DIEZ POSTALES DE SÃO PAULO

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Publicado en Evaristo Cultural el 21 de diciembre de 2015

1 (3)1. Con un número que oscila los doce millones de habitantes, San Pablo no es solamente la capital del estado y ciudad principal de la región metropolitana del mismo nombre (región cuya población supera a la de la totalidad de Argentina), sino además la mayor de Sudamérica, disputándose el décimo puesto mundial entre Moscú y Beijing en el grupo de las megalópolis con mayor índice demográfico. Basta con salir a dar un paseo por el distrito céntrico para obtener un censo perfecto, adentrándose en un hervidero cosmopolita que, en términos multiculturales, bien podría llevarla a considerarse la New York del hemisferio sur americano. Circunstancia por la que no dudo en practicar mi deporte favorito cada vez que la visito, en rigor, el de disponerme a caminatas interminables, de esas que pueden llegar a extenderse por 20 km., convirtiéndome en una suerte de pacman de carne y hueso dispuesto a perderse a través de sus incontables recovecos. Y si encima a uno le toca arribar a la gran ciudad muy temprano, como resultó ser en esta última oportunidad (agreguémosle el hecho de verme obligado a hacer tiempo para el check-in del hotel hasta la media mañana), no queda otro chance que ponerse en marcha. Así las cosas, eran algo más de las 6 a.m. y São Paulo ya había despertado, aún lejos del momento preciso en el que, al son de una campana de largada imaginaria, el Centro se vería invadido de transeúntes y coches, como sucede religiosamente de lunes a viernes, y con horas pico de antología. Todo lo que apenas logro divisar es alguna que otra bandada de palomas jugando entre los edificios con las primeras luces del día, o aquel trasnochado de ocasión que perdió la brújula. En Brasil se suele usar la palabra “largo” (en portugués, “ancho”) para referirse a determinados espacios cuadriláteros desperdigados por sus ciudades, por lo que el Largo do Paissandú, uno de los puntos más característicos del Centro paulista, resulta ser el punto de partida ideal para mi madrugador reconocimiento del terreno (revisitado por enésima oportunidad), área coronada por la Igreja de Nossa Senhora do Rosário dos Homens Pretos (más conocida como Igreja dos Pretos, o Iglesia de los Negros), que fue inaugurada durante la primera década del siglo pasado, y cuyo amarillo furioso le da un toque de vivacidad a una San Pablo gris que, aparentemente, todavía le cuesta abrir los ojos. A sólo 1 cuadra de allí, tras desplazarme por la avenida São João, camino 100 metros hasta toparme con el Teatro Municipal de la ciudad, el equivalente a nuestro Teatro Colón, y que ahora luce un tanto derruido. Las principales peatonales de la zona (la Barão de Itapetininga, o la Dom José de Barros), también aparecen desiertas, con la excepción de un grupo de barrenderos en plena actividad, al igual que el Viaduto do Chá, el primer viaducto paulista de la historia, el mismo que unas horas después estará desbordado de gente, situación potenciada este noviembre por el boom de las compras navideñas, un hormiguero de concreto en constante ebullición. Pero el recibimiento no deja de resultarme placentero. La cara B de la historia: el viajero exquisito (que no es precisamente mi caso, ni siquiera remotamente) podrá incurrir en eso de sentirse algo sacudido al tener que presenciar la cantidad de mendigos apostados en la zona (una postal tradicional de la ciudad que pareciera vivir un in crescendo permanente), y que suelen agolparse en las calles del área hasta que el momento en que llega la marabunta de peatones y deben salir a procurar otro agujero. Es uno de los contrastes más notorios y característicos de la ciudad de las mil diferencias. En el grupo que pernocta frente al local de Casas Bahia hay un hombre de mediana edad que se incorpora para ofrecerme comprarle una tostadora antigua, o bien un aparato de teléfono que parece haber sido arrollado por un tren. No me animo a preguntarle. “Buen día, ahora no, gracias”, le suelto. “No hay problema, se lo guardo”, me asegura antes de retornar a su confortable posición horizontal. Buen día Sampa…

