LÁGRIMAS PÚRPURA

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Publicado en Evaristo Cultural el 14 de abril de 2016

“¿Qué, ya terminó?” Casi al unísono, los que terminábamos de ver aquel concierto majestuoso de Prince esa noche del 21 de enero de 1991 coincidimos en un clamor generalizado que quedaba huérfano de respuestas. Bastaba con echar un vistazo alrededor y descubrir la misma mirada de desconcierto instantáneo entre los algo más de 25.000 asistentes al show, un número por demás bajo, teniendo en cuenta que nos encontrábamos en el estadio de River Plate. “¿Cómo, no va a volver”? Estaba claro. Acabábamos de presenciar en vivo y en directo uno de los mejores performances de la historia por estos lares, y la hora y cuarto por la cual se extendió nos dejó insatisfechos, y donde no faltaron los abucheos del público pidiendo por más. Y por más todavía. Prince había desembarcado en Buenos Aires junto a la New Power Generation (su banda de acompañamiento de aquel momento, el proyecto de ocho integrantes con quienes grabaría el excelente disco Diamonds and Pearls algo más tarde ese mismo año) tras participar de la segunda edición del Festival Rock In Rio de la ciudad carioca, y ahora formar parte de la grilla de otro festival, el de Rock and Pop local junto a Joe Cocker, Billy Idol, INXS y Robert Plant. Aquí lo esperaba una base acotada de fans, pero fiel, que venía soñando con su llegada al país desde hacía al menos siete años, cuando su popularidad autóctona se estableció de la mano de la banda de sonido de la película Purple Rain de 1984 (la misma que le valió un Oscar y ventas de casi 25 millones de copias alrededor del planeta), y cuya canción principal del mismo nombre no dejó de sonar en las radios locales desde entonces, hasta convertirse en un clásico eterno. El mismo grupo de acólitos al que no le quedaban dudas que el éxito de Phil Collins Sussudio de 1985 era un afano directo a la canción 1999 que el “genio de Minneapolis” había plasmado en 1984, una devoción que más tarde se vería alimentada por la gran difusión que obtuvo la versión de Nothing Compares 2 U que Sinead O’Connor había grabado en 1990 (y que Prince no dudó en incluir en el repertorio que usó en Buenos Aires), o una aún mayor, aquella irresistible de Kiss que Tom Jones registró en 1989. De algún modo ya se había ganado la medalla que lo condecoraba al título, prolíficamente hablando, del mayor músico del pop de la década del ’80. Una carrera que se propagaría por cuatro décadas, y basada en un individualismo absoluto. Hermético hasta el nirvana, supo potenciar esa condición para generar deliberadamente todos los enigmas posibles respecto a su existencia, presentándose ante el mundo como una andrógina criatura sexual, lo que le permitió llamar aún más la atención de forma completamente preconcebida. La vida de Prince resultaba todo un misterio, su plan resultaba exitoso, y todo el mundo se desvelaba por revelar los acontecimientos detrás de la vida del nuevo ícono mimado del espectáculo mundial. Ya desde su álbum debut en 1978 (de la misma forma que los Rolling Stones lo hicieron con el blues en los ‘60s) Prince resultó ser el elegido a la hora de llevar adelante una misión divina, la de revitalizar (y redefinir) todo género musical negroide posible, dándole una inyección de vida y glamoural más puro funk, R&B y soul (géneros por los que, cualquier aclaración estaría de más, se desvivía), sin dejar de ahondar en el pop y el rock. Esa androginia erótica y sensual estuvo estampada en sus letras y las tapas de sus discos desde el vamos, lo que lo llevaron a lidiar con la controversia (otra movida calculada y deliberada), aguas en las que supo nadar y brillar, edificando un imperio propio desde sus multifacéticos roles de compositor, productor y artista, rechazando entrevistas a diestra y siniestra, y más perfeccionada aún desde que eligió convertirse en el iconoclasta perfecto cuando, en señal de protesta contra una industria musical que no lo favorecía sus contratos, decidió cambiar su nombre artístico por el de un símbolo gráficamente irreproducible. Ni siquiera otros íconos de los ‘80s como Michael Jackson o Madonna, que a diferencia de Prince no contaban con un sonido propio, lograron tener semejante influencia en la música de esa década, acompañado de una imagen que no se quedaba nada atrás. Por si acaso su faceta musical le resultaba corta, también había descollado en la pantalla grande, agregando un capítulo el pasado mes de marzo al anunciar la edición de de The Beautiful Ones (“Los Bellos”), un libro de memorias montado sobre “una travesía poética y poco convencional sobre su vida y su carrera, sobre su familia y la gente, los lugares e ideas que encendieron su imaginación creativa”, y planeado para lanzarse el año próximo a cambio de una oferta de dinero que, según palabras del mismísimo Prince, “no pude resistir” “Este va a ser mi primer libro. Mi hermano Dan me está ayudando a escribirlo. Es un buen crítico, y es lo que necesito. No es del tipo de personas que le dice ‘sí’ a todo, y realmente me está dando una mano para hacerlo. Va a comenzar con mis primeros recuerdos, y espero lleguemos hasta el día del Super Bowl” (la tradicional final del campeonato de la National Football League de USA que cerró en el 2007) considerada por muchos, público y críticos, como la mejor actuación de la historia.
El viernes pasado, tras una actuación en Atlanta, el avión privado que lo trasladaba se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en la ciudad de Moline, Illinois, situación a la que su manager se refirió explicando que estaba experimentando alguna enfermedad. Tras ser dado de alta algunas horas más tarde, retornó a su legendaria propiedad de Paisley Park, en su estado de Minnesota, donde en la jornada de ayer fue hallado muerto dentro de un ascensor. Si bien las causas que originaron su deceso aún no fueron establecidas, algunas versiones señalan que durante su paso por la clínica en Moline debió ser tratado para hacerle frente a los efectos de los opiáceos.
Con la desaparición física de Prince, con sólo 57 temporadas a cuestas, y en un año por demás triste que en su corto trayecto ya ha dejado un tendal de pérdidas significativas en la escena de la música mundial, el más grande catalizador de la música negra de al menos las tres últimas décadas, el geniecillo en plataformas, pudo habernos dejado con ganas de más aquella noche estival de Buenos Aires del ’91, pero su legado en vida, haciendo gala de su tan mentada controversia artística, permanecerá indesafiable, ahora que el título se quedó sin posibles contendientes.

