CON DREGEN DE BACKYARD BABIES ANTES DE SU VISITA: “LA MÚSICA BASADA EN GUITARRAS HABLA DE TEMAS MÁS REALES”

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Publicado en Revista Madhouse el 9 de marzo de 2018

Marzo nos trae aparejado no sólo el comienzo del otoño local, sino también la muy interesante primera visita al país de los venerados Backyard Babies. Para recorrer la historia de una de las bandas más emblemáticas de la escena escandinava de los últimos años ante todo hay que primero viajar en el tiempo unos 31 años atrás a la ciudad sueca de Nässjö, en el condado de Jönköping, a poco más de 300 km. de Estocolmo. Fue ahí que en 1987 el guitarrista Dregen, más sus compañeros Tobbe (Tobias Fischer, bajo y voz), el segundo guitarrista Johan Blomqvist y el baterista Peder Carlsson dieron forma al proyecto que, por entonces bajo el nombre de Tyrant, comenzaba a dar los primeros pasos en la escena de un país históricamente dominado por el pop.

Tobbe se alejaría del proyecto algo después para ser reemplazado por el guitarrista Nicke Borg, situación que obligó a Blomqvist a cambiar su instrumento original por el bajo. Así llegaría 1989, y con el nuevo nombre de Backyard Babies, el grupo pondría en marcha su primera gira a lo largo y ancho de su tierra natal, coronada por el lanzamiento de su EP inicial con 5 canciones “Something To Swallow” en 1993, al que se agregaría su primer álbum de estudio “Diesel & Power” al año siguiente, por entonces su mejor tarjeta de presentación del hard rock y punk que los caracterizaba. Los Babies pasarían por un primer receso en 1995. Fue cuando Dregen decidió en forma paralela darle curso a The Hellacopters, dejando de lado el estilo musical del cuarteto para volcarse a un sonido de orden más garage. Dregen retomaría el proyecto de su combo original a partir de 1997 y, con el correr del tiempo, lograr exitosamente establecer a los Backyard Babies como una de las propuestas más originales salidas de las esferas nórdicas, editando hasta la fecha 6 discos más de estudio (desde “Total 13” en 1998 hasta “Four By Four”, su hasta ahora más reciente trabajo, que viera la luz en 2015)

2BABIES EN ARGENTINA. Así las cosas, y a casi tres décadas de su nacimiento, los Babies cruzarán casi medio globo terráqueo para aterrizar en tierras autóctonas y realizar su primer show en el país el próximo sábado 24 de marzo en el Niceto Club como parte de su South American Tour (y la segunda en Sudamérica, tras haberse presentado en Sao Paulo hace 16 años en plena gira del álbum “Making Enemies Is Good”), el mismo que antes los tendrá pasando por Chile y, tras visitarnos, los llevará de vuelta a Brasil. Para la ocasión y deleite de su base de fans local, el cuarteto sueco no estará solo, ya que el evento, que se auspicia será de rock and roll con todas las de la ley, empezará desde mucho más temprano con las participaciones de los locales TurbocoopersShe-Ra (que siguen presentando su primer larga duración de 2016 “A Más No Poder”, y que ya han sabido ser honorables teloneros del ex L.A. Guns Phil Lewis, o más recientemente de Honest John Plain) y Camus, cuyo set seguramente incluirá material de su disco debut “Mandrágora” y también de “Volumen II”, lanzado hace 2 años.
Mientras tanto, y como para amenizar la espera, nos comunicamos con Dregen desde su Suecia natal para hablar de esto y demás tópicos, y de paso volver a repasar la vida y obra de sus delicadamente ruidosos Backyard Babies a días de su primera llegada al país.

Si uno se fija en la historia del pop y el rock sueco, de cierta forma todo se inició después de la Segunda Guerra Mundial con músicos que estaban esencialmente influenciados por el jazz y el rock que llegaba de los EE.UU. e Inglaterra, algo que también ocurrió en otros países. Pero según leí tuvo un comienzo más importante con la escena de la “dansbandsmusik” (Bandas de música bailable) a principios de los 70, y de la cual saldrían artistas como ABBA. Quisiera saber tu opinión sobre esto, y al mismo tiempo preguntarte si creés que ABBA fue importante a la hora de difundir la música popular de tu país alrededor del mundo.
ABBA fue muy importante al poner a Suecia “en el mapa” como país musical, y también fueron los primeros en tener detrás un gran equipo de marketing y gente que trabajaba mucho manejándolos, una compañía grabadora que vio al mundo entero como mercado, y no solamente Suecia. Fuera de todo eso opino que eran grandes compositores de canciones con melodías muy pegadizas. Pero para bandas como la nuestra, o como los Hellacopters, realmente no significaban nada.

