“BLUE & LONESOME”, O CUANDO LOS STONES SE SUPERAN A SÍ MISMOS

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Publicado en Revista Madhouse el 9 de diciembre de 2016

Allá por 1989, en momentos en que los Rolling Stones cumplían poco más de un cuarto de siglo de existencia, el bajista Bill Wyman, que para entonces aún era miembro del grupo, brindó la definición definitiva (palabras más, palabras menos) para referirse a la banda que después de varias especulaciones terminaría abandonando definitivamente tres años más tarde: “Tuvieron que ser cinco chicos blancos de Londres que tomaron aquella música negra que llegaba del otro lado del Atlántico, cuya grandeza nunca había sido oportunamente reconocida, y que se la devolvieron a los americanos haciéndola popular”.
 
“SI NO CONOCÉS EL BLUES, NO TIENE REALMENTE SENTIDO AGARRAR LA GUITARRA Y TOCAR ROCK AND ROLL, U OTRO TIPO DE MÚSICA POPULAR”
– KEITH RICHARDS
 
Tras más de medio siglo satisfaciendo a sus fans, y en un año que tuvo a la banda más grande del rock’n’roll ocupada por demás llevando a cabo una memorable gira sudamericana que concluyó con un histórico show en La Habana, semejante racha de actividad podría resultar más que suficiente para la mayoría de los grupos. Salvo que los Stones no pertenecen a esa mayoría. Y es por eso que, acto seguido, en octubre pasado se instalaron en el desierto de California a lo largo de dos fines de semana para formar parte de la grilla del recordado multiestelar festival Desert Trip.
 
ES UN TRABAJO SUCIO (PERO ALGUIEN TIENE QUE HACERLO). Esto puede significar un montón de trabajo para un conjunto de músicos que ya superaron los 70 años de edad pero, se sabe, darse por acabados nunca estuvo incluido en el manual básico de actividades del grupo. De hecho, nada más lejos de la realidad. Por eso no resulta nada extraño que 28 años después de aquella aseveración tan certera de Wyman, la que hablaba de la misión divina que los Stones llevaron a cabo como nadie, terminen lanzando al mercado el disco que cumple a rajatabla con el know how de aquel inestimable emprendimiento comenzado 54 años atrás. Era hora de volver a grabar.
 
“NUNCA ANTES HICIMOS UN DISCO ASÍ. HASTA NUESTRO PRIMER DISCO TIENE SOBREGRABACIONES” – MICK JAGGER
 
Habían pasado once años desde su último disco “A Bigger Bang”; en lo que a álbumes completos de estudio se refiere, la pausa más larga de toda su carrera, y la ansiedad de Keith Richards por registrar material nuevo había sobrepasado todo los límites . Claro que aquellas sesiones de fines de 2015 en los estudios British Grove de Chiswick, en el oeste londinense, propiedad del ex Dire Straits Mark Knopfler, las mismas que apuntaban a un nuevo disco con canciones frescas de los Stones -que en teoría sí saldría al ruedo en algún momento del próximo año- terminó deparándoles una sorpresa tras descubrir que los clásicos de blues que solían zapar en busca de inspiración, acabarían conformando un flamante trabajo de estudio. Comenzaron interpretando una versión de una canción de Little Walter (la misma cuyo título terminaría dándole nombre al álbum), y la experiencia sonó tan bien que la banda terminó versionando algunas más, lo que resultó en un disco enteramente compuesto por canciones de blues de Chicago. Pura magia.
 
ESA VIEJA MAGIA AZUL. “Blue & Lonesome” no es sólo el primer álbum de los Stones sin composiciones de la dupla Jagger-Richards, lo cual constituye un hecho históricamente inédito en la carrera de la banda, cuando hasta el disco debut del grupo de 1964 sufrió algún que otro intento de incluir canciones propias, sino que además está exclusivamente integrado por viejas canciones oscuras de blues que en su momento ni siquiera llegaron a ser hits, en lugar de haber optado por clásicos más comunes del estilo como podrían haber sido “Smokestack Lightning” o “Hoochie Coochie Man”, entre tantos de tantos. Un total de 12 versiones directas de la pluma de Jimmy Reed, Little Walter, Howlin’ Wolf, Magic Sam, y demás musas, algunos de los artistas que cautivaron a Jagger, Richards, Watts y Wood desde muy jóvenes, y principalmente al seminal Brian Jones, canciones sin cuya presencia la banda seguramente no hubiera existido.
 
“NO ES ALGO TÉCNICO, ES EMOCIONAL. UNA DE LAS COSAS MÁS DIFÍCILES ES LOGRAR ESA SENSACIÓN” – CHARLIE WATTS
 
No menos curioso resulta leer que muchos críticos se refieran a “Blue…”, sin duda un trabajo fundamental en la carrera del grupo y clásico instantáneo, como “la nueva obra de los Stones”, cuando sin ir más lejos proviene de la cepa más pura de la banda, lejos de toda suerte de deliberación y favoreciendo la espontaneidad absoluta, y por primera vez en la historia registrado absolutamente en vivo en estudios con los cuatro Stones casi pisándose los talones en el plazo record de tres días, entre el 11 y el 14 de diciembre de 2015. Una receta perfecta que el cuarteto, lejos de toda planificación y sin más que dando rienda suelta a una sobredosis inesperada de éxtasis repentino (que puede apreciarse de forma contundente al escucharlo), emplearon para dar lugar a la deuda más grande que la banda tenía para con la música, y también con su propia carrera, produciendo un disco que está tranquilamente a la altura de sus mejores trabajos de los 60 y los 70.
 
“EL DISCO SE HIZO SOLO”. Así fue como lo definió Richards. Por eso la presencia del sonido lo-fi distorsionado intencional (crédito del productor Don Was), tal como sonaba el blues original de Chicago que se respira a través del repertorio elegido para la ocasión, un flashback directo a aquel sonido de sótano de muchos de los discos de blues registrados 60 años atrás, o incluso más, por los intérpretes originales de las canciones. Y también por eso, tantas otras sorpresas. En rigor, los Stones no grababan canciones de blues tan perfectas desde al menos su hiperclásico “Exile On Main St.” Para la ocasión, sumándose a la lista de novedades, el disco tampoco incluye guitarras sobregrabadas siendo los únicos overdubs los del piano de Chuck Leavell, que esta vez ha dejado su estilo algo azucarado de lado para plasmar su mejor performance en un disco stoniano que aparece básicamente dominado por Jagger, que como nunca antes deja en claro por qué fue siempre uno de los mejores armonicistas que existieran, caballerosamente secundado por los delicadísimos aportes de guitarra de Richards (que asimismo también por vez primera esta vez no aporta alguno de sus clásicos riffs marca registrada) y Wood (que ha realizado algunos de los mejores solos de su historia en su rol de bluesman), más un Charlie Watts completamente sólido y  la participación especial del invitado de honor Eric Clapton en dos de las canciones, quien realizó una tarea descomunal dejando plasmado su ya clásico estilo, a pesar de los problemas de salud que atentaban contra su movilidad física a la hora de ejecutarlo, como fue de público conocimiento. Jagger nunca antes sonó tan animado o desbordado de pasión, gimiendo cada una de sus notas de forma desgarrada, bombeando sangre a todas y cada una de las canciones, desatando incansablemente sus mencionados dotes a la hora de hacer estallar su armónica.
 