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ADIÓS, MAESTRO

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Publicado en Evaristo Cultural el 14 de abril de 2016

Qué ganas de llorar, en esta tarde gris/ En su repiquetear la lluvia habla de ti/ Remordimiento de saber/ Que por mi culpa, nunca, vida, nunca te veré/ Mis ojos, al cerrar, te ven igual que ayer/ Temblando, al implorar de nuevo mi querer/ Y hoy es tu voz que vuelve a mí, en esta tarde gris

Los que nunca fuimos cultores personales del género, por meras cuestiones de edad, de contemporaneidad, o simplemente por las vueltas de la vida, siempre cargaremos con el eterno cuestionamiento sobre el porqué de no habernos volcado con más detenimiento a la más indisputable de nuestras mayores creaciones musicales autóctonas. Bienvenidas todas esas excusas, entonces, como motivos para habernos privado de la belleza que puede atribuírsele a un tango como la gente, a una de esas obras definitivas cuya letra inaugura este texto, y que con música del aquí homenajeado, y letra de José María Contursi, te pueden arrancar el alma en cuestión de segundos. Y no hay vuelta.
Con la noticia de la muerte de Mariano Mores se va uno de los maestros del tango que, como pocos, supo de qué iba todo eso de dejar que el sentimiento se apodere de todo. Basta recordar algunos momentos de nuestra infancia, al menos en el caso de quien aquí suscribe, y hacer memoria sobre los familiares que tarareaban esas hermosas melodías que los llenaban de lágrimas y que, desde algún rincón de su ser, y con no más intención que la de contagiarte su emoción, te disparaban un “escuchá esto, ¡qué belleza!”, mientras uno se devanaba los sesos esperando que le pongan a andar aquel disco de Gaby, Fofó y Miliki por enésima vez. Era llegar a la casa de la abuela un fin de semana (como lo hacía junto a mis padres cada sábado), o en cualquier reunión familiar que podía preciarse de tal, y escuchar algún buen disco de tangos sonando en la casa. Porque por algún motivo, para mis abuelos, esos eran los días y las horas señaladas para compartir esa suerte de ceremonia compuesta por todas esas bellas canciones que salían radiantes de los parlantes del combinado Champion que estaba en el living. A los de tango le sucedían los de música clásica y folklore local, y entre tanta cosa por descubrir, y de las cuales nutrirse, me resultaba interesante el sinfín de sonidos que se daban incansablemente, y en sana convivencia. La mezcla era muy heterogénea. Bach, Gardel, Cafrune, Ravel, Larralde, Mozart , Julio Sosa, Mercedes, Daniel Toro, Ravel, Yupanqui, y algún que otro disco romántico melódico de ocasión, con Caravelli o Julio Iglesias liderando el podio. El rock lo traería yo a casa unos años después, muy prematuramente, y en mis primeros años de escuela primaria. Pero la canción que siempre le pedía a mis familiares, que de algún modo oficiaban de disc jockeys de ocasión, era aquella de la letra estremecedora que, entre piezas de Rasti y soldaditos, siempre me dejaba pensando, y que según la contratapa del álbum que giraba en el tocadiscos, aparecía descripta como Uno (Discépolo/ Mores). Aquella en la que esperaba el cambio de melodía a partir de su segunda estrofa (“Si yo tuviera el corazón…”), y que yo consideraba el momento más emocionante de la pieza. De hecho, y si la memoria no me engaña (y, vamos, aún así) fue la primera que me llenó tanto pero tanto de exaltación, al mismo tiempo que descubría que infantil corazón podía fruncirse.

Cuartito azul/ De mi primera pasión/ Vos guardarás todo mi corazón/ Si alguna vez volviera la que amé/ Vos le dirás que nunca la olvidé/ Cuartito azul, hoy te canto mi adiós/ Ya no abriré tu puerta y tu balcón

1 (2)Como autor de muchos de los más famosos tangos de aquellos años dorados de la década del ‘30 (nuestros propios blues), sin mencionar su talento inigualable como pianista y director de orquesta, Mariano Mores ha dejado para la posteridad un sinfín de títulos que desde el vamos se han convertido en piezas extraídas de la mejor cepa musical ciudadana, nuestro rasgo artístico más característico, y lo mejor que hemos hecho. Trabajando codo a codo con los más distinguidos letristas y poetas urbanos (los mencionados Enrique Santos Discépolo y Contursi, Francisco Canaro, Cátulo Castillo, Dante Gilardoni, entre tantos), sin mencionar las supremas orquestas o cantores con los que las registró (Troilo, Fiorentino, Libertad Lamarque, Cadícamo, Castillo, Marino), nos ha dejado piezas eternas como Gricel (que un joven Mores compuso a los 24 años de edad), Adiós Pampa Mía, Tanguera, En Esta Tarde Gris, La Calesita, Sin Palabras, El Patio de la Morocha, Cristal, Frente al Mar, Cafetín de Buenos Aires, Cuartito Azul, El Firulete o Taquito Militar, un catálogo de tangos que, con alrededor de 300 grabaciones, pueden completar el decálogo de los diez más famosos sin ninguna forma de titubeo. Su genio convivía amablemente con una humildad permanente que se hacía notar en el bajo perfil que cultivaba en cada una de sus apariciones radiales o televisivas. Sublime, clásico y distinguido, de sonrisa permanente, tuvo su gran homenaje en vida cuando en 2015, con motivo del Festival y Mundial de Tango de la Ciudad, recibió la caricia más sincera de manos de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, que interpretó sus éxitos frente a una audiencia desbordada.
Con el fallecimiento de Mores, a los 98 años de edad y en una tarde gris, se fue una de las figuras definitivas de la primera línea del tango, un vuelo directo al firmamento de nuestro género musical más sanguíneo y representativo por excelencia.

 

 

LAS SIETE VIDAS DEL GATO

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Publicado en Evaristo Cultural el 8 de abril de 2016

No voy a decir nada del Gato Barbieri que prácticamente no se haya documentado. Bastante se dijo por estos días sobre su enorme estatura de haberse convertido en el más grande músico de jazz que parió nuestro país, y en el músico local con alcance internacional más prominente (después de Astor Piazzolla y Lalo Schifrin) de al menos los últimos 50 años. Dedicarme a escribir sobre los detalles de su vida podría ser tomado como redundante. Por lo que no voy a aludir a su ciudad natal de Rosario, que vio nacer a Leandro (lo de “Gato” llegaría durante su adolescencia, cuando alguien decidió adjudicarle el seudónimo por la forma en que Barbieri solía aparecer repentinamente en sus presentaciones entre club y club nocturno del Buenos Aires de aquellos tiempos) un 28 de noviembre de 1943, en años en que el jazz era apenas un género abordado por una pequeñísima minoría a nivel nacional, y cuando aún restaban otros tantos para que comience a indagar en los ritmos latinos más tradicionales, esos que le habían despertado curiosidad, antes de adentrarse definitivamente en el jazz de vanguardia, o en el estilo fusión, o incluso en el mismísimo pop, momento para el cual el Gato ya había sido cautivado por los sonidos de John Coltrane, o hasta de Carlos Santana. En consiguiente, no voy a hacer hincapié en referirme a la llegada a Buenos Aires junto a su familia en 1947, que luego derivó en su paso por la banda del mencionado Schifrin durante los gloriosos ’60, cuando aún no soñaba con convertirse en uno de los mejores saxofonistas latinoamericanos que el mundo conocería, y digno embajador de la por entonces cuasi ignota escena del jazz tercermundista. Mucho menos voy a dejar en claro su maestría a la hora de ejecutar el saxo tenor, el que ya dominaba majestuosamente por entonces y que, a poco de cumplir 20 años, lo acompañó en su bien ganado rol de músico avant-garde, desembarcando en Europa en 1962 para cruzarse en su travesía al trompetista y multi-instrumentista Don Cherry, al cual se uniría en su consagradísimo grupo y con quien, si es necesario apuntarlo, plasmaría los discos Complete Communion (la primera grabación de Cherry para el sello Blue Note Records, y del que también participó Pharoah Sanders, uno de los ídolos musicales de Barbieri) y un segundo álbum,Symphony for Improvisers. Asimismo estaría de más señalar que promediando los años ’70 el Gato se percató de alguna suerte de cambio en su senda musical y dejó el jazz experimental de lado para incorporar nuevas texturas y ritmos a su estilo. Tal vez debiera subrayar que en 1972 logró su punto artístico definitivo, tras serle encomendada la banda de sonido de El Ultimo Tango en París, el recordado largometraje de Bernardo Bertolucci (aquel drama erótico protagonizado por Marlon Brando y Maria Schneider), la que no sólo lo consagraría comercialmente, sino que además le valdría un premio Grammy el siguiente año.