Si bien podría mencionarte varias bandas de rock de Suecia, de cierta forma siempre fui de pensar que, no sólo en tu país, sino también en el resto de Escandinavia, el pop de toda esa región siempre logró mayor impacto que el rock. Pero entonces llegaron los 80, el heavy metal comenzó a dominar al mundo y de alguna manera terminó cambiando la escena del rock. Me refiero a bandas como Europe, que de repente se volvieron muy exitosas, lo que más tarde hizo que aparecieran más grupos suecos de rock más clásico como los Diamond Dogs, de pop/rock como The Hives o, nuevamente, otros más orientados al pop como The Cardigans. Y los Backyard Babies, por supuesto. ¿Estás de acuerdo con eso de que el pop siempre fue más grande que el rock en tu país? Y de ser así, ¿cuál creés que fue el motivo que llevó a que resulte ser así?
En general, la música pop siempre va a tener más éxito ya que fue pensada comercialmente, y apuntada a la “masa general”. El rock, el jazz, el blues, el punk y el metal siempre van a tener algo de underground, ya fuere musicalmente como a nivel letras de canciones. La música basada en guitarras generalmente habla de temas más reales y tiene una chispa más rebelde, tiene más actitud sobre todo. Y no es algo que sea para todo el mundo. Pero después hubo artistas que cambiaron un poco todo eso. Por ejemplo, creo que Amy Winehouse es genial. No deja de ser algo comercial, pero con mucha profundidad en sus letras.

3GUNS SHAKES, HANOI ROCKS
¿Que dirías de Hanoi Rocks? Sin dudas ayudaron a difundir el rock escandinavo por todo el mundo como nadie lo había logrado antes. De hecho siempre fui de pensar que Guns N’Roses les copió muchísimas cosas, y de hecho es algo que hasta terminó convirtiéndose en un tema tabú.
Fuck al tabú de todo eso. Me encanta Guns N’Roses, pero sin Hanoi Rocks ni siquiera hubieran llegado a ser una banda. Al menos no en lo que respecta a la imagen de sus primeros años. Hanoi Rocks tuvo un impacto enorme en los Backyard Babies, y no sólo musicalmente. Por entonces mi colección de discos era 99% artistas de Inglaterra o de EE.UU. y, de repente, cuando aparecieron los Hanoi desde Finlandia, pasaron a convertirse en nuestra “estrella brillante del polo”. Y nosotros nos dijimos, “si ellos pudieron hacerlo, también lo podemos hacer nosotros”.

Sos parte de Backyard Babies desde los primeros días del grupo en 1987, cuando aún tenían el nombre de Tyrant. Teniendo en cuenta que ya pasaron muchísimos años desde que se lanzó el EP inicial “Something To Swallow”, y habiendo editado siete discos de estudio después, más uno en vivo, ¿cuáles pensás que fueron los tiempos más difíciles para la banda? ¿Y cuáles los mejores? ¿Considerarías a los Babies como una banda que tuvo muchos altibajos?
Backyard Babies se estableció en 1989 con la misma formación que sigue teniendo hoy día. Y entre 1989 y 1988 tuvimos que luchar mucho para lograr atención, pero siempre fue algo muy divertido. Desde el 98 en adelante pudimos empezar a vivir de la banda, y de ahí en más todo fue 100% grandes momentos. Después llegaron los problemas con las drogas y el alcohol, demasiado trabajo y giras. Entonces decidimos tomarnos un descanso entre 2010 y 2014, y de ahí en adelante volvió a ser todo grandioso.

