TRISTEZA: FALLECIÓ EL MÚSICO JOHN WETTON, MÍTICA FIGURA DEL ROCK PROGRESIVO INGLÉS

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Publicado en Revista Madhouse el 1 de febrero de 2017

Justo cuando parecía que un cambio de fecha podía augurar un año con noticias más prósperas tras el aluvión de muertes de figuras relacionadas a la historia de la música registrado con creces a lo largo del año pasado, al menos en el corto plazo que lleva el 2017 la lista parece no evitar continuar actualizándose. Esta vez es el turno de John Wetton, uno de los músicos más insignes de la escena del rock progresivo británico y sesionista deluxe (Brian Eno, Bryan Ferry, Phil Manzanera y Steve Hackett, entre tantos), otrora miembro de bandas como U.K., King Crimson, Family, Roxy Music, Uriah Heep, Wishbone Ash y principalmente Asia (de la que fue además co-fundador), y sobre la cual hace unos meses había anunciado no podía formar parte de la futura gira por EE.UU. que el grupo iba a realizar junto a Journey, tras verse obligado a enfrentar un tratamiento quimioterápico.

SU VIDA. John Kenneth Wetton había nacido en Willington (distrito inglés de Derbyshire) en junio de 1949 y, tras pasar por una serie de bandas locales y colaborar en vivo junto a Renaissance, se convirtió en miembro estable de los legendarios Family entre 1971 y 1972. Pero su gran salto a la popularidad terminó dándose al integrarse a King Crimson, en la cual permaneció como bajista y guitarrista hasta 1974 en reemplazo de Greg Lake, en el período que el grupo registró “Larks Tongues In Aspic”, “Red” y “Starless And Bible Black”, tres de sus obras más clásicas y discos básicos de toda colección de rock progresivo que pueda preciarse de tal. Crimson se separaría momentáneamente poco más tarde y la situación llevaría a Wetton a buscar nuevos horizontes, que terminaron derivando en su paso por Roxy Music (con quienes salió de gira en 1975) y Uriah Heep, antes de reformar U.K. junto a Bill Bruford, ex-baterista de Yes, y hasta incluso probar suerte con una carrera en solitario.

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Asia, un seleccionado de estrellas

SU OBRA. En 1981 Wetton se unió al guitarrista de Steve Howe (también ex miembro de Yes), al baterista Carl Palmer y al tecladista Geoff Downes para formar el supergrupo Asia, cuyo álbum debut llegó a superar las 10 millones de copias vendidas, convirtiéndolo así en el más vendedor de ese año y valiéndole la certificación de multiplatino de la mano de “Heat Of The Moment”, canción que había logrado por entonces una difusión monumental en las emisoras de radio a lo largo y ancho del planeta. Pero no todo lo que reluce es oro y Wetton fue echado de la agrupación dos años después. Entonces, junto a su colega Downes y la llegada de los 2000, reiniciaron su creativa asociación para darle rienda a Icon, su nuevo proyecto en común, con el cual lanzaron tres discos. Pero para entonces Wetton paralelamente pasaba sus días llevando adelante varias luchas personales, incluyendo una contienda severa con el alcoholismo, sumado a un númerode de problemas de índole cardíaca que derivaron en una serie de cirugías y hasta la cancelación de una gira en 2007, pero más principalmente tras serle diagnosticado cáncer, situación que no dudó en hacer pública. “Acepto que no pueda estar aquí el día de mañana, pero habiendo dicho eso, después de haber pasado por lo que pasé, uno se siente maravillosamente”, declaró tras la intervención quirúrgica, la cual “Me otorgó un nuevo panorama respecto a la vida, la cual podría finalizar esta noche mientras duerma, así que aprovechemos el día de hoy al máximo. Aprovechemos todo lo posible ahora mismo”.

