LÁGRIMAS PÚRPURA

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Publicado en Evaristo Cultural el 14 de abril de 2016

“¿Qué, ya terminó?” Casi al unísono, los que terminábamos de ver aquel concierto majestuoso de Prince esa noche del 21 de enero de 1991 coincidimos en un clamor generalizado que quedaba huérfano de respuestas. Bastaba con echar un vistazo alrededor y descubrir la misma mirada de desconcierto instantáneo entre los algo más de 25.000 asistentes al show, un número por demás bajo, teniendo en cuenta que nos encontrábamos en el estadio de River Plate. “¿Cómo, no va a volver”? Estaba claro. Acabábamos de presenciar en vivo y en directo uno de los mejores performances de la historia por estos lares, y la hora y cuarto por la cual se extendió nos dejó insatisfechos, y donde no faltaron los abucheos del público pidiendo por más. Y por más todavía. Prince había desembarcado en Buenos Aires junto a la New Power Generation (su banda de acompañamiento de aquel momento, el proyecto de ocho integrantes con quienes grabaría el excelente disco Diamonds and Pearls algo más tarde ese mismo año) tras participar de la segunda edición del Festival Rock In Rio de la ciudad carioca, y ahora formar parte de la grilla de otro festival, el de Rock and Pop local junto a Joe Cocker, Billy Idol, INXS y Robert Plant. Aquí lo esperaba una base acotada de fans, pero fiel, que venía soñando con su llegada al país desde hacía al menos siete años, cuando su popularidad autóctona se estableció de la mano de la banda de sonido de la película Purple Rain de 1984 (la misma que le valió un Oscar y ventas de casi 25 millones de copias alrededor del planeta), y cuya canción principal del mismo nombre no dejó de sonar en las radios locales desde entonces, hasta convertirse en un clásico eterno. El mismo grupo de acólitos al que no le quedaban dudas que el éxito de Phil Collins Sussudio de 1985 era un afano directo a la canción 1999 que el “genio de Minneapolis” había plasmado en 1984, una devoción que más tarde se vería alimentada por la gran difusión que obtuvo la versión de Nothing Compares 2 U que Sinead O’Connor había grabado en 1990 (y que Prince no dudó en incluir en el repertorio que usó en Buenos Aires), o una aún mayor, aquella irresistible de Kiss que Tom Jones registró en 1989. De algún modo ya se había ganado la medalla que lo condecoraba al título, prolíficamente hablando, del mayor músico del pop de la década del ’80. Una carrera que se propagaría por cuatro décadas, y basada en un individualismo absoluto. Hermético hasta el nirvana, supo potenciar esa condición para generar deliberadamente todos los enigmas posibles respecto a su existencia, presentándose ante el mundo como una andrógina criatura sexual, lo que le permitió llamar aún más la atención de forma completamente preconcebida. La vida de Prince resultaba todo un misterio, su plan resultaba exitoso, y todo el mundo se desvelaba por revelar los acontecimientos detrás de la vida del nuevo ícono mimado del espectáculo mundial. Ya desde su álbum debut en 1978 (de la misma forma que los Rolling Stones lo hicieron con el blues en los ‘60s) Prince resultó ser el elegido a la hora de llevar adelante una misión divina, la de revitalizar (y redefinir) todo género musical negroide posible, dándole una inyección de vida y glamoural más puro funk, R&B y soul (géneros por los que, cualquier aclaración estaría de más, se desvivía), sin dejar de ahondar en el pop y el rock. Esa androginia erótica y sensual estuvo estampada en sus letras y las tapas de sus discos desde el vamos, lo que lo llevaron a lidiar con la controversia (otra movida calculada y deliberada), aguas en las que supo nadar y brillar, edificando un imperio propio desde sus multifacéticos roles de compositor, productor y artista, rechazando entrevistas a diestra y siniestra, y más perfeccionada aún desde que eligió convertirse en el iconoclasta perfecto cuando, en señal de protesta contra una industria musical que no lo favorecía sus contratos, decidió cambiar su nombre artístico por el de un símbolo gráficamente irreproducible. Ni siquiera otros íconos de los ‘80s como Michael Jackson o Madonna, que a diferencia de Prince no contaban con un sonido propio, lograron tener semejante influencia en la música de esa década, acompañado de una imagen que no se quedaba nada atrás. Por si acaso su faceta musical le resultaba corta, también había descollado en la pantalla grande, agregando un capítulo el pasado mes de marzo al anunciar la edición de de The Beautiful Ones (“Los Bellos”), un libro de memorias montado sobre “una travesía poética y poco convencional sobre su vida y su carrera, sobre su familia y la gente, los lugares e ideas que encendieron su imaginación creativa”, y planeado para lanzarse el año próximo a cambio de una oferta de dinero que, según palabras del mismísimo Prince, “no pude resistir” “Este va a ser mi primer libro. Mi hermano Dan me está ayudando a escribirlo. Es un buen crítico, y es lo que necesito. No es del tipo de personas que le dice ‘sí’ a todo, y realmente me está dando una mano para hacerlo. Va a comenzar con mis primeros recuerdos, y espero lleguemos hasta el día del Super Bowl” (la tradicional final del campeonato de la National Football League de USA que cerró en el 2007) considerada por muchos, público y críticos, como la mejor actuación de la historia.
El viernes pasado, tras una actuación en Atlanta, el avión privado que lo trasladaba se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en la ciudad de Moline, Illinois, situación a la que su manager se refirió explicando que estaba experimentando alguna enfermedad. Tras ser dado de alta algunas horas más tarde, retornó a su legendaria propiedad de Paisley Park, en su estado de Minnesota, donde en la jornada de ayer fue hallado muerto dentro de un ascensor. Si bien las causas que originaron su deceso aún no fueron establecidas, algunas versiones señalan que durante su paso por la clínica en Moline debió ser tratado para hacerle frente a los efectos de los opiáceos.
Con la desaparición física de Prince, con sólo 57 temporadas a cuestas, y en un año por demás triste que en su corto trayecto ya ha dejado un tendal de pérdidas significativas en la escena de la música mundial, el más grande catalizador de la música negra de al menos las tres últimas décadas, el geniecillo en plataformas, pudo habernos dejado con ganas de más aquella noche estival de Buenos Aires del ’91, pero su legado en vida, haciendo gala de su tan mentada controversia artística, permanecerá indesafiable, ahora que el título se quedó sin posibles contendientes.