1 (1)Así, el Gato continuó grabando música de forma incansable hasta 1982 (y con 35 álbumes registrados desde 1967 a esa parte), cuando tras una disputa con la compañía discográfica a la que pertenecía, se vio obligado a enfocarse únicamente en realizar conciertos para poder subsistir, un período oscuro en su vida donde no faltaron los coqueteos ocasionales con el alcohol y las drogas, y que se vio acrecentado tras verse afectado por la pérdida de su esposa en 1995 luego de 35 años de matrimonio, lo que lo llevó a enfrentar una cirugía coronaria al poco tiempo (y que le dejó un bypass triple), y a un eventual período de inactividad artística mientras pujaba por recuperarse mental y físicamente, combatiendo una seria depresión que incluso casi le produce la ceguera luego de sufrir una maculopatía severa. Aún con un estado de salud frágil, Barbieri continuó saliendo de gira, y hasta registró cuatro discos más, mientras desafiaba los embates que el destino le había puesto. Tradicionalmente escudado en su legendario sombrero fedora y sus clásicos lentes, el Gato siguió adelante presentándose mensualmente en el club de jazz Blue Note de New York a partir de 2013, la ciudad que lo había adoptado, si bien no grababa desde 2002, cuando lanzó The Shadow of the Cat, su trabajo en estudio final. Siete vidas más tarde, falleció el pasado sábado 2 de abril a los 83 años de edad en un hospital de la Gran Manzana, rigurosamente afectado por una neumonía demoledora, y tras sobrevivir a una nueva intervención cardiológica para extraerle un coágulo.
“No me importa ser recordado”, declaró alguna vez tras ser indagado sobre el día de su desaparición física, pero desde aquí hacemos todo lo posible para que no sea así. No hace falta decirlo.

 

EXHIBITIONISM | LOS STONES DESDE ADENTRO

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Publicado en Evaristo Cultural el 28 de marzo de 2016

En julio de 1989, días después que los Rolling Stones brindaran una conferencia de prensa en la estación central de trenes de la ciudad de New York para promocionar la inminente gira de su por entonces nuevo disco de estudio Steel Wheels (el que marcó la reconciliación Jagger-Richards tras su mutuo distanciamiento a mediados de esa década, cuya magnitud terminó momentáneamente opacando el futuro de la banda), una carta de lectores que apareció en el periódico de distribución gratuita neoyorquino The Village Voice generó una serie de risotadas cuando su autor no tuvo la mejor idea que, considerando a los miembros del grupo de edad suficientemente avanzada como para seguir haciendo lo que mejor sabían hacer después de casi 30 años de carrera), se refirió al maratónico periplo anunciado como la Steel Wheelchairs Tour (“la gira de las sillas de ruedas”) Mick Jagger se tomó el comentario probablemente en sorna, a pesar de su eterno complejo de Peter Pan, y mucho más lo habrán considerado así sus compañeros de ruta, no tan acomplejados como el líder del grupo. “La suma de la edad de los cinco Rolling Stones supera la de los años desde que fue firmada la independencia de los Estados Unidos”, agregó otro simpático lector. Eventualmente los Stones no volvieron a parar nunca, ni mucho menos tuvieron que recurrir a alguna silla de ruedas para seguir adelante, realizando prolongadísmas giras de ahí en adelante, y resistiendo exitosamente el paso inexorable del tiempo. Para muestra puede alcanzar un botón, pero para cimentar una carrera que desde hace años los ha consagrado como la banda definitiva de la historia del rock’n’roll (y así taparle la boca a los opinadores de turno) basta con remitirse a su reciente travesía latinoamericana de 14 fechas a lo largo del continente, y que culminó hace días con un simbólico concierto gratuito en la ciudad de La Habana, con unos Stones en perfecta forma, y con un promedio de edad que ronda los 70 años. Por lo que no resulta raro que, ahora que los Stones anunciaron la exhibición itinerante más grande de una banda de rock de la historia realizada (y la primera de carácter oficial en sus casi 54 años de carrera), otro ignoto emisor haya sugerido en una red social “si no sería más bien hora de ponerlos a ellos mismos en un museo” Así las cosas, Exhibitionism, descripta como “la más intensa e involvente perspectiva dentro del mundo de la Banda Más Grande del Rock’n’Roll”, de hecho la mayor dedicada a la vasta trayectoria de los Stones que el mundo alguna vez vio, tendrá su inauguración el próximo mes de abril en la galería Saatchi de la ciudad de Londres. La muestra, que ocupará nueve inmensas salas diseminadas en dos pisos ocupando 1.750 metros cuadrados (considerada diez veces mayor que la de David Bowie Is en el Victoria & Albert Museum, o veinte más que la de Elvis en el O2 de la misma ciudad, y con un presupuesto que ronda casi los 6 millones de dólares), fue diseñada en plan gira interactiva, y mostrará principalmente las ropas más típicas usadas por la banda, así como guitarras y todo tipo de instrumentos (destacándose la primera batería de Charlie Watts), audios inéditos, presentaciones cinemáticas, diarios personales, fotografías y diversas piezas de arte y memorabiliaacumuladas por la banda a través  de su enorme carrera.

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Tal como declaró la curadora de la muestra Ileen Gallagher a la revista Newsweek, el público asistente se encontrará con una réplica exacta del histórico departamento de la calle Edith Grove, el cual Jagger, Richards y Jones habitaban en los primeros tiempos del grupo, así como también reproduciendo estudios de grabación carácterísticos, y hasta un área backstage. Un montaje fílmico en 3-D transportará a los visitantes a la imaginaria chance de estar sobre un escenario junto a los mismísimos Stones. “No hicimos un trabajo cronológico”, señaló Gallagher. “Hicimos foco en la carrera de la banda de forma temática, e intentamos crear una atmósfera para que la gente pueda sumergirse en ella” The Rolling Stones, Exhibitionismcontará a su ingreso con dos salas (oportunamente tituladas Ladies and Gentlemen y Experience), que oficiarán de presentación de la muestra. La primera incluirá una serie de animaciones rápidas que cubren la inagotable saga de los viajes de la banda a través de su historia, como así también el total de canciones y discos que han producido. Al llegar a Experience, el público asistente se topará con una pared semicircular de 60 pantallas de video que proyectan un montaje de la carrera completa de los Stones, sazonado con detalles cronológicos sobre su historia, para luego atravesar un túnel que los trasladará a una tercera sala, Meet the Band (Conozca a la banda), acompañados de un audio de fondo en el que Mick Jagger y Keith Richards explican cómo se conocieron.