“El blues siempre se trató de transmitir aquella música maravillosa que tiene sus orígenes en los estados sureños norteamericanos, y que fue afinada hasta la perfección en la Chicago de posguerra”, señalan las liner notes del álbum a cargo de Richard Havers. “El blues es sobre la gente –sus amores, sus vidas, sus miedos y sus adversidades- y las mejores canciones de blues son las cantadas con pasión y gran espíritu. Se trata de música que habla de su propia historia. Hay muchos que piensan que el blues habla de las pérdidas, pero lo es también sobre el amor, el desee, el anhelo, y hasta a veces es algo divertido. Los clásicos de blues de Blue & Lonesome prueban que son maestros de su propio oficio, un oficio pulido por el respeto a la música y a los músicos que han pasado anteriormente. Aún antes de convertirse en “Los Stones”, Mick y Keith amaban el blues, un amor también compartido por Ronnie y Charlie. En sus primeros tiempos como banda, los Stones tocaban la música de Jimmy Reed, Willie Dixon, Eddie Taylor, Little Walter y Howlin’ Wolf, artistas cuyas canciones son versionadas en este álbum. Este es un disco que ha sido planeado durante 50 años, y que sin embargo sólo llevó tres días para ser grabado”

“TODAS ESTAS CANCIONES TIENEN ANTECEDENTES. LES EXPRESAMOS NUESTRO RESPETO, PERO ESTAMOS HACIENDO QUE EL BLUES DE UN PASO ADELANTE CON LA ESPERANZA DE PRESENTÁRSELO A UNA NUEVA GENERACIÓN DE FANS”
– MICK JAGGER

DOCE CANCIONES EN PUGNA. El resultado es contundente y no deja ninguna duda por aclarar: se trata de no sólo uno de los mejores trabajos de los Stones, sino además de uno de los mejores discos alguna vez grabados de la historia, y con un repertorio que carece de precedentes, a saber:
 
1. “Just Your Fool”: Los Stones eligen abrir el álbum con una de las cuatro canciones de Little Walter (el nombre artístico de su autor Walter Jacobs) que en esta obra figuran y que Walter, principal influencia de Jagger a la hora de soplar la armónica, grabó por primera vez en 1960. La quintaesencia del sonido de Chicago en su máximo esplendor.
 
2. “Commit A Crime”: Pocos riffs de blues a través de la historia pueden sonar tan badass como el de este clásico del gran Howlin’ Wolf (Chester Burnett), una de las voces más clásicas de la historia del blues, que la escribió y grabó originalmente en abril de 1966.
 
3. “Blue And Lonesome”: Canción que da título al disco y segunda del álbum de la pluma de Little Walter, quien la registró por primera vez en agosto de 1959. Quizás la performance vocal más desgarrada que Jagger alguna vez plasmó.
 
4. “All Of Your Love”: Con su ritmo jazzeado y su cadencia desesperada, fue escrita y grabada por Magic Sam (Samuel Maghett) en Chicago en 1967, formando parte del álbum “West Side Soul”. Única canción del álbum que incluye un solo de Keith Richards, todo un auténtico pasaje al infierno… y sin retorno.
 
5. “I Gotta Go”: Tercera pieza del disco firmada por Little Walter y que grabó originalmente en abril de 1955. Walter no logró que “I Gotta…” llegara a convertirse en hit, como sí lo fue “Roller Coaster”, la cara principal del single del que formaba parte. El “1…2…3…4” al inicio de la canción, antes de la armónica de Jagger, es crédito de Ronnie Wood.
 
6. “Everybody Knows About My Good Thing”. Escrita por Miles Grayson y Lermon Horton y grabada originalmente por Little Johnny Taylor en 1971, título de su disco debut lanzado al año siguiente. Un shot directo de R&B del que resulta difícil reponerse. Jagger ya la había registrado en vivo junto a Gary Moore y The Midnight Blues Band el 28 de junio de 1992 como parte del evento en Londres “A Celebration Of The Blues”, la cual terminó siendo cara B de su single solista “Don’t Tear Me Up” de 1993. La canción incluye la prodigiosa presencia de Eric Clapton en guitarra slide.
 
7. “Ride’Em On Down”: Canción de Eddie Taylor grabada para el legendario sello de Chicago Vee Jay en diciembre de 1955, y hasta ahora último corte promocional del disco, con video incluido.
 
8. “Hate to See You Go”: Cuarta y última canción firmada por Little Walter, el cual la registró por primera vez en el mes de agosto de 1955. El ritmo logrado por Charlie Watts supera la perfección.
 
9. “Hoo Doo Blues”: La más oscura de las canciones que integran el disco, fue escrita por Otis Verries Hicks y Jerry West y grabada por Lightnin’ Slim (el nombre artístico de Hicks) en el estado de Louisiana en 1958.
 
10. “Little Rain”: Escrita por Ewart G. Abner y Jimmy Reed, y originalmente grabada por Reed (una de las influencias más históricas de los Stones, de quien ya habían grabado “Honest I Do” en su álbum debut) en Chicago en 1957. Imposible pensar en una canción que resulte más ideal como eventual banda de sonido para sellar un pacto con el diablo en una carretera solitaria pasada la medianoche.
 
11. “Just Like I Treat You”: Compuesta por el enorme (nunca mejor dicho) cantante, productor y compositor clave Willie Dixon, una de las figuras más prominentes de la escena de blues de Chicago del siglo pasado, y grabada por primera vez por Howlin’ Wolf en diciembre de 1961 para el legendario sello Chess.
 
12. “I Can’t Quit You Baby”: Canción que cierra el disco, también escrita por Willie Dixon, que el cantante y guitarrrista Otis Rush registrara como parte de su primera sesión de grabación en Chicago en 1956. “I Can’t Quit…” contó con varias versiones grabada por otros artistas a través de los años (como las de John Mayall o John Lee Hooker, por recordar algunas), si bien la más recordada será la que Led Zeppelin incluyó en su álbum debut de 1969. Segunda y última aparición de Clapton y otro de sus célebres solos característicos.
 
“LO QUE TOCAMOS EN ESTE DISCO VIENE REALMENTE DE LA MISMA ÉPOCA DE LO QUE HACÍAMOS EN NUESTRO PRIMER ÁLBUM, POR LO QUE ESTÁ TODO MUY CONECTADO. NOS HACE REGRESAR A NUESTRAS PRIMERAS GRABACIONES” – KEITH RICHARDS
 
TRISTE, SOLITARIO… Y GENIAL. En tiempos como éstos tan carentes de alma, “Blue & Lonesome” conforma toda una declaración de principios y cuesta no fantasear con la idea de que, de haberse grabado antes, sin dudas hubiera pasado a engrosar la lista de los mejores y más clásicos trabajos de los Stones. Desafiando toda chance mayor de esplendor, los Stones terminan superándose a sí mismos, cerrando un círculo que comenzaron a delinear cuando eran apenas un puñado de chicos de clase media que soñaban con vivir de lo que más les gustaba hacer y que ahora, más de medio siglo más tarde, renuevan la apuesta original con la misma propuesta. Quizás de aquí en más deberían aferrarse a su legado y mantenerse en la misma línea hasta el día que decidan parar, si de alguna manera eso resulta imaginable. Volver a mirar al pasado, que al fin y al cabo tampoco nunca se fue, y continuar rindiéndole tributo a sus venerados héroes musicales, lo que quizás puede imaginarse como el final artístico perfecto de la banda blanca de blues más proselitista que el mundo alguna vez conoció o conocerá, tal como queda indiscutiblemente demostrado en su nueva producción tan cruda, sucia e irresistible.
 
La experiencia definitiva sugiere ponerse a escuchar “Blue & Lonesome” en soledad en el medio de la noche, no antes de las 3 o 4 AM, con auriculares clavados a los tímpanos y las luces apagadas, en la oscuridad total… Uno puede garantizar que para cuando suena la última canción del álbum, resulta casi inevitable terminar llorando de emoción ante semejante obra maestra del blues y comprobar que aquella misión divina inicial terminó cumplimentándose con creces, ante una inmortalidad definitivamente garantizada.


