DIEZ POSTALES DE SÃO PAULO

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Publicado en Evaristo Cultural el 21 de diciembre de 2015

1 (3)1. Con un número que oscila los doce millones de habitantes, San Pablo no es solamente la capital del estado y ciudad principal de la región metropolitana del mismo nombre (región cuya población supera a la de la totalidad de Argentina), sino además la mayor de Sudamérica, disputándose el décimo puesto mundial entre Moscú y Beijing en el grupo de las megalópolis con mayor índice demográfico. Basta con salir a dar un paseo por el distrito céntrico para obtener un censo perfecto, adentrándose en un hervidero cosmopolita que, en términos multiculturales, bien podría llevarla a considerarse la New York del hemisferio sur americano. Circunstancia por la que no dudo en practicar mi deporte favorito cada vez que la visito, en rigor, el de disponerme a caminatas interminables, de esas que pueden llegar a extenderse por 20 km., convirtiéndome en una suerte de pacman de carne y hueso dispuesto a perderse a través de sus incontables recovecos. Y si encima a uno le toca arribar a la gran ciudad muy temprano, como resultó ser en esta última oportunidad (agreguémosle el hecho de verme obligado a hacer tiempo para el check-in del hotel hasta la media mañana), no queda otro chance que ponerse en marcha. Así las cosas, eran algo más de las 6 a.m. y São Paulo ya había despertado, aún lejos del momento preciso en el que, al son de una campana de largada imaginaria, el Centro se vería invadido de transeúntes y coches, como sucede religiosamente de lunes a viernes, y con horas pico de antología. Todo lo que apenas logro divisar es alguna que otra bandada de palomas jugando entre los edificios con las primeras luces del día, o aquel trasnochado de ocasión que perdió la brújula. En Brasil se suele usar la palabra “largo” (en portugués, “ancho”) para referirse a determinados espacios cuadriláteros desperdigados por sus ciudades, por lo que el Largo do Paissandú, uno de los puntos más característicos del Centro paulista, resulta ser el punto de partida ideal para mi madrugador reconocimiento del terreno (revisitado por enésima oportunidad), área coronada por la Igreja de Nossa Senhora do Rosário dos Homens Pretos (más conocida como Igreja dos Pretos, o Iglesia de los Negros), que fue inaugurada durante la primera década del siglo pasado, y cuyo amarillo furioso le da un toque de vivacidad a una San Pablo gris que, aparentemente, todavía le cuesta abrir los ojos. A sólo 1 cuadra de allí, tras desplazarme por la avenida São João, camino 100 metros hasta toparme con el Teatro Municipal de la ciudad, el equivalente a nuestro Teatro Colón, y que ahora luce un tanto derruido. Las principales peatonales de la zona (la Barão de Itapetininga, o la Dom José de Barros), también aparecen desiertas, con la excepción de un grupo de barrenderos en plena actividad, al igual que el Viaduto do Chá, el primer viaducto paulista de la historia, el mismo que unas horas después estará desbordado de gente, situación potenciada este noviembre por el boom de las compras navideñas, un hormiguero de concreto en constante ebullición. Pero el recibimiento no deja de resultarme placentero. La cara B de la historia: el viajero exquisito (que no es precisamente mi caso, ni siquiera remotamente) podrá incurrir en eso de sentirse algo sacudido al tener que presenciar la cantidad de mendigos apostados en la zona (una postal tradicional de la ciudad que pareciera vivir un in crescendo permanente), y que suelen agolparse en las calles del área hasta que el momento en que llega la marabunta de peatones y deben salir a procurar otro agujero. Es uno de los contrastes más notorios y característicos de la ciudad de las mil diferencias. En el grupo que pernocta frente al local de Casas Bahia hay un hombre de mediana edad que se incorpora para ofrecerme comprarle una tostadora antigua, o bien un aparato de teléfono que parece haber sido arrollado por un tren. No me animo a preguntarle. “Buen día, ahora no, gracias”, le suelto. “No hay problema, se lo guardo”, me asegura antes de retornar a su confortable posición horizontal. Buen día Sampa…

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2. La chica del pronóstico del noticiero de la tele así lo confirma: este último noviembre fue el más lluvioso en la ciudad de los últimos 20 años. São Paulo está preparada para resistir toda posibilidad de inundación, al menos en su parte metropolitana, pero la llegada de una lluvia puede dar lugar a una serie de imágenes, por lo menos, poco familiares. A los paulistas no le gusta mojarse, por lo que la súbita aparición de la más leve de las garúas hace que los vendedores de paraguas florezcan en las calles en cuestión de segundos, literalmente. El grado de cataclismo se hace notar más en la Avenida Paulista, uno de los puntos turísticos más notable de la metrópolis, principal centro financiero de la ciudad, y el de más actividad comercial de Brasil, allí donde se concentra el flujo de dinero más potente del país. Los oficinistas corren y buscan refugio ante el incesante vendaval de meteoritos que pone sus ropas en riesgo, buscando amparo debajo del primer techo, o parapetándose en las estaciones de subte diseminadas a lo largo de la gran avenida, que no tiene nada que envidiarles a las de las naciones del primer mundo. Cuando la lluvia cesa, finalmente, el paulista suele asegurarse de que no sea una falsa alarma, para entonces sí volver a sus actividades cotidianas hasta una nueva aparición aterrorizadora de King Kong. La Paulista también es la avenida elegida por los manifestantes al momento de salir a protestar, como fue el caso en estos días de manos de un grupo de estudiantes secundarios que solicitaban cambios en la reforma estudiantil recientemente modificada por el gobierno estatal.