PERCY SLEDGE Y BEN E. KING. UN LUGAR EN EL FIRMAMENTO DEL SOUL ROMÁNTICO

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Publicado en Evaristo Cultural el 1 de mayo de 2015

De manera sorpresiva, como generalmente suelen suceder estas cosas, y en un plazo de apenas algo más de quince días, la historia del Soul y el R&B más tradicional perdió a dos de sus figuras más representativas. Con la muerte de Percy Sledge a mediados de marzo, y la muy reciente partida de Ben E. King en el día de ayer, respectivamente los autores e intérpretes originales de When A Man Loves A Woman y Stand By Me, de los más grandes “clásicos de clásicos” cierta vez registrados, la música popular del último siglo despide, al menos físicamente, a dos de las voces más elegantes que se puedan recordar.
Fallecido el pasado 14 de abril, Percy Tyrone Sledge (que gracias a su estilo azucarado se ganó el apodo de “Rey del Soul Lento”) había nacido en la ciudad de Leighton, Alabama en 1940, en el el seno de una familia de granjeros de bajos recursos – situación que tradicionalmente no se diferenciaba de la de la mayoría de las familias negras del sur de los Estados Unidos de aquella época – donde alternaba su trabajo rural diurno con presentaciones nocturnas en diversas fiestas locales y bailes adolescentes de la región como miembro de los Esquires Combo, grupo al que se había unido en aquel momento tras no poder rechazar una irresistible oferta de 50 dólares para unirse a la banda, y cuyo repertorio incluía canciones de Wilson Pickett, Sam Cooke, Smokey Robinson (prácticamente, el catálogo completo de la compañía Motown) y hasta de James Brown y Elvis Presley, que los Esquires Combo presentaban en los clubes del sudeste del país. Pero fue entonces que un tal Quin Ivy, dueño de una disquería y asimismo productor radicado en Sheffield, ciudad localizada en el estado natal de Sledge, quien le ofreció su primer contrato discográfico. Así las cosas, las circunstancias obligaron a Sledge a dejar al grupo atrás y entonces comenzar a registrar una serie de canciones de soul para su nueva aventura en solitario, de las cuales When A Man Loves A Woman (originalmente planeada para los Esquires Combo y escrita por los miembros del grupo Calvin Lewis y Andrew Wright bajo el título de Why Did You Leave Me) sería la primera en editarse. Grabada en los famosos estudios Muscle Shoals de Alabama, ‘When A Man Loves A Woman’ no sólo se convertiría en la canción más característica de la carrera de Percy Sledge y en su éxito más rutilante, sino también en uno de los más destacados de la música popular contemporánea, un disparador directo al estrellato que originó ventas que superaron el millón de copias vendidas, adicionalmente convirtiéndola en el primer hit del soul sureño en lograr encabezar los rankings de ambos R&B y Pop de los Estados Unidos de la historia, y asimismo valiéndole el primer disco de oro a la discogáfica Atlantic. Dos décadas más tarde, en 1987 el suceso descomunal de la canción lograría un revival colosal al formar parte de la banda de sonido del film Platoon, para terminar siendo considerada “uno de los mejores 100 singles de los últimos 25 años” por la revista Rolling Stone el siguiente año. Curiosamente, tras no haber sido considerado co-autor de la canción desde el principio, Sledge jamás recibiría ningún tipo de royalties. “Fue la peor decisión que tomé en mi vida, pero no siento ninguna tristeza”, declararía al respecto.
Sledge volvería a plasmar una nueva serie de hits en años venideros como Warm and Tender y It Tears Me Up (en 1966), Out of Left Field (1967) y Take Time to Know Her (de 1968) que, si bien lejos del resultado logrado por ‘When A Man Loves A Woman’, le harían obtener certificaciones de cinco discos de oro, y dos de platino. La carrera de “El Rey del Soul Lento” continuó con altibajos hasta el año 1984, cuando editó un álbum regreso titulado ‘Blue Night’ a través de un sello discográfico francés. Tras su premiación de manos del Rock and Roll Hall of Fame en 2005, Sledge lanzaría su último trabajo en estudio, The Gospel of Percy Sledge, en 2013, falleciendo de cáncer de hígado tras una larga batalla en su casa en Baton Rouge, Louisiana, a los 74 años edad en abril del mes pasado.