ROBERT JOHNSON | Negocios con el diablo

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Publicado en Evaristo Cultural el 9 de noviembre de 2015

“Fui hasta la encrucijada y caí de rodillas, le pedí piedad al Señor, por favor, salva al pobre Bob”
(‘Cross Road Blues’, 1936)

La mitología cristiana se ha ocupado extensivamente de ello. Pudimos contemplarla a través de los relatos más disparatados, en libros, cuentos y películas. La historia del hombre que pacta con el diablo es uno de los relatos más recurrentes que han aparecido a lo largo de las efemérides y, casualidad o no, muy asiduamente ha estado relacionada con la música. Ya hace dos siglos atrás, la gente solía creer que el violinista italiano Nicolo Paganini tenía poderes demoníacos. Y ni hablar de los cientos de leyendas urbanas. Pero ningún relato faustiano ha perdurado tanto en el imaginario popular como el del músico de blues Robert Johnson. Según reza la leyenda, un principiante Johnson tomó su guitarra y se dirigió a la intersección de las carreteras 49 y 61 de la ciudad de Clarksdale, estado de Mississippi, donde el diablo le devolvió su instrumento a cambio de su alma. Tras haberlo dado por muerto por quienes lo conocían, Johnson, que hasta aquel momento había pasado por la escena musical sin pena ni gloria (su contemporáneo Son House lo consideraba un armonicista aceptable, pero un pésimo guitarrista), reapareció después de un tiempo demostrando una técnica y maestría formidables a la hora de ejecutar el blues.
Así, los rumores sobre la historia del bluesman que logró conjurar riffs pentatónicos y sonidos de guitarraslide, acompañados por un ronco tono vocal soberbio, se extendieron por todo el estado sureño. Aquellos que lo habían escuchado tocar antes del insigne episodio también sabían lo que rumoreaba sobre el hombre que había hecho un pacto con Satán para terminar dominando el género en el cual ahora descollaba con una excelencia sublime, creando su leyenda individual, y asimismo liberándolo de su propio infierno, los de los sofocantes campos de algodón del crudo sur estadounidense donde se ganaba el pan de cada día. Sin embargo, los historiadores no la han pasado nada bien a la hora de rastrear los auténticos detalles sobre su vida. Supuestamente, Robert Leroy Johnson había nacido en Hazlehurst, estado de Mississippi, un 8 de mayo de 1911, producto de un affaire extramarital entre su madre (que previamente había sido abandonada por su esposo) y un campesino local. A los dieciséis años, Johnson ya se encontraba trabajando en los campos de algodón y, para evitar terminar siendo asociado con acusaciones infundadas (era muy común que un negro pobre termine siendo utilizado permanentemente como chivo expiatorio) se paseaba por la vida tras haber adoptado una serie de alias, como el de Robert Spenser, o el de Robert Sax. Los historiadores indican que Johnson se casó al menos en dos oportunidades, y fue durante su segundo matrimonio, en 1931, que comenzó con el blues. Originalmente tocaba armónica, para luego pasarse a la guitarra, el instrumento que terminó convirtiéndolo no sólo en un auténtico innovador del género en cuestión, sino también en el padre original del rock and roll moderno. Hasta entonces Johnson era un simple aprendiz con delirios de estrella, por lo que los músicos de blues más experimentados de aquellos años como Charlie Patton, Willie Brown o Son House, terminaban aceptando de mala gana que se suba al escenario para tocar junto a ellos. Todo esto hasta que llegó el día en que el novato e improvisado Johnson desapareció por seis meses y, una vez más, solamente munido de su guitarra y un hueso de gato negro, esperó en la histórica intersección de caminos (sitio que tradicionalmente era utilizado para darle sepultura a todos aquellos que no eran considerados dignos de ser enterrados en un cementerio), para acabar vendiéndole su alma al diablo. Al retornar, su indiscutible talento para tocar la guitarra terminó impresionando a los bluesmen más expertos, lo que significó el verdadero comienzo de la leyenda. ¿De qué otra manera Johnson pudo haber logrado semejante maestría al ejecutar su instrumento? Según el folklore africano, una deidad conocida con el nombre de Esú, el guardián histórico de las encrucijadas, era la figura encargada de obrar de intermediaria entre los dioses y el hombre. Habiendo sido los misioneros cristianos quienes impartieron las enseñanzas de la cristiandad a las tribus africanas, muchos de los dioses paganos terminaron siendo asociados con el concepto del diablo, por lo que una encrucijada representaba el punto geográfico por excelencia en el cual un hombre podía encontrarse con Satán. Lo que explica el porqué del cual la brujería, eventualmente, o cualquier tópico relativo a un probable acercamiento al maligno, se hayan mantenido prominentes en muchas de las letras de canciones de blues a través de los tiempos.
Curiosamente, el relato original del pacto de Johnson se vio modificado según la “visión” que tuvo el músico de blues Henry Goodman, que no trastabilló a la hora de sugerir su propia versión de lo ocurrido aquella fría noche:
“Robert Johnson había estado tocando en Yazoo City y en Beulah, intentando retornar a Helena, y en plena carretera se topó con una camino que estaba cerca de un dique. Llevaba la guitarra apoyada sobre su hombro. Era una noche fresca de octubre, y la luna llena iluminaba el cielo oscuro. Johnson no lograba dejar de recordar a Son House cuando éste le decía ‘Bajá la guitarra, muchacho, estás enloqueciendo a la gente’ Como siempre, Johnson estaba buscando mujeres y whisky. Había árboles muy altos por todo el lugar, el camino era oscuro y solitario. Un perro loco y envenenado aullaba y gemía desde una zanja al costado. Johnson sentía escalofríos por todo el cuerpo, mientras se iba acercando a una encrucijada al sur de Rosedale. Robert Johnson, sintiéndose mal y solo, conocía a gente que vivía en Gunnison. Allí podía conseguir whisky, y mucho más. Un hombre que estaba sentado sobre un tronco al costado de la carretera va y le dice ‘Llegaste tarde, Robert Johnson’. Johnson cae sobre sus rodillas y le contesta ‘Tal vez no’ El hombre, muy alto, con el pecho del tamaño de un barril, y negro como los ojos cerrados de Johnson, se pone de pie y se acerca al medio del cruce de caminos en el que Johnson se arrodillaba, y le dice ‘De pie, Robert Johnson. ¿Querés tirar esa guitarra en la zanja con ese perro sin pelo y volver a Robinsonville y tocar la armónica con Willie Brown y Son, y seguir siendo uno más del montón, o querés tocarla como nunca nadie lo hizo? ¿Con un sonido que nadie jamás escuchó? ¿Querés ser el rey del blues del Delta y tener todo el whisky y las mujeres que quieras?’ ‘Eso es mucho whisky y mujeres, Hombre-Diablo’, le contestó Johnson. ‘Te conozco, Robert Johnson’, le replicó el hombre. Johnson sintió que la luz de la luna caía sobre su cabeza y la parte trasera de su cuello, mientras la luna parecía crecer más y más, cada vez más brillante. La sentía como si fuera el calor del mediodía, y el aullido y gemido del perro en la zanja le penetraban el alma, subiéndole por sus pies y las puntas de los dedos a lo largo de sus piernas y brazos, hasta terminar en ese espacio vacío detrás del esternón, haciendo que se sacuda y se estremezca, como si fuera paralítico. Robert Johnson dice ‘Ese perro se volvió loco’ El hombre se ríe. ‘Ese sabueso es mío. No está loco, tiene el Blues. Tengo su alma en mi mano’ El perro esboza un gemido bajo y sentimental, un aullido jamás escuchado, rítmico, y gruñidos, chillidos y ladridos sincopados, convulsionando a Johnson, y haciendo que las cuerdas de su guitarra vibren y zumben un sonido triste y oscuro, acordes y notas, poseyendo a Robert Johnson, dominándolo, haciendo que se pierda dentro de sí mismo, dando vueltas, levantándolo por los aires. Robert Johnson enfoca su mirada hacia la zanja y ve que los ojos del perro reflejan la luz de la luna brillante, fulgurantes, con un brillo violeta penetrante, y Robert Johnson sabe lo que está pasando, y siente que está mirando los ojos de un Perro del Infierno, y le tiembla todo el cuerpo. El hombre dice ‘El perro no está en venta, Robert Johnson, pero el sonido puede ser tuyo. Es el sonido del Blues del Delta’ ‘Tengo que tener ese sonido, Hombre-Diablo. Ese sonido es para mí. ¿Dónde tengo que firmar?’ El hombre le contesta, ‘No tenés ningún lápiz, Robert Johnson. Tu palabra es suficiente. Todo lo que tenés que hacer es seguir caminando en dirección al norte. ¡Pero mejor preparate! Hay consecuencias’ ‘¿Preparado para qué, Hombre-Diablo?’ ‘¿Sabés dónde estás, Robert Johnson? Estás parado en el medio de una encrucijada de caminos. A la medianoche, esa luna llena caerá directamente sobre tu cabeza. Un paso más, y estarás en Rosedale. Si vas por este camino hacia el este, volverás a la carretera 61 en Cleveland, o podés retornar y volver a Beulah, o dirigirte hacia el oeste, sentarte en el dique y mirar el río. Pero si seguís en la dirección que habías tomado, vas a llegar a Rosedale a la medianoche, bajo la luna llena de octubre, y vas a tener el Blues como nadie lo tuvo en este mundo. Mi mano izquierda envolverá tu alma por siempre, y tu música poseerá a todos los que la escuchen. Eso es lo que va a suceder. Eso es para lo que tenés que estar preparado. Tu alma me pertenecerá. Esta no es una encrucijada cualquiera. No por nada la marqué con una equis, y te estuve esperando’ Robert Johnson movió su cabeza, con la cuenca de sus ojos mirando hacia la luz cegadora de la luna, que para entonces ya había llenado la oscurísima noche del Delta, perforando su ojo derecho como si fuera una descarga de relámpagos, al filo de la medianoche. Miró al inmenso hombre directamente a los ojos y le dijo, “¡Hacia atrás, Hombre-Diablo, estoy yendo a Rosedale. Soy el Blues!’ El hombre se movió hacia un lado y le dijo, ‘Seguí adelante, Robert Johnson. Sos el Rey del Blues del Delta. Volvé a tu hogar en Rosedale. Y cuando llegues a la ciudad, conseguí un plato de tamales calientes, vas a necesitar tener algo en tu estómago’ ”

