Stones.50.Londres

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Brian, el Fundador
Corría el mes de mayo de 1962 y un tal Brian Jones, con 20 años de edad, devoto poseso de la escena del Blues que llegaba del otro lado del Atlántico, bohemio distinguido, eximio guitarrista y armonicista, talentoso multinstrumentista y recientemente llegado a Londres desde su ciudad natal de Cheltenham, condado de Gloucestershire, colocaba un aviso en la publicación Jazz News, convocando a músicos a participar de una audición en vista de su más deseado proyecto: una nueva banda de Rhythm & Blues, el estilo por el cual vivía obsesionado.

ImageLos interesados no tardaron en llegar (es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) y así, idas y venidas mediantes, y tras lograr adentrarse en la por entonces subterránea escena del R&B local (considerada toda una excentricidad para los tiempos que corrían), Brian se convertiría en el fundador de los Rolling Stones. El mismo que eligiría a sus miembros, que le daría el nombre al grupo y decidiría qué tipo de música tocar. Y el que les conseguiría sus primeros shows. El resto es historia. Con el transcurrir de los años perdería su rango original de líder de los Stones, eventualmente desplazado a un lugar secundario tras el enorme suceso de Mick Jagger y Keith Richards como compositores, y como figuras centrales en las presentaciones de la banda. Por una larga lista de cuestiones, desde las más y menos entendibles a las menos considerables y, principalmente, por desarrollar una fuerte adicción a las drogas, Brian también perdería su integridad física y emocional, bastante antes que le fuera sugerido abandonar el grupo a mediados de 1969. Brian Jones, el creador, también acabaría perdiendo su vida, en julio del mismo año.

ImageEl Milagro de Dartford
Son casi 50 minutos de viaje en tren hasta Dartford. Al menos eso es lo que me asegura el guarda de la terminal de trenes de la estación Victoria, después de la de Waterloo, la de más tráfico en Londres. Ha salido el sol y el reloj de Victoria indica que se acerca el horario de partida que figura en mi boleto. La estación de trenes de Dartford representa uno de los momentos más sustanciales en la fundación de los Stones cuando, en la mañana de un día de octubre de 1961, un tal Michael Philip Jagger, residente de ese suburbio londinense, en el condado de Kent, al sudeste de la capital británica, se encontró casualmente con un tal Keith Richards, habitante del mismo distrito, con quien 10 años antes había sido compañero de primaria en la escuela Wentworth. Jagger cargaba una buena cantidad de vinilos de Blues y Rock and Roll de su colección (Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter) que encandilaron a Richards. Keith llevaba una guitarra eléctrica. Juntos compartieron el viaje en tren hasta Londres, 26 kilómetros a lo largo de los cuales Mick le sugirió a Keith unirse a Little Boy Blue and the Blue Boys, el proyecto amateur de Rhythm and Blues al que Jagger dedicaba buena parte de su tiempo y que, más tarde, con la llegada de demás acólitos (de vuelta, ¿es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) se convertiría en The Rolling Stones. Ha pasado más de medio siglo desde aquella gloriosa jornada y estoy en un tren rumbo al suburbio en cuestión. Son 11 estaciones, sin incluir las de destino y llegada. Lo sé muy bien, las voy contando una tras otra a medida que el tren atraviesa la periferia londinense. Denmark Hill, Peckham Rye, Nunhead, Lewisham, Blackheath, Kidbrooke, Eltham, Falconwood, Welling, Bexleyheath, Barnehurst… ¡Dartford! El personal de la estación me observa con curiosidad, se preguntan qué hace alguien sacando fotos de la estación de manera tan deliberada. Quizás desconozcan que estoy en “Tierra Sagrada”. Y que mi peregrinaje continúa con una visita al hospital de Livingstone donde, contribución de sus padres mediante, dio a luz a Mick y Keith en 1943. Y una pasada por la Dartford Grammar School, de la cual Mick fue inmaculado alumno y capitán del equipo de basketball. Pero son más de las 4 de la tarde y, una vez más, soy víctima del implacable otoño londinense y su noche prematura. Es hora de retornar a la estación para abordar el tren de regreso.
Insatisfecho, visitaría Dartford nuevamente unas dos semanas más tarde. Me aseguro hacerlo más temprano y que en esta segunda oportunidad la luz del día me favorezca lo adecuado como para (por qué no?) una nueva inspección del hospital. También vuelvo a pasar por la escuela, en esta ocasión con el agregado de un paseo por el Mick Jagger Centre (anexo al colegio), complejo artístico que su más célebre alumno decidió inaugurar en el año 2000. De ahí, colinas y caminos en subida mediantes, es más de una hora de marcha hasta las casas de las calles Denver y Chastilian Road, en las afueras del suburbio, y donde, respectivamente, Jagger y Richards transitaron sus días de infancia. La morada original de Keith yace ahora sobre una florería, y la de Mick, no menos modesta, luce ahora un cartel que reza “en venta”. Me queda otra hora de caminata y dos piernas entumecidas para volver a la estación de Dartford. Se me ocurre no leer el cartel de destino del tren de retorno a Londres y, en lugar de dirigirme a Victoria, termino por error en la estación de Charing Cross. Mientras tanto, cruzo el Támesis que, desde mi ventanilla del tren, resplandece bañado en las luces del Parlamento británico. Son menos de las 6 de la tarde, pero estoy cerca de Piccadilly Circus, de las calles Oxford y Carnaby, o del Soho. El día aún es joven y es hora de una nueva travesía por la ciudad.