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3. El Terminal Rodoviário do Tietê es la estación central de ómnibus de la capital. Tietê, como se la conoce coloquialmente, es la versión sobre ruedas del aeropuerto internacional de Guarulhos, el de mayor movimiento de América Latina, y de su hermano menor Congonhas, que se utiliza para vuelos de cabotaje. Localizada en al barrio de Santana (aquel que vio nacer a Ayrton Senna), la terminal Tietê debe su nombre al río de más de 1.000 km. de extensión que cruza el estado paulistano de este a oeste, y es su trecho más contaminado el que atraviesa la ciudad. La estación terminal es el punto de partida oficial a todos los destinos del país, alojando a cerca de trescientas compañías de bus, y con un tránsito continuo de aproximadamente tres mil vehículos que mueven a más de 90.000 personas día tras día, conectando a São Paulo con 1.033 ciudades de 21 estados brasileños y cinco países del hemisferio sur (Perú, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina), un monstruo de cemento que ofrece todas las facilidades para el viajero, y que también cuenta con su propio andén de estación de metrô (subte) incorporado. El metrô paulista data de 1968 y tiene cinco líneas de servicio, aparte de sus extensiones, que se distinguen por sus colores (azul, verde, amarilla, roja y lila), y que se pasean a lo largo de los casi 69 km. de red de subterráneos, con 61 estaciones, adonde llegan los 154 trenes que la recorren. Y que sólo paran por unas horas en el horario nocturno.

Parque Ibirapuera São Paulo (SP) Parque Natureza Cidades e Patrimonios Vista Aérea

4. “Mientras Sao Paulo trabaja, Rio se divierte”, me dijo hace años un empleado de un bar paulista en estado de honestidad brutal. Pensé que era una frase histórica, pero en rigor nunca más la volví a escuchar, ni tampoco la encontré en Google. Mito o verdad, lo cierto es que el paulista lleva una vida agitada que lejos dista del relax, y que hace que el carioca pueda ser imaginado como un bañista que vive debajo de una palmera. Es un síndrome propio de las capitales, pero aquí la máxima resuena más fuerte. São Paulo ciudad carece de naturaleza (a excepción de los morros bajos que sólo aparecen en la periferia), o del inmenso Parque do Ibirapuera, que con sus casi 1.600 km. cuadrados es el primo lejano del Central Park neoyorquino, o de los bosques de Palermo. Es por eso que muchos de los habitantes de la ciudad abarrotan las rutas (principalmente la Rodovia dos Imigrantes), que en los fines de semana los llevan al litoral paulista y sus playas (entre las más populares, las de la isla de Guarujá), y tras pasar por Santos (ciudad natal de uno de los dos jugadores de fútbol más populares de la historia), los depositan en un contraste absolutamente opuesto a la cotidianeidad de cada jornada.

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  1. En São Paulo sobran las ofertas culturales. El turista de turno suele elegir el MASP (pronúnciese “Máspi”), el Museo de Arte de Sao Paulo, como destino obligatorio, que posee una de las más destacadas colecciones de América Latina, o el Museo de la Lengua Portuguesa, o el de la Pinacoteca del Estado. Pero nada más interesante que las ferias callejeras, entre las que a ojo se destaca la de la plaza Benedito Calixto, localizada en el barrio de Pinheiros (a cuadras del hospital de Clínicas, el multicomplejo sanitario de la ciudad), y que tiene lugar todos los sábados. Partiendo del Centro, una caminata sugerida es la de tomar la avenida São Joao hasta la Ipiranga (sede de la histórica Praça da República o el Edifício Itália, el segundo más alto de la ciudad), para luego doblar en la Rua da Consolação (donde se aloja el cementerio más antiguo de la ciudad), pasarse por la avenida Rebouças, y seguir hasta la calle Teodoro Sampaio, para aterrizar en la feria de la plaza Calixto después de unas cuadras y sus decenas de puestos de antigüedades y objetos de colección. Y que nunca se suspende por mal tiempo.

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  1. Con sus miles de restaurantes, São Paulo cuenta con una de las ofertas gastronómicas más variadas del planeta, que potencian su de por sí ya extensísima variedad étnica. No hace falta dejar la vida en uno de los tantos sitios caros a la hora del almuerzo o de la cena, ni tampoco ponerse a lavar platos. Como en prácticamente cualquier punto turístico brasileño, una simple parada en cualquiera de los millones delanchonettes alcanza y sobra para conformarse con su menú de pasteles o jugos. O acercarse al barrio chino en la vecindad de Liberdade. Pero cerca de la estación de subte Luz, en el Centro de la ciudad, se encuentra el Mercado Municipal. Más popularmente conocido como el Mercadão, con sus casi 80 años de historia, el Mercado Municipal llegó para reemplazar al antiguo Mercado Central paulista, especializándose en la comercialización de verduras, cereales, carnes, condimentos, tabacos, y todo producto alimenticio o de consumo diario imaginable. Teniendo en cuenta la interminable extensión de Brasil, y su desmedida variedad de productos, el Mercadão puede llegar a resultar irresistible. Pero nada como acercarse al sector de frutas. Son los mismísimos empleados que atienden sus puestos los que terminan abalanzándose sobre uno para tentarlo con probar las variedades más raras de frutos, en su mayoría provenientes del norte del país, o de la parte alta Sudamérica. Frutas exóticas, de esas que uno nunca vio. “Pruebe ésta, se llama pitaia, o Fruta del Dragón, es colombiana”, me dice. No me niego. “Ésta también, pero es la variedad roja” Tampoco me niego. “¿Y ésa no es la misma, pero amarilla?” “Sí, es la variedad amarilla, quiere probarla?” No quisiera incomodar al vendedor, me incomoda decirle que no. “¿Y esa ahí, la marroncita?” “Esa se llama sapoti, viene del norte, ¿la probó alguna vez”? “La verdad, nunca la probé” El puestero continúa cortando muestras de cada una de las frutas, y a mi lado hay al menos cuatro personas más que comparten la experiencia. “Y esa es la jabuticaba, y la de atrás se llama atemóia” “Conozco una que se llama chirimoya, no sé si será la misma…”, indago. “No, lachirimóia es aquella otra, tome, pruebe” No pienso resistirme a la invitación. Al fin y al cabo nadie lo obliga, y toda experiencia didáctica resulta bienvenida. “Y la de al lado se llama maracujá doce” “Maracujá, a esa la conozco, ¿no es la que dicen que tiene propiedades relajantes?” Y el vendedor que no para. “Gracias por todo, la verdad, le compraría algo, pero no soy de aquí y si las llevo, no tengo cómo mantenerlas” “No se preocupe, será otra vez, le dejo la tarjeta del local” Decido abandonar el Mercadão sin más lugar para la lujuria frutal, no sin antes intentar malcriarme un poco más con el bocadillo más insigne del lugar, y el símbolo culinario más arquetípico del mercado, el “sanduíche” de mortadela, una delicia que se disputan históricamente dos de los puntos especializados a la hora de engullirlo, el Bar de Mané y el Hocca Bar, pero las largas colas para adquirirlo me llevan a terminar desistiendo. Después de todo ya tuve mi oportunidad de probarlo en un viaje anterior, y tampoco quisiera que mi sistema digestivo, concluyo, entre en conflicto con la oferta frutal digerida, mientras que un vendedor de otro puesto de frutas cercano, bandeja y cuchillo en mano, me hace señas para que me acerque. “Gracias, pero tengo que irme” “No hay problema, le dejo la tarjeta del negocio, y también enviamos a domicilio…”