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2. La chica del pronóstico del noticiero de la tele así lo confirma: este último noviembre fue el más lluvioso en la ciudad de los últimos 20 años. São Paulo está preparada para resistir toda posibilidad de inundación, al menos en su parte metropolitana, pero la llegada de una lluvia puede dar lugar a una serie de imágenes, por lo menos, poco familiares. A los paulistas no le gusta mojarse, por lo que la súbita aparición de la más leve de las garúas hace que los vendedores de paraguas florezcan en las calles en cuestión de segundos, literalmente. El grado de cataclismo se hace notar más en la Avenida Paulista, uno de los puntos turísticos más notable de la metrópolis, principal centro financiero de la ciudad, y el de más actividad comercial de Brasil, allí donde se concentra el flujo de dinero más potente del país. Los oficinistas corren y buscan refugio ante el incesante vendaval de meteoritos que pone sus ropas en riesgo, buscando amparo debajo del primer techo, o parapetándose en las estaciones de subte diseminadas a lo largo de la gran avenida, que no tiene nada que envidiarles a las de las naciones del primer mundo. Cuando la lluvia cesa, finalmente, el paulista suele asegurarse de que no sea una falsa alarma, para entonces sí volver a sus actividades cotidianas hasta una nueva aparición aterrorizadora de King Kong. La Paulista también es la avenida elegida por los manifestantes al momento de salir a protestar, como fue el caso en estos días de manos de un grupo de estudiantes secundarios que solicitaban cambios en la reforma estudiantil recientemente modificada por el gobierno estatal.

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3. El Terminal Rodoviário do Tietê es la estación central de ómnibus de la capital. Tietê, como se la conoce coloquialmente, es la versión sobre ruedas del aeropuerto internacional de Guarulhos, el de mayor movimiento de América Latina, y de su hermano menor Congonhas, que se utiliza para vuelos de cabotaje. Localizada en al barrio de Santana (aquel que vio nacer a Ayrton Senna), la terminal Tietê debe su nombre al río de más de 1.000 km. de extensión que cruza el estado paulistano de este a oeste, y es su trecho más contaminado el que atraviesa la ciudad. La estación terminal es el punto de partida oficial a todos los destinos del país, alojando a cerca de trescientas compañías de bus, y con un tránsito continuo de aproximadamente tres mil vehículos que mueven a más de 90.000 personas día tras día, conectando a São Paulo con 1.033 ciudades de 21 estados brasileños y cinco países del hemisferio sur (Perú, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina), un monstruo de cemento que ofrece todas las facilidades para el viajero, y que también cuenta con su propio andén de estación de metrô (subte) incorporado. El metrô paulista data de 1968 y tiene cinco líneas de servicio, aparte de sus extensiones, que se distinguen por sus colores (azul, verde, amarilla, roja y lila), y que se pasean a lo largo de los casi 69 km. de red de subterráneos, con 61 estaciones, adonde llegan los 154 trenes que la recorren. Y que sólo paran por unas horas en el horario nocturno.

Parque Ibirapuera São Paulo (SP) Parque Natureza Cidades e Patrimonios Vista Aérea

4. “Mientras Sao Paulo trabaja, Rio se divierte”, me dijo hace años un empleado de un bar paulista en estado de honestidad brutal. Pensé que era una frase histórica, pero en rigor nunca más la volví a escuchar, ni tampoco la encontré en Google. Mito o verdad, lo cierto es que el paulista lleva una vida agitada que lejos dista del relax, y que hace que el carioca pueda ser imaginado como un bañista que vive debajo de una palmera. Es un síndrome propio de las capitales, pero aquí la máxima resuena más fuerte. São Paulo ciudad carece de naturaleza (a excepción de los morros bajos que sólo aparecen en la periferia), o del inmenso Parque do Ibirapuera, que con sus casi 1.600 km. cuadrados es el primo lejano del Central Park neoyorquino, o de los bosques de Palermo. Es por eso que muchos de los habitantes de la ciudad abarrotan las rutas (principalmente la Rodovia dos Imigrantes), que en los fines de semana los llevan al litoral paulista y sus playas (entre las más populares, las de la isla de Guarujá), y tras pasar por Santos (ciudad natal de uno de los dos jugadores de fútbol más populares de la historia), los depositan en un contraste absolutamente opuesto a la cotidianeidad de cada jornada.