Eventualmente, gracias a su nuevo nivel de excelencia musical, Johnson logró cumplir cada uno de sus sueños, más precisamente los de sumergirse de lleno en el mundo del whisky, las apuestas, y las mujeres fáciles. Una vez que logró notoriedad como guitarrista de primera línea, viajó por todo el sur de los Estados Unidos, desbordando de público todos y cada uno de los lugares en los que se presentaba. Su inusual apariencia, mientras tanto, basada en la suposición que indicaba que tenía un “ojo malo” (en verdad, una catarata que se había formado sobre el cristalino), logró que se le agregue más combustible a su de por sí muy incendiaria apariencia, por lo que el público creía que una mirada de Johnson era todo lo necesario para mandar a uno al infierno. Johnson también acostumbraba a tocar de espaldas a la audiencia, lo que era interpretado como señal de que siempre tenía algo que ocultar. Pero en verdad lo que Johnson buscaba reservarse eran los trucos que le permitían tocar la guitarra tan magistralmente, y que no quería que nadie le robe.
Así , el Rey del Blues del Delta grabó sólo 29 canciones, las cuales llegaron a sumar un total de 41 pistas (incluyendo las tomas alternativas), todas ellas registradas entre 1936 y 1937 (editadas por entonces en once discos de pasta individuales de 78 revoluciones), tarea por la que cobró la por entonces no tan moderada suma de cien dólares, plasmando así un legado único que más tarde lo consagraría como uno de las principales influencias de los artistas de blues y rock más reputados (sus canciones fueron versionadas por discípulos de la talla de Led Zeppelin, Rolling Stones, Elmore James o Cream, entre otros) y que no verían la luz en conjunto hasta 1991, cuando la compañía Columbia editó The Complete Recordings, un álbum doble conteniendo todo lo que Johnson alguna vez registró, y que le valió la certificación de Mejor Álbum Histórico.
Las circunstancias que rodearon a su muerte sólo lograron reforzar la leyenda y, lejos de la versión que indicaba, obviamente, que el diablo se había llevado su alma, los biógrafos coincidieron en señalar que fue apuñalado o, como se creyó más popularmente, que recibió un tiro certero de manos de una novia celosa, o bien del esposo de una de su tantas amantes. O envenenado con estricnina. Otras interpretaciones de los hechos citan la posibilidad de haber sufrido una sífilis alocada que lo tuvo angustiado durante tres años, hasta que terminó cayendo de rodillas y, aullando y ladrando como un perro agonizante, exhaló por última vez el 16 de agosto de 1938, a los 27 años de edad. Su tumba más recordada (en rigor una de las tres existentes, lo que acabó aportando aún más pimienta a la leyenda), puede ser visitada en el cementerio de la iglesia Misionaria Bautista Mount Zion, situada cerca de la carretera 7 de Morgan City, en su Mississippi natal, y no tan lejos del lugar donde, mito o verdad, y con tan sólo ellos dos como únicos testigos, Robert Johnson negoció con el mismísimo diablo.

B.B. KING (1925-2015) – El rey que nunca abdicó.

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Publicado en Evaristo Cultural el 19 de mayo de 2015

En el 143 de la Beale Street, en pleno corazón del centro turístico de la ciudad de Memphis, en el estado de Tennessee, se sitúa el B.B. King’s Blues Club. Uno no puede evitar recorrer la pintoresca ciudad del sur de los EE.UU., que encarna uno de los sitios más emblemáticos de la enaltecida historia musical del país, y no terminar deambulando por la calle Beale, que a lo largo de sus casi 3 km. de extensión, con sus innumerables bares y boticas de recuerdos para turistas, es el punto obligado de visita para el turista ocasional. Memphis hace que estallen los sentidos. Por lo que un recorrido por la ciudad que uno pueda sugerir debería comenzar en los legendarios estudios de la Sun Records, para después de un tramo no muy extenso bajar hasta la calle Beale y toparse con los incandescentes neones que anuncian el punto estratégico donde se halla el club de B.B. que, fiel al estilo de los “clubes de música” americanos, entre tragos y aperitivos sureños, invita a pasar un buen momento disfrutando de alguno de los artistas que allí se presentan diariamente a lo largo de los siete días de la semana (que, claro, suele incluir a una eventual B.B. King’s All Stars Band en su marquesina), para luego abandonar el club y, tras unas pocas cuadras llegar al punto final de la calle, cuando Beale Street se encuentra con el río Mississippi, que marca el límite con el estado de Arkansas. El B.B. King’s Blues Club de Memphis abrió en 1991, pero su creciente convocatoria con el paso de los días logró que luego se le sumen sucursales en Nashville, Orlando y New York City. Desafortunadamente el señor King no tocó en ninguna de las noches en que estuve en Memphis en aquella oportunidad (cuando uno se deja llevar inocentemente por la ilusión que dice que el dueño de casa “tal vez aparezca en algún momento”), y no me quedó más opción que la de consolarme con el recuerdo de haberlo visto en Bs. As. 3 años antes, en 1991, en ocasión de su segunda visita a nuestro país.