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7. Lejos de los placeres y de las variadas ofertas de geografía simbólica que ostenta una de las diez ciudades más grandes del planeta, más allá de los paseos y de los barrios de Jardins o Higiénopolis, aquellos dominados por las clases altas de la sociedad paulista, São Paulo reúne una historia de marginalidad prácticamente indisputable. Una buena parte de su población pertenece a la casta más pobre y, con los permanentes devaneos sociales y económicos que son parte del folklore del país, el grado de sobrepoblación de la región marca una brecha eterna que no parece tener retorno, mayormente como parte de una coyuntura signada por el sainete político-económico que en el más reciente de los episodios, el caso de la Petrobras, dio como resultado un escándalo de billones, y que terminó avivando aún más el fuego de la opinión pública, que no para de quejarse desde el momento del recordado gasto desmedido de fondos nacionales con motivo de la última copa mundial de fútbol, y cuya sumatoria de hechos ha llevado al mismísimo pedido de juicio político de la presidenta Dilma Rousseff. Como en toda grande ciudad, el mayor de los problemas que atraviesa la población marginal paulista (y también en otras urbes del país, si bien en menor escala) es el del consumo de crack, que consagró a Brasil como el mayor consumidor de esa droga a nivel mundial. La situación se ha ido tanto de control que São Paulo cuenta con su propia área de adictos. Es la región que se conoce popularmente con el nombre de “Cracolandia”, y que se extiende principalmente por los barrios de República, Bom Retiro y Santa Cecilia (también parte del distrito céntrico paulista), donde los adictos al crack se han apoderado de edificios públicos abandonados, y que suman cientos de personas en situación de indigencia absoluta que pasan la totalidad de su tiempo viviendo entre basura, presas de un mundo irreal del cual no son conscientes, compartiendo su desgracia, y que en muchos de los casos son también víctimas del sida o la tuberculosis, constituyendo una ciudad dentro de otra sin límites, en todos los sentidos posibles.

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  1. Definidas por el gobierno como “asentamientos subnormales”, y con su mayor preponderancia en la ciudad de Rio de Janeiro, São Paulo también tiene favelas, que están principalmente dispuestas en las zonas oeste y sur de la ciudad. Al contrario de Rio, cuya geografía permite que se ubiquen sobre las laderas de los morros que acompañan a prácticamente todos los barrios urbanos, las favelas paulistas se encuentran en la periferia metropolitana. Un fenómeno que comenzó a crecer a partir de la década del ’70, y con una trayectoria progresiva hasta nuestros días, que suman más de quinientos asentamientos, y con más de 70.000 favelados, resultando en el mayor de los contrastes de la capital paulistana.

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  1. Monarca indiscutible de la “comida chatarra” paulista, el churrasco grego lidera el patrimonio de la oferta gastronómica callejera de la ciudad. Una disección ocular del producto en cuestión da como resultado un trozo gigante de carne (similar a una pata de jamón ibérico, pero a millones de años luz en calidad) que rueda en máquinas de metal distribuidas a diestra y siniestra en las calles de la ciudad (en puestos callejeros, o en las entradas de los bares), esencialmente en la zona céntrica. Así, el “churrasco griego”, con su grasa chorreante, representa la imagen viva del monumento perfecto de la gastronomía que se niega a todo posible intento de gourmetización. Según reza una página especializada, son tres los factores que pueden explicar la atracción por semejante bomba de colesterol: “el olor de la grasa derretida que vierte la carne y que inunda la calle, la velocidad en que es servido (que no supera los 30 segundos), y su bajo precio”. Por apenas 2 Reales (algo así como 10 pesos argentinos, o incluso menos, según la cotización del día), uno cuenta con la posibilidad de adquirir este manjar proletario, que también presenta su versión “a la vinagreta”, y que por el mismo costo también incluye un vaso de jugo artificial en cualquiera de sus cuatro versiones (naranja, púrpura, amarillo o rojo), según el grado de resistencia estomacal de las víctimas potenciales que lo solicitan.

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10. El segundo rascacielos más alto de la ciudad (y de todo el territorio brasileño) responde al nombre de Mirante do Vale (o Mirador del Valle), con 51 pisos y 170 metros de altura, situado en el centro histórico paulista, hasta la fecha sólo superado por el Millennium Palace, en Camboriú, en el estado sureño de Santa Catarina. Pero a la hora de permitirse la mejor vista de la imponente urbe, la mejor elección recae en la Torre Banespa (o Banespão, el Banco del Estado de São Paulo, privatizado en el año 2000 junto al grupo Santander), la tercera más alta después del Edificio Italia. Con entrada gratuita, este ícono de la ciudad, erigido originalmente en 1939, e inspirado en el Empire State de New York (considerado al año siguiente la mayor construcción de cemento armado del mundo), tras un rápido viaje hasta la cima en uno de sus catorce ascensores, permite avistar São Paulo en 360 grados, y lograrle una condecoración visual muy a la altura (nunca mejor dicho), de las grandes metrópolis mundiales.