SU FINAL. Wetton falleció el 31 de enero mientras dormía en su casa en Bournemouth, donde se había criado, a los 67 años de edad, víctima del cáncer de colon. Así lo expresó su ex colega de banda Carl Palmer (que en lo personal también debió enfrentar la muerte de sus dos colegas en Emerson, Lake and Palmer en 2016): “Con el fallecimiento de mi buen amigo y colaborador musical John Wetton, el mundo pierde otro gigante de la música. John fue una persona gentil que creó algunas de las más perdurables melodías y letras de la música popular moderna. Como músico, fue valiente e innovador, con una voz que llevó la música de Asia a la cima de los charts de todo el mundo. Su habilidad para ganarle al abuso de alcohol lo convirtió en inspiración para muchos otros que también habían peleado esa batalla. Para todos aquellos de nosotros que lo conocimos y trabajamos junto a él, su valerosa lucha contra el cáncer lo convirtió en una inspiración mayor. Voy a extrañar su talento, su sentido del humor y su sonrisa contagiosa. Que tengas un buen viaje, mi viejo amigo”
La última canción que Wetton había registrado en estudio fue “Valkyrie”, la que abría el flamante disco de Asia “Gravitas”, tema que -en una suerte de extraña premonición- incluye la frase “Piensen lo mejor de mí, hasta que volvamos a vernos”… RIP

 

Stones.50.Londres

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Brian, el Fundador
Corría el mes de mayo de 1962 y un tal Brian Jones, con 20 años de edad, devoto poseso de la escena del Blues que llegaba del otro lado del Atlántico, bohemio distinguido, eximio guitarrista y armonicista, talentoso multinstrumentista y recientemente llegado a Londres desde su ciudad natal de Cheltenham, condado de Gloucestershire, colocaba un aviso en la publicación Jazz News, convocando a músicos a participar de una audición en vista de su más deseado proyecto: una nueva banda de Rhythm & Blues, el estilo por el cual vivía obsesionado.

ImageLos interesados no tardaron en llegar (es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) y así, idas y venidas mediantes, y tras lograr adentrarse en la por entonces subterránea escena del R&B local (considerada toda una excentricidad para los tiempos que corrían), Brian se convertiría en el fundador de los Rolling Stones. El mismo que eligiría a sus miembros, que le daría el nombre al grupo y decidiría qué tipo de música tocar. Y el que les conseguiría sus primeros shows. El resto es historia. Con el transcurrir de los años perdería su rango original de líder de los Stones, eventualmente desplazado a un lugar secundario tras el enorme suceso de Mick Jagger y Keith Richards como compositores, y como figuras centrales en las presentaciones de la banda. Por una larga lista de cuestiones, desde las más y menos entendibles a las menos considerables y, principalmente, por desarrollar una fuerte adicción a las drogas, Brian también perdería su integridad física y emocional, bastante antes que le fuera sugerido abandonar el grupo a mediados de 1969. Brian Jones, el creador, también acabaría perdiendo su vida, en julio del mismo año.

ImageEl Milagro de Dartford