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El derrotero interactivo se completa, ahora sí, con el arribo a la réplica del mencionado e infame departamento en Edith Grove. “Nos remite a un recuerdo muy divertido del lugar”, apunta Gallagher. “Allí se ve todo, los hongos que crecían en las paredes, y aquel olor de medias sucias, cerveza y cigarrillos” “Fue el departamento más repulsivo y roñoso en el que alguna vez estuve en mi vida”, opinó Watts, que cuando le propusieron la idea de aromatizar el ambiente con patchouli, no dudó en dejar en claro que “nunca fuimos un grupo así” A lo que Keith Richards agregó “¿Patchouli? Ni siquiera teníamos para comprarlo”
Exhibitionism no podía dejar también de ahondar en lo fílmico, inevitablemente en lo relativo a un fenómeno artístico que siempre trascendió lo musical, y que asimismo también terminó haciendo hincapié en el arte general, o en la literatura, por lo que una de las nueve salas que la componen estará dedicada al sector de video donde, desde una pista de audio grabada, el director Martin Scorsese disertará sobre los momentos fundamentales de los Stones en celuloide. La siguiente sala apunta al legado artístico stoniano, desde la evolución del icónico logo de la lengua pergeñada por el diseñador John Pasche hasta una serie de piezas de colección, las tapas de los álbumes, y pósters promocionales de las giras, con Jagger hablando de fondo. El extenso derrotero artístico de los Stones, nunca y jamás superado, no podía dejar afuera su etapaglam (que podría enmarcarse a partir de sus pasos a fines de los años ’60 hasta mediados de la década siguiente), donde se exhibirán los simbólicos atuendos que usaron en los conciertos simbólicos de Hyde Park de 1969 (el primero de su carrera sin el fallecido Brian Jones, miembro fundador de la banda) y el trágico concierto en Altamont del mismo año.

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La galería Saatchi verá ocupada otro de sus espacios con lo concerniente a la alta moda (territorio del cual el grupo, principalmente Jagger, jamás estuvo ausente), con una serie de ropas diseñadas por figuras renombradas como Yves Saint Laurent o Christian Dior, entre otros, y hasta L’Wren Scott, última pareja oficial de Sir Mick, la misma que puso final a su vida hace dos años, sumando también los ocho trajes que el cantante vistió a través de las diversas interpretaciones de la canción “Sympathy for the Devil” a través de los años. Exhibitionism cierra su travesía con una sala final, Performance, montada con la única finalidad de recrear el área que el grupo utiliza inmediatamente una vez que abandonan un escenario, de los miles que, literalmente, los han visto hacerlo. “Habíamos estado pensando en hacer la exhibición durante mucho tiempo”, apuntó Sir Mick, “pero tenía que ser en el momento indicado, y a gran escala, como cuando planeamos nuestras giras. Creo que ahora es un momento interesante para llevarla adelante”

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La nueva operación de los Stones, la del vistazo más íntimo a al menos una buena parte de su inoxidable existencia, planea continuar viaje a través del mundo una vez concluya su residencia de cinco meses en la Saachti Gallery el próximo 4 de septiembre, desafiando el ciclo imparable de las agujas del reloj que marcaron el paso del tiempo, que no espera a nadie, pero que para los Stones siempre estuvo de su lado.

EL ROCK BRASILERO PERDIDO | ENTREVISTA A NELIO RODRIGUES

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  • Publicado en Evaristo Cultural el 13 de enero de 2016

    Independientemente de la biología, siempre estuve muy interesado en todo lo que tenía que ver con la música” La frase resulta ser la mejor tarjeta de presentación del escritor y periodista brasilero Nelio Rodrigues, que en cierta oportunidad decidió dejar atrás su pasado como investigador y profesor universitario para volcar sus energías, deliberadamente de forma más satisfactoria, en indagar sobre las historias jamás reveladas sobre las bandas de rock de su país, aquellas que pasaron desapercibidas por el público general. Nelio nació en la ciudad de Recife, capital del estado de Pernambuco, noreste de Brasil, pero su familia terminó mudándose a la ciudad de Rio de Janeiro cuando tenía 3 años de edad. Devoto incondicional de la historia del rock, cambió las aulas de la universidad, donde había desarrollado su carrera académica a lo largo de casi dos décadas, por su rol de escritor en el área que lo venía seduciendo desde mucho antes. Para su primer libro, Os Rolling Stones no Brasil, do Descobrimento à Conquista (1968-1999), y que lamentablemente sólo contó con una edición local, se quemó las pestañas recopilando historias prácticamente ignotas, así como las decenas de fotografías que permanecían inéditas hasta el lanzamiento del libro, sobre las visitas individuales del grupo a su país desde fines de la década del ’60 (un viaje inicial de Mick Jagger en calidad de turista curioso al por entonces extraño y pintoresco país sudamericano), hasta la que fuera por ahora última visita de su banda a Brasil, en 1998, y que sumará otro capítulo cuando los Stones vuelvan a presentarse allí en febrero de este año como parte de su nueva gira latinoamericana. Al cabo de unos pocos años editaría su segundo libro, Sexo, Drogas e Rolling Stones, la biografía más completa del grupo lanzada en el país hasta el momento, para luego entonces sí dedicarse a su proyecto más afanoso, el de inspeccionar el territorio de los artistas de rock desconocidos brasileros de las primeras décadas, las que forjaron el estilo antes de su popularidad masiva, y que finalmente vieron la luz bajo el título de Histórias Secretas do Rock Brasileiro, publicado en 2014, su último trabajo hasta la fecha, obras sobre cuyos datos y anécdotas el autor se refiere en esta entrevista realizada en Rio de Janeiro a principios del último mes de diciembre.

    ¿Cuándo y especialmente por qué motivo abandonó su carrera universitaria para comenzar a escribir sobre música?
    Soy biólogo, hice un postgrado en Botánica en la Universidad de Sao Paulo, pero luego me formé aquí en Rio, donde di clases en la universidad durante 17 o 18 años. Que es en verdad donde siempre viví, solamente salí de aquí cuando me fui a estudiar a Sao Paulo. La universidad era muy buena en el área de biología, pero financieramente comenzó a depreciarse, y generó una deuda enorme. Se fueron muchos profesores. De hecho hoy ya no existe más. Coincidentemente siempre había pensado en ponerme a escribir sobre las visitas que los Rolling Stones habían hecho a Brasil. Yo tenía una amiga cuyo padre era dueño de una editorial, y él me preguntó si yo estaba dispuesto a escribir un libro sobre esas visitas.