ImageNoche de cumpleaños
Veinte minutos. Tengo una manía con las fracciones de tiempo. Eso ni siquiera es media hora. Prefiero pensar en que son 1200 segundos; así parece ser más. A veces resulta ser un buen truco para engañar a la mente. Según la mujer de los altavoces del estadio, que acaba de anunciarlo, esa es la cantidad de tiempo que, nunca antes tan tirano, resta para el comienzo del show. Que es nada más y nada menos que el primero de una totalidad de cinco conciertos (los dos inaugurales en Londres, más otros tres en Estados Unidos) que los Rolling Stones, y después de un lustro sin salir a la ruta, decidieron llevar a cabo bajo el lema de 50 and Counting (50 y contando…) para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Por lo que queda muy poco, en rigor prácticamente nada, para que asista al evento tan soñado, más allá del medio centenar de conciertos de la banda con los que cuento en mi haber. Esto es, entiéndase, en la ciudad natal de la banda. Un espectáculo de ensueño, estoy en absolutas condiciones de asegurar. Éste es el lugar, entonces, y el momento correcto. Porque, además, esta noche, la del 25 de noviembre, la primera de las dos veladas en el O2, el show contará con agregados estelares. Y no los de invitados de turno como Jeff Beck o Mary J. Blige (una nueva pequeña muestra de show business), pero las de Bill Wyman (el bajo original de los Stones que, por primera vez, retornará al escenario junto al grupo tras alejarse de la banda dos décadas atrás) y la de Mick Taylor, que también desertó de las filas de la Banda de Rock’n’roll más grande de todos los tiempos, pero a mediados de los 70… Ocasiones como éstas eran hasta ahora inimaginables. No estaban en la lista de sorpresas, pero finalmente me convenzo de que Superman no mentía cuando decía poder invertir la rotación de la Tierra. Insisto: éste es el lugar. El único y pequeño problema es que… bueno, todavía estoy sin entrada. Todas las posibilidades barajadas hasta el momento finalmente brillaron por su ausencia. Esta vez no hay tickets de favor ni nada de eso. Contra todos los pronósticos que aseguraban que la demanda de localidades iba a ser escasa por sus altos precios, la taquilla está prácticamente agotada. No es difícil comprobarlo. El O2 está atestado de gente; han llegado desde los destinos más remotos imaginables y todo indica que se me están acabando las fichas. Lo tengo muy presente. Mi ritmo cardíaco se encuentra fuera de lo normal, tengo la boca empastada y nada logra que evite pensar que cada vez falta menos. Y menos todavía. Y ahora un poco menos. Y que la idea de retornar a la casa de mi familia amiga convertido en un maldito zombi, suena algo alarmante. Los Stones están a punto de salir a escena. No soy lo que se dice un convencido de la telepatía y, por ende, no piensan apiadarse de mí. Ya he rezado en todas las lenguas posibles y soy un perrito fiel buscando compasión y empatía. Transtornado, recurro a la ventanilla de venta de entradas (¿cómo no se me ocurrió?) y, mientras tanto, me dedico a tejer las mil y una maneras de pasar a mejor vida o a meditar si el hospital más cercano cuenta con sala de guardia. Tengo una tarjeta de cobertura médica en la billetera, llegado el caso. Hay cuatro personas en la fila. A todas se las ve en condición de desperación. Son parte de mi equipo, pero la idea no resulta de ayuda alguna. Pasan, pagan, se retiran felices. Se los ve jubilosos. Hay cambios significativos en sus rostros y han modificado el rictus. Es una buena señal, creo suponer. “Necesito un ticket, ¿queda algo?”. Solidaria, la empleada de turno teclea algo en la computadora. Y acto seguido me sonríe. Claro, yo también me pondría feliz de evitar un suicidio. Por las dudas, me pellizco. Entrada en mano, exultante como un niño corriendo a través de una pradera, me materializo frente a puertas de ingreso, que son las finales de todo el enorme complejo del O2, la auténtica pista de despegue. Faltan menos de diez minutos, recupero el pulso y el tono original de mi piel, que incluso había logrado superar al “bronceado londinense” del que todo visitante a Inglaterra en el mes de otoño jamás podría jactarse. Sonrío más que Laura en La familia Ingalls. Tengo una muy buena ubicación, voy a estar en la fila 16, en el sector del piso y a no más de 20 metros del escenario. Y hacia allí vamos, entonces. Vuelvo a respirar, exhalo, inhalo. Bajo las escaleras a ritmo olímpico. Las luces del O2 se apagan. Es hora de otro pellizco, por si las moscas. Y me dispongo a disfrutar del que sería un show emblemático, y del mejor cumpleaños al que alguna vez, casi con seguridad, podré asistir. Misión cumplida, entonces. Aún me resta el show del 29; son sólo 4 días más, pero esta vez cuento con una entrada anticipada en mi haber, que me asegura dormir plácidamente la noche anterior. Y haberle evitado una sesión de primeros auxilios a los paramédicos de mi servicio de cobertura al viajero.