Son casi 50 minutos de viaje en tren hasta Dartford. Al menos eso es lo que me asegura el guarda de la terminal de trenes de la estación Victoria, después de la de Waterloo, la de más tráfico en Londres. Ha salido el sol y el reloj de Victoria indica que se acerca el horario de partida que figura en mi boleto. La estación de trenes de Dartford representa uno de los momentos más sustanciales en la fundación de los Stones cuando, en la mañana de un día de octubre de 1961, un tal Michael Philip Jagger, residente de ese suburbio londinense, en el condado de Kent, al sudeste de la capital británica, se encontró casualmente con un tal Keith Richards, habitante del mismo distrito, con quien 10 años antes había sido compañero de primaria en la escuela Wentworth. Jagger cargaba una buena cantidad de vinilos de Blues y Rock and Roll de su colección (Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter) que encandilaron a Richards. Keith llevaba una guitarra eléctrica. Juntos compartieron el viaje en tren hasta Londres, 26 kilómetros a lo largo de los cuales Mick le sugirió a Keith unirse a Little Boy Blue and the Blue Boys, el proyecto amateur de Rhythm and Blues al que Jagger dedicaba buena parte de su tiempo y que, más tarde, con la llegada de demás acólitos (de vuelta, ¿es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) se convertiría en The Rolling Stones. Ha pasado más de medio siglo desde aquella gloriosa jornada y estoy en un tren rumbo al suburbio en cuestión. Son 11 estaciones, sin incluir las de destino y llegada. Lo sé muy bien, las voy contando una tras otra a medida que el tren atraviesa la periferia londinense. Denmark Hill, Peckham Rye, Nunhead, Lewisham, Blackheath, Kidbrooke, Eltham, Falconwood, Welling, Bexleyheath, Barnehurst… ¡Dartford! El personal de la estación me observa con curiosidad, se preguntan qué hace alguien sacando fotos de la estación de manera tan deliberada. Quizás desconozcan que estoy en “Tierra Sagrada”. Y que mi peregrinaje continúa con una visita al hospital de Livingstone donde, contribución de sus padres mediante, dio a luz a Mick y Keith en 1943. Y una pasada por la Dartford Grammar School, de la cual Mick fue inmaculado alumno y capitán del equipo de basketball. Pero son más de las 4 de la tarde y, una vez más, soy víctima del implacable otoño londinense y su noche prematura. Es hora de retornar a la estación para abordar el tren de regreso.
Insatisfecho, visitaría Dartford nuevamente unas dos semanas más tarde. Me aseguro hacerlo más temprano y que en esta segunda oportunidad la luz del día me favorezca lo adecuado como para (por qué no?) una nueva inspección del hospital. También vuelvo a pasar por la escuela, en esta ocasión con el agregado de un paseo por el Mick Jagger Centre (anexo al colegio), complejo artístico que su más célebre alumno decidió inaugurar en el año 2000. De ahí, colinas y caminos en subida mediantes, es más de una hora de marcha hasta las casas de las calles Denver y Chastilian Road, en las afueras del suburbio, y donde, respectivamente, Jagger y Richards transitaron sus días de infancia. La morada original de Keith yace ahora sobre una florería, y la de Mick, no menos modesta, luce ahora un cartel que reza “en venta”. Me queda otra hora de caminata y dos piernas entumecidas para volver a la estación de Dartford. Se me ocurre no leer el cartel de destino del tren de retorno a Londres y, en lugar de dirigirme a Victoria, termino por error en la estación de Charing Cross. Mientras tanto, cruzo el Támesis que, desde mi ventanilla del tren, resplandece bañado en las luces del Parlamento británico. Son menos de las 6 de la tarde, pero estoy cerca de Piccadilly Circus, de las calles Oxford y Carnaby, o del Soho. El día aún es joven y es hora de una nueva travesía por la ciudad.

