para siempre. Me hice rico sin billetes renunciando al premio y, millonario sin bienes materiales, me atraganté de riqueza de espíritu. Recordé que cierta vez Victor Hugo escribió que “las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo, y se lastiman”, me miré las manos, no ví siquiera un callo y, confieso, sentí algo de lástima al evocarte, mientras me preguntaba de qué manera el poeta había obtenido los derechos de autor de nuestra historia, cuánto hace, ¿dos siglos atrás? Te imagino jugando el mismo juego, insistente, y con la brújula aún sin reparar. Apostando a números que superan todos los que puedan caber en un tapete, a un “no va más” permanente, la bolilla que no cae en ningún casillero. “La vida gira igual que una ruleta, parece que ahora te toca, esperar en un rincón que alguien quiera volver a jugar contigo, muñeca rota.”
¿Cuál será el próximo bicho que caerá en la red? Digo, espero que a esta altura de las circunstancias ya te hayas desenredado. Que ya se agotó el tiempo de las sonrisas forzadas, que ya no hay lugar para firmar pagarés incobrables, y que las novelas de amor no pasan de una tarde. Correr o galopar como un potrillo. Cazador cazado o ángel sin alas, da lo mismo. “Cada vez que suena tu canción yo recuerdo aquel sabor amargo de la derrota, es que siempre hay una historia de un hombre vencido detrás de cada muñeca rota.” Y bien entero en el corazón, por cierto. Pero cómo, ¿todavía se te ruboriza el rostro?

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