Apenas dos semanas después de la partida de Sledge, la escena del Soul vuelve a sacudirse con la muerte del gran Ben E. King., más coloquialmente recordado como el autor e intérprete de Stand By Me, aquella sempiterna candidata por excelencia al Top 5 desde su aparición inicial en 1962. Nacido Benjamin Earl King en Henderson (estado de Carolina del Norte) en 1938, King emprendió su trayectoria artística en la década del ’50 como miembro de los legendarios The Drifters (originalmente The Five Crowns), grupo vocal de doo-wop y R&B que cosechó sendos éxitos de la mano de canciones como Under the Boardwalk, Save the Last Dance for Me, Some Kind of Wonderful y There Goes My Baby, entre otras. Y aunque su primer hit fuera el recordado Spanish Harlem de 1961 (que incluyó en su autoría al controvertido Phil Spector), fue con ‘Stand By Me’ (inspirada en un viejo spiritual titulado ‘Lord Stand By Me’, originalmente planeada para ser grabada con los Drifters, quienes erróneamente la rechazaron), que King prestó atención a la recomendación de Ahmet Ertegun, por aquel entonces cabeza de la Atlantic Records, de volver a trabajar sobre ella junto a Jerry Leiber y Mike Stoller, la célebre dupla de compositores y productores, auténtica máquina de éxitos, que recordadamente para entonces ya habían pergeñado obras definitivas como las eternas Hound Dog, Love Me, Kansas City, Jailhouse Rock, Love Potion No.9, King Creole o Poison Ivy, por sólo nombrar algunas de ellas) De esa forma King y ‘Stand By Me’ dominarían los charts de los EE.UU. a través de 1961, para instantáneamente transformarse en suceso inmortal hasta el día del Juicio Final. ‘Stand By Me’ también conquistaría una inconmensurable repercusión a través de los años con las casi 400 versiones de la canción grabadas por una interminable lista de artistas de géneros diversos (que incluso incluyeron a Muhammad Ali), más principalmente con la que con John Lennon plasmó para su álbum ‘Rock’n’Roll’ en 1975, y que el ex-Beatle utilizó para promocionar el disco, para terminar convirtiéndose en la cuarta canción más transmitida de la historia en las emisoras de radio y TV de los Estados Unidos, y ganándose el rótulo de clásico de clásicos. Si bien la carrera de King, al igual que la de muchos de sus colegas, se vería eclipsada por el arribo a los EE.UU.de la British Invasion promediando la década del ’60, King volvería a dominar los charts en 1975 (eventualmente logrando menor repercusión) con Supernatural Thing (canción que contaba con la participación de Carlos Alomar, por aquellos años guitarrista de David Bowie), encandilando nuevamente a Ertegun, que no titubeó a la hora de volver a contratarlo para la Atlantic Records.

King continuaría de gira durante casi toda su carrera, sin ir más lejos llegando a realizar una serie de fechas en Inglaterra en 2013, para perecer por causas naturales este último 30 de abril en la ciudad de Teaneck, estado de New Jersey, a los 76 años de edad, apenas dos semanas más tarde que su colega Percy Sledge, para juntos arrojarse a esa infranqueable inmortalidad artística que dos muy buenas canciones nunca podrán dejar de sostener.