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  1. En São Paulo sobran las ofertas culturales. El turista de turno suele elegir el MASP (pronúnciese “Máspi”), el Museo de Arte de Sao Paulo, como destino obligatorio, que posee una de las más destacadas colecciones de América Latina, o el Museo de la Lengua Portuguesa, o el de la Pinacoteca del Estado. Pero nada más interesante que las ferias callejeras, entre las que a ojo se destaca la de la plaza Benedito Calixto, localizada en el barrio de Pinheiros (a cuadras del hospital de Clínicas, el multicomplejo sanitario de la ciudad), y que tiene lugar todos los sábados. Partiendo del Centro, una caminata sugerida es la de tomar la avenida São Joao hasta la Ipiranga (sede de la histórica Praça da República o el Edifício Itália, el segundo más alto de la ciudad), para luego doblar en la Rua da Consolação (donde se aloja el cementerio más antiguo de la ciudad), pasarse por la avenida Rebouças, y seguir hasta la calle Teodoro Sampaio, para aterrizar en la feria de la plaza Calixto después de unas cuadras y sus decenas de puestos de antigüedades y objetos de colección. Y que nunca se suspende por mal tiempo.

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  1. Con sus miles de restaurantes, São Paulo cuenta con una de las ofertas gastronómicas más variadas del planeta, que potencian su de por sí ya extensísima variedad étnica. No hace falta dejar la vida en uno de los tantos sitios caros a la hora del almuerzo o de la cena, ni tampoco ponerse a lavar platos. Como en prácticamente cualquier punto turístico brasileño, una simple parada en cualquiera de los millones delanchonettes alcanza y sobra para conformarse con su menú de pasteles o jugos. O acercarse al barrio chino en la vecindad de Liberdade. Pero cerca de la estación de subte Luz, en el Centro de la ciudad, se encuentra el Mercado Municipal. Más popularmente conocido como el Mercadão, con sus casi 80 años de historia, el Mercado Municipal llegó para reemplazar al antiguo Mercado Central paulista, especializándose en la comercialización de verduras, cereales, carnes, condimentos, tabacos, y todo producto alimenticio o de consumo diario imaginable. Teniendo en cuenta la interminable extensión de Brasil, y su desmedida variedad de productos, el Mercadão puede llegar a resultar irresistible. Pero nada como acercarse al sector de frutas. Son los mismísimos empleados que atienden sus puestos los que terminan abalanzándose sobre uno para tentarlo con probar las variedades más raras de frutos, en su mayoría provenientes del norte del país, o de la parte alta Sudamérica. Frutas exóticas, de esas que uno nunca vio. “Pruebe ésta, se llama pitaia, o Fruta del Dragón, es colombiana”, me dice. No me niego. “Ésta también, pero es la variedad roja” Tampoco me niego. “¿Y ésa no es la misma, pero amarilla?” “Sí, es la variedad amarilla, quiere probarla?” No quisiera incomodar al vendedor, me incomoda decirle que no. “¿Y esa ahí, la marroncita?” “Esa se llama sapoti, viene del norte, ¿la probó alguna vez”? “La verdad, nunca la probé” El puestero continúa cortando muestras de cada una de las frutas, y a mi lado hay al menos cuatro personas más que comparten la experiencia. “Y esa es la jabuticaba, y la de atrás se llama atemóia” “Conozco una que se llama chirimoya, no sé si será la misma…”, indago. “No, lachirimóia es aquella otra, tome, pruebe” No pienso resistirme a la invitación. Al fin y al cabo nadie lo obliga, y toda experiencia didáctica resulta bienvenida. “Y la de al lado se llama maracujá doce” “Maracujá, a esa la conozco, ¿no es la que dicen que tiene propiedades relajantes?” Y el vendedor que no para. “Gracias por todo, la verdad, le compraría algo, pero no soy de aquí y si las llevo, no tengo cómo mantenerlas” “No se preocupe, será otra vez, le dejo la tarjeta del local” Decido abandonar el Mercadão sin más lugar para la lujuria frutal, no sin antes intentar malcriarme un poco más con el bocadillo más insigne del lugar, y el símbolo culinario más arquetípico del mercado, el “sanduíche” de mortadela, una delicia que se disputan históricamente dos de los puntos especializados a la hora de engullirlo, el Bar de Mané y el Hocca Bar, pero las largas colas para adquirirlo me llevan a terminar desistiendo. Después de todo ya tuve mi oportunidad de probarlo en un viaje anterior, y tampoco quisiera que mi sistema digestivo, concluyo, entre en conflicto con la oferta frutal digerida, mientras que un vendedor de otro puesto de frutas cercano, bandeja y cuchillo en mano, me hace señas para que me acerque. “Gracias, pero tengo que irme” “No hay problema, le dejo la tarjeta del negocio, y también enviamos a domicilio…”