ImageNoche de cumpleaños
Veinte minutos. Tengo una manía con las fracciones de tiempo. Eso ni siquiera es media hora. Prefiero pensar en que son 1200 segundos; así parece ser más. A veces resulta ser un buen truco para engañar a la mente. Según la mujer de los altavoces del estadio, que acaba de anunciarlo, esa es la cantidad de tiempo que, nunca antes tan tirano, resta para el comienzo del show. Que es nada más y nada menos que el primero de una totalidad de cinco conciertos (los dos inaugurales en Londres, más otros tres en Estados Unidos) que los Rolling Stones, y después de un lustro sin salir a la ruta, decidieron llevar a cabo bajo el lema de 50 and Counting (50 y contando…) para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Por lo que queda muy poco, en rigor prácticamente nada, para que asista al evento tan soñado, más allá del medio centenar de conciertos de la banda con los que cuento en mi haber. Esto es, entiéndase, en la ciudad natal de la banda. Un espectáculo de ensueño, estoy en absolutas condiciones de asegurar. Éste es el lugar, entonces, y el momento correcto. Porque, además, esta noche, la del 25 de noviembre, la primera de las dos veladas en el O2, el show contará con agregados estelares. Y no los de invitados de turno como Jeff Beck o Mary J. Blige (una nueva pequeña muestra de show business), pero las de Bill Wyman (el bajo original de los Stones que, por primera vez, retornará al escenario junto al grupo tras alejarse de la banda dos décadas atrás) y la de Mick Taylor, que también desertó de las filas de la Banda de Rock’n’roll más grande de todos los tiempos, pero a mediados de los 70… Ocasiones como éstas eran hasta ahora inimaginables. No estaban en la lista de sorpresas, pero finalmente me convenzo de que Superman no mentía cuando decía poder invertir la rotación de la Tierra. Insisto: éste es el lugar. El único y pequeño problema es que… bueno, todavía estoy sin entrada. Todas las posibilidades barajadas hasta el momento finalmente brillaron por su ausencia. Esta vez no hay tickets de favor ni nada de eso. Contra todos los pronósticos que aseguraban que la demanda de localidades iba a ser escasa por sus altos precios, la taquilla está prácticamente agotada. No es difícil comprobarlo. El O2 está atestado de gente; han llegado desde los destinos más remotos imaginables y todo indica que se me están acabando las fichas. Lo tengo muy presente. Mi ritmo cardíaco se encuentra fuera de lo normal, tengo la boca empastada y nada logra que evite pensar que cada vez falta menos. Y menos todavía. Y ahora un poco menos. Y que la idea de retornar a la casa de mi familia amiga convertido en un maldito zombi, suena algo alarmante. Los Stones están a punto de salir a escena. No soy lo que se dice un convencido de la telepatía y, por ende, no piensan apiadarse de mí. Ya he rezado en todas las lenguas posibles y soy un perrito fiel buscando compasión y empatía. Transtornado, recurro a la ventanilla de venta de entradas (¿cómo no se me ocurrió?) y, mientras tanto, me dedico a tejer las mil y una maneras de pasar a mejor vida o a meditar si el hospital más cercano cuenta con sala de guardia. Tengo una tarjeta de cobertura médica en la billetera, llegado el caso. Hay cuatro personas en la fila. A todas se las ve en condición de desperación. Son parte de mi equipo, pero la idea no resulta de ayuda alguna. Pasan, pagan, se retiran felices. Se los ve jubilosos. Hay cambios significativos en sus rostros y han modificado el rictus. Es una buena señal, creo suponer. “Necesito un ticket, ¿queda algo?”. Solidaria, la empleada de turno teclea algo en la computadora. Y acto seguido me sonríe. Claro, yo también me pondría feliz de evitar un suicidio. Por las dudas, me pellizco. Entrada en mano, exultante como un niño corriendo a través de una pradera, me materializo frente a puertas de ingreso, que son las finales de todo el enorme complejo del O2, la auténtica pista de despegue. Faltan menos de diez minutos, recupero el pulso y el tono original de mi piel, que incluso había logrado superar al “bronceado londinense” del que todo visitante a Inglaterra en el mes de otoño jamás podría jactarse. Sonrío más que Laura en La familia Ingalls. Tengo una muy buena ubicación, voy a estar en la fila 16, en el sector del piso y a no más de 20 metros del escenario. Y hacia allí vamos, entonces. Vuelvo a respirar, exhalo, inhalo. Bajo las escaleras a ritmo olímpico. Las luces del O2 se apagan. Es hora de otro pellizco, por si las moscas. Y me dispongo a disfrutar del que sería un show emblemático, y del mejor cumpleaños al que alguna vez, casi con seguridad, podré asistir. Misión cumplida, entonces. Aún me resta el show del 29; son sólo 4 días más, pero esta vez cuento con una entrada anticipada en mi haber, que me asegura dormir plácidamente la noche anterior. Y haberle evitado una sesión de primeros auxilios a los paramédicos de mi servicio de cobertura al viajero.