    1 (4)¿Pero cómo es que pasó de una cosa a otra tan distinta?
    Me encanta la naturaleza, pero la música siempre me resultó algo pasional. No llegué a tocar en una banda porque nunca tuve talento para eso, pero de alguna manera siempre estuve envuelto en lo relativo a lo musical. Pero por alguna razón nunca me consideraba demasiado bueno para ponerme a escribir. Y entonces me volqué de lleno a la carrera universitaria. Pero dar Clases nunca fue lo mío, lo que más me gustaba hacer era investigar, por lo que abandoné en 1999. No sabía bien qué hacer, tal vez buscar otra universidad, y fue ahí cuando surgió la posibilidad de escribir un libro. Decidí cambiar de vida, y dedicarme a escribir. Volver a intentar algo en la universidad a esa edad, a los 50 años, era algo muy difícil. Pero mi sueño era escribir, y sobre todo contar la historia de las visitas de los integrantes de los Rolling Stones al Brasil. Sobre aquel primer viaje de Jagger al Brasil, en 1968, casi nadie se enteró. Incluso los medios de la época, mezclan los hechos de las dos primeras visitas de Jagger y Richards como si fuera una única vez. A lo largo de mi vida jamás trabajé en música, pero siempre fui coleccionista de discos, y siempre la adoré. Desde aproximadamente 1965, fui acumulando material del grupo (discos, libros, revistas, etc.) Ya tenía bastante material reunido como para ponerme a trabajar en el linro, pero tuve que investigar aún más para poder reunir más información. Escribirlo me llevó más o menos unos ocho meses. Entrevisté varias personas que habían tenido contacto con ellos aquí en Brasil, y por primera vez esas lograron ser narradas, lo que terminó convirtiéndose en Os Rolling Stones no Brasil.

    2 (5)Fue allí cuando se puso a trabajar en su segundo libro…
    Hacía rato que venía escribiendo en internet para Senhor F, una revista online que se dedicaba a la historia del rock brasileño, básicamente de los años ’50, ’60 y ’70. De a poco fui acumulando muchas historias de bandas, que tampoco habían sido contadas anteriormente, como muchas de las que integran mi primer libro sobre los Stones. Bandas excelentes, que muy poca gente conocía, algunas de ellas con discos maravillosos. Y pensé que muchas de esas historias, con el paso del tiempo, iban a pasar al olvido. Entonces decidí escribir un libro, porque creo que desde que se imprimen, de alguna forma uno las está preservando, aún cuando Histórias Perdidas do Rock Brasileiro terminó siendo un libro chico, cuya edición yo mismo financié, y con el que no quedé muy conforme con la gráfica que hizo la editorial, ya que estamos.

Supongo que para entonces ya se había dado cuenta que su labor no había sido en vano…
Sí, me di cuenta que había una cierta demanda para cosas de ese tipo. Con Os Rolling Stones no Brasil, el público llegó a conocer historias hasta entonces desconocidas, y con el libro de historias perdidas del rock local sucedió lo mismo.

3 (3)¿El libro abarcó artistas de todo su país?
No, fueron básicamente bandas de Rio de Janeiro. Algunas que ya conocía, otras que terminé conociendo a través de personas a las que accedí, incluso algunas que yo había visto en vivo en aquella época, lo que me permitió detallar historias sin tener que recurrir a información secundaria. Al poco tiempo empecé a escribir para una revista impresa llamada Poeira Zine, siempre sobre bandas desconocidas, y que por ende habían pasado como inexistentes. Nadie jamás había escrito sobre ellas. El problema fue conseguir una editorial que estuviera interesada en publicar esas historias, sobre ese lado B de la música.

¿Cuál fue el motivo que lo llevo a realizar un segundo libro sobre los Rolling Stones?
Fue mi amigo, el periodista José Emilio Rondeau, quien me convocó para escribirlo junto a él. José había comenzado su carrera como periodista aquí en Rio, y después vivió durante muchos años en Los Angeles, trabajando como corresponsal para Brasil junto a su mujer, también periodista. Así como también terminé ayudándolo en un filme que él dirigió y editó junto a su esposa, que se llamó 1972, en cuya banda de sonido había artistas de rock brasilero de ese año, y también algunos internacionales. Fue a partir de allí que nos conocimos, y que nuestra amistad se tornó fructífera. Y entonces hicimos el libro sobre Stones, que es más que nada biográfico, pero que también incluye la parte brasilera. Hasta ese momento se había publicado poco y nada sobre ellos aquí en Brasil, al mismo tiempo que muchos de libros de rock extranjeros comenzaban a tener sus versiones en portugués. El mercado de la música comenzó a crecer muchísimo, y eso trajo aparejada la edición de muchos libros, tanto es así que Sexo, Drogas e Rolling Stones tuvo una tirada inicial de doce mil copias. Llegó a pasar 1 semana entre los diez más vendidos, según el Jornal do Brasil, y es posible que se esté reeditando de aquí a poco.4 (3)

Paralelamente comenzó a escribir más en diarios y revistas locales…
En ese momento fui invitado a escribir el texto para un CD de una banda brasilera que se editó en Alemania, y fue entonces que una grabadora portuguesa llamada Groovie Records me convocó para algunos lanzamientos en vinilo que iban a hacer de artistas brasileros, discos que se editaban para el mundo, de todos los estilos (garage, psicodelia, etc.), y también para algunos discos nacionales. También di algunos cursos sobre rock brasilero, principalmente en bibliotecas públicas, tanto aquí como en Sao Paulo.

Su último trabajo hasta el momento se llama Histórias Secretas do Rock Brasileiro. ¿El libro continúa con la misma línea de investigación que había realizado anteriormente?
Así es, pero con mucho más detalle y extensión. El libro se especializa sobre todo en bandas de Rio de Janeiro desde los ’60, hasta mediados de los años ’70, en verdad una selección de bandas de estilos diferentes, y que también habían sido ignoradas.

¿Cómo resulta dedicarse a escribir sobre rock brasilero en Rio? Quiero decir, es evidente que en una ciudad como Sao Paulo el rock se siente mucho más, acaso aquí no suelen ser más tradicionalistas?
Es verdad, aquí somos menos rock. El universo de Rio de Janeiro es bastante diferente, porque cuando el rock llegó a la ciudad se encontró con una cultura musical muy diferente, una cultura que tiene que ver más con la tradición brasilera, la de la canción samba, y de la bossa nova. En verdad el rock llegó antes que la bossa nova, pero aún así tuvo que enfrentar una cultura musical muy rica proveniente de muchas partes distintas del país. La música bahiana, el forró, las cosas del carnaval, el choro, etc. Entonces el rock no encontró un campo muy fácil. digamos. No había posibilidad que se convierta en un estilo dominante, sobre todo aquí en Rio, que es donde surgió la bossa nova. O la canción samba, recordemos que por entonces Rio aún era la capital del país. Esa movida estaba centralizada en Copacabana, con música en vivo, ya en la década del ’40, escena que condensaba la bohemia imperante de aquel momento.

5 (4)¿Los músicos de bossa nova o samba lo aceptaron?
No, en absoluto. Muchos sambistas eran anti-rock, y los de bossa nova lo consideraban un estilo musical inferior, ya que el bossa es más sofisticado. Por lo que el rock se encontró con una resistencia. Creo que fue en 1966, si mal no recuerdo, que hubo una manifestación contra la guitarra eléctrica, encabezada por la cantante Elis Regina. En realidad los programas dedicados al samba, al bossa nova, o a la MPB (música popular brasilera) estaban perdiendo audiencia. Por ejemplo, La Jovem Guarda, el programa de Roberto Carlos, tenía artistas que usaban guitarra eléctrica, y el programa estaba dominando la escena, y los estilos brasileros comenzaron a perder espacio. Era la época del ié ié ie, como solía llamarse al rock aquí.