4La formación del grupo prácticamente no se modificó nunca. ¿Es que acaso se quieren tanto entre ustedes?
(Risas) Realmente no lo sé, supongo que será así. Es más algo como una mezcla de familia y hermanos con un matrimonio sólido. Aún vivimos juntos, pero dejamos de coger…

Volviendo a lo que comentaste hace un rato, en una entrevista que te hicieron recientemente leí que en 2010 la banda estaba “quemada”. ¿Realmente son de trabajar tanto? Sé que es algo que al menos podría decir sobre vos, ya que nunca fuiste parte exclusiva del grupo, sino que además estuviste en los Wildhearts y, por supuesto, con los Hellacopters. Ya que estamos, ¿todavía estás en contacto con Ginger? (N. El líder de The Wildhearts)
Si querés hacer las cosas a tu manera, siempre es trabajo duro. Es así. Nada viene gratuitamente. Sí, Ginger y yo seguimos en contacto. De hecho toque con él en Londres el 17 de diciembre del año pasado en su “Birthday Bash” en un lugar llamado The Garage.

5LOS BEBÉS SIGUEN CRECIENDO
Ya pasaron casi 3 años desde que editaron “Four By Four”, su hasta ahora último disco. ¿Ahora qué viene? ¿Tienen nuevos planes, más allá de seguir de gira?
Sí, vamos a entrar en estudios la semana que viene para grabar un nuevo álbum. Esta vez pensamos hacerlo “parte por parte”, no más de 3 o 5 canciones en cada sesión. Entonces habrá un nuevo single de los Backyard Babies hacia mediados de año, antes del verano europeo, y tenemos la esperanza de que el disco salga antes de fin de año, o a principios del 2019. También va a haber nueva música de los Hellacopters.

No puedo dejar de hacerte la bendita pregunta sobre tus artistas favoritos, ya sean de rock o de otros estilos. ¿Solés tener los mismos gustos musicales que el resto de los Babies?
Cuando se trata de rock o punk, compartimos los mismos gustos. Pero yo soy el único que tiene muchísimos discos de blues, y también algunos de hip-hop. Y Nicke escucha mucha música country.

Estuve en el show de los Stones en Estocolmo en octubre del año pasado, con los Hellacopters de soportes. Creo que hicieron un gran concierto, al menos todo el mundo parecía haberlo disfrutado mucho. ¿Cómo fue la experiencia de abrir para los Stones?
Un sueño de niño que se hizo realidad, y en cada forma posible. Pude conocer a los Stones, y fueron seres humanos increíbles.

Una última pregunta, Dregen. Han pasado 18 años desde que estuvieron por primera vez en Sudamérica, pero en aquella ocasión tocaron únicamente en Brasil. Y después sí estuviste vos en Argentina, pero como miembro de la banda de Michael Monroe. ¿Cuáles son tus expectativas para este primer show de los Backyard Babies en el país?
La primera vez siempre es algo especial. ¡Así que sé que va a ser especial! Tenemos admiradores en Argentina desde hace más de 20 años, y estoy verdaderamente maravillado y agradecido de que hayan sido tan pacientes esperando para que toquemos allí después de todos estos años. ¡Va a ser un auténtico estallido!

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CON ARIEL ROT EN MADRID: “LO QUE A NOSOTROS NOS CAUTIVÓ FUE LA PELIGROSIDAD DEL ROCK”

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Publicado en Revista Madhouse el 13 de diciembre de 2017

Ciento cincuenta. Es más o menos el número promedio de preguntas que se me ocurre formularle a Ariel Rot mañana a la tarde, una vez que arribe a la capital española. Tal vez incluso algunas más. Mientras tanto estoy en el aeropuerto de Miami en medio de una escala de 14 horas y, si algo me sobra, es tiempo para decidir cuáles voy a terminar eligiendo. Entrevistar a un músico del cual uno es un profundo admirador no es cosa fácil. Hay que ponerse firme y hacerlo de la manera más objetiva posible, tarea que ronda lo infrahumano. Rot tiene una carrera de peso histórico que comienza con un rol primario: el de ser miembro fundacional de Tequila, la banda que cambió todo desde su llegada a la escena musical española hace ya más de cuatro décadas, y a la que -deliberadamente- le hemos dedicado buena parte de la conversación.