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HUÉSPEDES EN LIBRERÍAS DE TOKIO

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Publicado en Evaristo Cultural el 30 de noviembre de 2015

Existen diferentes tipos de bibliófilos varios desperdigados por el bendito mundo. Este rol mundano es tan variopinto que cualquier intento de clasificarlos por categoría puede aportar poco y nada, pero una descripción rápida sugeriría incluir a aquellos modernos que hoy en día conocemos como hipsters, cuya zona de hábitat apunta a las librerías de arte, a los que buscan ejemplares antiguos, a los que procuran títulos no específicos por el mero hecho de generar una charla didáctica con el librero de turno, los aficionados que buscan primeras ediciones, y los que salen de pesca con el posible objetivo de encontrar algo que logre recrearlos un poco. Al final del día uno siempre se dirige a una librería en busca de algo, y es también al final del día que el más triste de los momentos que ocurre inevitablemente: cuando el personal del local en cuestión anuncia que ha llegado la hora de cerrar. Los lectores ávidos suelen amar estar rodeados de libros, no importa el orden, hay algo con el papel, tanto que a veces juegan con la posibilidad de quedarse a dormir en las librerías que visitan. Es un afán más común de lo que pueda parecer, un sueño recóndito fácil de declarar. Pasar el tiempo entre estantes puede convertirse en hábito, aún cuando uno termina adquiriendo libros que jamás va a terminar de leer, o que incluso ni siquiera cierta vez empieza. Es por eso que la cadena japonesa de librerías Junkudo estuvo astuta en capitalizar lo que hasta hace poco podría haber sonado a disparate, y que ahora se convirtió en una auténtica demanda de este tipo de servicio. Desde el pasado mes de septiembre, Junkudo le permite alojarse a sus clientes en su reciente invención, un hotel-librería (o librería-hotel, da lo mismo), y así darles el derecho de leer todos los libros y revistas que quieran por una noche.

Claro que para experimentarlo inicialmente hay que irse hasta Ikebukuro, un distrito comercial y de entretenimiento en el suburbio de Toshima, en plena Tokio. Producto de una colaboración conjunta entre un grupo de diseñadores (Suppose Design Office), otro inmobiliario (R-Store) y una librería (Shibuya Publishing Booksellers), el proyecto dio lugar a la idea que terminó siendo bautizada book and bed (“libro y cama”, acaso prima lejana del más popular y netamente hotelero bed and breakfast), en rigor un lugar en el cual uno puede quedarse a dormir tras el cierre de la librería, y no ser invitado a retirarse del recinto, y a cambio de ello pasar la noche in situ. El hotel-librería de Junkudo no cuenta con habitaciones privadas, sino que las camas de sus huéspedes se ubican en cápsulas construidas dentro de las mismísimas estanterías, todo dentro de un espacio comunitario para todos sus asistentes, que quizás al principio pueda no resultar muy confortable, más aún en una ciudad conocida por su alto índice demográfico y donde no suele caber un alfiler (si bien pueden optar por el uso de cortinas que mantengan su espacio individual), pero que puede sugerir una relación muy especial con sus amados libros, y que en definitiva puede constituir una experiencia singular para el lector entusiasta. “Uno puede leer un libro en la comodidad de su propia cama en una atmósfera relajada en el corazón de Tokio”, señaló uno de los voceros de la emprendedora firma. “Invitamos a todos a compartir esa experiencia con nosotros, y que la levedad de un libro en la cama tome la delantera”

 

HABEMUS ROCK

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Publicado en Evaristo Cultural el 28 de septiembre de 2015

¿Se le habrá cruzado por la cabeza al Papa San Gregorio Magno, aquel que durante su mandato instituyó los cantos gregorianos tras reformar los de los primeros cristianos y agregarles otros nuevos, que mil cuatrocientos once años después (y doscientos dos sumos pontífices de por medio) su colega actual editaría un disco? ¿Y de rock y pop? Aparentemente, más allá de dar misa en el Madison Square Garden de la ciudad de New York y canonizar a un nuevo santo, el Papa Francisco tenía más motivos interesantes para realizar su primera vista a los Estados Unidos, más precisamente el de promocionar Wake Up!, el álbum de rock progresivo (eventualmente aprobado por el Vaticano) que verá la luz mundialmente el próximo 27 de noviembre, y en el cual aporta su voz refiriéndose a una extensa variedad de temas universales en cuatro idiomas. ¿Acaso lo hubiera creído San Gregorio? Sólo Dios lo sabe.
La música ha estado asociada a todos los rituales y ceremonias religiosas desde que al menos la historia lo ha registrado como tal, y todo indica que los Papas se han interesado en ella desde prácticamente el vamos. Basta recordar al (por ahora) penúltimo de los Santos Padres, Benedicto XVI, cuya voz fue incluida en el disco de 2009 Music From The Vatican: Alma Mater (donde recitó y cantó plegarias y oraciones varias), y ni que hablar de Juan Pablo II, cuyo disco Abba Pater (lanzado diez años antes que el de su sucesor) definido como “una expedición de sonido interna sagrada que explora temas universales de espiritualidad, entre ellos la alabanza, el perdón, y el amor fraternal, el primer CD de música de la historia presentando al hombre más famoso del mundo, cuyas dramáticas y emotivas palabras fueron extraídas de grabaciones de archivo registradas a lo largo de los primeros 20 años de su papado”, terminó batiendo récords de ventas. Sin ir más lejos, basta con darse un paseo por la tienda virtual de Amazon para encontrarse con al menos diez grabaciones más en las que, en mayor o menor escala, registró alguna pista vocal. Pero es Francisco, de todas formas, el primero que lo hará en formato rock. Por lo pronto el álbum, producido en colaboración con numerosos artistas, ya tiene su tema adelanto con Wake Up! Go! Go! Forward! (¡Despierta, Vamos, Vamos, Avanzá!), que suena en las radios desde hace algunos días, y donde el Papa aparece junto al cantante italiano Damiano Affinito que, entre sonidos de atmósfera de sintetizador, guitarras eléctricas y vientos, Francisco dirige su mensaje a la audiencia de Corea del Sur. “Despertá, despertá”, se le puede escuchar decir, “El Señor habla de la responsabilidad que te dio/ Vigilar es un deber/ No permitir que las presiones, las tentaciones y los pecados mellen nuestra sensibilidad por la belleza de la santidad/ Nadie que duerma puede cantar, bailar y regocijarse” Wow.