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7. Lejos de los placeres y de las variadas ofertas de geografía simbólica que ostenta una de las diez ciudades más grandes del planeta, más allá de los paseos y de los barrios de Jardins o Higiénopolis, aquellos dominados por las clases altas de la sociedad paulista, São Paulo reúne una historia de marginalidad prácticamente indisputable. Una buena parte de su población pertenece a la casta más pobre y, con los permanentes devaneos sociales y económicos que son parte del folklore del país, el grado de sobrepoblación de la región marca una brecha eterna que no parece tener retorno, mayormente como parte de una coyuntura signada por el sainete político-económico que en el más reciente de los episodios, el caso de la Petrobras, dio como resultado un escándalo de billones, y que terminó avivando aún más el fuego de la opinión pública, que no para de quejarse desde el momento del recordado gasto desmedido de fondos nacionales con motivo de la última copa mundial de fútbol, y cuya sumatoria de hechos ha llevado al mismísimo pedido de juicio político de la presidenta Dilma Rousseff. Como en toda grande ciudad, el mayor de los problemas que atraviesa la población marginal paulista (y también en otras urbes del país, si bien en menor escala) es el del consumo de crack, que consagró a Brasil como el mayor consumidor de esa droga a nivel mundial. La situación se ha ido tanto de control que São Paulo cuenta con su propia área de adictos. Es la región que se conoce popularmente con el nombre de “Cracolandia”, y que se extiende principalmente por los barrios de República, Bom Retiro y Santa Cecilia (también parte del distrito céntrico paulista), donde los adictos al crack se han apoderado de edificios públicos abandonados, y que suman cientos de personas en situación de indigencia absoluta que pasan la totalidad de su tiempo viviendo entre basura, presas de un mundo irreal del cual no son conscientes, compartiendo su desgracia, y que en muchos de los casos son también víctimas del sida o la tuberculosis, constituyendo una ciudad dentro de otra sin límites, en todos los sentidos posibles.

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  1. Definidas por el gobierno como “asentamientos subnormales”, y con su mayor preponderancia en la ciudad de Rio de Janeiro, São Paulo también tiene favelas, que están principalmente dispuestas en las zonas oeste y sur de la ciudad. Al contrario de Rio, cuya geografía permite que se ubiquen sobre las laderas de los morros que acompañan a prácticamente todos los barrios urbanos, las favelas paulistas se encuentran en la periferia metropolitana. Un fenómeno que comenzó a crecer a partir de la década del ’70, y con una trayectoria progresiva hasta nuestros días, que suman más de quinientos asentamientos, y con más de 70.000 favelados, resultando en el mayor de los contrastes de la capital paulistana.

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  1. Monarca indiscutible de la “comida chatarra” paulista, el churrasco grego lidera el patrimonio de la oferta gastronómica callejera de la ciudad. Una disección ocular del producto en cuestión da como resultado un trozo gigante de carne (similar a una pata de jamón ibérico, pero a millones de años luz en calidad) que rueda en máquinas de metal distribuidas a diestra y siniestra en las calles de la ciudad (en puestos callejeros, o en las entradas de los bares), esencialmente en la zona céntrica. Así, el “churrasco griego”, con su grasa chorreante, representa la imagen viva del monumento perfecto de la gastronomía que se niega a todo posible intento de gourmetización. Según reza una página especializada, son tres los factores que pueden explicar la atracción por semejante bomba de colesterol: “el olor de la grasa derretida que vierte la carne y que inunda la calle, la velocidad en que es servido (que no supera los 30 segundos), y su bajo precio”. Por apenas 2 Reales (algo así como 10 pesos argentinos, o incluso menos, según la cotización del día), uno cuenta con la posibilidad de adquirir este manjar proletario, que también presenta su versión “a la vinagreta”, y que por el mismo costo también incluye un vaso de jugo artificial en cualquiera de sus cuatro versiones (naranja, púrpura, amarillo o rojo), según el grado de resistencia estomacal de las víctimas potenciales que lo solicitan.

