El retorno del hombre más valiente del Universo. Bobby Womack. HMV Forum, Londres, 27 de Nov. de 2012

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ImagePublicado en Evaristo Cultural en marzo de 2013

Robert Dwayne “Bobby” Womack es un cantante y compositor norteamericano que lleva más de cinco décadas de carrera en sus espaldas. Leyenda viva del soul, Womack supo también abarcar a lo largo de su carrera géneros como rock & roll, doo-bop, gospel, country y R&B.

ImageLondres es una caja de sorpresas. Depara muchas, por cierto. Para los acólitos de la música en cualquiera de sus géneros, o los admiradores de las artes en general, designarla como una de las mecas más prolíficas en cuanto a espectáculos se refiere (y en lucha codo a codo con New York) no resulta menos que harto evidente. Ambas metrópolis ostentan dicho título, tal vez como ninguna otra. Pero es, quizás en el terreno musical, la más convocante de ambas. Por su azarosa posición continental observando al resto de Europa, y por considerarse uno de los polos artísticos más prolíficos de todos los tiempos. De alguna forma, la frase es conocida: “todo pasa por Londres”. Basta con hojear un diario o revista, cualquier día, hacerlo al azar, y encontrarse con la oferta más variada en lo que a espectáculos se refiere. Situación que puede llegar a abrumar y perturbar, incluso a las plateas más sedientas, cuando la falta de tiempo juega en contra. Porque el día nunca pero nunca alcanza. Y es que en uno de esos periódicos, revistas o afiches, uno se encuentra con el notición de un show de Bobby Womack. Espectáculos que difícilmente –sino imposible– tengan lugar en nuestro país. Vamos, o en Sudamérica toda. Artistas de culto que pueden desaparecer en cualquier momento. Conciertos a los que más vale asistir, si la buena suerte que significa estar en el lugar y en el momento correcto así lo sugiere. Por eso, aquella mañana del 26 de noviembre fui a desayunar al bar a la vuelta de la esquina (bah… al restaurante de paso), como había estado haciendo casi todos los días durante mi estadía en la capital británica. Los integrantes de mi familia amiga, en cuya casa me alojaba, se despertaban muy temprano y la opción de hacerlo junto a ellos con el frío otoñal de las 6 de la mañana (digo, para no perderme el tradicional desayuno), no sonaba muy seductora que digamos. Sobre todo si uno acostumbraba a caminar la capital por un mínimo de doce horas diarias, para luego desmayarme en la cama, casi catatónicamente, una vez de regreso a casa. Todos y cada uno de los días. Más aún, si la casa estaba situada en los suburbios, unos 16 km. al norte de Central London , el centro propiamente dicho de la ciudad (me costó un tiempo aprender que los ingleses le huyen a la palabra downtown), y a casi 2 horas de buses combinados (y claro, otras dos para regresar). Aquella era otra de las tantas mañanas en el bar/restaurante, entonces. Desayuno inglés oficial sobre mi mesa: huevos fritos, tocino, salchicha, frijoles, hongos y tomate al grill. Salsas inglesas (varias) y la tostada de rigor. Una auténtica sobredosis de colesterol británico. Y una merecida recompensa para un visitante que pasó sus dos primeros días en Londres (y en mi primera visita a Inglaterra) lidiando con una indescriptible gripe estomacal que me sometió a una dieta estricta y única de té medicinal. Y a un tour permanente de 48 horas a lo largo y ancho del baño (¿hubiera sonado menos escatológico escribir toilette?), con una pequeña ventana al Londres del más allá por cuya conquista rezaba y que, mientras tanto, ahora no paraba de maldecir. Plenamente recuperado semanas después, y con la taza de café de rigor, entonces. Junto a ésta la página del diario anunciando el show de Womack al día siguiente en el HMV Forum en Kentish Town, apenas a unas cuadras de la hipervisitada área de Camden Town. Un concierto caliente en una ciudad helada en pleno otoño boreal cuando, promediando la tarde, no queda nada luminoso allí arriba, salvo la luna y las estrellas. Y a 24 horas de mi corriente desayuno. Es que Robert Dwayne “Bobby” Womack, con casi 69 años a cuestas, oriundo de Cleveland, Ohio, estaba de regreso. Un nuevo regreso, en rigor.