Y fue precisamente durante otro viaje, unos años después, estando yo en la Gran Manzana, que aquella mañana, mientras hojeaba el periódico Village Voice, vi el anuncio del show de B.B. de esa misma noche en el Blue Note de New York. Corría enero de 1998 y el frío neoyorquino se hacía valer, pero nada en este planeta hubiera logrado que me pierda la posibilidad de asistir a un show del gran B.B. King en el íntimo y tradicional espacio de jazz neoyorquino. Si recuerdo hasta me acerqué al Blue Note a la media tarde, con la mera intención de adelantarme y sortear toda posibilidad de quedarme sin entradas. Una vez allí, alguien me permitió ingresar al club, cuando todo era sillas sobre las mesas, ruido de vajilla de fondo, y un empleado que le pasaba el trapo al piso del recinto. “Sé que esta noche toca B.B. King y vengo de lejos, me preocupa quedarme sin entrada”, le dije. El hombre del overol me miró con cara de “me parece que no está hablando con la persona indicada”, pero imagino cómo habrá sido mi gesto de desesperación que no dudó en soltarme un “por las dudas véngase temprano, seguro que consigue”, todo apenas no más de dos minutos antes que al salir descubra el cartel de “B.B. King, localidades agotadas que, previamente inadvertido, me miraba socarronamente desde la boletería del lugar. Confieso mi furia instantánea y mi imperiosa necesidad de descargo ante el primer humano que se me cruce, pero al fin y al cabo el tipo del overol no tenía la culpa. Después de todo yo caí de sorpresa, y él estaba allí sólo para dejar en perfectas condiciones la sala donde algunos afortunados esa noche asistirían a un show, entiendo inolvidable y único, de uno de los artistas más importantes de la historia.

B.B. tenía un amor único y exclusivo, una tal Lucille, que era de piel tan negra como su amante, y que personalizaba el sueño de cualquier hombre: hablaba sólamente cuando su novio lo deseaba. Y entonces, cuando lo hacía, sólo decía cosas lindas. Algunas veces Lucille también contaba historias tristes. B.B. la llevaba a todas partes, por lo que Lucille conoció el mundo, durmió en los mejores hoteles, y fue alabada por todo el planeta. B.B. la había conocido en 1949, la noche en que tocaba en un salón de baile de la ciudad de Twist, estado de Arkansas. Cuenta la historia que tal era el frío que esa noche hacía dentro del lugar, que para calefaccionar el salón alguien tuvo la brillante idea de encender un barril con kerosene, combustible que casi terminó incendiando el recinto tras derramarse su flameante contenido por causa de una pelea de bar entre dos de los asistentes al show. Ambos público y músicos se vieron obligados a evacuar el club. Fue cuando, en plena efervescencia, B.B. se dio cuenta que había dejado su guitarra, por entonces una Gibson acústica, dentro del club. King decidió enfrentar las llamas y volver por su instrumento, y ambos terminaron ilesos para el final de la jornada. Al día siguiente, alguien le relató a King  la historia detrás de la reyerta de la noche anterior: ambos hombres se habían peleado por una chica llamada Lucille. B.B. decidió llamar así a su primera guitarra, y también a todas las que tuvo a lo largo de su excelsa carrera. Si bien usó la Fender Telecaster en sus primeras grabaciones, King tocó guitarras Gibson por más de 40 años, pero fue recién a principios de los años ‘80 que la marca de guitarras decidió unir fuerzas con el artista y lanzar al mercado el modelo “BB. King Lucille”. Así, B.B. y Lucille hicieron el amor incansablemente, dejando un reguero de miles de vástagos a través de más de seis prolíficas décadas.

Las incesantes giras por el mundo y la inacabable saga de conciertos hicieron que King se gane el mote de “el guitarrista más trabajador del mundo del espectáculo” Con más de 65 años de intensa trayectoria, desde sus tempranas presentaciones en radio en 1941, hasta su último show en el House of Blues de Chicago en octubre del año pasado, King realizó cerca de 15.000 shows a lo largo y ancho del planeta, recorriendo más de 70 países. Y si el gran James Brown era considerado “el hombre más trabajador del show business”, entonces King, quien confirmadamente llegó a realizar 300 shows en un mismo año (número que, acosado por sus problemas de salud, últimamente no superaba los cien), bien acaso podría arrogarse el título de “el guitarrista que más giró” Su notable hiperactividad en la carretera, sin dejar de mencionar los más de 50 discos grabados, no permiten echar por tierra su merecida fama. “Desde el ’63 al ’66 nos matamos trabajando sin parar, no creo que hayamos tenido más de dos semanas libres”, declaró Keith Richards en una ocasión sobre los primeros años de los Rolling Stones. “Pero eso no es nada, quiero decir, coméntenselo a B.B. King y seguramente dirá que hizo lo mismo durante muchos más años”.

B.B. King llegó a Argentina por primera vez en 1980, ofreciendo dos conciertos, un primer show en el auditorio del hotel Bauen y otro presentándose como parte de el Buenos Aires Festival Jazz en el estadio de Obras Sanitarias. La anécdota es bien conocida. Fue en aquella visita inicial cuando Pappo (al que seguramente su etapa junto a Riff no le impidió olvidarse de la admiración que le profesaba), no tuvo mejor idea que presentarse ante King con una suculenta horma de queso autóctono a modo de obsequio, pero logró trabar mejor relación en su segunda visita, en diciembre de 1991, momento en que King decidió bautizarlo como “Mr. Cheese” Así, “Mr. Queso” tuvo el grandísimo honor de ser invitado a subir al escenario para sumarse a los bises del show de B.B. en el Luna Park, hecho que se repitió 2 años después durante un concierto que King ofrecía en el Madison Square Garden de New York City, con un Pappo enfundado en saco y pantalón negro y camisa al tono para la ocasión.
King volvería a Buenos Aires en 1998 para presentarse en el teatro Gran Rex, una penúltima visita antes de la cuarta y más reciente, nuevamente sobre las tablas del Luna Park, en marzo de 2010, aquella vez en que le dijo al público presente “Sí, tengo 84 años, pero no estoy muerto”
Inesperadamente, la primera visita de King a Buenos Aires de los ’90 dispararía un revival de la escena del blues local que se extendería través de los años, y en consecuencia el público local no sólo tendría la oportunidad de recibir de ahí  en adelante a una larga lista de artistas del género cuyas llegadas eran, al menos hasta ese momento, impensables, sino además forjando la salida al ruedo de una buena cantidad de bandas y músicos autóctonos cultores del género. El creciente boom también lograría que muchos de los adeptos más jóvenes terminen creyendo, erróneamente, que el “Rey del Blues” era quien de alguna manera había sido el inventor del género, desconociendo los años que precedieron la carrera de King, o sus diversas ramas y procedencias. El hecho era tan descolocado como aquel rumor -tan infundado como tragicómico- que permitía que algunos pensaran que B.B. provenía de la misma dinastía de otros músicos de blues con el mismo apellido (Freddie King, Albert King, etc.), pero esa es otra historia.