¿Y entonces cómo es que el rock brasilero hizo para sobrevivir en la época de la dictadura militar?
El rock que sobrevivió en esa época fue el rock radiofónico, que en verdad era más pop. Las bandas más contundentes no tuvieron muchas chances. Fueron pocos artistas los que dominaban la escena. Rita Lee, Os Mutantes, incluso Secos e Molhados, fueron pocos los que tuvieron la oportunidad de escribir canciones que eran pasadas en la radio. Pero todo cambió en 1967 con la llegada del tropicalismo, que demostró que e rock podía tener un lugar especial mezclando la guitarra de Joao Gilberto con el sonido de la de Jimi Hendrix, y así establecer un “rock brasilero”, pero no porque haya estado hecho en Brasil, sino por utilizar elementos de la cultura musical brasilera. El caso más representativo es el de Os Mutantes. Caetano Veloso y Gilberto Gil le mostraron el camino.

¿Se encuentra trabajando en algún proyecto nuevo?
Una vez más estoy haciendo algo referente al rock brasilero, sobre todo de Rio, que no llega a ser una enciclopedia de los artistas de los ‘60s y ‘70s, sino que va a ser más una especie de guía. Y un segundo proyecto que tiene que ver con la entrada del rock en Brasil, lo que abarcaría el período de los primeros éxitos de Bill Haley en el país, hasta la llegada de los Beatles.

Lo que le va a llevar bastante trabajo…
Claro, es mucho. De hecho todavía no decidí por cuál empezar.

DAVID BOWIE (1947-2016) | ZIGGY EN EL CIELO

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Publicado en Evaristo Cultural el 11 de enero de 2016

Son las 4 y algo de la madrugada de este lunes 11 de enero. Cualquier hora o momento es malo para enterarse que falleció David Bowie. Hay cierto escepticismo del que uno es presa en estos tiempos de noticias rápidas. Ese ritmo de noticias que se atreve a querer pasar por natural, común y cotidiano no termina de convencer, por lo que muchas veces resulta inevitable someterse a no creer en todo lo que se lee por ahí. Y todavía me lo permito, mientras escribo, a menos de media hora de encontrarme con tan tremendo anuncio. La noticia es devastadora. No sólo por el contenido en sí, sino además por la convalidación de lo que se venía rumoreando. Lo confirmó su propio hijo: Bowie perdió la partida tras batallar durante 1 año y medio contra el cáncer. Sí, esa puta enfermedad, la más mala de todas. Así que uno escribe lo que le sale. Lo que le sale sobre uno de los artistas y estrellas de rock definitivos. ¿Es que acaso hace falta aclararlo? La noticia sigue calando hondo y el síndrome de la hoja en blanco está como nunca. Apelo una vez más a la posibilidad del “falso rumor”, pero no hay chance. Ya ha pasado más de 1 hora desde que comenzó a circular la noticia y a nadie se le ocurre desmentirlo. Para colmo de todos los males no han transcurrido ni siquiera dos días desde que se editó su nuevo álbum Blackstar, que venía a cortar un hiato discográfico de 3 años, lanzado el mismo día que se conmemoraba su cumpleaños 69, y que constituía una celebración demasiado ansiada pos sus amantes. Casi siete décadas durante las que, desde el inicio de su carrera, Bowie llegó para convertirse en el emperador supremo de la combinación de los géneros musicales y la teatralidad, el último de los modernos, el Picasso del pop. Alguien como quien no habrá otro igual. La pérdida es demasiado inmensa como para seguir insistiendo en explicar esto de los sentimientos. El camaleónico artista que en tantas ocasiones se reinventó cambia de color una vez más, y es un luto demasiado grande que sólo la luz de su arte, incalculable y lejos de toda posible descripción gráfica, se encargará de disipar con el paso del tiempo.
Que Dios te bendiga, David…

 

DIEZ POSTALES DE SÃO PAULO

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Publicado en Evaristo Cultural el 21 de diciembre de 2015

1 (3)1. Con un número que oscila los doce millones de habitantes, San Pablo no es solamente la capital del estado y ciudad principal de la región metropolitana del mismo nombre (región cuya población supera a la de la totalidad de Argentina), sino además la mayor de Sudamérica, disputándose el décimo puesto mundial entre Moscú y Beijing en el grupo de las megalópolis con mayor índice demográfico. Basta con salir a dar un paseo por el distrito céntrico para obtener un censo perfecto, adentrándose en un hervidero cosmopolita que, en términos multiculturales, bien podría llevarla a considerarse la New York del hemisferio sur americano. Circunstancia por la que no dudo en practicar mi deporte favorito cada vez que la visito, en rigor, el de disponerme a caminatas interminables, de esas que pueden llegar a extenderse por 20 km., convirtiéndome en una suerte de pacman de carne y hueso dispuesto a perderse a través de sus incontables recovecos. Y si encima a uno le toca arribar a la gran ciudad muy temprano, como resultó ser en esta última oportunidad (agreguémosle el hecho de verme obligado a hacer tiempo para el check-in del hotel hasta la media mañana), no queda otro chance que ponerse en marcha. Así las cosas, eran algo más de las 6 a.m. y São Paulo ya había despertado, aún lejos del momento preciso en el que, al son de una campana de largada imaginaria, el Centro se vería invadido de transeúntes y coches, como sucede religiosamente de lunes a viernes, y con horas pico de antología. Todo lo que apenas logro divisar es alguna que otra bandada de palomas jugando entre los edificios con las primeras luces del día, o aquel trasnochado de ocasión que perdió la brújula. En Brasil se suele usar la palabra “largo” (en portugués, “ancho”) para referirse a determinados espacios cuadriláteros desperdigados por sus ciudades, por lo que el Largo do Paissandú, uno de los puntos más característicos del Centro paulista, resulta ser el punto de partida ideal para mi madrugador reconocimiento del terreno (revisitado por enésima oportunidad), área coronada por la Igreja de Nossa Senhora do Rosário dos Homens Pretos (más conocida como Igreja dos Pretos, o Iglesia de los Negros), que fue inaugurada durante la primera década del siglo pasado, y cuyo amarillo furioso le da un toque de vivacidad a una San Pablo gris que, aparentemente, todavía le cuesta abrir los ojos. A sólo 1 cuadra de allí, tras desplazarme por la avenida São João, camino 100 metros hasta toparme con el Teatro Municipal de la ciudad, el equivalente a nuestro Teatro Colón, y que ahora luce un tanto derruido. Las principales peatonales de la zona (la Barão de Itapetininga, o la Dom José de Barros), también aparecen desiertas, con la excepción de un grupo de barrenderos en plena actividad, al igual que el Viaduto do Chá, el primer viaducto paulista de la historia, el mismo que unas horas después estará desbordado de gente, situación potenciada este noviembre por el boom de las compras navideñas, un hormiguero de concreto en constante ebullición. Pero el recibimiento no deja de resultarme placentero. La cara B de la historia: el viajero exquisito (que no es precisamente mi caso, ni siquiera remotamente) podrá incurrir en eso de sentirse algo sacudido al tener que presenciar la cantidad de mendigos apostados en la zona (una postal tradicional de la ciudad que pareciera vivir un in crescendo permanente), y que suelen agolparse en las calles del área hasta que el momento en que llega la marabunta de peatones y deben salir a procurar otro agujero. Es uno de los contrastes más notorios y característicos de la ciudad de las mil diferencias. En el grupo que pernocta frente al local de Casas Bahia hay un hombre de mediana edad que se incorpora para ofrecerme comprarle una tostadora antigua, o bien un aparato de teléfono que parece haber sido arrollado por un tren. No me animo a preguntarle. “Buen día, ahora no, gracias”, le suelto. “No hay problema, se lo guardo”, me asegura antes de retornar a su confortable posición horizontal. Buen día Sampa…

