LA HISTORIA JUDÍA SECRETA DE LOS ROLLING STONES

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“The Secret Jewish history of The Rolling Stones”
Nota de Seth Rogovoy originalmente publicada en el sitio online de cultura judía Forward (https://forward.com/culture/447744/the-secret-jewish-history-of-the-rolling-stones/) el pasado 2 de junio citando un artículo del 2014 de la misma revista, en momentos en que el grupo se presentaba en la ciudad de Tel Aviv.

En el 2014, los Rolling Stones tocaron en el parque HaYarkon de Tel Aviv. Ese evento representó mucho más que el primer concierto en Israel de la banda de rock más grande y legendaria del mundo. También marcó una pequeña victoria en la guerra contra el boicot al rock’n’roll en Israel que libran algunos rockeros ingleses, principalmente por instigación del ex-Pink Floyd Roger Waters que, a pesar de algunos esfuerzos muy públicos, no pudo persuadir a Mick Jagger y Keith Richards para que finalmente no hagan su debut en Tierra Santa.

1Los Rolling Stones, de hecho, han tenido una larga y fructífera colaboración con artistas, amigos y asociados judíos, e incluso algunas temáticas judías han llegado a su música y sus letras de canciones.
Al igual que muchas de las primeras bandas británicas de rock, los Rolling Stones comenzaron haciendo blues americano. La mayoría de los miembros de los Stones hicieron su aprendizaje en Blues Incorporated, una banda dirigida por el guitarrista de blues Alexis Korner, nacido en París, hijo de un padre judío-austríaco y una madre turco-griega. El guitarrista fundador de los Stones, Brian Jones, el baterista Charlie Watts y el pianista Ian Stewart tocaron con Blues Incorporated, así como lo hicieron el vocalista Mick Jagger y el guitarrista Keith Richards en varias ocasiones, antes de que los cinco unieran fuerzas y formaran The Rolling Stones.
Basándose en las lecciones que aprendió como protegido de Brian Epstein, el propietario judío de una tienda de discos en Liverpool, que convirtió a la banda de bares más popular de esa ciudad en la sensación internacional conocida como The Beatles, Andrew Loog Oldham, también judío, pronto se hizo cargo de manejar a los Stones, reformó su imagen y los dirigió hacia una paleta musical más amplia.
Por un lado, los convirtió en los anti-Beatles, dándoles una imagen más “peligrosa” y rebelde: cabello más largo y despeinado, y un sentido manifiesto de sexualidad y violencia. Oldham contrató los servicios del fotógrafo Gered Mankowitz, hijo del guionista judío inglés Wolf Mankowitz, quien fue responsable de las primeras portadas de los álbumes y de las fotos publicitarias de la banda. Mankowitz fue tan responsable como Oldham de crear la imagen de “chicos malos” de los Stones, y también fue el fotógrafo oficial de la primera gira de la banda por Estados Unidos en 1965.
Oldham también alentó Stones a cubrir una gama más amplia de canciones que el blues de Chicago por el que originalmente se inclinaban. Su primer éxito estadounidense en el Top 10 fue una versión de “Time Is On My Side”, escrita originalmente para Kai Winding por un compositor de ritmo y blues judío nacido en Filadelfia llamado Jerry Ragovoy. Asimismo Oldham empujó a Jagger y Richards a escribir sus propias canciones, al estilo de Lennon y McCartney.
Una de los primeras canciones producidas por la dupla compositiva Jagger-Richard fue una balada muy poco parecida a lo que los Rolling Stones hacían, llamada “As Tears Go By”, convertida en un éxito por una cantante emergente que Oldham había descubierto llamada Marianne Faithfull. Faithfull era descendiente de la nobleza austríaca; su bisabuelo fue Leopold von Sacher-Masoch, cuya novela erótica “Venus in Furs”, generó la palabra “masoquismo” (además de contribuir con la canción de The Velvet Underground, y también la obra de David Ives del mismo nombre) Su abuela materna era judía.