ImageUno más de sus tantos retornos, a pesar de su monumental talento como compositor, músico y cantante, si tenemos en cuenta sus innumerables desapariciones de la palestra a título de una extensa carrera plagada de todo tipo de situaciones trágicas, mala fortuna y una serie de adicciones que le depararon una no menor cantidad de zigzagueos con la muerte. Trayectoria que comenzó en 1960 como cantante de The Valentinos y, al mismo tiempo, como guitarrista del eterno Sam Cooke, una de las más finas leyendas del Rhythm and Blues, Soul, Gospel y Pop de toda la existencia, de alma y piel tan negra como Womack. Con más de medio siglo de carrera a cuestas, Womack nunca ha sido un gran vendedor de discos –prefirió ganarse la vida sobre los escenarios–, pero sí ha compuesto una buena cantidad de canciones que le valieron un podio especial, principalmente, en la hermandad musical negra de los últimos 50 años. Pero también en aquella otra audiencia, la de un público blanco cada vez más seducido, desde los tempranos años 60, por aquellos que todo lo originaron. Sin ir más lejos, fue la pluma de Womack que escribió It’s All Over Now, canción que los Rolling Stones grabaron en su segundo álbum y que, además, les valió su primer No. 1 en los ránkings británicos, superando cómodamente las propias ventas de la versión original de Womack.
Desterrado por muchos de sus contemporáneos de la escena del Rhythn’n’Blues tras contraer enlace con la viuda de Cooke al año siguiente, Womack optó entonces por oponerse a grabar muchas de sus propias canciones, en su lugar prefiriendo que las graben otros músicos, como el gran Wilson Pickett, o la mismísima Janis Joplin.
Cientos de vidas después, en 2012 Womack estaba de regreso con su nuevo trabajo de estudio The Bravest Man in the Universe. Producido por Damon Albarn (más conocido como cantante de Blur, y uno de los factótums del proyecto de rock virtual Gorillaz) junto a Richard Russell, el fundador del sello XL Recordings, la dupla fue la auténtica responsable de rescatar a Womack de un nuevo anonimato, tal como años atrás también lo habían intentado con el poeta y músico Gil Scott-Heron. El disco gozó de una muy cálida recepción en las estaciones de radio londinenses y, masivamente aclamado, colmó ambas presentaciones de éste en Londres.
Aquella noche del 27 de noviembre, para el segundo y último de los dos conciertos, la multitud que circulaba por las inmediaciones del HMV Forum era una curiosa mezcla que reunía fans de antaño y amantes del Soul, quien aquí subscribe, entre ellos.
Tiempo antes, en las fechas de presentación del disco en su propio país, Womack ignoró casi completamente su nuevo trabajo. Pero lo pensó mejor para los shows londinenses. Habría resultado imperdonable que no lo hiciera. Para ello abrió el concierto con un set separado del que luego sería el espectáculo principal, enteramente dedicado a sus nuevas canciones (las que obvió en Estados Unidos) a modo de introducción y en plan de música electrónica (¿soul electrónico?), segmento al cual sumó la participación de Albarn y Russell (en piano y teclados, respectivamente), más otros dos músicos, compartiendo escenario. Womack al frente, enfundado completamente en cuero rojo, y con gorra al tono, pasó la mayor parte de set sentado, quizás conciente de los problemas coronarios que lo estuvieron afectando, y de un cáncer de cólon diagnosticado recientemente.
Apenas un puñado de canciones entonces, sólo las de The Bravest Man…, y turno para un intervalo. En no más de diez minutos Womack retornó al escenario junto a su banda completa para iniciar el auténtico viaje al pasado que la audiencia, en su mayoría negra y colmando el teatro reclamaba –al fin y al cabo, el motivo principal de la velada– y que registraría un cambio total de atmósfera. Del íntimo y frío set inicial a la travesía directa al mundo del Soul de la segunda parte. Un ataque total de “negritud”, en composé con las luces que ahora volvían a apagarse, tiñendo el Forum de oscuridad para dar paso al acto final de la noche. Esto es, “Womack, el soul brother” en estado puro. Logísticamente, el propósito de dividir el concierto en dos bloques cobró sentido, gracias a la imponente personalidad de Womack quien, a pesar de su eventual fragilidad física, asombrosamente posee un registro vocal indestructible. Cada una de las canciones representa una historia diferente de otra, así y todo amalgamadas por el clima de lucha “día a día” al que tantas veces se refirió a través de su pedregosa carrera en algunos de sus más grandes éxitos que esa noche cantó, como That’s The Way I Feel About Cha, Harry Hippie o, por supuesto, It’s All Over Now. El punto emocional más alto fue, sin duda, para A Change Is Gonna Come, el clásico de clásicos de Sam Cooke en la cual Womack compartió la primera voz con su hija, una de las tres coristas de su grupo. “¿Pueden sentirme?”, disparó a la multitud. Así, Womack no sólo se ocuparía de su mentor. El “Hombre Más Valiente del Universo” tampoco dejaría de omitir las menciones a James Brown o Marvin Gaye, rindiéndole homenaje a con frases del tipo “¡Yo aún estoy aquí!” o cuando recitó “ha sido difícil vivir pero temo morir”, antes de recibir una ovación demoledora y, con la ayuda de un asistente, abandonar el escenario para fundirse en un abrazo con Albarn. Y encandilar a una audiencia que lo esperó por años, que tal vez fueron demasiados y bastante hostiles, pero no lo suficiente como para poder con su osada valentía.