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2. La chica del pronóstico del noticiero de la tele así lo confirma: este último noviembre fue el más lluvioso en la ciudad de los últimos 20 años. São Paulo está preparada para resistir toda posibilidad de inundación, al menos en su parte metropolitana, pero la llegada de una lluvia puede dar lugar a una serie de imágenes, por lo menos, poco familiares. A los paulistas no le gusta mojarse, por lo que la súbita aparición de la más leve de las garúas hace que los vendedores de paraguas florezcan en las calles en cuestión de segundos, literalmente. El grado de cataclismo se hace notar más en la Avenida Paulista, uno de los puntos turísticos más notable de la metrópolis, principal centro financiero de la ciudad, y el de más actividad comercial de Brasil, allí donde se concentra el flujo de dinero más potente del país. Los oficinistas corren y buscan refugio ante el incesante vendaval de meteoritos que pone sus ropas en riesgo, buscando amparo debajo del primer techo, o parapetándose en las estaciones de subte diseminadas a lo largo de la gran avenida, que no tiene nada que envidiarles a las de las naciones del primer mundo. Cuando la lluvia cesa, finalmente, el paulista suele asegurarse de que no sea una falsa alarma, para entonces sí volver a sus actividades cotidianas hasta una nueva aparición aterrorizadora de King Kong. La Paulista también es la avenida elegida por los manifestantes al momento de salir a protestar, como fue el caso en estos días de manos de un grupo de estudiantes secundarios que solicitaban cambios en la reforma estudiantil recientemente modificada por el gobierno estatal.

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3. El Terminal Rodoviário do Tietê es la estación central de ómnibus de la capital. Tietê, como se la conoce coloquialmente, es la versión sobre ruedas del aeropuerto internacional de Guarulhos, el de mayor movimiento de América Latina, y de su hermano menor Congonhas, que se utiliza para vuelos de cabotaje. Localizada en al barrio de Santana (aquel que vio nacer a Ayrton Senna), la terminal Tietê debe su nombre al río de más de 1.000 km. de extensión que cruza el estado paulistano de este a oeste, y es su trecho más contaminado el que atraviesa la ciudad. La estación terminal es el punto de partida oficial a todos los destinos del país, alojando a cerca de trescientas compañías de bus, y con un tránsito continuo de aproximadamente tres mil vehículos que mueven a más de 90.000 personas día tras día, conectando a São Paulo con 1.033 ciudades de 21 estados brasileños y cinco países del hemisferio sur (Perú, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina), un monstruo de cemento que ofrece todas las facilidades para el viajero, y que también cuenta con su propio andén de estación de metrô (subte) incorporado. El metrô paulista data de 1968 y tiene cinco líneas de servicio, aparte de sus extensiones, que se distinguen por sus colores (azul, verde, amarilla, roja y lila), y que se pasean a lo largo de los casi 69 km. de red de subterráneos, con 61 estaciones, adonde llegan los 154 trenes que la recorren. Y que sólo paran por unas horas en el horario nocturno.

Parque Ibirapuera São Paulo (SP) Parque Natureza Cidades e Patrimonios Vista Aérea

4. “Mientras Sao Paulo trabaja, Rio se divierte”, me dijo hace años un empleado de un bar paulista en estado de honestidad brutal. Pensé que era una frase histórica, pero en rigor nunca más la volví a escuchar, ni tampoco la encontré en Google. Mito o verdad, lo cierto es que el paulista lleva una vida agitada que lejos dista del relax, y que hace que el carioca pueda ser imaginado como un bañista que vive debajo de una palmera. Es un síndrome propio de las capitales, pero aquí la máxima resuena más fuerte. São Paulo ciudad carece de naturaleza (a excepción de los morros bajos que sólo aparecen en la periferia), o del inmenso Parque do Ibirapuera, que con sus casi 1.600 km. cuadrados es el primo lejano del Central Park neoyorquino, o de los bosques de Palermo. Es por eso que muchos de los habitantes de la ciudad abarrotan las rutas (principalmente la Rodovia dos Imigrantes), que en los fines de semana los llevan al litoral paulista y sus playas (entre las más populares, las de la isla de Guarujá), y tras pasar por Santos (ciudad natal de uno de los dos jugadores de fútbol más populares de la historia), los depositan en un contraste absolutamente opuesto a la cotidianeidad de cada jornada.

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  1. En São Paulo sobran las ofertas culturales. El turista de turno suele elegir el MASP (pronúnciese “Máspi”), el Museo de Arte de Sao Paulo, como destino obligatorio, que posee una de las más destacadas colecciones de América Latina, o el Museo de la Lengua Portuguesa, o el de la Pinacoteca del Estado. Pero nada más interesante que las ferias callejeras, entre las que a ojo se destaca la de la plaza Benedito Calixto, localizada en el barrio de Pinheiros (a cuadras del hospital de Clínicas, el multicomplejo sanitario de la ciudad), y que tiene lugar todos los sábados. Partiendo del Centro, una caminata sugerida es la de tomar la avenida São Joao hasta la Ipiranga (sede de la histórica Praça da República o el Edifício Itália, el segundo más alto de la ciudad), para luego doblar en la Rua da Consolação (donde se aloja el cementerio más antiguo de la ciudad), pasarse por la avenida Rebouças, y seguir hasta la calle Teodoro Sampaio, para aterrizar en la feria de la plaza Calixto después de unas cuadras y sus decenas de puestos de antigüedades y objetos de colección. Y que nunca se suspende por mal tiempo.