ImageBrian (revisitado)
Son poco más de las 3 de la tarde. Falta algo menos de una hora para que el cielo de Inglaterra se tiña de oscuro y que todo se cubra de estrellas, aunque los eternos cielos nublados ingleses las obstruyan. Me encuentro en el cementerio de Prestbury para visitar la tumba de Brian. Sus restos descansan aquí desde julio de 1969. Llegar no fue cosa de todos los días. Es que, por algún motivo, siempre pensé que sus restos descansaban en Cheltenham, pero deduzco que todo este tiempo estuve mal informado. Me lo certifica el primer ciudadano que encuentro ni bien bajo del busque tomé en Londres. Muy por el contrario, para llegar a la villa aledaña de Prestbury, desde Cheltenham, debo realizar una muy prolongada caminata atravesando campo abierto. En rigor, salir de los límites de la ciudad, llegar al pueblo siguiente.
Es un momento de clara conmoción, de emociones mezcladas y de profunda ansiedad. La necrópolis de Prestbury es bella y antigua, de campos verdes y piedras de color tan plomizo como el cielo que la cobija; las típicas de un viejo cementerio inglés, de tierra adentro, enclavado en la campiña. Cruzo la puerta de ingreso al cementerio. Siento la tierra firme y húmeda bajo mis pies, pero de algún modo es como estar caminando en el aire. La sensación se incrementa cuando me dirijo a la oficina de información, situada apenas unos metros después de la entrada del camposanto. Reina un frío intenso y sopla un viento hostil. El cementerio de Prestbury no es muy extenso, de todos modos. Ahora estoy hablando con la empleada de la Secretaría, le indico que vengo a visitar una tumba pero que desconozco su paradero. Claramente le señalo que se trata de Brian Jones. “Oh, Brian?”, me responde. Me alcanza un mapa del lugar, en el que traza el camino hasta la tumba de Brian con resaltador. “No está lejos, simplemente siga derecho unos 60 metros, doble a la izquierda en el primer camino y allí está, cerca de la zona donde estacionan los autos”.
Segundos más tarde, la lápida de Brian, la misma que he visto millones de veces en diversos libros y revistas, está a escasos 2 metros míos. Miro alrededor y no hay nadie. Nadie, absolutamente nadie. Tan sólo logro escuchar unas voces a la distancia, seguramente de asistentes a algún servicio de sepelio que se está realizando. O, al menos, éso me parece. Leo la leyenda grabada sobre la lápida, “En afectuoso recuerdo de Brian Jones”. Desbordado por la emoción, caigo de rodillas y, naturalmente, me descubro aferrado a la lápida. De algún modo, es la actitud equivalente, consciente o inconscientemente, de abrazar a Brian. Como si fuera él quien está frente a mis ojos. Y, desde ya, mi único posible encuento. Descarto toda posibilidad de morbidez y comienzo a hablar. Mis palabras son de agradecimiento, claro. Le cuento de lo importante que me resulta semejante momento y sobre la gran distancia que tuve que recorrer para llegar allí. No encuentro mejores palabras para dejar fluir mis ideas. De los años que estuve esperando la oportunidad de hacerlo. Y de mi querida madre, a quien perdí hace apenas cinco meses. Y del camino a la paz interior, de la cual pretendo inundarme en el día a día. Me quiebro y lloro (¿es de hombres hacerlo?). Distendido (podrían haber transcurrido diez, veinte, cuarenta minutos, en rigor no lo sé), decido sentarme en el banco que está frente a la tumba. Me pasa toda mi vida por la cabeza en apenas unos segundos. Sigue habiendo nada ni nadie alrededor, tan sólo Brian y yo. Y las demás tumbas, claro. Algunas datan de siglos. Acomodo las flores y ornamentos que otros admiradores han dejado. Hay fotos de Brian, dibujos, textos escritos en diversas lenguas. Prometo volver a visitarlo en cada oportunidad que me sea posible. Es toda una experiencia religiosa para alguien muy poco religioso. Me retiro feliz. Hay un estado de plenitud inexplicable, una deuda saldada que lo garantiza.
Libre de adrenalina, decido tomar el bus de línea local para regresar al centro de Cheltenham. Está helando y aún me restan más de dos horas de ruta para retornar a Londres, tiempo suficiente para agradecer a un tal Brian Jones por estos últimos 50 años, los mismos que forjaron la banda de sonido de mi vida. Y todavía contando…