Stones.50.Londres

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Brian, el Fundador
Corría el mes de mayo de 1962 y un tal Brian Jones, con 20 años de edad, devoto poseso de la escena del Blues que llegaba del otro lado del Atlántico, bohemio distinguido, eximio guitarrista y armonicista, talentoso multinstrumentista y recientemente llegado a Londres desde su ciudad natal de Cheltenham, condado de Gloucestershire, colocaba un aviso en la publicación Jazz News, convocando a músicos a participar de una audición en vista de su más deseado proyecto: una nueva banda de Rhythm & Blues, el estilo por el cual vivía obsesionado.

ImageLos interesados no tardaron en llegar (es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) y así, idas y venidas mediantes, y tras lograr adentrarse en la por entonces subterránea escena del R&B local (considerada toda una excentricidad para los tiempos que corrían), Brian se convertiría en el fundador de los Rolling Stones. El mismo que eligiría a sus miembros, que le daría el nombre al grupo y decidiría qué tipo de música tocar. Y el que les conseguiría sus primeros shows. El resto es historia. Con el transcurrir de los años perdería su rango original de líder de los Stones, eventualmente desplazado a un lugar secundario tras el enorme suceso de Mick Jagger y Keith Richards como compositores, y como figuras centrales en las presentaciones de la banda. Por una larga lista de cuestiones, desde las más y menos entendibles a las menos considerables y, principalmente, por desarrollar una fuerte adicción a las drogas, Brian también perdería su integridad física y emocional, bastante antes que le fuera sugerido abandonar el grupo a mediados de 1969. Brian Jones, el creador, también acabaría perdiendo su vida, en julio del mismo año.

ImageEl Milagro de Dartford
Son casi 50 minutos de viaje en tren hasta Dartford. Al menos eso es lo que me asegura el guarda de la terminal de trenes de la estación Victoria, después de la de Waterloo, la de más tráfico en Londres. Ha salido el sol y el reloj de Victoria indica que se acerca el horario de partida que figura en mi boleto. La estación de trenes de Dartford representa uno de los momentos más sustanciales en la fundación de los Stones cuando, en la mañana de un día de octubre de 1961, un tal Michael Philip Jagger, residente de ese suburbio londinense, en el condado de Kent, al sudeste de la capital británica, se encontró casualmente con un tal Keith Richards, habitante del mismo distrito, con quien 10 años antes había sido compañero de primaria en la escuela Wentworth. Jagger cargaba una buena cantidad de vinilos de Blues y Rock and Roll de su colección (Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter) que encandilaron a Richards. Keith llevaba una guitarra eléctrica. Juntos compartieron el viaje en tren hasta Londres, 26 kilómetros a lo largo de los cuales Mick le sugirió a Keith unirse a Little Boy Blue and the Blue Boys, el proyecto amateur de Rhythm and Blues al que Jagger dedicaba buena parte de su tiempo y que, más tarde, con la llegada de demás acólitos (de vuelta, ¿es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) se convertiría en The Rolling Stones. Ha pasado más de medio siglo desde aquella gloriosa jornada y estoy en un tren rumbo al suburbio en cuestión. Son 11 estaciones, sin incluir las de destino y llegada. Lo sé muy bien, las voy contando una tras otra a medida que el tren atraviesa la periferia londinense. Denmark Hill, Peckham Rye, Nunhead, Lewisham, Blackheath, Kidbrooke, Eltham, Falconwood, Welling, Bexleyheath, Barnehurst… ¡Dartford! El personal de la estación me observa con curiosidad, se preguntan qué hace alguien sacando fotos de la estación de manera tan deliberada. Quizás desconozcan que estoy en “Tierra Sagrada”. Y que mi peregrinaje continúa con una visita al hospital de Livingstone donde, contribución de sus padres mediante, dio a luz a Mick y Keith en 1943. Y una pasada por la Dartford Grammar School, de la cual Mick fue inmaculado alumno y capitán del equipo de basketball. Pero son más de las 4 de la tarde y, una vez más, soy víctima del implacable otoño londinense y su noche prematura. Es hora de retornar a la estación para abordar el tren de regreso.
Insatisfecho, visitaría Dartford nuevamente unas dos semanas más tarde. Me aseguro hacerlo más temprano y que en esta segunda oportunidad la luz del día me favorezca lo adecuado como para (por qué no?) una nueva inspección del hospital. También vuelvo a pasar por la escuela, en esta ocasión con el agregado de un paseo por el Mick Jagger Centre (anexo al colegio), complejo artístico que su más célebre alumno decidió inaugurar en el año 2000. De ahí, colinas y caminos en subida mediantes, es más de una hora de marcha hasta las casas de las calles Denver y Chastilian Road, en las afueras del suburbio, y donde, respectivamente, Jagger y Richards transitaron sus días de infancia. La morada original de Keith yace ahora sobre una florería, y la de Mick, no menos modesta, luce ahora un cartel que reza “en venta”. Me queda otra hora de caminata y dos piernas entumecidas para volver a la estación de Dartford. Se me ocurre no leer el cartel de destino del tren de retorno a Londres y, en lugar de dirigirme a Victoria, termino por error en la estación de Charing Cross. Mientras tanto, cruzo el Támesis que, desde mi ventanilla del tren, resplandece bañado en las luces del Parlamento británico. Son menos de las 6 de la tarde, pero estoy cerca de Piccadilly Circus, de las calles Oxford y Carnaby, o del Soho. El día aún es joven y es hora de una nueva travesía por la ciudad.