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10. El segundo rascacielos más alto de la ciudad (y de todo el territorio brasileño) responde al nombre de Mirante do Vale (o Mirador del Valle), con 51 pisos y 170 metros de altura, situado en el centro histórico paulista, hasta la fecha sólo superado por el Millennium Palace, en Camboriú, en el estado sureño de Santa Catarina. Pero a la hora de permitirse la mejor vista de la imponente urbe, la mejor elección recae en la Torre Banespa (o Banespão, el Banco del Estado de São Paulo, privatizado en el año 2000 junto al grupo Santander), la tercera más alta después del Edificio Italia. Con entrada gratuita, este ícono de la ciudad, erigido originalmente en 1939, e inspirado en el Empire State de New York (considerado al año siguiente la mayor construcción de cemento armado del mundo), tras un rápido viaje hasta la cima en uno de sus catorce ascensores, permite avistar São Paulo en 360 grados, y lograrle una condecoración visual muy a la altura (nunca mejor dicho), de las grandes metrópolis mundiales.

Stones.50.Londres

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Brian, el Fundador
Corría el mes de mayo de 1962 y un tal Brian Jones, con 20 años de edad, devoto poseso de la escena del blues que llegaba del otro lado del Atlántico, bohemio distinguido, eximio guitarrista y armonicista, talentoso multinstrumentista recientemente llegado a Londres desde su ciudad natal de Cheltenham, condado de Gloucestershire, colocaba un aviso en la publicación Jazz News, convocando a músicos a participar de una audición en vista de su más deseado proyecto: una nueva banda de Rhythm & Blues, el estilo por el cual vivía obsesionado.

VARIOUS - 1964Los interesados no tardaron en llegar (¿es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) y así, idas y venidas mediantes, y tras lograr adentrarse en la por entonces subterránea escena del R&B local (considerada toda una excentricidad para los tiempos que corrían), Brian se convertiría en el fundador de los Rolling Stones. El mismo que eligiría a sus miembros, que le daría el nombre al grupo y decidiría qué tipo de música tocar. Y el que les conseguiría sus primeros shows. El resto es historia. Con el transcurrir de los años perdería su rango original de líder de los Stones, eventualmente desplazado a un lugar secundario tras el enorme suceso de Mick Jagger y Keith Richards como compositores, y como figuras centrales en las presentaciones de la banda. Por una larga lista de cuestiones, desde las más y menos entendibles a las menos considerables y, principalmente, por desarrollar una fuerte adicción a las drogas, Brian también perdería su integridad física y emocional, bastante antes que le fuera sugerido abandonar el grupo a mediados de 1969. Brian Jones, el creador, también acabaría perdiendo su vida, en julio del mismo año.

