Elogio a Luis (Carta para El Flaco)

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Publicado en Evaristo Cultural en febrero de 2012

El pasado 8 de febrero el vacío ensombrecía de golpe el panorama musical y artístico argentino, fallecía Luis Alberto Spinetta a causa de un cáncer de pulmón.

Mi querido Luis:
Ante todo permitime presentarme, y hacerlo diciéndote que jamás tuve la posibilidad de hacerlo personalmente. Situación que, ya que estamos, me hubiera facilitado la difícil tarea que, a partir de este mismo instante, llevaré adelante a través de estas líneas, que es, ni más ni menos, que la de un no-seguidor de tu carrera, ni fan, ni nada que se le parezca, sino la de un tipo común que, como tantos, tiene pasión por ese arte llamado música y que, en esta ocasión, por motivos que detallaré más adelante, le hubiera encantado poder expresar su admiración por tu persona frente a frente. ¡Cuánto más sencillo me hubiera resultado que así fuera, y dejar que mis emociones y mis gestos, que valen más que mil palabras, lo hayan expresado! Pero no, Luis. No se dio. Como tantas cosas. Y es que ahora me toca escribir esta suerte de panegírico (menuda tarea la de atreverme a transmitir mediante un texto mi eterno reconocimiento por la magia de tu poesía), apenas unas horas después de recibir la triste información que, ya de madrugada, me continúa inundando de tristeza. Justo yo, que jamás pensé que alguna vez iba a escribir sobre vos. Insisto, y me atrevo a pecar de redundante, nunca se me cruzó por la cabeza que además iba a tener que hacerlo tan pero tan colmado de tristeza, con la súbita noticia de que te fuiste, al menos de esta controvertida existencia. Y sabés qué, querido Flaco, me voy a despojar de toda formalidad y dejar que las palabras fluyan desde bien adentro. Dejarlas salir. Sucede que, Luis, te tocó luchar contra el más malo de los villanos. ¿O qué pretendías, acaso? ¿Salir indemne de semejante jugada del destino? Más bien deseo que hubieras podido hacerle un “fuck you” eterno, poderosamente inmortal, con toda la actitud que se merecía. Sí, como el de Johnny Cash en esa famosa foto. Pero no pudiste, Luis, de tan humano que fuiste. Tan humano y visceral como tu poesía, iluminadora de generaciones, la misma que me inspira a dedicarte estas palabras.
De antemano, te aclaro que no voy a referirme a tu carrera artística. Dejame decirte que sinceramente no soy la persona más indicada para hacerlo, como te adelanté. Es que nunca tuve alguno de tus discos. Pero ni uno, eh. Absolutamente ninguno, por si no quedó claro. Digo, ¿que haría ‘Artaud’ junto a mis discos de Chuck Berry, Stones, Dylan, de blues…? Tal vez si mis preferencias hubieran sido más eclécticas…Ya ves, querido Flaco, cualquiera que pueda estar leyendo esto tendría el derecho absoluto a cuestionar qué hace alguien como yo, con gustos musicales tan distintos, escribiendo sobre vos. Pero bueno, entendamos que ciertas emociones pueden justificarlo, y te aseguro, no pienso privarme de expresar mis sentimientos por unos de los más grandes icónos del rock de nuestra lengua, aún cuando no tuve ninguno de tus discos. ¿Es que acaso debo reiterar tan extraña situación? Ni el del tipo con la sopapa en la cabeza, ni del otro coronado con flores, ni el del pescado. Reitero, ninguno. En segundo lugar, y más importante aún, entiendo que ya está todo más que dicho. Lo dijiste vos mismo a lo largo de más de cuatro décadas. Fue la boca de tu poesía que lo pudo expresar, acaso de las más bellas que han existido por estos lares. Demasiada luz como pasar desapercibido, ¿no es cierto Luis? Y mucho menos en un día como el de hoy.