Entre los diversos productores del disco se encuentra el director artístico Don Giulio Neroni. “Fui durante muchos años el productor y director artístico de álbumes del Papa. Tuve el honor de trabajar con Juan Pablo II, Benedicto XVI, y ahora con el Papa Francisco. Así como lo hice en el pasado, y también en este disco, intenté ser lo más fiel posible a la personalidad del Papa Francisco: el papa del diálogo, el de las puertas abiertas y la hospitalidad. Y es por esta razón que la voz de Francisco en ‘Wake Up!’ habla con la música. Y la música contemporánea (rock, pop, Latina) dialoga con la tradición cristiana de los himnos sagrados” Así las cosas, el disco marcará el debut discográfico de la máxima autoridad eclesiástica, con un Francisco ofreciendo un número de himnos y discursos en las canciones, que van desde el canto gregoriano hasta el pop rock (¿Pope Rock?)
En su discurso en Washington DC ante el Congreso el pasado 24 de septiembre, el actual sumo pontífice les pidió a los líderes de la más rica y poderosa de las naciones mundiales que “sanen las heridas abiertas” de un planeta destrozado por el odio, la pobreza, las armas y el cambio climático. “Sé que Uds. comparten mi convicción que aún hay mucho por hacer, y que en tiempos de crisis y de adversidades económicas, no debemos perder el espíritu de la solidaridad global. Al mismo tiempo, quisiera alentarlos a tener en cuenta a toda esa gente que está atrapada en un círculo de pobreza. Necesitan que se les brinde esperanza”
Los productores de ‘Wake Up’ declararon que parte de las ganancias generadas por sus ventas irán a parar a un fondo común de ayuda a los refugiados del mundo, si bien no hicieron expresa referencia a ninguna organización en particular, ni tampoco a sus porcentajes.
En un mundo moderno que no para de moverse a un ritmo incansable que, para bien o mal, hace que terminemos superando nuestra propia capacidad de asombro, que el líder de la Iglesia Católica está por editar un disco de rock no deja de sorprender. Tanto como cuando nos enteramos que tiene Twitter. Mientras tanto, que sea rock. Amén.

Listado de canciones que integran Wake Up!
1. Annuntio Vobis Gadium Magnum
2. Salve Regina
3. Laudato Sie…
4. Por Qué Sufren Los Niños
5. Non Lasciatevi Rubare La Speranza!
6. La Iglesia No Puede Ser Una Ong!
7. Wake Up! Go! Go! Forward!
8. La Fe Es Entera, No Se Licua!
9. Pace! Fratelli!
10. Per La Famiglia
11. Fazei O Que Ele Vos Disser

Muñeca Rota (Inspiración por Ariel Rot)

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Publicado en Evaristo Cultural en mayo de 2013

“La vida era una fiesta hasta llegar a los treinta, ahora te pasó la cuenta…”. Tranquila, ¿qué es ese rostro ruborizado? ¿A qué viene ese sabor amargo como la hiel que te taladra la existencia? Calma entonces, que nadie te lo está diciendo. O acaso sea tu conciencia quien te lo esté suspirando al oído, lo más despacito posible. O el espejo del paso inexorable del tiempo. Como fuera, yo no estoy ahí, sólo percibo a la distancia. Digámoslo así. Lo veo en tu rostro, en tus palabras y acciones, en cada instante de las que les toca ser parte de tu grupo, tan parecidas entre sí mismo. Que no son todas, dicho sea de paso. Es que algunas lo saben llevar con madurez y dignísima entereza. Por eso tal vez vos seas de las que más terrible les resulte asumirlo. Digo, en caso que sea posible. ¿Insisto, por acaso sos de aquellas que sienten que se les pasó la cuenta? Permitime indagar todavía un poco más, y al menos confesame cuál fue el instante en que decidiste para el reloj del destino, e intentar desafiar toda ley física posible. Porque bien sabés, o al menos deberías hacerlo, todo esfuerzo va a ser inevitablemente en vano. Entonces sí, ésta es tu historia, mi estimada muñeca. Maestra no recibida de la actuación, reina de lo solapado. Comandante no asumida del buque con un iceberg clavado en la trompa, dueña de la brújula oxidada que agoniza buscando algún punto cardinal en los océanos congelados del más acá, y que tiembla por enfrentar el más allá. Payaso pintado del circo sin carpa, con la sonrisa dibujada, retornando a camarines tras la enésima función, con el rimmel corrido hasta el ombligo. Atrás lejos en el tiempo quedó el protagónico unipersonal de un libreto que te esforzaste en escribir, y cuya tinta se decoloró hasta alcanzar un matiz demasiado aburrido como para no poder olvidar. “Tu estado de inconciencia permanente buscando la ocasión para ir al frente, sin nada que te detenga” Inconciencia bien conciente, convengamos. O al revés, igual no cierra. Bien lo sabe tu almohada, tu mejor aliada en esta