140604_TelAvivEn 1966, Oldham entregó su rol de manager de los Rolling Stones a un contador judío de Nueva York llamado Allen Klein. Klein le otorgó al grupo un contrato discográfico monumentalmente rentable justo cuando su contrato con Decca Records vencía antes de la renegociación. El acuerdo fue mucho más lucrativo que el que Brian Epstein había negociado para los Beatles, y después de que Epstein muriera en 1967, los Beatles recurrieron a Klein con la esperanza de que pudiera hacer por ellos lo que había hecho por los Stones. Eventualmente, sin embargo, las luchas internas entre los Fab Four por el papel de Klein terminaron siendo un factor que contribuyó a su disolución.
1966 fue también el año en que se lanzó una de las canciones más enigmáticas de los Stones. “Paint It Black” fue un intento de subirse al carro del ‘raga-rock’ antes iniciado por los Beatles y los Byrds, con Jones experimentando en sítar. Lo que salió, sin embargo, sonó más a algo de Medio Oriente, o incluso de Europa del Este. Más de una banda “klezmer” moderna ha versionado la canción, cuya escala de clave menor es notablemente similar a algunos de los estilos del “idisch”. Aparte de que más de una persona ha comentado que, líricamente, el narrador de la canción podría ser un judío jasídico que favorece el color negro, el propio Richards reconoció la deuda de la canción con la música judía, cuando una vez le dijo a la revista Rolling Stone: “Era un estilo diferente a todo lo que había hecho antes. Tal vez fue el judío en mí. Es más para mí como “Hava Nagila”, o algo gitano. Tal vez lo saqué de mi abuelo”. Ese último comentario es la única pista que podría indicar que cualquiera de los miembros de los Rolling Stones puedan tener ascendencia judía, pero en su mayoría ha sido desestimado porque tal vez Richards simplemente haya estado bromeando, como suele hacer un inglés. “Paint It Black”, sin embargo, no es la única canción de los Stones que contiene referencias judías. La canción “Sympathy for the Devil”, aparentemente narrada por el mismo Lucifer, contiene letras como: “Manejé en un tanque / Tuve un rango de general / Cuando azotaba la guerra relámpago / Y los cuerpos apestaban”, que presumiblemente se refiere a campos de exterminio nazis. El título del álbum de 1972 de la banda, “Exile on Main St.”, ampliamente considerado como el mejor y, por lo tanto, uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos, podría ser una descripción de la vida en la Diáspora durante los últimos 200 años más o menos, a su vez emparejado con un título de un álbum posterior, “Bridges to Babylon”, lo que sugiere que los Stones se vean a sí mismos como una banda errante, en fuga. De hecho, los miembros del grupo huyeron de Inglaterra a principios de la década de 1970 a instancias de sus contadores. Si bien su partida fue una forma de evitar la onerosa estructura tributaria, o escapar del acoso recibido por sus numerosos cargos por consumos de drogas, los Stones terminaron viviendo exiliados de su tierra natal durante la mayor parte del siguiente medio siglo.
Finalmente, la canción más judía de los Rolling Stones fue su oda a la ciudad más judía de Nueva York. “Shattered”, de su álbum de 1978, “Some Girls”, tomó cosas del movimiento del punk-rock, el mismo que había desafiado a grupos como los Stones, que alguna vez habían sido considerados rebeldes, pero que ahora eran vistos como el colmo del exceso corporativo. Líricamente, la canción hizo hincapié en la ‘gestalt’ prevaleciente de la ciudad de la época: la era del alcalde Abraham Beame, el aumento de las tasas de criminalidad, la recesión, los presupuestos de austeridad, la bancarrota y los títulares sobre economía. El declive de la ciudad en esos años incluyó la pérdida de su próspera industria de la confección, en su mayoría judía, que Jagger inmortaliza en “Shattered”, lo que quizás sea el único uso de idioma idisch en un hit del Top 40: “Shmatta shmatta shmatta, I can’t give it away on 7th Avenue” (“Harapos, harapos, harapos, no puedo regalarlos en la Séptima Avenida”)

R.I.P. IT UP, RICHARD

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Publicado en Evaristo Cultural el 18 de mayo de 2020

EL ORIGINADOR
Vaya a saber uno lo que estaba mirando en la tele en aquel momento. Más que seguro, algún capítulo de El Chapulín Colorado, de El Super Agente 86. O de S.W.A.T,  o de Las Calles de San Francisco. ¿Cómo recordarlo? Pero lo cierto es que en algún corte comercial, entre avisos de mermeladas y detergentes para el hogar,  me topé con algo que no sólo nunca había visto, sino que tampoco siquiera hubiera imaginado a esa temprana edad. Era la imagen de un negro demoliendo las teclas de su piano y que se sacudía salvajemente, mientras vociferaba canciones en la misma sintonía, por momentos intercaladas con gritos agudos, todo a un ritmo frenético que tal vez tenía que ver, al menos sospechaba, con ese juego de palabras que alguna vez había escuchado: rock and roll. Sensaciones hasta entonces completamente inéditas para mí y mi mundo de vástago de 10 años en el que la máxima oportunidad de excitación no pasaba de más allá de conseguir la pieza difícil para completar el álbum de figuritas de fútbol. O a esperar que llegue al kiosco del barrio el nuevo número de Anteojito o Billiken. Pero al menos esta vez se hacía justicia. Hubo una ocasión anterior – a distancia, desde mi cuarto infantil- en que escuché esos sonidos del averno de lejos, que ahora sí por fin se materializaban en la pantalla de la enorme TV blanco y negro del living de casa. Así anunciaba aquel batifondo la salida del nuevo disco de Little Richard, (“Los Más Grandes Éxitos de…”), acompañado de una tapa en la que el protagonista se dividía en una suerte de cuatro fotos carnet diferentes en las que parecía aullar, una tras otra, como acompañando el sonido que salía del pequeño parlante monoaural de la tele.  “¿Será esto eso que llaman rock and roll?”, me pregunté. La duda me la terminó aclarando mi madre, que no tenía la menor idea de quién era Little Richard, pero que sí estaba familiarizada con aquellos tremebundos compases de, calculo, Bill Haley, o de algún que otro combo nacional. Lo mejor de todo fue ver como mamá aceptó deliberadamente comprarme el disco la próxima vez que pasara por una disquería del barrio, tras apenas insistirle. Una partida ganada desde el vamos: mamá amaba la música en casi todas sus expresiones, y tal vez haya considerado que el nene, aún en quinto grado, ya estaba listo para saltar de los discos de Gaby Fofó y Miliki, el del Circus Show de Carlitos Balá, o los de Titanes en el Ring, a algo más interesante, ergo, el que pasaría a convertirse en mi primer disco de rock. Antes que los Beatles, ante que los Stones, y que todo lo que vino después. Tampoco me importó mucho adentrarme en las 15 canciones que componían el álbum en el austerísimo Wincofón que reposaba tristemente en un rincón del departamento. No había fidelidad que pueda haber llegado a resultar más necesaria que el placer de escuchar al negro salvaje (del cual mi escaso inglés por entonces me permitía descifrar que se llamaba algo así como “El Pequeño Richard”), y con eso bastaba y sobraba. Que incluso para mí era como una sola canción dividida en varias partes, de las que había que dar vuelta el disco después de la octava. (“Cambia, papá”, como anunciaba Fofó al final del lado 1 del álbum más clásico del trío de payasos españoles, ese que no faltaba en ninguna casa).