Desde aquel día en que su madre dio a luz en la cabaña que la familia habitaba, dentro de una plantación de algodón en Itta Bena, estado de Mississippi, un 16 de septiembre de 1925, Riley Ben King (o Riley B. King) el pequeño príncipe jamás podría haber imaginado que llegaría a convertirse en el más afamado de los embajadores del blues que el mundo podría llegar a conocer alguna vez. Ni siquiera una vez adentrado en el terreno de los sonidos, en aquellos primeros tiempos en que el cantante y disc-jockey se hacía llamar “Beale Street Blues Boy” (más tarde acortado a “Blues Boy”, y finalmente al definitivo B.B), poco después de abandonar la prehistoria de lo que luego se convertiría en una trayectoria brillante.

Entre 1951 y 1972 King no tuvo menos de 75 éxitos en los rankings a través de los años y, aún cuando resultó ser uno de los dos hijos predilectos que provinieron de la escena de Memphis (título que eventualmente debió compartir con un segundo “King” llamado Elvis Presley), B.B. no dudó en apartarse del blues puro (una veta limpia del estilo, suave y pulida, cálida y sensible) cuando su mente abierta a otros géneros también lo llevó a adentrarse en el R&B, el soul, el jazz, y hasta el funk. King no estaba solo. Supo acompañarse de excelentes músicos que componían sus bandas, pero sobre todo del seductor sonido del vibrato de su guitarra Lucille, el más distintivo de su obra. Canciones como ‘The Thrill Is Gone’, ‘Don’t Answer the Door’, ‘How Blue Can You Get?’, ‘Paying the Cost to Be the Boss’, ‘To Know You Is to Love You”, ‘Chains and Things’ o ‘Why I Sing the Blues’, entre tantas otras, resultan la mayor prueba de ello, en su carácter como influencia indiscutible en prácticamente todos y cada uno de los músicos de blues, soul y rock de las últimas décadas, de los cuales muchos jamás dieron un “no” ante la oferta de poder tocar o grabar con “el Rey”. Del mismo modo, con discos en estudio definitivos como ‘King of the Blues’ o ‘Completely Well’, o álbumes en vivo como los celebradísimos ‘Live at the Regal’ o ‘Live in Cook County Jail’, King desarrolló un estilo completamente innovador en lo que al blues más esencial se refiere.
La muerte de B.B. King el pasado jueves 14 de mayo en Las Vegas, a los 89 años de edad y tras una aguerrida lucha contra la diabetes, priva al mundo del blues de su músico más influyente, y de su representación simbólica contemporánea más resonante.

ASESINATOS, PRISIONES Y CANCIONES. LA HISTORIA DE LEADBELLY.

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Publicado en Evaristo Cultural en abril de 2015

Si los epitafios rindieran auténtico honor a la vida y obra de quienes homenajean, si se refirieran a los hechos que marcaron la vida de éstos de manera fiel e innegable y al pie de la letra, la lápida que descansa sobre la tumba de Huddie William Ledbetter, enclavada en el suelo firme del cementerio de la iglesia de Shiloh, en las afueras de Shreveport, Louisiana, debería rezar algo así como “Aquí yace Leadbelly, Cantante, Guitarrista, Compositor y Asesino, 1885-1949” Teniendo en cuenta que quizás no hubiera resultado la descripción más indicada para acompañar a una tumba que, finalmente, descansa junto a un templo bautista, la inscripción “Una leyenda de Louisiana, Rey de las Doce Cuerdas” seguramente resultó más oportuna al momento de describir al más emblemático cantante y músico negro de folk americano de la historia. Pero también la del hombre que asesinó a un tipo (en dos ocasiones, a falta de una), terminando en la cárcel por ello, para luego salir a pedir disculpas por sus actos en una canción (también en dos oportunidades) Eventualmente, la historia misma de Leadbelly, y paradójicamente, la crónica de quien también lograría convertirse en el artista más venerado entre los académicos blancos adeptos a un género musical que históricamente estuvo más asociado a ambos músicos y audiencias blancas. Nacido un 21 o un 29 de enero de 1885, o de 1888, o de 1889 (lo que jamás fue confirmado, y no es que importe mucho realmente) en la plantación Jeter de los alrededores de Mooringsport, en un  territorio de pantanos del noroeste rural de Louisiana, cerca de la frontera con Texas, hijo de un agricultor negro sometido por el terrateniente de ocasión y de una madre de ascendencia medio-india, hijo único (algunos han llegado a clamar que tuvo cuatro hermanos), en sus más de 60 años de existencia, Huddie Ledbetter vivió básicamente dos vidas. La inicial, como alma errante, campesino, cantante de blues y prisionero en el sur rural estadounidense, herencia de su sufrida infancia, y una segunda como renombrado artista de folk, ya sea en estudios o sobre los escenarios, en el noreste urbano de su país de origen. En su libro The Life and Legend of Leadbelly, originalmente publicado en 1992, los autores Charles Wolfe y Kip Lornell han  descubierto tanta información como les fue posible sobre los indocumentados primeros años del artista, un desafío que parecía imposible de lograr a más de un siglo de su nacimiento. Por aquellos años, Wolfe y Lornell habían realizado una profunda búsqueda a través de todo el  área natal de Leadbelly y sus alrededores, rastreando a diestra y siniestra todo posible detalle inédito hasta ese momento, o bien completamente desconocido, hasta lograr plasmar su verdaderos orígenes, en el que seguramente fue el aporte más fundamental a una biografía que, si bien para entonces se encontraba bien documentada, aún carecía de los datos que, a lo largo de una extenuante tarea de investigación, ambos autores lograron plasmar como nunca antes se había conseguido.