historia espejada donde se refleja tu realidad, cuando el antojo de manejar las cosas a tu estilo terminó en el tacho, tras no sobrevivir al freezer. Pensé que quizás, en algún momento, te ibas a hacer cargo de la situación y preferir que nadie salga malherido. Pero fue en vano, seguramente me dejé llevar por la esperanza de que así sea, y el guión de obra se fue a cualquier parte y te perdiste el papel principal por el que te desvelabas, para agregar una hoja más en blanco y convertirte en actriz de reparto. Te quedaste enganchada en tu propia telaraña, te empeñaste en volver a tejer nuevos artilugios, al fin y al cabo toda una experta, pero la mosca vio la red antes de quedarse pegada, y ahora volviste al nido sin presa, cuando el tiempo ya se había detenido y, claro, no quedaba otro camino. “Te tiraste de cabeza al agujero sin pensártelo primero, de cama en cama, de boca en boca… Ahora no puedo ocultarte mi dolor al verte así, tan frágil, como una muñeca rota.”
Alguna vez me encandilaste con tus sueños de buenaventura y añorado placer, y me convencí que vibrábamos en la misma frecuencia. Que las palabras sobraban y que un gesto valía mucho más que miles de ellas, como siempre escuchamos decir. Que mejor que pararse de frente al otro era caminar a la par, y que sólo se trataba de retar a duelo toda ley matemática, y que entonces uno más uno debía dar uno. ¿En eso coincidíamos, verdad? Por algún motivo, consideré el soñar despierto una jugada arriesgada. Pero cometí el terrible pecado de ser buena gente, transparente, honesto, mientras veía cómo mandabas al fondo al galeón que transportaba el cofre sagrado del tesoro jamás alcanzado, y te hundías con él. Pero antes me aseguré de guardarme algunas monedas en el bolsillo. Agua, aire, tierra, anduve por todos lados. Y se me pasó por completo que el avión podía volver a estrellarse una vez más. La torre de control ya no aparecía en el radar y el piloto se derrumbaba sobre el tablero. Recordé que la tripulación había sido oportunamente diezmada, y que ya no me quedaban pistas de aterrizaje libres. Ni tampoco localidades para la película de amor de ocasión, mientras en su lugar escribíamos un clásico del cine catástrofe. “Manejabas a la perfección el arte de la huída hacia adelante, más de uno se dejo los huesos en el intento de seguir el rastro de tu rumbo itinerante.” También me llevó un buen tiempo entender que no eras la mejor de la clase para sumar o multiplicar, pero sí la alumna más rápida para dividir, y la mejor a la hora de restar. Y que te anotabas las fórmulas en la palma de la mano, y entonces dejé atrás mi idea equivocada de burro para convertirme en abanderado. Y premio al mejor compañero en un grado de dos, mientras te ibas solita a marzo. “Te encontré una madrugada con el corazón en llamas desafiando al mundo con el filo de una copa, y justo en ese momento presentí que ibas a acabar así, como una muñeca rota.”
Tiré la toalla, abandoné el ring. Recuperé el tiempo perdido y me llevé todos los intereses de tamaña inversión. Las acciones se fueron bien arriba y pasé del corralito de la desilusión a la caja fuerte de la experiencia, que acabó blindándose para siempre. Me hice rico sin billetes renunciando al premio y, millonario sin bienes materiales, me atraganté de riqueza de espíritu. Recordé que cierta vez Victor Hugo escribió que “las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo, y se lastiman”, me miré las manos, no ví siquiera un callo y, confieso, sentí algo de lástima al evocarte, mientras me preguntaba de qué manera el poeta había obtenido los derechos de autor de nuestra historia, cuánto hace, ¿dos siglos atrás? Te imagino jugando el mismo juego, insistente, y con la brújula aún sin reparar. Apostando a números que superan todos los que puedan caber en un tapete, a un “no va más” permanente, la bolilla que no cae en ningún casillero. “La vida gira igual que una ruleta, parece que ahora te toca, esperar en un rincón que alguien quiera volver a jugar contigo, muñeca rota.”
¿Cuál será el próximo bicho que caerá en la red? Digo, espero que a esta altura de las circunstancias ya te hayas desenredado. Que ya se agotó el tiempo de las sonrisas forzadas, que ya no hay lugar para firmar pagarés incobrables, y que las novelas de amor no pasan de una tarde. Correr o galopar como un potrillo. Cazador cazado o ángel sin alas, da lo mismo. “Cada vez que suena tu canción yo recuerdo aquel sabor amargo de la derrota, es que siempre hay una historia de un hombre vencido detrás de cada muñeca rota.” Y bien entero en el corazón, por cierto. Pero cómo, ¿todavía se te ruboriza el rostro?