5 los mas grandes éxitos de little richardEstudiar los títulos vendría después. Para mí sólo se trataba de desenfundar el álbum, y arrojarlo al Winco cual pastel al horno, antes de la seguidilla furiosa de canciones. La Tierra de las Mil Danzas/Sally, La Lunga/Jenny, Jenny/ Todos Están Sacudiéndose/La Chica No Lo Puede Evitar/Pobre Perro/No Quiero Discutirlo/Los Mandamientos Del Amor/La Plaga/Lucille/Tutti Frutti/Dinero/Necesito Amor/Función En El Empalme/No Me Defraudes…Y listo. A veces hasta había una segunda escuchada, en tanto y en cuanto los deberes escolares lo permitían. “Los Más Grandes Éxitos de Little Richard” también pasaría a ser en el primer disco de rock (bah, de todos los que tenía hasta entonces, salvo los infantiles) que llevaba “para bailar” a los cumpleaños de primaria, de esos que empezaban a las 4 de la tarde y terminaban en el horario de extrema nocturnidad de las 7 u 8 de la noche, entre botellas de Fanta Naranja, sangüichitos de miga y una torta con diez velitas. Demasiados roles fundamentales para el que iba a convertirse en el primer disco de rock que alguna vez tuve, una bendición no calculada caída del cielo, y la puerta de entrada principal a un mundo que ahora, a siglos de aquella jornada inolvidable, me sigue apasionando como casi nada. De manos de uno de sus más célebres originadores, datos que aún me llevaría un buen tiempo descubrir. ¡Y que hasta tenía publicidad en TV!

TUTTI FRUTTI
Aquel negro desenfrenado que tocaba el piano acabó siendo no sólo una de las figuras más subversivas del género que me apasionaba desde tan temprana edad, sino acaso la más sediciosa de todas. De la “sagrada trilogía de los arquitectos del rock and roll”, Little Richard (Richard Wayne Penniman, nacido en Macon, Georgia, 5 de diciembre de 1932), representaba además una fuerza ultrasexual de características, muy paradójicamente, antinaturales, que iban más allá de sus composiciones o sus shows de dinamita extrema. Porque si  Chuck Berry aportó algunos de los más grandes títulos del género en consonancia con su rol de poeta urbano, Richard fue algo más allá, disponiéndose a comerse al mundo. Si tan sólo fuera posible imaginar lo que era ser músico de rock and roll, negro y homosexual en tiempos en que no a mucha distancia de cualquier concierto que brindaba, uno o varios de sus hermanos “de raza” aparecían colgados de un árbol tras ser ahorcados por un grupo de acólitos de “las leyes de Jim Crow”, o el sistema de castas de estricto corte opuesto a los derechos de la comunidad negra, con mayor predominancia en los estados negros del sur estadounidense, del cual Richard era hijo fiel, y que se extendió por casi un siglo, más increíblemente de todo, hasta mediados de la mismísima década del ’60. Así las cosas, aquellos segregacionistas, que exponían a sus víctimas como trofeos de casa, se habían propuesto terminar con aquella “música del diablo” que todos esos ángeles negros dispuestos a llevar a sus hijas hasta los círculos más profundos del infierno promovían. Por lo que Richard, de inclinaciones sexuales non sanctas y sacudiéndose delante de sus propias narices, era considerado el más peligroso de todos, y algo que era mucho más un simple gay que hacía música. Para los adeptos al más rancio racismo que azotaba al país, aquel negro de Georgia que tocaba el piano haciendo “música racial”, echaba por tierra toda corrección política. Y entonces, en una típica charla de familia protestante anglosajona, Richard era mejor definido como “nigger, faggot, the devil…” (negro, marica, el demonio) Pura barbarie de aquellos los tiempos que corrían. Por si todo eso fuera poco, Richard destilaba un jopo casi sin precedentes (que más tarde revelaría, como así también buena parte de su performance escénica, tomó de Esquerita, o Eskew Reeder Jr., cantante y pianista de Carolina del Sur de la década del ’30, también recordado por sus incendiarias presentaciones), se vestía de manera estrafalaria y deliberadamente freak (alguna vez declaró, haciendo uso de su también histórica comicidad a la hora de hacer declaraciones, que “Muchos querían verse como yo, pero no sabían qué ponerse.”) Con fuerte presencia de máscara facial, delineador, labios pintados, y moviendo el culo. ¡Y cómo lo sacudía!
mark-leckey-little-richardA Richard, simplemente, no le importaba más que llevarse el mundo por delante y romper todos los tabúes posibles. Eso sí, con el mensaje deliberado de tirar abajo todas las barreras posible que azotaban a su comunidad. Por no mencionar algunas de las letras de sus canciones (¿acaso hace falta referirse nuevamente a los mensajes de sexo cuasi explícito detrás de la letra original de su más insigne creación, “Tutti Frutti”?) Ya en lo musical, su música por momentos se alejaba del rock and roll más estricto por el que fue siempre casi exclusiva y erróneamente referido para acercarse al boogie-woogie (por el caso, en “Whole Lotta Shakin’ Goin’ On”), laureles que compartía abiertamente con el enorme Jerry Lee Lewis, aquella tercera pata de la trilogía sagrada de los arquitectos que lo inventaron, oh…todo. A lo que se agregaba que, a diferencia de Berry o Lewis, Richard dejaba sumar a sus grabaciones el sonido prominente del saxo (crédito de Grady Gaines, quiénlo compañó en casi toda su obra de la dorada era de los años ’50) ¿Su objetivo? Sexo puro. ¿Queda alguna duda tras someterse a la dosis lasciva de una canción como “Ooh My Soul” acaso? “Tras escuchar los discos de Little Richard, me compré un saxofón y me metí de lleno en el negocio de la música. Little Richard fue mi inspiración”, señalaría David Bowie tiempo después. Hendrix fue alguna vez su guitarrista, Otis Redding cantó para Richard, al igual que James Brown (el otro hijo selecto de Georgia, y no menos piedra basal) Salió de gira con los Beatles, quienes lo adoptaron abiertamente, y también con los Stones. Jagger empezó a usar maquillaje tras obsesionarse con “The Georgia Peach” (“Es el Rey”, no trastabilló en aseverar en varias ocasiones) Más que seguramente, sin Little Richard no hay escena glam en el rock que hubiera tenido lugar alguna vez. Emancipador insuperable. hasta Liberace le quitó cosas. Por no mencionar a Michael Jackson (que en un muy valorable gesto, tras haber comprado los derechos de las canciones de su ídolo, tras tener que verse con un tendal de compañías discográficas y managers que lo estafaron incansablemente, acabo devolviéndoselos. O al mismísimo Prince, quien le debe buena parte de su physique du role. Sin la aparición de Little Richard, entonces, aquel negro desenfadado, el rock and roll todavía se vestiría de camisa y corbata. Siempre tuvo razón al decir que podría haber sido llamado “El Rey del Rock and Roll”, pero en rigor tuvo que ser un copión blanco y seductor que tomó su imagen y sus dotes bailables mientras Richard era presa constante del racismo imperante, para acabar llevándoselo consigo y obteniendo la corona.