Leadbelly (o Lead Belly, como el mismo Ledbetter había optado por bautizarse por entonces) divagó a través del Deep South estadounidense (el llamado ‘Sur Profundo’, históricamente representado por los estados de Carolina del Sur, Alabama, Mississippi, Georgia, Luisiana y Florida) desde los 16 años de edad, durante los tiempos de la Gran Depresión, absorbiendo un extenso repertorio de estilos y canciones –básicamente blues, canciones de cowboy y baladas de folk, o negro spirituals–  al mismo tiempo que se desempeñaba como agricultor, o bien en su rol de sharecropper (o aparcero), esto es, el agricultor que le paga la renta a su terrateniente mediante la ganancia obtenida al explotar la tierra que le fue brindada.
Habiendo aprendido a tocar guitarra y acordeón desde muy temprana edad, fue para esos días que Leadbelly causó el primero de sus escándalos (lo que podría considerarse apenas un pormenor, en comparación a los hechos que marcarían su vida posteriormente) al tener su primer hijo a los 15 años de edad, y por si todo esto fuera poco un segundo vástago el siguiente año, situación que lo llevó, con prácticamente la sociedad entera de Mooringsport en su contra, a abandonar su hogar de origen, trasladándose a la ciudad de Shreveport para ganarse la vida como trovador callejero, continuando su periplo tejano en  Fort Worth, llegando incluso a convertirse, y tras conocerlo en Dallas en 1917, en lead boy (guía, protegido y compañero) del gran Blind Lemon Jefferson, uno de los más destacados e influyentes cantantes y guitarristas de blues rural de la década del ’20, y junto a quien aprendería a dominar la guitarra de doce cuerdas, que más tarde le valdría su legendario mote como “rey” de ese instrumento. Para entonces su temperamento volátil (otro de los rasgos más característicos del escandaloso Ledbetter) lo había llevado a ganarse más de un problema con las autoridades (si bien hasta el momento habían sido hechos relativamente menores) y fue entonces que en 1915, tras ser acusado de golpear brutalmente a un hombre y portar una pistola, que fue sentenciado a cumplir condena como miembro de un chain gang (grupo de prisioneros que comparten la misma cadena) en el condado de Harrison, estado de Mississippi, del cual logró huir exitosamente para acabar refugiándose en el campo de trabajo de sus padres en su Mooringsport natal. Papá y mamá Ledbetter, no conformes con el comportamiento de su hijo, decidieron enviarlo a New Orleans, ciudad donde, con la intención de no lograr evitar ser recapturado y pasar lo más desapercibido posible, adoptó el seudónimo de Walter Boyd, mientras continuaba alimentando su fama de mujeriego empedernido, acompañándose por un séquito incalculable de féminas que asimismo le brindaban protección y sellaban su ansiado anonimato, al mismo tiempo que se jactaba de su dotes de amante incondicional, y ostentosamente declarando que podía cumplir tranquilamente con sus obligaciones amatorias con hasta ocho mujeres por noche. Inevitablemente sus problemas con la ley se harían presentes en una nueva ocasión, y a comienzos de 1918 debió ser encarcelado por segunda vez, cuando munido de un cuchillo y una pistola no titubeó al momento de ajusticiar al esposo de su prima, un tal Will Stafford, tras una pelea que tuvo lugar durante un viaje conjunto. Si bien Leadbelly mantuvo firmemente su inocencia, terminó siendo acusado de asesinato y sentenciado a 30 años de trabajo duro en los campos de la granja Shaw State, en Texas. Aún bajo el seudónimo de Boyce, Leadbelly cumplió con siete años de la condena y, tras escapar de la prisión, intentó ahogarse en un lago, para cuando fue nuevamente aprehendido y llevado a la penitenciaría de la ciudad de Dallas. De regreso tras las rejas, Ledbetter consiguió exitosamente ingresar una guitarra de contrabando al presidio, con la cual pasó la mayor parte de su tiempo libre cantando canciones para los guardias y demás prisioneros del penal, y a quienes terminó encandilando con sus baladas folk y su encantador registro tenor al ejecutarlas. Tanto o más que a Pat Morris Neff, por entonces el mismísimo gobernador del estado de Texas, quien sorprendido por los rumores que apuntaban la fama que Leadbelly había logrado en prisión, no dudó en ir a visitar, y una vez allí, tan notablemente maravillado por el talento del músico, hasta terminó invitando a su familia entera y grupos de amigos a futuras visitas a la penitenciaría para juntos disfrutar del espectáculo del “cantante que dominaba la guitarra de doce cuerdas” Oportunamente, para esa época, y a seis años de haber cumplido su condena, Leadbelly no tuvo mejor idea que escribirle una canción al gobernador, en donde le clamaba perdón. Un Neff conmovido, entonces, que además de ser un hombre muy religioso no pudo evitar tener en cuenta el buen comportamiento de Leadbelly tras las rejas, situación reforzada por la devoción de sus compañeros y guardias de cárcel, finalmente liberó a Ledbetter en 1925. La canción, mientras tanto, se titulaba Please Pardon Me (“Por favor perdóneme”)

Inevitablemente la novela negra de Huddie Ledbetter sumaría un nuevo capítulo tras aquel final feliz del la temporada anterior, y cinco años más tarde, tras una nueva reyerta en la cual  insistió que seis hombres habían intentado robar sus provisiones de whisky, Leadbelly acabó hiriendo gravemente de arma blanca a uno de los hombres, infligiéndole severos daños cerebrales, hecho por el que fue imputado por intento de homicidio y confinado a cumplir una condena de 10 años en Angola, la prisión estatal del estado de Louisiana. Sus esfuerzos de rebajar la acusación a la que fue sometido resultaron en vano, y una vez que las autoridades supieron del encarcelamiento previo que había cumplido, se le quitó toda posibilidad de liberación temprana.
Por aquellos días Ledbetter ya había ganado el apodo que lo perpetuaría a través de la historia, cuando sus compañeros de celda sellaron su seudónimo definitivo en una suerte de combinación entre las tres primeras letras de su apellido y un homenaje a su fortaleza física y los avatares de la convivencia en las cárceles (“Lead belly”, o “panza de plomo”) Guitarra en mano, entonces, Leadbelly volvió a pasar sus días tras las rejas entreteniendo, una vez más, a los guardiacárceles y compañeros de celda, y fue precisamente durante una de aquellas performances exclusivas para quienes habitaban el precinto que fue descubierto por John Avery Lomax, el famoso musicólogo egresado de la universidad de Harvard que, con el correr de los años, jugaría un rol central en la historia de la música de los Estados Unidos en lo que a grabación, preservación y promoción de las canciones del folk y blues americano se refiere. Lomax, entonces, que en aquel momento se encontraba recorriendo las prisiones del sur del país, se topó circunstancialmente con el gran Leadbelly al pasar por la penitenciaría de Angola, cuyas canciones y sonido de guitarra captaron automáticamente su atención. Tras un largo número de visitas al penal, Lomax terminó realizando algunas grabaciones preliminares de la música de Leadbelly en 1933 con un equipo de grabación hecho de aluminio que había obtenido en la Biblioteca del Congreso, retornando meses más tarde con un equipamiento de mejor calidad y características más modernas, para registrar al cantante en cientos de canciones, entre ellas la recordada ‘Please Pardon Me’ (que esta vez, astutamente, decidió dedicarle al gobernador de Louisiana) y que, al editarse comercialmente tiempo más tarde, terminó siendo lado B del simple de Goodnight, Irene, su canción más distintiva y emblemática. Si bien Leadbelly mantuvo que su nueva excarcelación (aún cuando meramente había cumplido el tiempo mínimo de su condena) también había tenido que ver con lograr conmover al gobernador de Louisiana Oscar K. Allen (como indiscutiblemente lo había logrado años atrás con el estimado Neff en Texas), lo cierto es que obtuvo su libertad tras pagar una fianza de bajo costo. Asimismo un oficial de la prisión negaría que la liberación de Leadbelly hubiese tenido algo que ver con el hecho. Endulzamientos aparte, en cualquiera de sus versiones el hecho marcaría inexorablemente el punto de despegue de Huddie Ledbetter a su carrera artística como tal, más exactamente a partir del instante en que Lomax lo presentó a las audiencias de USA de los ‘30s y los ‘40s a través de sus diversos escritos y grabaciones para la Biblioteca del Congreso.
Para el momento en que Leadbelly abandonó Angola, los puestos de trabajo escaseaban y la posibilidad de un futuro laboral más promisorio resultaba incierta, situación que se agravaba en el caso de un ex convicto. Pero Alan Lomax (hijo de John, quien daba sus primeros pasos secundando a su padre en la inapreciable tarea de registrar los músicos más ignotos de los escaparates más recónditos del país) lo contrató como asistente de grabación, llevándolo a New York en 1934, ciudad en la cual Lomax tenía valiosísimas conexiones con otros musicólogos. Así Leadbelly, entre cicatrices e historias que había traído de recuerdo de su estruendoso paso por las penitenciarías, se convertiría en toda una sensación, incluso llegando a presentarse en las universidades de elite de la ciudad, simultáneamente asustando y entreteniendo a las audiencias que se acercaban a escucharlo, y obteniendo una fama impensada e inesperada hasta el momento, si bien muy lejos de cualquier posibilidad de fortuna. En situación paralela, y muy a pesar de que siempre había sido mutuamente satisfactoria, su relación con Lomax se deterioraba gradualmente. Las finanzas de Leadbelly dependían básicamente de su descubridor, por lo que Lomax vivía desvelándose por mantener a su estimado alborotador fuera de problemas. La situación acabó llevando a Leadbelly a distanciarse, dejando toda posibilidad de vida ordenada de lado, adentrándose en los más bajos tugurios neoyorquinos, y culminando la relación con Lomax en marzo de 1935. Al mismo tiempo, Negro Folk Songs as Sung by Lead Belly (Canciones de folk de los negros cantadas por Leadbelly), el libro que los Lomax editarían sobre Leadbetter al año siguiente, acabaría resultando un  fracaso comercial rutilante.
De vuelta al ruedo, Leadbelly se mudaría al estado de Connecticut para matrimonio con una tal Martha Promise (el apellido de la novia no podía haber sonado más peculiar a esta altura de las circunstancias), a quien había conocido originalmente en sus años en Louisiana, y cuya ceremonia de casamiento les valió una gran publicidad en los medios locales. Adicionalmente Leadbelly comenzó a grabar para la ARC (American Record Corporation) y una vez más para la Biblioteca del Congreso, pero las ventas de sus discos fueron extremadamente pobres, y su nueva apuesta al estrellato pasó sin pena ni gloria. En rigor, la ARC solamente había editado cinco canciones de las cuarenta que Ledbetter había registrado originalmente, además insistiéndole en que grabara únicamente canciones de blues, en lugar de las canciones de folk que le habían valido, hasta no mucho tiempo antes, una sorpresiva fama a nivel nacional.
Leadbelly volvió a ser puesto tras las rejas en 1939, esta vez en la prisión de Riker’s Island, tras atacar a un hombre y decididamente acuchillarlo en dieciséis oportunidades, para cumplir una condena de un año. Acusado de “ataque en tercer grado”, y a los 51 años de edad, su tour penitenciario parecía no tener fin. Fue nuevamente puesto en libertad luego de cumplir ocho meses, cuando retornó a New York para encontrarse con una comunidad folk local que crecía a pasos agigantados, como nunca antes había sucedido, y en la que, en un nuevo esfuerzo, intentó establecerse como un auténtico artista profesional, logrando una cálida bienvenida de los militantes de izquierda afectos al estilo, para eventualmente codearse con artistas de la talla de Woody Guthrie y Pete Seeger, o músicos de blues como Sonny Terry, Brownie McGhee y Josh White, quienes para entonces formaban parte de agrupaciones folk como People’s Songs o The Almanaque Singers, que reivindicaban la lucha obreara. De esa forma, Leadbelly se subió al escenario en actos políticos y sindicatos, ganándose el afecto del público con letras de canciones como la de ‘Bourgeois Blues’ o ‘Scottsboro Boys’, de neto corte de protesta. Fue también para esa época cuando plamó sus primeras grabaciones para Capitol Records y RCA Victor. Su alto timbre vocal y su estilo percusivo a la hora de ejecutar la guitarra le valieron el título de “rey de la guitarra de doce cuerdas”