3El Milagro de Dartford
Son casi 50 minutos de viaje en tren hasta Dartford. Al menos eso es lo que me asegura el guarda de la terminal de trenes de la estación Victoria, la de más tráfico en Londres después de la de Waterloo. Ha salido el sol y el reloj de Victoria indica que se acerca el horario de partida que figura en mi boleto. La estación de trenes de Dartford representa uno de los momentos más sustanciales en la fundación de los Stones cuando, en la mañana de un día de octubre de 1961, un tal Michael Philip Jagger, residente de ese suburbio londinense, en el condado de Kent, al sudeste de la capital británica, se encontró casualmente con otro tal Keith Richards, habitante del mismo distrito, con quien 10 años antes había sido compañero de primaria en la escuela Wentworth. Jagger cargaba una buena cantidad de vinilos de blues y rock and roll de su colección (Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter), los que encandilaron a Richards. Keith llevaba una guitarra eléctrica. Juntos compartieron el viaje en tren hasta Londres, 26 kilómetros a lo largo de los cuales Mick le sugirió a Keith unirse a Little Boy Blue and the Blue Boys, el proyecto amateur de rhythm and blues al que Jagger dedicaba buena parte de su tiempo y que, más tarde, con la llegada de demás acólitos (de vuelta, ¿hace falta citar a cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) se convertiría en The Rolling Stones. Ha pasado más de medio siglo desde aquella gloriosa jornada y estoy en un tren rumbo al suburbio en cuestión. Son 11 estaciones, sin incluir las de destino y llegada. Lo sé muy bien, las voy contando una tras otra a medida que el tren atraviesa la periferia londinense. Denmark Hill, Peckham Rye, Nunhead, Lewisham, Blackheath, Kidbrooke, Eltham, Falconwood, Welling, Bexleyheath, Barnehurst… ¡Dartford! El personal de la estación me observa con curiosidad, se preguntan qué hace alguien sacando fotos del lugar de manera tan deliberada. Quizás desconozcan que estoy en “Tierra Sagrada”. Y que mi peregrinaje continúa con una visita al hospital de Livingstone en el que, contribución de sus padres mediante, dio a luz a Mick y Keith en 1943. Y una pasada por la Dartford Grammar School, de la cual Mick fue inmaculado alumno y capitán del equipo de basketball. Pero son más de las 4 de la tarde y, una vez más, soy víctima del implacable otoño londinense y su noche prematura. Es hora de retornar a la estación para abordar el tren de regreso.
Insatisfecho, visitaría Dartford nuevamente unas dos semanas más tarde. Me aseguro hacerlo más temprano y que en esta segunda oportunidad la luz del día me favorezca lo adecuado como para (¿por qué no?) una nueva inspección del hospital. También vuelvo a pasar por la escuela, en esta ocasión con el agregado de un paseo por el Mick Jagger Centre (anexo al colegio), complejo artístico que su más célebre alumno decidió inaugurar en el año 2000. De ahí, colinas y caminos en subida mediantes, es más de una hora de marcha hasta las casas de las calles Denver y Chastilian Road, en las afueras del suburbio, y donde, respectivamente, Jagger y Richards transitaron sus días de infancia. La morada original de Keith yace ahora sobre una florería, y la de Mick, no menos modesta, luce ahora un cartel que reza “en venta”. Me queda otra hora de caminata y dos piernas entumecidas para volver a la estación de Dartford. Se me ocurre no leer el cartel de destino del tren de retorno a Londres y, en lugar de dirigirme a Victoria, termino por error en la estación de Charing Cross. Mientras tanto, cruzo el Támesis que, desde mi ventanilla del tren, resplandece bañado en las luces del Parlamento británico. Son menos de las 6 de la tarde, pero estoy cerca de Piccadilly Circus, de las calles Oxford y Carnaby, o del Soho. El día aún es joven y es hora de una nueva travesía por la ciudad.