ImageNoche de cumpleaños
Veinte minutos. Tengo una manía con las fracciones de tiempo. Eso ni siquiera es media hora. Prefiero pensar en que son 1200 segundos; así parece ser más. A veces resulta ser un buen truco para engañar a la mente. Según la mujer de los altavoces del estadio, que acaba de anunciarlo, esa es la cantidad de tiempo que, nunca antes tan tirano, resta para el comienzo del show. Que es nada más y nada menos que el primero de una totalidad de cinco conciertos (los dos inaugurales en Londres, más otros tres en Estados Unidos) que los Rolling Stones, y después de un lustro sin salir a la ruta, decidieron llevar a cabo bajo el lema de 50 and Counting (50 y contando…) para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Por lo que queda muy poco, en rigor prácticamente nada, para que asista al evento tan soñado, más allá del medio centenar de conciertos de la banda con los que cuento en mi haber. Esto es, entiéndase, en la ciudad natal de la banda. Un espectáculo de ensueño, estoy en absolutas condiciones de asegurar. Éste es el lugar, entonces, y el momento correcto. Porque, además, esta noche, la del 25 de noviembre, la primera de las dos veladas en el O2, el show contará con agregados estelares. Y no los de invitados de turno como Jeff Beck o Mary J. Blige (una nueva pequeña muestra de show business), pero las de Bill Wyman (el bajo original de los Stones que, por primera vez, retornará al escenario junto al grupo tras alejarse de la banda dos décadas atrás) y la de Mick Taylor, que también desertó de las filas de la Banda de Rock’n’roll más grande de todos los tiempos, pero a mediados de los 70… Ocasiones como éstas eran hasta ahora inimaginables. No estaban en la lista de sorpresas, pero finalmente me convenzo de que Superman no mentía cuando decía poder invertir la rotación de la Tierra. Insisto: éste es el lugar. El único y pequeño problema es que… bueno, todavía estoy sin entrada. Todas las posibilidades barajadas hasta el momento finalmente brillaron por su ausencia. Esta vez no hay tickets de favor ni nada de eso. Contra todos los pronósticos que aseguraban que la demanda de localidades iba a ser escasa por sus altos precios, la taquilla está prácticamente agotada. No es difícil comprobarlo. El O2 está atestado de gente; han llegado desde los destinos más remotos imaginables y todo indica que se me están acabando las fichas. Lo tengo muy presente. Mi ritmo cardíaco se encuentra fuera de lo normal, tengo la boca empastada y nada logra que evite pensar que cada vez falta menos. Y menos todavía. Y ahora un poco menos. Y que la idea de retornar a la casa de mi familia amiga convertido en un maldito zombi, suena algo alarmante. Los Stones están a punto de salir a escena. No soy lo que se dice un convencido de la telepatía y, por ende, no piensan apiadarse de mí. Ya he rezado en todas las lenguas posibles y soy un perrito fiel buscando compasión y empatía. Transtornado, recurro a la ventanilla de venta de entradas (¿cómo no se me ocurrió?) y, mientras tanto, me dedico a tejer las mil y una maneras de pasar a mejor vida o a meditar si el hospital más cercano cuenta con sala de guardia. Tengo una tarjeta de cobertura médica en la billetera, llegado el caso. Hay cuatro personas en la fila. A todas se las ve en condición de desperación. Son parte de mi equipo, pero la idea no resulta de ayuda alguna. Pasan, pagan, se retiran felices. Se los ve jubilosos. Hay cambios significativos en sus rostros y han modificado el rictus. Es una buena señal, creo suponer. “Necesito un ticket, ¿queda algo?”. Solidaria, la empleada de turno teclea algo en la computadora. Y acto seguido me sonríe. Claro, yo también me pondría feliz de evitar un suicidio. Por las dudas, me pellizco. Entrada en mano, exultante como un niño corriendo a través de una pradera, me materializo frente a puertas de ingreso, que son las finales de todo el enorme complejo del O2, la auténtica pista de despegue. Faltan menos de diez minutos, recupero el pulso y el tono original de mi piel, que incluso había logrado superar al “bronceado londinense” del que todo visitante a Inglaterra en el mes de otoño jamás podría jactarse. Sonrío más que Laura en La familia Ingalls. Tengo una muy buena ubicación, voy a estar en la fila 16, en el sector del piso y a no más de 20 metros del escenario. Y hacia allí vamos, entonces. Vuelvo a respirar, exhalo, inhalo. Bajo las escaleras a ritmo olímpico. Las luces del O2 se apagan. Es hora de otro pellizco, por si las moscas. Y me dispongo a disfrutar del que sería un show emblemático, y del mejor cumpleaños al que alguna vez, casi con seguridad, podré asistir. Misión cumplida, entonces. Aún me resta el show del 29; son sólo 4 días más, pero esta vez cuento con una entrada anticipada en mi haber, que me asegura dormir plácidamente la noche anterior. Y haberle evitado una sesión de primeros auxilios a los paramédicos de mi servicio de cobertura al viajero.