Exhibición: “Autorretrato de la Muerte”

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Situado en pleno Euston Road, una de las calles más tradicionales del área central de Londres, y no tan lejos de la porción más turística, aquella conformada por Piccadilly, Oxford o Carnaby Street, el espacio cultural Wellcome Collection resulta ser una de las opciones más atractivas que la capital británica pueda ofrecer. Por lo menos, para los más indiscretos. Bajo el lema “Un destino gratuito para los incurablemente curiosos”, la Wellcome Collection rinde un fiel tributo a su bien merecido mote, una travesía a exhibiciones inusuales, fuera de lo común. Por tal motivo, no vacilé siquiera una fracción de segundo en enterarme de su exposición más reciente, y la más galardonada. Oportunamente bautizada Death, A Self Portrait (“La Muerte, un autorretrato”), la muestra presenta la colección privada del rastreador de antigüedades Richard Harris. Originario de la ciudad de Chicago, Harris ha cruzado el océano para instalar en Londres su último proyecto, un conjunto de piezas único en su especie, dedicadas exclusivamente a La Muerte (así, con nombre propio y en mayúsculas), de asombrosa diversidad, y que reúne más de 300 artefactos históricos, obras de arte, especímenes y rarezas varias relacionadas a la iconografía de la mismísima Parca, y a nuestras actitudes históricamente contradictorias y complejas sobre ésta. Desde grabados de Rembrandt, Goya o Dürer y postales metamórficas antiguas hasta dibujos anatómicos o arte de tinte bélico. Series de restos humanos en clara yuxtaposición con pinturas vanitas (estilo artístico del norte de Europa de 400 años de antigüedad), grupos de calaveras incaicas milenarias o, como no podían faltar, trabajos en papier-maché mexicanas del siglo pasado, celebrando el Día de los Muertos, todo en el marco de una colección seductoramente macabra y encantadoramente singular. “Una ventana abierta a nuestro persistente deseo de hacer las paces con la muerte”, tal como lo señaló un crítico. Aventura para la cual Harris se apropió de cinco salas temáticas dentro del complejo, convenientemente rotuladas, y en este mismo orden: ‘Contemplando la Muerte’ (o de cómo contemplamos la mortalidad, con su obra estrella, el óleo del belga Adriaen van Utrecht Naturaleza Muerta junto a un Bouquet y una Calavera, del año 1643); ‘La Danza de la Muerte’ (sobre la certeza universal de la muerte), ‘Muerte Violenta’ (dominada por tres segmentos de trabajos considerados los más poderosos manifiestos antibélicos alguna vez realizados); ‘Eros y Thanatos’ (que refiere a la fascinación de las personas por los fenómenos mórbidos, y no por su simple curiosidad científica); y ‘Conmemoración’ (sobre las transformaciones de los rituales asociados a la muerte a través de los siglos y en las diferentes culturas).
Hay piezas de escultura china en jade, antiquísimos textos sobre anatomía humana, figuras de “guardianes de tumbas” provenientes de islas perdidas en el Pacífico, tazas ceremoniales tibetanas, vasijas aztecas precolombinas y fotografías de gente posando con accesorios fúnebres. El factor omnipresente en cada una de las obras expuestas es que todas presentan, al menos, un cadáver o, más mórbidamente aún, una parte de éste. Harris no incluye huesos de animales, ni ninguna práctica asociada a la taxidermia. Su colección refiere exclusivamente a la universalidad de la muerte humana y a la pluralidad de las diversas expresiones sobre ella a través de los siglos. Con más de 70 años de edad, Harris, cuya previa presentación de la muestra en el Centro Cultural de su ciudad natal a principios de año atrajo a más de cien mil visitantes, por ende convirtiéndose en la exhibición más exitosa en la historia de la galería, asimismo no parece cesar su obsesiva acumulación de material en cuestión, recientemente incorporando un Chevy de 1958 decorado con motivos mexicanos del (una vez más) Día de los Muertos, acaso la celebración fetiche por excelencia sobre la muerte a nivel mundial y que, seguramente, agregará a una posible futura versión de la exposición.

ImageCuriosa y sorpresivamente, una de las obras más visitadas de la exhibición corresponde al trío de artistas argentinos agrupados bajo el nombre de Mondongo Collective (esto es, Augustine Picasso, Manuel Mendanha y Juliana Laffitte), una muy fresca y monumental obra de 2011 realizada enteramente en plastilina. ‘Calavera’ (en español original), y tal como reza el texto de refrencia que la acompaña, es “un collage tridimensional que refiere al dominio económico y cultural de Europa y Estados Unidos, representado por la arquitectura neoclásica y la literatura de Occidente, y sus consecuencias radicales en Sudamérica evocadas por las villas miseria de las grandes ciudades de Argentina”.

ImageEn la introducción del catálogo que se nos brinda a los visitantes que hemos colmado la muestra, la artista inglesa Jodie Carey, cuyo candelabro conformado por 3000 huesos de plástico da la bienvenida a la primera de las salas del evento, acertadamente indica que “en el corazón de esta exhibición radican preguntas sobre el valor del arte a la hora de comunicar ideas sobre la muerte y el cuerpo”. Carey se pregunta: “¿Es posible que la producción y apreciación de obras simbólicas nos ayuden a negociar con la muerte? ¿Cuál es la función que cumplen los objetos inanimados en los rituales de los entierros o velatorios? ¿De qué manera pueden nuestras pertenencias contribuir a activar recuerdos que nos conecten con los muertos? ¿Qué habría detrás del impulso que nos lleva a coleccionar objetos que refieren a nuestras actitudes hacia la muerte misma, o el empeño en trascenderla?” Tales preguntas no dejan de repetirse a medida que atravesamos los cinco sectores de la muestra, diseñados para enaltecer la naturaleza ecléctica de la colección. Un moderno gabinete de curiosidades, que funciona parcialmente como la autobiografía visual de algo en particular, simultáneamente brindándonos la oportunidad de examinar nuestros propios sentimientos respecto a la mortalidad. Por momentos, perturbadoras, ocasionalmente macabras y a menudo conmovedoras, las imágenes presentadas proveen una comprensión particular sobre la historia de nuestro eterno deseo de hacer las paces con la muerte”.
Death, A Self Portrait se exhibe en el Wellcome Collection hasta el 27 de febrero de 2013.