downloadEn “The Life and Times of Little Richard: The Quasar of Rock” (“La vida y los Tiempos de Little Richard”), biografía definitiva originalmente editada por Harmony Books en 1984, y dedicada a Leva Mae Penniman, madre de Richard y sus otros doce hermanos (recomendadísima, y una de las mejores de la historia realizadas sobre cualquier músico), su autor Charles White señalaq ue “con canciones como Tutti Frutti, Long Tall Sally, Ready Teddy, Lucille, Good Golly Miss Molly, y muchas pero muchas más, Little Richard estableció las bases de una nueva forma musical: el Rock and Roll. Su voz poderosa y sus extravagantes performances le otorgaron al siglo veinte un espíritu más libre, permitiendo que estrellas posteriores como Paul McCartney, Tom Jones, Elvis Presley, Mick Jagger, David Bowie y Michael Jackson hagan lo suyo. Aún así, siempre fue tratado como un revolucionario demente, más allá de la comprensión ordinaria o el análisis serio… Un genio incontrolable cuya influencia en la cultura occidental resulta incalculable, pero cuya vida personal ha sido atormentada por una sexualidad indignante, y la gula por la adoración pública. Como fenómeno totalmente novedoso en los años ’50, tuvo que lidiar con cada estigma y etiqueta que la prensa pudo ponerle. Al mismo tiempo, el deseo de Richard de convertirse en Ministro de Dios y profeta de la paz entre las razas personifica el conflicto más crucial del hombre, la batalla entre el bien y el mal que existe en todos nosotros”