ImageBrian (revisitado)
Son poco más de las 3 de la tarde. Falta algo menos de una hora para que el cielo de Inglaterra se tiña de oscuro y que todo se cubra de estrellas, aunque los eternos cielos nublados ingleses las obstruyan. Me encuentro en el cementerio de Prestbury para visitar la tumba de Brian. Sus restos descansan aquí desde julio de 1969. Llegar no fue cosa de todos los días. Es que, por algún motivo, siempre pensé que sus restos descansaban en Cheltenham, pero deduzco que todo este tiempo estuve mal informado. Me lo certifica el primer ciudadano que encuentro ni bien bajo del busque tomé en Londres. Muy por el contrario, para llegar a la villa aledaña de Prestbury, desde Cheltenham, debo realizar una muy prolongada caminata atravesando campo abierto. En rigor, salir de los límites de la ciudad, llegar al pueblo siguiente.
Es un momento de clara conmoción, de emociones mezcladas y de profunda ansiedad. La necrópolis de Prestbury es bella y antigua, de campos verdes y piedras de color tan plomizo como el cielo que la cobija; las típicas de un viejo cementerio inglés, de tierra adentro, enclavado en la campiña. Cruzo la puerta de ingreso al cementerio. Siento la tierra firme y húmeda bajo mis pies, pero de algún modo es como estar caminando en el aire. La sensación se incrementa cuando me dirijo a la oficina de información, situada apenas unos metros después de la entrada del camposanto. Reina un frío intenso y sopla un viento hostil. El cementerio de Prestbury no es muy extenso, de todos modos. Ahora estoy hablando con la empleada de la Secretaría, le indico que vengo a visitar una tumba pero que desconozco su paradero. Claramente le señalo que se trata de Brian Jones. “Oh, Brian?”, me responde. Me alcanza un mapa del lugar, en el que traza el camino hasta la tumba de Brian con resaltador. “No está lejos, simplemente siga derecho unos 60 metros, doble a la izquierda en el primer camino y allí está, cerca de la zona donde estacionan los autos”.
Segundos más tarde, la lápida de Brian, la misma que he visto millones de veces en diversos libros y revistas, está a escasos 2 metros míos. Miro alrededor y no hay nadie. Nadie, absolutamente nadie. Tan sólo logro escuchar unas voces a la distancia, seguramente de asistentes a algún servicio de sepelio que se está realizando. O, al menos, éso me parece. Leo la leyenda grabada sobre la lápida, “En afectuoso recuerdo de Brian Jones”. Desbordado por la emoción, caigo de rodillas y, naturalmente, me descubro aferrado a la lápida. De algún modo, es la actitud equivalente, consciente o inconscientemente, de abrazar a Brian. Como si fuera él quien está frente a mis ojos. Y, desde ya, mi único posible encuento. Descarto toda posibilidad de morbidez y comienzo a hablar. Mis palabras son de agradecimiento, claro. Le cuento de lo importante que me resulta semejante momento y sobre la gran distancia que tuve que recorrer para llegar allí. No encuentro mejores palabras para dejar fluir mis ideas. De los años que estuve esperando la oportunidad de hacerlo. Y de mi querida madre, a quien perdí hace apenas cinco meses. Y del camino a la paz interior, de la cual pretendo inundarme en el día a día. Me quiebro y lloro (¿es de hombres hacerlo?). Distendido (podrían haber transcurrido diez, veinte, cuarenta minutos, en rigor no lo sé), decido sentarme en el banco que está frente a la tumba. Me pasa toda mi vida por la cabeza en apenas unos segundos. Sigue habiendo nada ni nadie alrededor, tan sólo Brian y yo. Y las demás tumbas, claro. Algunas datan de siglos. Acomodo las flores y ornamentos que otros admiradores han dejado. Hay fotos de Brian, dibujos, textos escritos en diversas lenguas. Prometo volver a visitarlo en cada oportunidad que me sea posible. Es toda una experiencia religiosa para alguien muy poco religioso. Me retiro feliz. Hay un estado de plenitud inexplicable, una deuda saldada que lo garantiza.
Libre de adrenalina, decido tomar el bus de línea local para regresar al centro de Cheltenham. Está helando y aún me restan más de dos horas de ruta para retornar a Londres, tiempo suficiente para agradecer a un tal Brian Jones por estos últimos 50 años, los mismos que forjaron la banda de sonido de mi vida. Y todavía contando…