ImageBrian (revisitado)
Son poco más de las 3 de la tarde. Falta algo menos de una hora para que el cielo de Inglaterra se tiña de oscuro y que todo se cubra de estrellas, aunque los eternos cielos nublados ingleses las obstruyan. Me encuentro en el cementerio de Prestbury para visitar la tumba de Brian. Sus restos descansan aquí desde julio de 1969. Llegar no fue cosa de todos los días. Es que, por algún motivo, siempre pensé que sus restos descansaban en Cheltenham, pero deduzco que todo este tiempo estuve mal informado. Me lo certifica el primer ciudadano que encuentro ni bien bajo del busque tomé en Londres. Muy por el contrario, para llegar a la villa aledaña de Prestbury, desde Cheltenham, debo realizar una muy prolongada caminata atravesando campo abierto. En rigor, salir de los límites de la ciudad, llegar al pueblo siguiente.
Es un momento de clara conmoción, de emociones mezcladas y de profunda ansiedad. La necrópolis de Prestbury es bella y antigua, de campos verdes y piedras de color tan plomizo como el cielo que la cobija; las típicas de un viejo cementerio inglés, de tierra adentro, enclavado en la campiña. Cruzo la puerta de ingreso al cementerio. Siento la tierra firme y húmeda bajo mis pies, pero de algún modo es como estar caminando en el aire. La sensación se incrementa cuando me dirijo a la oficina de información, situada apenas unos metros después de la entrada del camposanto. Reina un frío intenso y sopla un viento hostil. El cementerio de Prestbury no es muy extenso, de todos modos. Ahora estoy hablando con la empleada de la Secretaría, le indico que vengo a visitar una tumba pero que desconozco su paradero. Claramente le señalo que se trata de Brian Jones. “Oh, Brian?”, me responde. Me alcanza un mapa del lugar, en el que traza el camino hasta la tumba de Brian con resaltador. “No está lejos, simplemente siga derecho unos 60 metros, doble a la izquierda en el primer camino y allí está, cerca de la zona donde estacionan los autos”.
Segundos más tarde, la lápida de Brian, la misma que he visto millones de veces en diversos libros y revistas, está a escasos 2 metros míos. Miro alrededor y no hay nadie. Nadie, absolutamente nadie. Tan sólo logro escuchar unas voces a la distancia, seguramente de asistentes a algún servicio de sepelio que se está realizando. O, al menos, éso me parece. Leo la leyenda grabada sobre la lápida, “En afectuoso recuerdo de Brian Jones”. Desbordado por la emoción, caigo de rodillas y, naturalmente, me descubro aferrado a la lápida. De algún modo, es la actitud equivalente, consciente o inconscientemente, de abrazar a Brian. Como si fuera él quien está frente a mis ojos. Y, desde ya, mi único posible encuento. Descarto toda posibilidad de morbidez y comienzo a hablar. Mis palabras son de agradecimiento, claro. Le cuento de lo importante que me resulta semejante momento y sobre la gran distancia que tuve que recorrer para llegar allí. No encuentro mejores palabras para dejar fluir mis ideas. De los años que estuve esperando la oportunidad de hacerlo. Y de mi querida madre, a quien perdí hace apenas cinco meses. Y del camino a la paz interior, de la cual pretendo inundarme en el día a día. Me quiebro y lloro (¿es de hombres hacerlo?). Distendido (podrían haber transcurrido diez, veinte, cuarenta minutos, en rigor no lo sé), decido sentarme en el banco que está frente a la tumba. Me pasa toda mi vida por la cabeza en apenas unos segundos. Sigue habiendo nada ni nadie alrededor, tan sólo Brian y yo. Y las demás tumbas, claro. Algunas datan de siglos. Acomodo las flores y ornamentos que otros admiradores han dejado. Hay fotos de Brian, dibujos, textos escritos en diversas lenguas. Prometo volver a visitarlo en cada oportunidad que me sea posible. Es toda una experiencia religiosa para alguien muy poco religioso. Me retiro feliz. Hay un estado de plenitud inexplicable, una deuda saldada que lo garantiza.
Libre de adrenalina, decido tomar el bus de línea local para regresar al centro de Cheltenham. Está helando y aún me restan más de dos horas de ruta para retornar a Londres, tiempo suficiente para agradecer a un tal Brian Jones por estos últimos 50 años, los mismos que forjaron la banda de sonido de mi vida. Y todavía contando…

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