Corre, Macleod, corre!

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013.

Parece un relato extraido de un certamen olímpico, de aquellos que suceden cada tantos años y desde tiempos inmemorables, pero estrictamente pertenece a un ciudadano británico común y corriente llamado Hector Macleod, el mismo que el pasado mes de noviembre culminó oficialmente su travesía de 1 año de caminar diariamente 13,6 kilómetros (unas 219 cuadras) desde su hogar hasta su trabajo (y de regreso de éste). Inevitablemente, los medios ingleses no dudaron en bautizarlo “nuestro propio Forrest Gump”, moción también secundada por sus seguidores. Pero Macleod no es tan famoso como Tom Hanks, ni se ha puesto a la orden de ningún director de películas. Tampoco ha ganado tanto dinero –todo lo obtenido, por cierto, ha sido donado–. Mucho menos ha llegado a la gran pantalla. Pero sí acaparó la atención de una buena parte de los medios gráficos, radiales y televisivos del Reino Unido. Los mismos que lo compararon con Hanks y que ahora lo galardonaron más exclusivamente. Es que Macleod, de 48 años, dueño de una compañía de post-producción fílmica en Londres, se estuvo levantando a las 5.45 am para, minutos después, salir religiosamente de su hogar (situado en en el área de Putney) cada mañana a las 6, y arribar a su oficina del barrio de Soho dos horas más tarde, a las 8 am o’clock. Puntualmente. Cinco días a la semana, con sol o lluvia, frío o calor. Y a veces, si la tarea lo demandaba, algún que otro sábado.
Todo comenzó en octubre de 2011, cuando una inesperada nevada poderosa en la capital británica (las menos habituales, pero de las que paralizan aeropuertos cuando suceden) obligó a Macleod, ante la falta reinante de buses, a dirigirse a su oficina a pie. Su equilibrada salud y buena predisposición le vinieron de perillas. Ya para entonces Macleod incluso venía realizando un arduo entrenamiento con miras a un viaje a al Polo Sur que debió suspender por causa de la creciente recesión económica generada a partir de fines de 2008, y que esta vez, entonces, le resultó ser un adecuado modo de precalentamiento.
Cuenta la historia que disfrutó tanto de aquella primera caminata que no dudó en continuar, un día tras otro, contra toda inclemencia climática. Pero lo que Macleod desconocía era que lo iba a terminar haciendo durante el lapso de 1 año completo. De hecho, antes de emprender su apoteósico periplo pedestre, Macleod se volcó a la bicicleta pero, inesperadamente, durante la marcha sufrió, si bien leves, accidentes automovilísticos en dos ocasiones, lo que le causó una declarada animosidad a todo tipo de transporte público. “Se los ve a todos grises, y además tienen aspecto miserable. Y aún cuando salís de casa con tiempo de sobra y con las mejores intenciones, lo más probable es que nunca llegues a tiempo. Al caminar, en cambio, sos el maestro de tu propio destino. Hacer ejecicios en la mañana me ayuda a concentrarme y a relajarme cuando regreso a casa”. Hector se vio iluminado y, en pleno arranque de inspiración, no tuvo mejor idea que combinar su nueva actividad con los esfuerzos para recaudar fondos para el hospital Great Ormond Street, donde su propia hija había sido tratada dos años antes por un cuadro de tuberculosis. Una idea fantásticamente solidaria, por cierto.
Macleod sintió la necesidad de retribuir favores al personal del hospital y, sin titubeos, aportó cada una de las libras esterlinas ahorradas en transporte (una buena cantidad, teniendo en cuenta el alto precio del transporte público en Londres, si bien fiel a su servicio) y, más aún, el de las firmas que lo patrocinaron tras deslumbrarse por su nuevo rol social, monto que fue destinado al reamoblamiento de varios sectores del hospital, al financiamiento de investigaciones médicas y a la compra de algunos equipos de salud que debían ser renovados.
“Fue un año increíble”, confiesa Hector. “En mis recorridos, a medida que pasaban los meses, pude disfrutar de los preparativos para el Jubileo, los Juegos Olímpicos y también los Paraolímpicos. Cada día que pasa veo a Londres despertar y vuelvo a disfrutarlo cada vez que repito el viaje. Es el mismo recorrido de todos los días, siempre a lo largo del río, pero los cambios de estación y de clima hacen que cada vez sea diferente”.
Tampoco faltaron los inconvenientes de rutina. “Hubo perros que me corrieron y una vez estuve a punto de ser atacado por un grupo de adolescentes”.
Al principio, los pies de Macleod se llenaron de ampollas, mientras que sus piernas sufrían calambres históricos, por lo que una firma de calzado deportivo británica le diseñó un modelo de suelas especiales. Y adiós a las ampollas. En cuanto al clima, cualquiera fuera éste, todo lo que Hector llevaba puesto eran unos shorts y una remera, con el agregado de un buzo térmico en aquellos días realmente gélidos tan característicos del otoño o invierno londinenses en que el viento erosiona los huesos. Todo cabía en su mochila. Mientras que sus signos vitales (debemos recordar que fueron casi doscientas veinte cuadras por día!) estuvieron monitoreados por un GPS de última generación y permanentemente actualizados en su página web.
Macleod sólo planificó la aventura por un plazo no mayor de 1 año, marcando el 18 de noviembre de 2012 como meta de llegada. Entre tanto, ha recorido un total de 4.821 kilómetros, distribuídos en 5.428.107 pasos, a razón de 6,3 km./hora, aproximadamente, más exactamente unos 13,6 km. diarios, realizados en 2 horas y 6 minutos. O sea, casi unos 97 km. semanales, para los que ha utilizado tan sólo 1 par de zapatillas. Para entonces se ahorró cerca de 2.000 libras (unos 16.000 pesos) prescindiendo de todo tipo de transporte público y donando 20.103 libras (más de 160.000 pesos locales) al hospital de Great Ormond Street, aquel que tiempo atrás puso a resguardo la salud de su hija.
Hector cumplió con lo prometido, y ahora sí se dispone a cumplir su ansiado (y cierta vez pospuesto) viaje al cono Sur. ¿Su nuevo desafío? “En realidad no quiero volver a subirme a ningún bus”.

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