Corre, Macleod, corre!

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Publicado en Evaristo Cultural en enero de 2013.

Parece un relato extraido de un certamen olímpico, de aquellos que suceden cada tantos años y desde tiempos inmemorables, pero estrictamente pertenece a un ciudadano británico común y corriente llamado Hector Macleod, el mismo que el pasado mes de noviembre culminó oficialmente su travesía de 1 año de caminar diariamente 13,6 kilómetros (unas 219 cuadras) desde su hogar hasta su trabajo (y de regreso de éste). Inevitablemente, los medios ingleses no dudaron en bautizarlo “nuestro propio Forrest Gump”, moción también secundada por sus seguidores. Pero Macleod no es tan famoso como Tom Hanks, ni se ha puesto a la orden de ningún director de películas. Tampoco ha ganado tanto dinero –todo lo obtenido, por cierto, ha sido donado–. Mucho menos ha llegado a la gran pantalla. Pero sí acaparó la atención de una buena parte de los medios gráficos, radiales y televisivos del Reino Unido. Los mismos que lo compararon con Hanks y que ahora lo galardonaron más exclusivamente. Es que Macleod, de 48 años, dueño de una compañía de post-producción fílmica en Londres, se estuvo levantando a las 5.45 am para, minutos después, salir religiosamente de su hogar (situado en en el área de Putney) cada mañana a las 6, y arribar a su oficina del barrio de Soho dos horas más tarde, a las 8 am o’clock. Puntualmente. Cinco días a la semana, con sol o lluvia, frío o calor. Y a veces, si la tarea lo demandaba, algún que otro sábado.
Todo comenzó en octubre de 2011, cuando una inesperada nevada poderosa en la capital británica (las menos habituales, pero de las que paralizan aeropuertos cuando suceden) obligó a Macleod, ante la falta reinante de buses, a dirigirse a su oficina a pie. Su equilibrada salud y buena predisposición le vinieron de perillas. Ya para entonces Macleod incluso venía realizando un arduo entrenamiento con miras a un viaje a al Polo Sur que debió suspender por causa de la creciente recesión económica generada a partir de fines de 2008, y que esta vez, entonces, le resultó ser un adecuado modo de precalentamiento.
Cuenta la historia que disfrutó tanto de aquella primera caminata que no dudó en continuar, un día tras otro, contra toda inclemencia climática. Pero lo que Macleod desconocía era que lo iba a terminar haciendo durante el lapso de 1 año completo. De hecho, antes de emprender su apoteósico periplo pedestre, Macleod se volcó a la bicicleta pero, inesperadamente, durante la marcha sufrió, si bien leves, accidentes automovilísticos en dos ocasiones, lo que le causó una declarada animosidad a todo tipo de transporte público. “Se los ve a todos grises, y además tienen aspecto miserable. Y aún cuando salís de casa con tiempo de sobra y con las mejores intenciones, lo más probable es que nunca llegues a tiempo. Al caminar, en cambio, sos el maestro de tu propio destino. Hacer ejecicios en la mañana me ayuda a concentrarme y a relajarme cuando regreso a casa”. Hector se vio iluminado y, en pleno arranque de inspiración, no tuvo mejor idea que combinar su nueva actividad con los esfuerzos para recaudar fondos para el hospital Great Ormond Street, donde su propia hija había sido tratada dos años antes por un cuadro de tuberculosis. Una idea fantásticamente solidaria, por cierto.
Macleod sintió la necesidad de retribuir favores al personal del hospital y, sin titubeos, aportó cada una de las libras esterlinas ahorradas en transporte (una buena cantidad, teniendo en cuenta el alto precio del transporte público en Londres, si bien fiel a su servicio) y, más aún, el de las firmas que lo patrocinaron tras deslumbrarse por su nuevo rol social, monto que fue destinado al reamoblamiento de varios sectores del hospital, al financiamiento de investigaciones médicas y a la compra de algunos equipos de salud que debían ser renovados.
“Fue un año increíble”, confiesa Hector. “En mis recorridos, a medida que pasaban los meses, pude disfrutar de los preparativos para el Jubileo, los Juegos Olímpicos y también los Paraolímpicos. Cada día que pasa veo a Londres despertar y vuelvo a disfrutarlo cada vez que repito el viaje. Es el mismo recorrido de todos los días, siempre a lo largo del río, pero los cambios de estación y de clima hacen que cada vez sea diferente”.
Tampoco faltaron los inconvenientes de rutina. “Hubo perros que me corrieron y una vez estuve a punto de ser atacado por un grupo de adolescentes”.
Al principio, los pies de Macleod se llenaron de ampollas, mientras que sus piernas sufrían calambres históricos, por lo que una firma de calzado deportivo británica le diseñó un modelo de suelas especiales. Y adiós a las ampollas. En cuanto al clima, cualquiera fuera éste, todo lo que Hector llevaba puesto eran unos shorts y una remera, con el agregado de un buzo térmico en aquellos días realmente gélidos tan característicos del otoño o invierno londinenses en que el viento erosiona los huesos. Todo cabía en su mochila. Mientras que sus signos vitales (debemos recordar que fueron casi doscientas veinte cuadras por día!) estuvieron monitoreados por un GPS de última generación y permanentemente actualizados en su página web.
Macleod sólo planificó la aventura por un plazo no mayor de 1 año, marcando el 18 de noviembre de 2012 como meta de llegada. Entre tanto, ha recorido un total de 4.821 kilómetros, distribuídos en 5.428.107 pasos, a razón de 6,3 km./hora, aproximadamente, más exactamente unos 13,6 km. diarios, realizados en 2 horas y 6 minutos. O sea, casi unos 97 km. semanales, para los que ha utilizado tan sólo 1 par de zapatillas. Para entonces se ahorró cerca de 2.000 libras (unos 16.000 pesos) prescindiendo de todo tipo de transporte público y donando 20.103 libras (más de 160.000 pesos locales) al hospital de Great Ormond Street, aquel que tiempo atrás puso a resguardo la salud de su hija.
Hector cumplió con lo prometido, y ahora sí se dispone a cumplir su ansiado (y cierta vez pospuesto) viaje al cono Sur. ¿Su nuevo desafío? “En realidad no quiero volver a subirme a ningún bus”.