Corre, Macleod, corre!

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013.

Parece un relato extraido de un certamen olímpico, de aquellos que suceden cada tantos años y desde tiempos inmemorables, pero estrictamente pertenece a un ciudadano británico común y corriente llamado Hector Macleod, el mismo que el pasado mes de noviembre culminó oficialmente su travesía de 1 año de caminar diariamente 13,6 kilómetros (unas 219 cuadras) desde su hogar hasta su trabajo (y de regreso de éste). Inevitablemente, los medios ingleses no dudaron en bautizarlo “nuestro propio Forrest Gump”, moción también secundada por sus seguidores. Pero Macleod no es tan famoso como Tom Hanks, ni se ha puesto a la orden de ningún director de películas. Tampoco ha ganado tanto dinero –todo lo obtenido, por cierto, ha sido donado–. Mucho menos ha llegado a la gran pantalla. Pero sí acaparó la atención de una buena parte de los medios gráficos, radiales y televisivos del Reino Unido. Los mismos que lo compararon con Hanks y que ahora lo galardonaron más exclusivamente. Es que Macleod, de 48 años, dueño de una compañía de post-producción fílmica en Londres, se estuvo levantando a las 5.45 am para, minutos después, salir religiosamente de su hogar (situado en en el área de Putney) cada mañana a las 6, y arribar a su oficina del barrio de Soho dos horas más tarde, a las 8 am o’clock. Puntualmente. Cinco días a la semana, con sol o lluvia, frío o calor. Y a veces, si la tarea lo demandaba, algún que otro sábado.
Todo comenzó en octubre de 2011, cuando una inesperada nevada poderosa en la capital británica (las menos habituales, pero de las que paralizan aeropuertos cuando suceden) obligó a Macleod, ante la falta reinante de buses, a dirigirse a su oficina a pie. Su equilibrada salud y buena predisposición le vinieron de perillas. Ya para entonces Macleod incluso venía realizando un arduo entrenamiento con miras a un viaje a al Polo Sur que debió suspender por causa de la creciente recesión económica generada a partir de fines de 2008, y que esta vez, entonces, le resultó ser un adecuado modo de precalentamiento.
Cuenta la historia que disfrutó tanto de aquella primera caminata que no dudó en continuar, un día tras otro, contra toda inclemencia climática. Pero lo que Macleod desconocía era que lo iba a terminar haciendo durante el lapso de 1 año completo. De hecho, antes de emprender su apoteósico periplo pedestre, Macleod se volcó a la bicicleta pero, inesperadamente, durante la marcha sufrió, si bien leves, accidentes automovilísticos en dos ocasiones, lo que le causó una declarada animosidad a todo tipo de transporte público. “Se los ve a todos grises, y además tienen aspecto miserable. Y aún cuando salís de casa con tiempo de sobra y con las mejores intenciones, lo más probable es que nunca llegues a tiempo. Al caminar, en cambio, sos el maestro de tu propio destino. Hacer ejecicios en la mañana me ayuda a concentrarme y a relajarme cuando regreso a casa”. Hector se vio iluminado y, en pleno arranque de inspiración, no tuvo mejor idea que combinar su nueva actividad con los esfuerzos para recaudar fondos para el hospital Great Ormond Street, donde su propia hija había sido tratada dos años antes por un cuadro de tuberculosis. Una idea fantásticamente solidaria, por cierto.
Macleod sintió la necesidad de retribuir favores al personal del hospital y, sin titubeos, aportó cada una de las libras esterlinas ahorradas en transporte (una buena cantidad, teniendo en cuenta el alto precio del transporte público en Londres, si bien fiel a su servicio) y, más aún, el de las firmas que lo patrocinaron tras deslumbrarse por su nuevo rol social, monto que fue destinado al reamoblamiento de varios sectores del hospital, al financiamiento de investigaciones médicas y a la compra de algunos equipos de salud que debían ser renovados.
“Fue un año increíble”, confiesa Hector. “En mis recorridos, a medida que pasaban los meses, pude disfrutar de los preparativos para el Jubileo, los Juegos Olímpicos y también los Paraolímpicos. Cada día que pasa veo a Londres despertar y vuelvo a disfrutarlo cada vez que repito el viaje. Es el mismo recorrido de todos los días, siempre a lo largo del río, pero los cambios de estación y de clima hacen que cada vez sea diferente”.
Tampoco faltaron los inconvenientes de rutina. “Hubo perros que me corrieron y una vez estuve a punto de ser atacado por un grupo de adolescentes”.
Al principio, los pies de Macleod se llenaron de ampollas, mientras que sus piernas sufrían calambres históricos, por lo que una firma de calzado deportivo británica le diseñó un modelo de suelas especiales. Y adiós a las ampollas. En cuanto al clima, cualquiera fuera éste, todo lo que Hector llevaba puesto eran unos shorts y una remera, con el agregado de un buzo térmico en aquellos días realmente gélidos tan característicos del otoño o invierno londinenses en que el viento erosiona los huesos. Todo cabía en su mochila. Mientras que sus signos vitales (debemos recordar que fueron casi doscientas veinte cuadras por día!) estuvieron monitoreados por un GPS de última generación y permanentemente actualizados en su página web.
Macleod sólo planificó la aventura por un plazo no mayor de 1 año, marcando el 18 de noviembre de 2012 como meta de llegada. Entre tanto, ha recorido un total de 4.821 kilómetros, distribuídos en 5.428.107 pasos, a razón de 6,3 km./hora, aproximadamente, más exactamente unos 13,6 km. diarios, realizados en 2 horas y 6 minutos. O sea, casi unos 97 km. semanales, para los que ha utilizado tan sólo 1 par de zapatillas. Para entonces se ahorró cerca de 2.000 libras (unos 16.000 pesos) prescindiendo de todo tipo de transporte público y donando 20.103 libras (más de 160.000 pesos locales) al hospital de Great Ormond Street, aquel que tiempo atrás puso a resguardo la salud de su hija.
Hector cumplió con lo prometido, y ahora sí se dispone a cumplir su ansiado (y cierta vez pospuesto) viaje al cono Sur. ¿Su nuevo desafío? “En realidad no quiero volver a subirme a ningún bus”.

Los ojos de mi perro

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Publicado en Evaristo Cultural en septiembre de 2012