RIP IT UP
Sudamérica tuvo su chande de disfrutar del más provocador músico que dio a luz el vientre del rock and roll en dos oportunidades, si bien de manera acotada. El país elegido fue Brasil. En esas visitas fue parte de los artistas invitados al Festival de Free Jazz de Rio de Janeiro en 1993, del cual también participaron Chuck Berry y Bo Diddley, con un segundo show en Sao Paulo. Esta última ciudad también volvería a recibirlo en 1997. Por mi parte, alguna vez tuve la formidable suerte de poder verlo  en vivo y en directo, y de muy cerca, destino mediante. Fue como parte de un festival llamado Midsouth Music Fair, que tuvo lugar en un auditorio abierto en la ciudad de Memphis en medio de un parque de diversiones, el 28 de octubre de 1994, al otro día del concierto de los Stones en esa ciudad (Presley  se hubiera puesto muy celoso…)  Para entonces Richard ya transitaba su era de “predicador” (vamos, ya llevaba años haciéndolo, pero su consagración a la iglesia era cada vez más definitiva…), por lo que fuera de sus éxitos de siempre, no faltaron las canciones gospel a las cuales su público -en su mayoría de raza negra, libre, y sin sajones que lo hostiguen- ya estaba acostumbrado. Vaya como anécdota de color que ese mismo día, tras el final del show, me encontré entre la audiencia al enorme Rufus Thomas, uno de los más fieles representantes artísticos de la ciudad. Instantes después, tras cerrar el recinto,  me quedé a esperar al gran Ricardito a la salida del lugar, inevitablemente. Richard salió en el asiento trasero de una suerte de limusina, con la ventanilla baja, y saludando a los pocos que quedábamos allí presentes moviendo las manos alocadamente, acompañado por sus clásicos gritos de ocasión, cual diva. Oooooh, wow, ooooh!!! No estaría demás confesar que casi me infarto de la emoción. Antes de eso, en cierto momento del concierto, los miembros de su equipo (todos ellos jóvenes, negros, y de riguroso porte de pastor eclesiástico) habían repartido entre los asistentes ejemplares de un libro de prédica religiosa, de esos que el Ministro Richard sermoneaba entre rocanroles salvajes y canciones varias de su brillante repertorio. El libro incluía una foto autografiada/dedicada de Richard que a decir verdad no tenía nada de autografiada/dedicada, impresas para regalar al público. “No importa”, me dije conforme. “Es una foto de Little Richard directamente de Little Richard en un show de Little Richard. Y en Memphis!”
IMG_6646De paso aproveché para que el gran Rufus me brinde (ahora sí), su autógrafo real, de puño y letra, en el libro de Little Richard la noche que vi a Little Richard. Y en Memphis. Tras pagar una entrada de apenas 5 dólares. Bajo un cielo estrellado. Y al compás de ‘Blueberry Hill’. Aquel debut discográfico a mis 10 años finalmente había echado raíces en mi imaginario musical. Una auténtica comunión de RnR. Ooh my soul…
Las noticias que llegaron el sábado pasado desde Nashville sobre su muerte por cáncer óseo a los 87 años no sorprendieron. Richard venía luchando contra diversas dolencias desde hace unos cuantos años, y su frágil salud indicaba que ese final en vida, no menos estremecedor, podía ocurrir en cualquier momento. El Rey había muerto. 
“Un gran hombre con un sentido del humor encantador, y alguien que va a ser echado de menos por el mundo del rock and roll, y por muchos más”, apuntó Paul McCartney sobre el autor de su alarido de batalla. “Le agradezco por todo lo que me enseñó, y por la amabilidad de haberme dejado ser su amigo, Adiós Richard, y a-wop-bop-a-loo-bop
Mick Jagger escribió en su declaración para las redes sociales que “estaba muy triste de enterarse de la muerte de Little Richard. Fue la mayor inspiración de mis años adolescentes, y su música aún cuando la escuchás hoy en día conserva la misma energía eléctrica cruda que cuando descolló a través de la escena musical de mediados de los ’50. Cuando salíamos de gira con él, acostumbraba a observar sus movimientos cada noche y aprender a entretener y cautivar al público, y siempre fue muy generoso a la hora de aconsejarme. Contribuyó tanto a la música popular…Te voy a extrañar Richard, que Dios te bendiga. Mientras que su compañero de banda Keith Richards agregó  que “Es tan triste escuchar que mi viejo amigo Little Richard murió. Nunca habrá otro. Fue el verdadero espíritu del rock’n’roll”. Y un Bob Dylan shockeado y nada dubitativo, por su parte, salió a dar públicamente lasque probablemente sean las palabras más sentidas de uno de los tantos, innumerables alumni del salvaje Durazno de Georgia: “Acabo de escuchar las noticias sobre Little Richard, y estoy tan dolido…Fue mi estrella brillante y la luz que me guió cuando era apenas un niño pequeño. Su espíritu fue el que originalmente me llevó a hacer todo lo que terminé haciendo. Por supuesto, va a  vivir por siempre. Pero es como que una parte de tu vida se fue”
R.I.P. Richard. Rip it up…

RONNIE B. GOODE – Ronnie Wood and His Wild Five, Shepherd’s Bush, Londres, 21 de noviembre

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Debieron pasar más de 2 años y medio para que el arquitecto más prolífico de la historia del rock and roll tuviera su primer gran homenaje tanto en disco como en gira tributo. Y fue entonces aquí en Londres que Chuck Berry logró su bien merecida celebración de manos de uno de sus más fieles alumnos. Alejado momentáneamente de toda actividad stoneana desde la gira de los Rolling Stones en los EE. UU. del pasado verano boreal,  Ronnie Wood lanzó al mercado Mad Lad, A Live Tribute to Chuck Berry, el álbum en vivo que recoge material registrado durante su concierto en el Tivoli Theatre de Wimborne, en Dorset, al sudoeste británico, en noviembre del 2018.  Doce meses más tarde de aquel show, entonces, Wood salió a apoyar la edición de su nuevo proyecto con una mini-gira de 4 conciertos, nuevamente en su tierra natal, que comenzó con un show para apenas 300 personas el pasado 20 de noviembre en el recinto central de la iglesia (aunque-Ud.-no-lo-crea) All Saints Church situada en el pueblo de Kingston upon Thames, en las afueras de la capital británica, que sirvió como modo de precalentamiento para el que sí iba a hacer el gran primer show oficial de la gira promocionando el disco, cuando se presentó al otro día en el legendario e intimo Shepherd’s Bush Empire de la capital inglesa.