Sonny Rollins – London Jazz Festival, Barbican Centre, Londres, 16 de noviembre de 2012

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ImagePublicado en Evaristo Cultural en enero de 2013

Cierta vez escuché por ahí, o tal vez leí, que “las leyendas vivas a veces pueden dejarse estar y que otros hagan el trabajo”. Pues bien, éste no podría ser jamás el caso de Sonny Rollins. Apenas había transcurrido mi primera semana de estadía en la capital británica y, si bien me encontraba al tanto que por esos días estaba teniendo lugar el mítico Festival de Jazz de Londres, no pude creer mi suerte cuando leí en un periódico local que esa mismísima noche, justo esa noche del 16 de noviembre, una de las más grandes leyendas vivas del jazz se presentaba en pleno marco del evento y nada más y nada menos que en el Barbican, el mayor espacio multiartístico europeo, enclavado en el mismísimo corazón de la ciudad. Todo intento de explicar mi sofocante ansiedad por llegar a tiempo para el comienzo del show resultaría, lo menos, insuficiente. Y sabía a la perfección que la no menos creciente demanda de los amantes de su música por ver a Rollins en vivo y en directo, uno de los más grandes artistas del género vivos, el gran saxofonista tenor que sigue emocionando a sus 82 años, podía dejarme sin localidades y malherido en algún amable publondinense. Sin titubear, abandoné la exposición a la que estaba asistiendo (¡qué más daba!, si el tiempo había volado, se hacía tarde y, además, podía regresar en otra ocasión) y, cual saeta, me lancé al primer bus con destino al Barbican que, ya que estamos, tampoco quedaba tan lejos de donde me encontraba. El azar me volvió a sonreir cuando en el Barbican me informaron que ahora, a menos de una hora del inicio del concierto, aún quedaban unas pocas localidades disponibles. “Son las últimas 12”, me informaron ciertamente en la oficina de venta de tickets. “Eso sí, es por eso que son de las más caras”. En una fracción de segundo entendí todo: estaba a minutos de uno de los artistas más importantes de todos los tiempos y, entonces, no había lugar para ningún tipo de cuestionamientos. Y lo hice mucho mejor aún cuando, instantes después, me encontraba en la fila 10 del recinto, butaca del medio, en el mismísimo centro de la sala y a la distancia ideal para verlo, escucharlo y, lejos de haber podido imaginarlo, respirarlo. Y que las primeras impresiones no sirven absolutamente para nada, y que sólo son eso: primeras impresiones. Porque, tan sólo de haberme guiado por ellas, aquella figura frágil y desgarbada que, tras la introducción de ocasión de su majestuosa banda de acompañamiento, tomó el escenario enfundado en una camisa de satín rojo salmón, perdido en una nube frisada de cabellera blanca y con su andar tan característico, me hubiera hecho la idea más errada que pudiera concebir. Entiéndase, podría haber caído en el ridículo total de haber pretendido que Rollins aún luciera como uno de los tantos jóvenes gigantes que merodeaban a Charlie Parker en la década del ’40 para reformar el jazz de la escena neoyorquina. Pero, en cambio, sí darme cuenta que se trataba del vivo retrato de una generación de íconos y no de una reliquia destinada al arcón de los recuerdos cuando, 70 años más tarde, está ahí para tocar lo mejor que puede, noche tras noche. Como si el tiempo no hubiera pasado. Por lo que, apenas transcurridos los primeros gruñidos de su saxo, ahora sí, me descubrí en absoluto estado de shock. Y a partir de la inmensa ovación de la audiencia, que colmó la sala en su totalidad, comprender que era, nada más y nada menos, el inicio de lo que prometía ser –finalmente lo fue– una performance exquisita e inolvidable.