Leadbelly también participó de dos especiales de radio, Folk Music of America y Back Where I Come From, incluso logrando su propio show radial semanal en la señal WNYC, y realizando más grabaciones para la Biblioteca del Congreso, para más tarde, en 1944, trasladarse a Los Angeles para efectuar nuevas sesiones de estudio. De regreso a la Gran Manzana en 1946, volvió a grabar para Folkways (el renombrado sello discográfico especializado en música folk, infantil e internacional, que luego sería adquirido por el Instituto Smithsoniano en 1987) y hasta a realizar presentaciones en clubes de jazz en el preciso momento en que el estilo pasaba por su momento más esplendoroso, lo que le otorgó a Ledbetter una difusión más amplia de su obra, y repercusión entre los fieles que poblaban los clubes de género de la época.
Pero su nuevo intento de estabilizarse profesionalmente se vio nuevamente malogrado cuando en 1949 su salud comenzó a deteriorarse sistemáticamente. Leadbelly pudo haber resistido un número de procesos legales incontables, cuatro encarcelamientos, maltratos y penurias de todos los colores imaginables, glorias y fracasos meteóricos, pero el “rey de las doce cuerdas” no pudo librar la batalla contra el mal de Lou Gerhig (o esclerosis lateral amiotrófica), enfermedad degenerativa neuromuscular que le fue diagnosticada mientras se encontraba de gira por Francia ese mismo año. Lidiando infructuosamente con los trastornos diarios de su nueva afección, y con sus piernas adormecidas, Leadbelly debió dejar su nuevos anhelos de fama de lado (había sido uno de los primeros artistas de folk y blues en lograr fama en Europa), y obligado por las circunstancias que lo aquejaban, retornaría entonces a su país de origen, donde moriría el 6 de diciembre en el Hospital Bellevue de la ciudad de New York, a los 61 años de edad.
Irónicamente, apenas seis meses después de su desaparición física, los Weavers (el legendario cuarteto de folk neoyorquino comandado por Pete Seeger) consiguieron vender más de 2 millones de copias de su grabación de ‘Goodnight, Irene’, dejando bien en claro que, si bien Leadbelly no resultó ser un gran vendedor de discos en vida, tuvo una fuerte influencia en varias generaciones de músicos de folk. Así, su fama y enorme legado musical se expanderían con el correr de los años, perpetuando su leyenda incansablemente. Ya en 1962, en la canción ‘Song to Woody’, que formó parte de su album debut, Bob Dylan incluiría su propia cita al gran Ledbetter, sin dejar de mencionar al héroe del folk Cisco Houston y al músico de blues Sonny Terry: “Esto va para Cisco y por Sonny y también por Leadbelly/ Y para toda las buenas personas que viajaron con ustedes/ Esto va para los corazones y las manos de los hombres/ Que llegaron empolvadas y se van con el viento”
Los diversos homenajes y adaptaciones de las canciones de sus composiciones se sumarían año tras año, era tras era, siendo eternamente versionado por una lista interminable de artistas, y de los más diversos géneros: Brian Wilson, Johnny Cash, Bryan Ferry, Tom Waits, Nat King Cole, Jerry Lee Lewis y Frank Sinatra (con ‘Goodnight, Irene’), Elvis Presley, The Beach Boys, The Pogues, Johnny Cash (con ‘Cotton Fields’), Creedence Clearwater Revival (con ‘Midnight Special’, ‘Cotton Fields’), Pearl Jam (con ‘Yellow Ledbetter’), Nirvana (con ‘Where Did you Sleep Last Night?’), Led Zeppelin (con ‘Gallow’s Pole’), Tom Jones, Nick Cave and the Bad Seeds (con ‘Black Betty’), Little Richard, Johnny Cash (con ‘Rock Island Line’), Eddie Cochran, The White Stripes (con ‘Boll Weevil’), y hasta ABBA (con ‘Pick a Bale of Cotton’)
Según las palabras de Pete Seeger en ocasión de la ceremonia de inducción de Leadbelly de 1988 en el Rock and Roll Hall of Fame, “es uno de os tantos casos de música negra que se hace famosa por gente blanca. Resulta toda una tragedia que Leadbelly no haya vivido seis meses más. De esa forma todos sus deseos como artista se hubieran hecho realidad”

Leadbelly: The Smithsonian Folkways Collection’, edición de la primera caja compilatoria de la obra de Leadbelly
Cumpliendo con una deuda que permanecía pendiente, el pasado mes de marzo el sello Smithsonian/Folkways lanzó ‘Leadbelly: The Smithsonian Folkways Collection’ Conteniendo 5 CDs (que incluyen 16 tomas hasta ahora inéditas), que incluyen las últimas grabaciones registradas en 1948, más un libro de 140 páginas, la colección reúne prácticamente la totalidad de la obra registrada por Leadbelly en estudios. A casi siete décadas de su desaparición física, la caja resulta ser la primera obra retrospectiva sobre uno de los músicos más significativos del siglo pasado.