IMG_5782Secundado por los Wild Five, grupo que Wood ideó para la ocasión, entre los que se destacan el extraordinario pianista de boogie-woogie Ben Waters llevando la batuta musical (quien tan solo hace apenas unos días cerró su trayectoria de 31 años con dos conciertos en los que Wood apareció como invitado en un par de canciones) y la cantante irlandesa Imelda May, ante un local colmado de fans que llegaron de buena parte del continente europeo, USA, Japón y Sudamérica para formar parte de la histórica celebración. Wood (camisa de leopardo, pantalones negros rasgados y remera de Chuck Berry para la ocasión) salió a escena promediando las 21 hs. para darle el puntapié inicial a lo que terminaría convirtiéndose en una seguidilla de canciones que abarcaría todos los clásicos del enorme legado del rocker de St. Louis. Sweet Little Sixteen, No Particular Place To Go, Let It Rock, Little Queenie, Memphis Tennessee, Talking About You, Rock And Roll Music, In The Wee Wee Hours (con May en primera voz), Don’t Lie To Me, Back In The USA, Betty Jean, Bye Bye Johnny, la instrumental Mad Lad (que Berry grabara en su disco Rockin’ At The Hops, la única para la cual Ronnie se sentó, ejecutando steel guitar), o Carol (que los Stones incluyeran en su LP debut, allá por 1964) y donde no faltó absolutamente nada, incluso animándose a tocar algunas perlas menos populares del catálogo de Berry como No Money Down, Almost Grown, o Blue Feeling, y con un grand finale a todo trapo de la mano de, claro, Johnny B. Goode. En Run Rudolph Run, mientras tanto, el concierto contó con la participación de la única invitada sorpresa de la noche.
IMG_5830Fue cuando Wood invitó a subir a escena a la legendaria vocalista escocesa Lulu, quien a sus casi 71 años aún continúa manteniendo el mismo caudal de voz que la consagró hacia fines de la década del ’60. Oportunamente secundado por los flameantes Wild Five (que con el agregado de dos coristas femeninas terminó alcanzando los siete músicos en escena), entonces, el combo no dejó títere con cabeza, en lo que supo ser un show por demás único en su especie, y que repite con dos conciertos más en las ciudades de Birmingham y Manchester en unos días.

78095367_551299152355452_4986632303976382464_nPoco antes de retirarse de escena, todavía rebozando adrenalina,  y más despeinado que de costumbre, Wood selló la inolvidable velada dejando en claro ante los allí presentes su verdadera misión detrás del disco en vivo y los conciertos, solicitando a la audiencia “que los shows sirvan para que que todo el mundo redescubra el legado de las canciones originales de Chuck Berry”.
Tarea cumplida con creces para Ronald David Wood y Cia., entonces. Con tributos de esta altura, Chuck Berry puede descansar tranquilo, mientras su legado artístico permanecerá eternamente en todos y cada uno de los amantes de uno de los artistas más esenciales que nos trajo aparejados el pasado siglo.

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STONES: EN EL 30 ANIVERSARIO DE ‘STEEL WHEELS’

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La fecha de hoy nos recuerda el 30 aniversario de la edición de Steel Wheels, lanzado el 29 de agosto de 1989. Un disco “de verano” con canciones “de verano” ¿Mucho calor? Porque eso es lo que el grupo se propuso para concluir su tumultuoso paso de mediados a fines de la década del ’80 (y que también sirvió para que Mick y Keith hagan las paces), con un tour a la vista que tal cual lo esperaban resultó un éxito tanto en USA como en Europa (el de Urban Jungle, al año siguiente) Y si para muestra basta un botón, ¿qué mejor indicación de que así fue deliberadamente planificado con una canción como “Mixed Emotions” para promocionarlo?

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Aaah los ’80, la era MTV y todo eso….Un disco de canciones frescas y pegadizas (la mencionada, más Rock and A Hard Place o Terrifying, liderando el estilo), secundadas por algún que otro rock’n’roll de neto corte stoniano (Sad Sad Sad), tres baladas tres: Blinded By Love, Almost Hear You Sigh (que Keith Richards había compuesto durante las sesiones de su primer álbum solista el año anterior) y Slipping Away, más algún que otro relleno (Hold On To Your Hat, Break the Spell), y el broche de oro de volver en el tiempo a mediados de los ’60s y una pieza de world music como Continental Drift (que para la ocasión los llevó a grabarla en Marruecos, y que después se usó como música de fondo para abrir cada uno de los shows de los tours) Y mi favorita del disco, Hearts for Sale, porque así las cosas, y con un gran solo de Ronnie Wood. En definitiva, Steel Wheels y su espíritu “light” a través de todo el álbum terminó cumpliendo el objetivo comercial que se propuso inicialmente (no por nada la banda terminó dejando las tres canciones que más se acercan a su esencia como caras B de los singles: Fancyman Blues, Cook Cook Blues y Wish I’d Never Met You)
Steel Wheels también marcó un punto extramusical en la carrera del grupo: fue el disco que delineó la transición de los Stones de su condición de “anti establishment” a convertirse en figuras centrales del mismísimo establishment, un giro de 180 grados que indicó que ya nada volvería a ser lo mismo.
Y una última confesión: nunca me gustó el sonido general del disco, si bien cumplió con la intención original (para más datos sobre este detalle, pueden leer la entrevista que hice hace unos años con Chris Kimsey, que co-produjo Steel Wheels con Mick y Keith, aquí: https://sonaglioni.wordpress.com/…/con-chris-kimsey-produc…/) 