No puedo dejar de recordar, aún desde muy joven, todas aquellas tapas de la Pelo o el Expreso Imaginario. O todos esos discos tuyos, en banda o como solista, que no faltaban en casi ninguno de los hogares a que uno era invitado. Insisto, salvo el mío. Pero siempre estuviste ahí, Flaco. Puedo nombrar un sinfín de personas, con los gustos musicales más variados que puedas imaginarte, que no dudaron, como yo, en considerarte único en tu especie. Bicho raro, por cierto, lo suficiente como para no haber necesitado bajarse los pantalones, ni ante nadie, ni ante tu audiencia. Ni tirarte a ninguna pileta para terminar en algún programa de archivo. Ningún escándalo para generar presencia. Ni ningún living de Susana. Es que hay mucho poeta barato dando vuelta, Luis. ¡Imaginate lo que significa tu partida! Te imagino deglutiendo libros vorazmente, guitarra en mano. No hay duda que leíste, y mucho. Por eso este humilde (y algo desordenado) homenaje a tu persona, Flaco. A tu grandeza como ser humano y alma generosa, a tu bajo perfil, a tu rol de hombre de paz. Y por sobre todas las cosas a tu enorme humildad, vaya contradicción, la humildad de los grandes. Y a tu gran sentido del humor, tal vez tu faceta más desconocida. Claro, tampoco faltaron los idiotas que, por el contrario, optaron por poner de manifiesto algún capítulo de tu vida afectiva. Por lo visto no han tenido mejor idea. Deben ser de la misma partida de buitres bastardos que, años más tarde, volvieron a ultrajar tu intimidad al fotografiarte, ya golpeado por tu incipiente enfermedad, en la puerta de tu casa de Villa Urquiza. Y vos, al darte cuenta de la situación, tan sólo atinaste a poner tu mejor cara, la que mejor te salía, Flaco, y esbozar una sonrisa. Te confieso, Luis, me quebré de bronca, como pocas veces me pasó. No tuvieron el más mínimo reparo en esconder su propia mugre ante tanta luz. Pobres tipos, tan espantosamente miserables.
Prefiero los buenos recuerdos, Luis, como aquella vez a mediados de los 80s en que asistí a tu show en Barrancas de Belgrano, o las presentaciones de Jade en el programa de Badía los sábados a la tarde. O en plena época de Malvinas, cuando todo lo que sonaba en las radios era música nacional, y entonces tu tan distintiva voz, tan singular, en nuestras madrugadas adolescentes. O los videos en ‘Música Prohibida Para Mayores’, a principios de esa misma década. O abriendo para Rod Stewart en River en el ’89, contraste que a más de uno nos llevó a jugar, irónicamente, con la posibilidad que quizás ibas a recibir un cachet más oneroso con las monedas que te iban a tirar, ¡y encima solo con tu guitarra!
Ahora bien, me pregunto, ¿en que consistirán los caminos del destino para que se hayan apiadado de tu persona, así, tan vilmente? Digo, querido Flaco, ¿no ves que en estos tiempos de continua decadencia, necesitamos tipos como vos?
Y si al menos no se hizo justicia en esta vida, que te la hayan arrancado así nomás, espero se te rinda tributo como corresponde. No te preocupes por los que dejaste, van a estar con vos eternamente, como tus bandas. O más bien vos vas a estar dentro de todos ellos. Demasiado corazón para caber en un cuerpo tan flaco…
Y si todas las hojas son del viento, vos ahora sos del cielo. Eso sí, vas a tener doble trabajo, Luis. No te va a quedar otra que cantar y brillar para los que están junto a vos, y también para los que todavía estamos acá. Tranquilo. Te sobra luz para iluminar al universo entero. Suficiente alma de diamante como para cegarnos a todos, sabés. Seguí iluminando tranquilo que todo está muy oscuro por estos días. Sé que dejaste un legado impresionante, y que tus canciones siempre estarán allí, para que te puedan seguir escuchando con los ojos, o leyéndote con los oídos.
Y citando al ‘Adonais’ de Shelley, con quien seguramente estarás familiarizado, entender que quizás se trate simplemente de que te hayas “despertado del sueño de la vida”.
Gracias, entonces, querido Luis, por quedarte para siempre.

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