Desde el preciso momento que comenzó a estremecer su instrumento, Rollins, hombros doblados, caminando como una paloma y desafiando toda ley física, aquel ancho y monstruoso saxo tenor rellenó cada grieta de la sala del Barbican.
Cualquier requisito del público fue colmado desde el vamos, más precisamente desde el momento en que el “Coloso del Saxo” inauguró su set con el groove calipso de su más recordado éxito, St. Thomas (que abría aquel glorioso disco que le brindó el mejor de los apodos) y que generó la atmósfera perfecta que permanecería a través de todo el show.
Rollins es bien conocido por su (hilariosamente desconcertante) hábito de autoreprenderse en escena, de enojarse consigo mismo para insuflarse una buena dosis de energía cuando, por ejemplo, el sonido de su saxo no va a donde quiera que vaya (“Hey, ¿qué estás haciendo? Dije ¿qué estás haciendo?”) o, incluso, llegando un poco más lejos (“¡Vamos Rollins, mové el culo de una buena vez!”), lo que no fue nada difícil comprobar en más de una ocasión a través del concierto, un ejercicio habitual. St. Thomas creó el clima ideal para los miembros de su banda: el trombonista (y sobrino de Rollins), Clifton Anderson; el guitarrista, Saul Rubin; Bob Cranshaw en bajo; Sammy Figueroa en percusión y el baterista Kobie Williams, seguida entonces por calientes versiones de canciones más contemporáneas en el vasto repertorio de Rollins, como aquellas dedicadas a sus colegas J. J. Johnson y Don Cherry. Una banda tan ajustada como magnífica y completamente a la altura de las circunstancias.
Pero, tal como me declaró un erudito miembro de la audiencia al final del concierto y con gesto cómplice, “fue más que nada, como siempre, el show de Sonny”. Nada más acertado para quien, cuyo control de la melodía y el ritmo, fue una oda a la experiencia, junto a sus ultramodernas variaciones en las secuencias de jazz más características y tradicionales.
Tras 90 minutos de absoluta emoción (“¡Es maravilloso poder estar de vuelta en Londres!”), Rollins decidió que era hora de abandonar el escenario. Era de suponer que ya había ocurrido mucho (me atrevería a decir) más de los que que se esperaba, no sin antes deleitarnos con otro hit de más de medio siglo de vida como Don’t Stop the Carnival. El carismático milagro de sus solos, tan delicadamente destilados, y haciendo honor a su mote, fue sencillamente colosal. Y si eso es, entonces, lo que las leyendas vivientes hacen, Rollins se lleva una de las medallas más merecidas.
Ya fuera del Barbican, con el placer de haber visto a uno de los más grandes e influyentes, comprendí mejor aquello de “el show de Sonny” que aquel sabiondo entendido me había confesado. Bajo la lluvia londinense, que repiqueteaba cada vez más fuerte sobre las llamas de mi emoción, el cigarrillo que encendí nunca tuvo tan buen sabor.