GOT TO GET YOU INTO MY LIFE: DYLAN Y LOS BEATLES, HACE 55 AÑOS

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Para todos aquellos que se preguntan quién fue el responsable de hacer que los Beatles dejen de escribir canciones sobre tomar a chicas de la mano y cartas de amor que no llegan (que encajaban más con el repertorio de El Club del Clan), y pasen a convertirse en letristas intelectualmente interesantes, el responsable es un tal Bob Dylan. Ocurrió en un día como el de hoy, pero hace 55 años, el 28 de agosto de 1964, cuando Dylan, que venía de hacer un show en el estadio de Forest Hills, New York junto a Robbie Robertson, Levon Helm y Cía. (esto es, 2 años antes de que alguien lo convierta en “Judas!!”) pasó a visitar a los Fab Four por su hotel y les hizo fumar marihuana. Lo que lo motivo, según cuenta la historia, fue el haber malinterpretado la letra de  (Dylan creyó escuchar “I get high” en lugar de “I can’t hide”, seguramente fumado, también), pensando que los de Liverpool estaban listos para la experiencia, cuando en verdad terminó resultando todo lo contrario.
John Lennon: “No recuerdo mucho de lo que hablamos ese día. Fumamos, tomamos vino, comportándonos como auténticos rockers y divirtiéndonos, de manera surrealista. Estábamos de fiesta””

THE STRAY CATS ROCKED THIS TOWN!

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STRAY CATS
The Rooftop at Pier 17, New York City, 6 de agosto de 2019

Ahora es cuando me toca explicar cómo fue eso de ver a los Stray Cats hace 3 días. Debería empezar diciendo que siempre fueron una de las bandas que más deseé ver alguna vez, pero que al mismo tiempo pensé que nunca iba a poder llegar acumplir con mi deseado objetivo. Al menos desde que los descubrí allá por 1983, cuando editaron Rant n’ Rave with the Stray Cats, que tal vez sea mi álbum favorito del grupo.

IMG_5135Algo más tarde, los que los descubrimos durante esos tiempos, tendríamos la oportunidad de disfrutar de sus videos promocionales, que fueron muy difundidos en las señales de videos musicales, si bien solían aparecer en Argentina bastante tarde. Pero siempre había algún videobar (para los que no lo saben, alguna vez hubo bares donde nos pasábamos horas eternas mirando videos musicales). Por eso resultó ser por demás gracioso, y sobre todo absolutamente realista cuando llegado el momento de presentar (She´s Sexy) +17, Setzer anunció quje “el video de esta canción tuvo mucha difusión en la MTV en los días en los que la MTV pasaba música real”. Como fuera, uno todavía se pregunta cómo es que los Stray Cats, una de las mejores bandas de la historia, nunca llegaron a Argentina. Sí estuvieron en Brasil, más precisamente en la ciudad de Sao Paulo, en marzo del ’90, donde el show fue incluso grabado para la TV brasilera (interesados, pueden rastrearlo en YouTube) 36 años después, entonces, estando yo en New York con motivo de los shows de los Stones, y demás, alguien me comenta que el grupo está por tocar en la ciudad. “Cuándo?”, pregunto en estado de desesperación. “Mañana”, me avisan, aumentando mi de por sí exagerada impaciencia. “Y hay tickets?”, indago, mientras rezo a todos los santos posibles descubiertos, y los que aún resta descubrir. “No, está sold out”, me confirman, mientras busco en Google Maps un cementerio en la ciudad para morirme tranquilo y sin que me cobren mucho. Y entonces se me ocurre ir a la página oficial del grupo y ver qué pasa. Alguna figura celestial habrá escuchado mis plegarias, porque es ahí donde encuentro un enlace directo al sitio de Ticketmaster en el cual puedo leer claramente el anuncio de “tickets disponibles” Acto seguido, y aún con la inseguridad propia de un momento así (acaso existe algo más odioso que comprar entradas online?), descubro que SÍ quedan tickets, y bastante accesibles respecto a su precio, aún con la tarifa extra que cobra Ticketmaster (y que cierta vez les valió el amigable apodo de “Ticketbastards”) Click entonces en el botón de tickets y, voilá, ticket confirmado! Como fuera, no existía manera posible de que pueda haberme perdido a una de mis bandas favoritas, con la formación original (no hacía falta aclararlo), al aire libre en la terraza del muelle Pier 17 del sur de New York, con el río Hudson a nuestras espaldas, y el puente de Brooklyn iluminado del otro lado (acaso el mejor telón imaginable) Y por si todo esto fuera poco, en la tierra natal de los Setzer y Cía., originarios de Massapequa, Long Island, a 45 km. de aquí, convirtiendo a este preciso show en el más clásico de la actual gira del cuadragésimo aniversario del trío. Y yo a 3 m. del escenario (no me odien, muchas gracias) “Me muero”, me dije. Oh yeah.
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A las 7 pm apareció el acto telonero, el James Hunter Duo (esto es, James Hunter en guitarra eléctrica y su contrabajista), que hicieron un muy buen show con canciones propias y algunos hits de los ’50, todo en plan vintage rock’n’roll y rockabilly, claro, ganándose al público presente, que llegó a los 1.000 asistentes, calculo, colmando el lugar (ver foto) 1 hora después los roadies de los Stray Cats aprontaban todo lo qaue había que aprontar sobre el escenario. La batería de Slim Jim Phantom, los tres contrabajos de Lee Rocker y, claro, las Gibson y las Gretsch del gran Brian Setzer. Sin escenografía, y con apenas dos tachos de metal (como en el video de Stray Cat Strut), que terminaron siendo las heladeras de las cuales los músicos sacaban las botellas de agua mineral durante el concierto.
Los Cats salieron a escena a eso de las 20.30 hs. En rigor, formando con Slim Jim Phantom (uno de los músicos más cool de la historia, y por siempre uno de mis bateristas favoritos junto a Charlie Watts, Clem Burke, Fred Below y algunos otros pocos) a nuestra izquierda, Setzer al medio, como corresponde, y Lee Rocker a la derecha. No voy a extenderme mucho sobre el listado de canciones, pero sí decir que eventualmente no faltaron ninguno de los clásicos del grupo, intercalados con algunas canciones del nuevo disco “40” (el primer álbum de estudio de los Cats en 26 años!)