Los ojos de mi perro permanecen clavados en algo que sobrevuela la habitación. La situación persiste desde hace aproximadamente medio minuto y todo indica que nada puede detenerla. Ni siquiera el ruido tremendo del camión de los recolectores de basura que oficia de banda de sonido a estas horas, y el cual suele obsesionarlo día a día. Tampoco cuando los basureros vociferan y lanzan blasfemias, en ese idioma que ningún mortal nunca pudo, ni podrá, descifrar, acaso uno de los misterios más recónditos de la vida cotidiana ciudadana. Y esta vez, además, con la radio del camión a todo volumen. Y no es precisamente Brahms lo que suena. Estamos asistiendo a la versión recargada de la recolección de residuos, la 2.0. Mientras tanto, el objeto volador ha sido plenamente identificado y responde al nombre de polilla. La polilla recorre el ambiente en cuestión, atravesándolo a lo largo y ancho de su extensión, como quien estuviera haciendo uno de esos tours en helicóptero que sobrevuelan New York o Rio, pero eventualmente menos atractivos. La tensión se incrementa. Es una postal frecuente de un perro pasando un buen momento, con su atención cautivada, pero está a punto de convertirse en una escena extraída de ‘Apocalypse Now’. Las pupilas de mi perro parecen petrificadas, como en una fotografía, y apenas destellan el tenue reflejo de la lámpara que está sobre la mesa de luz. Que en sus ojos parecen haces de luz de uno de esos batallones de soldados con lentes de visión infrarroja invadiendo un país, como en los informes de la CNN. Como en el cine, pero en casa. Y que en apenas unos segundos se transformará en ‘La Batalla de Midway’. La polilla, mientras tanto, ha culminado su vuelo circular tras pasearse por todas las atracciones turísticas posibles. Pero en el living del departamento. Ya ha sobrevolado la llanura de la mesa principal y las desniveladas estepas del mobiliario, la zona caliente del televisor, las ruinas volcánicas del cenicero y, tras un breve descanso sobre el mullido apoyabrazos del sofá, ha encontrado su destino final, el del vidrio de turno. Ventana o ventanal, la que corresponda según el caso. Transparente e inmenso, el vidrio. La mismísima muerte. Y que la polilla, en pleno rol de potencial víctima, desconoce como tal. Es la última instancia de vida de cualquier insecto volador, un callejón sin salida inventado por los humanos, y a otros efectos. Un verdadero camino sin retorno. Y todo huele a Hitchcock. Un metro y medio más abajo, mientras tanto, mi perro se dispone a obtener el rol protagónico que viene reclamando al menos desde el preciso instante en que los basureros volvieron a poner en marcha el camión, cuando despertaron a medio barrio. Está parado en dos patas, se ha convertido en bípedo, y parece un potrillo indomable. Hay un gruñido sospechoso, indescifrable, y todo puede ocurrir de aquí en más, mis amigos. Toma envión, y se abalanza sobre su presa como si no hubiera mañana. Está como poseso y parece Kinski en una escena de ‘Aguirre, la Ira de Dios’. Son poco más de 25 kilos de masa muscular sobrevolando los aires de un campo de batalla, con su mirada en rectísima línea a la infame polilla, que todavía se pregunta qué será de todo aquel más allá de aventuras por vivir, que jamás podrá experimentar, y todo gracias a un objeto transparente que le ha obstaculizado su transitar. Y que “encima el vidrio está frío, que no sabe a nada” (es verdad, no debe existir objeto más desabrido que un triste pedazo de vidrio) y “por qué diablos no me habré quedado en el placard, que tenía todo un banquete para mí”, todo eso…Pero en una fracción de segundo mi perro no yace más al nivel del piso, y está volando y bloooooooommmm!!!!, es todo puro ruido. Parece el fin del mundo. Los ojos de mi perro apuntan a la bendita ventana, la misma que está justo sobre la estufa de tiro balanceado de metal contra la cual su cuerpo estrelló un segundo antes, y que sonó a un bus de doble piso atravesando la pared. Entre tanto, buena parte de las cosas que se encontraban sobre la mesa se han ido al diablo. Y cayeron todas al mismo tiempo. Como ésos a los que se les ocurre hacer el famoso truco del mantel, que obviamente siempre falla. Esta vez a cargo de mi perro, en desbordado éxtasis. Desconoce por completo que está diezmando la ya de por sí corta existencia de la pobre polilla quien, desesperada, lucha una y otra vez por atravesar el vidrio. A quien jamás se le hubiera cruzado por la cabeza que de un vidrio se trataba. Acaso el objeto más infranqueable que pudiera imaginar. Y todo en vano, claro. Es que jamás ha tenido la posibilidad de ser advertida por alguno de sus semejantes. Y peor aún, la tendrá jamás. Ni ninguna otra polilla. Es que las polillas no tienen tiempo de nada, no saben de sociales. De ahí su resentimiento, un pequeño ser vivo cuyo hábitat transcurre entre roperos y placares, y con una agenda de actividades limitada, por cierto. ¡Y que insiste en atravesar el bendito vidrio! Pero hete aquí que mi perro falló en su primer intento. Y de paso se olvidó que entre su boca y la inocente polilla existe una serie de objetos mundanos que podrían poner en riesgo su estado original. Digo, el de los objetos. Bien lo sabe la maceta que reposa junto al ventanal. La misma que, valga la redundancia, no impidió que ésta, mientras tanto, caiga, en un aporte más a la ley de gravedad. Una escena sin igual donde, como en la guerra, todo vale.
Ahora le quedan unos cuatro años más de vida a la polilla (entiéndase, en su efímera escala), y menos de dos segundos según los cálculos de mi perro. Y tambiénlos míos, que hacen lo imposible para explicarle (a mi perro, porque la polilla igualmente no me iba a escuchar bajo tamaña situación de estrés) que son más de las 3 am, que es día de semana, y que no sería una buena idea poner la casa patas para arriba, en uno de los intentos más ridículos al que un ser humano pueda atreverse a realizar. Que las sillas nacieron para estar paradas y la mesa ratona en el lugar que uno decidió ubicarla. Y que el cenicero no tiene por qué terminar rodando como un trompo sobre el piso, y que las cenizas antes estaban dentro de éste porque para eso se inventó, y no deberían acabar esparcidas sobre el abrigo que estaba sobre una de las sillas, y la mar en coche. Pues bien, a todo ésto, la polilla ya ha pasado a mejor vida. Para entonces sus restos descansan en algún tracto de quien oficiara de victimario. Y el victimario se pavonea como si hubiera cruzado a nado el Atlántico. Aquellos haces rojo fuego de sus ojos en plena posesión ya retomaron su tinte normal, y casi me atrevería a afirmar que hay una sonrisa socarrona por detrás de su hocico, el cual no para de lamerse aún después de la digestión. Ni que hubiese devorado un hipopótamo. Ha superado el test de efectividad y se siente exitoso. Es un momento pletórico y mi perro lo sabe. Es una pequeña gran victoria, un capítulo de Animal Planet en el living, sin cortes, y de bajo presupuesto. Una auténtica función privada. Tal como lo afirma los ojos de mi perro, que siguen hablando. Que “lo de victimizar a la polilla nada tiene que ver con que el gusto del balanceado sea siempre el mismo y de ahí el ir por un canapé nocturno. Y que entonces tal vez, se me ocurre, te sugeriría te busques un gato, que no sólo duerme todo el santo día, sino que aparte no necesitás bañarlo ni sacarlo a pasear, y que encima te origina menos gastos, salvo los de los libros que vas a tener que reemplazar tras su eventual destrucción, si es que no te abandona antes, digámoslo así… Y que nuestra eterna y tan mentada rivalidad, llevada a los extremos a través de los siglos, está tan demodé como una buena parte del psicoanálisis y que al fin y al cabo caninos y felinos compartimos un acuerdo de palabra, ladrido, maullido o como quieras llamarlo, que nos resulta favorable a ambas especies, llevándonos incluso a firmar jugosos contratos en Hollywood…Y que ahora sólo resta que escribas sobre las veces (y fueron más de una, eventualmente), que me llevé
puesto el recipiente con agua del que bebo (de puro distraído, más que seguro alguna mosca invasora), generándote un lago natural en la cocina, o mi poca paciencia para con las palomas, que a esta altura del partido, como bien sabés, son consideradas plaga mundial, o los ruidos que hacen las motos, y demás está decirlo, con los caniches toy que, los muy histéricos, no
callan jamás, son el causante principal de otitis aguda, y blah blah blah…Y tanto escándalo por una escenita con el dichoso insecto, debería estarme agradecida, lo menos, por brindarle un poco de entidad y…”
Los ojos de mi perro tienen razón. Hasta la próxima polilla…