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  1. Con sus miles de restaurantes, São Paulo cuenta con una de las ofertas gastronómicas más variadas del planeta, que potencian su de por sí ya extensísima variedad étnica. No hace falta dejar la vida en uno de los tantos sitios caros a la hora del almuerzo o de la cena, ni tampoco ponerse a lavar platos. Como en prácticamente cualquier punto turístico brasileño, una simple parada en cualquiera de los millones delanchonettes alcanza y sobra para conformarse con su menú de pasteles o jugos. O acercarse al barrio chino en la vecindad de Liberdade. Pero cerca de la estación de subte Luz, en el Centro de la ciudad, se encuentra el Mercado Municipal. Más popularmente conocido como el Mercadão, con sus casi 80 años de historia, el Mercado Municipal llegó para reemplazar al antiguo Mercado Central paulista, especializándose en la comercialización de verduras, cereales, carnes, condimentos, tabacos, y todo producto alimenticio o de consumo diario imaginable. Teniendo en cuenta la interminable extensión de Brasil, y su desmedida variedad de productos, el Mercadão puede llegar a resultar irresistible. Pero nada como acercarse al sector de frutas. Son los mismísimos empleados que atienden sus puestos los que terminan abalanzándose sobre uno para tentarlo con probar las variedades más raras de frutos, en su mayoría provenientes del norte del país, o de la parte alta Sudamérica. Frutas exóticas, de esas que uno nunca vio. “Pruebe ésta, se llama pitaia, o Fruta del Dragón, es colombiana”, me dice. No me niego. “Ésta también, pero es la variedad roja” Tampoco me niego. “¿Y ésa no es la misma, pero amarilla?” “Sí, es la variedad amarilla, quiere probarla?” No quisiera incomodar al vendedor, me incomoda decirle que no. “¿Y esa ahí, la marroncita?” “Esa se llama sapoti, viene del norte, ¿la probó alguna vez”? “La verdad, nunca la probé” El puestero continúa cortando muestras de cada una de las frutas, y a mi lado hay al menos cuatro personas más que comparten la experiencia. “Y esa es la jabuticaba, y la de atrás se llama atemóia” “Conozco una que se llama chirimoya, no sé si será la misma…”, indago. “No, lachirimóia es aquella otra, tome, pruebe” No pienso resistirme a la invitación. Al fin y al cabo nadie lo obliga, y toda experiencia didáctica resulta bienvenida. “Y la de al lado se llama maracujá doce” “Maracujá, a esa la conozco, ¿no es la que dicen que tiene propiedades relajantes?” Y el vendedor que no para. “Gracias por todo, la verdad, le compraría algo, pero no soy de aquí y si las llevo, no tengo cómo mantenerlas” “No se preocupe, será otra vez, le dejo la tarjeta del local” Decido abandonar el Mercadão sin más lugar para la lujuria frutal, no sin antes intentar malcriarme un poco más con el bocadillo más insigne del lugar, y el símbolo culinario más arquetípico del mercado, el “sanduíche” de mortadela, una delicia que se disputan históricamente dos de los puntos especializados a la hora de engullirlo, el Bar de Mané y el Hocca Bar, pero las largas colas para adquirirlo me llevan a terminar desistiendo. Después de todo ya tuve mi oportunidad de probarlo en un viaje anterior, y tampoco quisiera que mi sistema digestivo, concluyo, entre en conflicto con la oferta frutal digerida, mientras que un vendedor de otro puesto de frutas cercano, bandeja y cuchillo en mano, me hace señas para que me acerque. “Gracias, pero tengo que irme” “No hay problema, le dejo la tarjeta del negocio, y también enviamos a domicilio…”

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7. Lejos de los placeres y de las variadas ofertas de geografía simbólica que ostenta una de las diez ciudades más grandes del planeta, más allá de los paseos y de los barrios de Jardins o Higiénopolis, aquellos dominados por las clases altas de la sociedad paulista, São Paulo reúne una historia de marginalidad prácticamente indisputable. Una buena parte de su población pertenece a la casta más pobre y, con los permanentes devaneos sociales y económicos que son parte del folklore del país, el grado de sobrepoblación de la región marca una brecha eterna que no parece tener retorno, mayormente como parte de una coyuntura signada por el sainete político-económico que en el más reciente de los episodios, el caso de la Petrobras, dio como resultado un escándalo de billones, y que terminó avivando aún más el fuego de la opinión pública, que no para de quejarse desde el momento del recordado gasto desmedido de fondos nacionales con motivo de la última copa mundial de fútbol, y cuya sumatoria de hechos ha llevado al mismísimo pedido de juicio político de la presidenta Dilma Rousseff. Como en toda grande ciudad, el mayor de los problemas que atraviesa la población marginal paulista (y también en otras urbes del país, si bien en menor escala) es el del consumo de crack, que consagró a Brasil como el mayor consumidor de esa droga a nivel mundial. La situación se ha ido tanto de control que São Paulo cuenta con su propia área de adictos. Es la región que se conoce popularmente con el nombre de “Cracolandia”, y que se extiende principalmente por los barrios de República, Bom Retiro y Santa Cecilia (también parte del distrito céntrico paulista), donde los adictos al crack se han apoderado de edificios públicos abandonados, y que suman cientos de personas en situación de indigencia absoluta que pasan la totalidad de su tiempo viviendo entre basura, presas de un mundo irreal del cual no son conscientes, compartiendo su desgracia, y que en muchos de los casos son también víctimas del sida o la tuberculosis, constituyendo una ciudad dentro de otra sin límites, en todos los sentidos posibles.

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  1. Definidas por el gobierno como “asentamientos subnormales”, y con su mayor preponderancia en la ciudad de Rio de Janeiro, São Paulo también tiene favelas, que están principalmente dispuestas en las zonas oeste y sur de la ciudad. Al contrario de Rio, cuya geografía permite que se ubiquen sobre las laderas de los morros que acompañan a prácticamente todos los barrios urbanos, las favelas paulistas se encuentran en la periferia metropolitana. Un fenómeno que comenzó a crecer a partir de la década del ’70, y con una trayectoria progresiva hasta nuestros días, que suman más de quinientos asentamientos, y con más de 70.000 favelados, resultando en el mayor de los contrastes de la capital paulistana.

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  1. Monarca indiscutible de la “comida chatarra” paulista, el churrasco grego lidera el patrimonio de la oferta gastronómica callejera de la ciudad. Una disección ocular del producto en cuestión da como resultado un trozo gigante de carne (similar a una pata de jamón ibérico, pero a millones de años luz en calidad) que rueda en máquinas de metal distribuidas a diestra y siniestra en las calles de la ciudad (en puestos callejeros, o en las entradas de los bares), esencialmente en la zona céntrica. Así, el “churrasco griego”, con su grasa chorreante, representa la imagen viva del monumento perfecto de la gastronomía que se niega a todo posible intento de gourmetización. Según reza una página especializada, son tres los factores que pueden explicar la atracción por semejante bomba de colesterol: “el olor de la grasa derretida que vierte la carne y que inunda la calle, la velocidad en que es servido (que no supera los 30 segundos), y su bajo precio”. Por apenas 2 Reales (algo así como 10 pesos argentinos, o incluso menos, según la cotización del día), uno cuenta con la posibilidad de adquirir este manjar proletario, que también presenta su versión “a la vinagreta”, y que por el mismo costo también incluye un vaso de jugo artificial en cualquiera de sus cuatro versiones (naranja, púrpura, amarillo o rojo), según el grado de resistencia estomacal de las víctimas potenciales que lo solicitan.

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10. El segundo rascacielos más alto de la ciudad (y de todo el territorio brasileño) responde al nombre de Mirante do Vale (o Mirador del Valle), con 51 pisos y 170 metros de altura, situado en el centro histórico paulista, hasta la fecha sólo superado por el Millennium Palace, en Camboriú, en el estado sureño de Santa Catarina. Pero a la hora de permitirse la mejor vista de la imponente urbe, la mejor elección recae en la Torre Banespa (o Banespão, el Banco del Estado de São Paulo, privatizado en el año 2000 junto al grupo Santander), la tercera más alta después del Edificio Italia. Con entrada gratuita, este ícono de la ciudad, erigido originalmente en 1939, e inspirado en el Empire State de New York (considerado al año siguiente la mayor construcción de cemento armado del mundo), tras un rápido viaje hasta la cima en uno de sus catorce ascensores, permite avistar São Paulo en 360 grados, y lograrle una condecoración visual muy a la altura (nunca mejor dicho), de las grandes metrópolis mundiales.