IMG_5137Cuarenta años después, entonces, el grupo se mantiene y suena intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Estos tipos aman lo que hacen, no pueden parar de sonreir, se les nota demasiado, y resulta muy interesante observar las miradas que entrecruzan en ese marco de nostalgia que se propusieron traer desde que se juntaron para hacer lo que más les gustaba allá lejos y hace tiempo. Lo cantan en su eterno hit Bring It Back Again, y se lo preguntan a la audiencia antes de hacer la canción (“Do you want us to bring it back again?”) Ya sobre el final, deciden despedirse por primera vez con Rock This Town, y entonces regresar con tres bises más y finalmente dejar el escenario tras tocar Rumble in Brighton. Ver a los icónicos Stray Cats en vivo y descubrir que siguen siendo los mismos que soñamos ver eternamente, en su ciudad, y rodeados de sus fans de antaño, hizo de su show en New York City una velada inolvidable. Gene Vincent y Eddie Cochran pueden descansar tranquilos.

SETLIST:
Cat Fight (Over a Dog Like Me)/ Runaway Boys/ Double Talkin’ Baby/ Three Time’s a Charm/ Stray Cat Strut/ Mean Pickin’ Mama/ Gene and Eddie/ Cry Baby/ I Won’t Stand in Your Way/ Cannonball Rag/ Misirlou/ When Nothing’s Going Right/ (She’s) Sexy + 17/ Bring It Back Again/ My One Desire/ Blast Off/ Lust n Love/ Fishnet Stockings/ Rock This Town/ Rock It Off/ Built for Speed/ Rumble in Brighton

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NEW YORK SHUFFLE – The Rolling Stones, East Rutherford, NJ, 5 de agosto de 2019

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The Rolling Stones en el Metlife Stadium – East Rutherford, New Jersey, 5 de agosto

La idea era hacer una crónica del segundo show stoniano en el Metlife Stadium del lunes pasado (“el número 91” de la historia en el área New Jersey-New York, tal como lo anunció Sir Mick durante la velada) , pero luego ocurre que no hay tiempo que resulte suficiente como para hacerlo tan detalladamente, que las noches terminan siendo muy cortas, que surgen actividades todo el día, y que el cansancio general acaba superando la integridad física y mental de uno. En pocas palabras entonces, un resumen ajustado debería indicar que éste fue el show con más sorpresas de lo que va del tour. Todo planeado meticulosamente como para complacer al público local en acaso la ciudad más clásica de USA en lo que a shows stonianos a través de las décadas se refiere. Como empezar con Jumping Jack Flash en lugar de Street Fighting Man, y elegir You Got Me Rocking en el lugar de la segunda de las canciones de la noche. Y agregar Monkey Man, o You Got the Silver (en lugar de Slipping Away, como vino ocurriendo en los shows más recientes) en el setlist. Y la mayor de todas de la mano de Harlem Shuffle (cómo no hacerla en New York City?), que empezó de manera bastante lenta y fue poniéndose mejor a medida que avanzaba, y tocada en vivo por primera vez en 30 años. Por el resto, ya sabemos, los hits de siempre, los que la mayoría del público asistente quiere escuchar, en un estadio inmenso que estuvo prácticamente colmado de cabo a rabo, y que celebró a los Stones en el que hasta el momento fue su último show en la ciudad. Y que posiblemente también sea el último de la historia del grupo por estos lares. Quién lo sabe?. Vuelvo a pedir disculpas por no hacer una crónica más detallada, pueden encontrar muchas otras dando vueltas por ahí. Por mi parte, también fue mi cuarto y último de esta gira después de los de Jacksonville, Philadelphia y el primero en New Jersey (y el número 80 desde aquel 1 de agosto de 1994 en el estadio RFK De Washington DC)