4Noche de cumpleaños
Veinte minutos. Tengo una manía con las fracciones de tiempo. Eso ni siquiera es media hora. Prefiero pensar en que son 1200 segundos, al menos así parece ser más. A veces resulta ser un buen truco para engañar a la mente. Según la mujer de los altavoces del estadio, que acaba de anunciarlo, esa es la cantidad de tiempo que, nunca antes tan tirano, resta para el comienzo del show. Que es nada más y nada menos que el primero de una totalidad de cinco conciertos (los dos inaugurales en Londres, más otros tres en Estados Unidos) que los Rolling Stones, y después de un lustro sin salir a la ruta, decidieron llevar a cabo bajo el lema de 50 and Counting (“50 y contando”…) para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Por lo que queda muy poco, en rigor prácticamente nada, para que asista al evento tan soñado, más allá del medio centenar de conciertos de la banda con los que cuento en mi haber. Esto es, entiéndase, en la ciudad natal de la banda. Un espectáculo de ensueño, estoy en absolutas condiciones de asegurar. Éste es el lugar, entonces, y el momento correcto. Porque, además, esta noche, la del 25 de noviembre, la primera de las dos veladas en el O2, el show contará con agregados estelares. Y no de los invitados de turno como Jeff Beck o Mary J. Blige (una nueva pequeña muestra de show business), pero las de Bill Wyman (el bajo original de los Stones que, por primera vez, retornará al escenario junto al grupo tras alejarse de la banda dos décadas atrás) y la de Mick Taylor, que también desertó de las filas de la Banda de Rock’n’roll Más Grande de Todos los Tiempos, pero a mediados de los ’70… Ocasiones como éstas eran hasta ahora inimaginables. No estaban en la lista de sorpresas, pero finalmente me convenzo de que Superman no mentía cuando decía poder invertir la rotación de la Tierra. Insisto: éste es el lugar. El único y pequeño problema es que… bueno, todavía estoy sin entrada. Todas las posibilidades barajadas hasta el momento finalmente brillaron por su ausencia. Esta vez no hay tickets de favor ni nada de eso. Contra todos los pronósticos que aseguraban que la demanda de localidades iba a ser escasa por sus altos precios, la taquilla está prácticamente agotada. No es difícil comprobarlo. El O2 está atestado de gente; han llegado desde los destinos más remotos imaginables y todo indica que se me están acabando las fichas. Lo tengo muy presente. Mi ritmo cardíaco se encuentra fuera de lo normal, tengo la boca empastada y nada logra que evite pensar que cada vez falta menos. Y menos todavía. Y ahora un poco menos. Y que la idea de retornar a la casa de mi familia amiga convertido en un maldito zombi, suena algo alarmante. Los Stones están a punto de salir a escena. No soy lo que se dice un convencido de la telepatía y, por ende, no piensan apiadarse de mí. Ya he rezado en todas las lenguas posibles y soy un perrito fiel buscando compasión y empatía. Transtornado, recurro a la ventanilla de venta de entradas (¿cómo no se me ocurrió?) y, mientras tanto, me dedico a tejer las mil y una maneras de pasar a mejor vida o a meditar si el hospital más cercano cuenta con sala de guardia. Tengo una tarjeta de cobertura médica en la billetera, llegado el caso. Hay cuatro personas en la fila. A todas se las ve en condición de desperación. Son parte de mi equipo, pero la idea no resulta de ayuda alguna. Pasan, pagan, se retiran felices. Se los ve jubilosos. Hay cambios significativos en sus rostros y han modificado el rictus. Es una buena señal, creo suponer. “Necesito un ticket, ¿queda algo?”. Solidaria, la empleada de turno teclea algo en la computadora. Y acto seguido me sonríe. Claro, yo también me pondría feliz de evitar un suicidio. Por las dudas, me pellizco. Entrada en mano, exultante como un niño corriendo a través de una pradera, me materializo frente a puertas de ingreso, que son las finales de todo el enorme complejo del O2, la auténtica pista de despegue. Faltan menos de diez minutos, recupero el pulso y el tono original de mi piel, que incluso había logrado superar al “bronceado londinense” del que todo visitante a Inglaterra en el mes de otoño jamás podría jactarse. Sonrío más que Laura en La Familia Ingalls. Tengo una muy buena ubicación, voy a estar en la fila 16, en el sector del piso y a no más de 20 metros del escenario. Y hacia allí vamos, entonces. Vuelvo a respirar, exhalo, inhalo. Bajo las escaleras a ritmo olímpico. Las luces del O2 se apagan. Es hora de otro pellizco, por si las moscas. Y me dispongo a disfrutar del que sería un show emblemático, y del mejor cumpleaños al que alguna vez, casi con seguridad, podré asistir. Misión cumplida, entonces. Aún me resta el show del 29; son sólo 4 días más, pero esta vez cuento con una entrada anticipada en mi haber, que me asegura dormir plácidamente la noche anterior. Y haberle evitado una sesión de primeros auxilios a los paramédicos de mi servicio de cobertura al viajero.

5Brian (revisitado)
Son poco más de las 3 de la tarde. Falta algo menos de una hora para que el cielo de Inglaterra se tiña de oscuro y que todo se cubra de estrellas, aunque los eternos cielos nublados ingleses las obstruyan. Me encuentro en el cementerio de Prestbury para visitar la tumba de Brian Jones. Sus restos descansan aquí desde julio de 1969. Llegar hasta aquí no es cosa de todos los días. Es que, por algún motivo, siempre pensé que éstos estaban en Cheltenham, su ciudad natal, pero deduzco que todo este tiempo estuve mal informado. Me lo certifica el primer ciudadano que encuentro ni bien bajo del bus que tomé en Londres. Muy por el contrario, para llegar a la villa aledaña de Prestbury, desde Cheltenham, debo realizar una muy prolongada caminata atravesando campo abierto. En rigor, salir de los límites de la ciudad, llegar al pueblo siguiente…
Es un momento de clara conmoción, de emociones mezcladas y de profunda ansiedad. La necrópolis de Prestbury es bella y antigua, de campos verdes y piedras de color tan plomizo como el cielo que la cobija; las típicas de un viejo cementerio inglés, de tierra adentro, enclavado en la campiña. Cruzo la puerta de ingreso al cementerio. Siento la tierra firme y húmeda bajo mis pies, pero de algún modo es como estar caminando en el aire. La sensación se incrementa cuando me dirijo a la oficina de información, situada apenas unos metros después de la entrada del camposanto. Reina un frío intenso y sopla un viento hostil. El cementerio de Prestbury no es muy extenso, de todos modos. Ahora estoy hablando con la empleada de la Secretaría, le indico que vengo a visitar una tumba pero que desconozco su paradero. Claramente le señalo que se trata de Brian Jones. “Oh, ¿Brian?”, me responde. Me alcanza un mapa del lugar, en el que traza el camino hasta el buscado destino con resaltador. “No está lejos, simplemente siga derecho unos 60 metros, doble a la izquierda en el primer camino y allí está, cerca de la zona donde estacionan los autos”. Segundos más tarde, la lápida de Brian, la misma que he visto millones de veces en diversos libros y revistas, está a escasos 2 metros míos. Miro alrededor y no hay nadie. Nadie, absolutamente nadie. Tan sólo logro escuchar unas voces a la distancia, seguramente de asistentes a algún servicio de sepelio que se está realizando no muy lejos. O, al menos, éso me parece. Leo la leyenda grabada sobre la lápida, “En afectuoso recuerdo de Brian Jones”. Desbordado por la emoción, caigo de rodillas y, naturalmente, me descubro aferrado al mármol de su tumba. De algún modo, es la actitud equivalente, consciente o inconscientemente, de abrazar a Brian. Como si fuera él quien está frente a mis ojos. Y, desde ya, mi único posible encuentro. Descarto toda posibilidad de morbidez y comienzo a hablar. Mis palabras son de agradecimiento, claro. Le cuento de lo importante que me resulta semejante momento y sobre la gran distancia que tuve que recorrer para llegar allí. No encuentro mejores palabras para dejar fluir mis ideas. De los años que estuve esperando la oportunidad de hacerlo. Y de mi querida madre, a quien había perdido hace apenas cinco meses antes. Y del camino a la paz interior, de la cual pretendo inundarme en el día a día. Me quiebro y lloro (¿es de hombres hacerlo?). Distendido (podrían haber transcurrido diez, veinte, cuarenta minutos, en rigor no lo sé), decido sentarme en el banco que está frente a la tumba. Me pasa toda mi vida por la cabeza en apenas unos segundos. Sigue habiendo nada ni nadie alrededor, tan sólo Brian y yo. Y las demás tumbas, claro. Algunas datan de siglos. Acomodo las flores y ornamentos que otros admiradores han dejado. Hay fotos de Brian, dibujos, textos escritos en diversas lenguas. Prometo volver a visitarlo en cada oportunidad que me sea posible. Es toda una experiencia religiosa para alguien muy poco religioso. Me retiro feliz. Hay un estado de plenitud inexplicable, una deuda saldada que lo garantiza.
Libre de adrenalina, decido tomar el bus de línea local para regresar al centro de Cheltenham. Está helando y aún me restan más de dos horas de ruta para retornar a Londres, tiempo suficiente para agradecer a un tal Brian Jones por estos últimos 50 años, los mismos que forjaron la banda de sonido de mi vida. Y todavía contando…