El mismo tiempo que lleva viviendo en la Madre Patria desde que la situación política que regía en Argentina, comandada por la barbarie de la Junta Militar que tomó a la fuerza las riendas del país a partir de la segunda mitad de la década del 70, y que obligara a Ariel Rot y familia a emigrar a territorios más saludables. Todo mucho antes de ser parte de Los Rodríguez, que también llegó para revitalizar los esquemas del rock hispanoparlante y de quienes también fue, digan lo que digan, su alma musical y autor de sus más grandes éxitos, hoy también parte del catálogo popular en español. O de su exquisita carrera en solitario, que viene superando en duración a sus proyectos anteriores por varias cabezas.

_mg_5551UNA CHARLA CON ARIEL. Café de por medio y en una confitería paqueta de Madrid que mira al Parque del Oeste de la ciudad, sentarse a charlar con Ariel –músico, compositor y por sobre todas las cosas, guitarrista supremo de rock and roll en su sentido más literal- implica una recorrida a lo largo de muchos años y aventuras tornándose uno de esos momentos para los que uno sabe nunca habrá tiempo que alcance para repasar en su conjunto. Menuda tarea para alguien como yo, apenas cinco horas después de aterrizar en España y con una bolsa interminable de preguntas. Por el resto, Rot cumple con todos los requisitos del entrevistado fiel: se emociona cuando habla de rock, y hasta le brillan los ojos para reafirmarlo. De risa contagiosa y enarbolando el estandarte de la humildad de los grandes, aquí están algunas de las respuestas a aquella lista de interrogantes que seguramente precisarán de otro futuro encuentro. Y a los que agrega su más reciente andanza: un nuevo emprendimiento enológico a la altura de todas esas canciones geniales a las que nos tiene acostumbrados desde siempre.

Me gustaría empezar hablando de aquellos primeros tiempos en que, aún siendo muy chico y viviendo en Buenos Aires, escuchabas grupos como Almendra o Manal, entre tantos. Y, de paso, ¿cómo te las arreglabas con los discos de las bandas de afuera? Digo, no eras de los que tenían ese hermano mayor que solía comprarlos y del cual los escuchábamos, como pasaba en muchas familias.
De eso se encargaban más o menos los amigos de mi hermana. Recuerdo el día que cumplí diez años, cuando me dijeron que pida “Led Zeppelin II” y “Stand Up” de Jethro Tull. Y Cecilia (N.: su hermana, la actriz Cecilia Roth) también traía discos. Santana, y esas cosas. En realidad, previo al rock, me gustaba toda la música. Estudiaba piano. Me enseñaban canciones de Bela Bartok, y me encantaban. Y después me ponían un disco de Joan Manuel Serrat, y también me gustaba. Eran los discos que había en casa. Y a partir de ahí ya empecé a tener mi propia colección.

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(Foto archivo Efeeme.com)

Indudablemente fuiste muy prematuro respecto a la música.
Éramos muy prematuros, pero no sólo por eso. Y después tuve una época en la que escuchaba mucho rock progresivo, pero eso fue más adelante. Yes, Genesis, King Crimson, y todo eso. Lo que fue un período muy jodido, porque había dejado de tocar la guitarra, ya que no sabía tocar lo que escuchaba. Me costaba tanto entender cuál era la parte de guitarra dentro de todo eso que sonaba… estaba todo muy procesado. Escuchaba a Steve Howe y me decía, “¿qué es esto? Nunca voy a poder tocar así. Hay que estudiar mucho para ser un buen guitarrista”

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Ariel y su mamá: primeros pasitos musicales

¿Pero al menos intentabas hacerlo?
No, tuve un bloqueo, pero mucho antes de eso, fui muy precoz no sólo porque tenía todos esos discos, sino porque también íbamos a ver conciertos. Fui muchas veces a ver a Arco Iris, a La Pesada del Rock and Roll, ¡con Pinchevsky y Kubero Díaz! Eso era algo peligroso… O a Pescado Rabioso y Aquelarre, en El Teatrito, ¡aquel concierto de la sirena!, nosotros estábamos ahí. Pero nunca vi a Pappo, ni tampoco a Manal. Íbamos a los conciertos con sólo 10 años de edad, y para entonces con Leo Sujatovich ya queríamos formar un grupo. Componíamos canciones todo el tiempo. Nos juntábamos y, en vez de ponernos a jugar como los chicos normales, nos encerrábamos con una guitarra, un piano, algo que se asemejara a una batería, lo que podíamos…

Por lo que sé, durante esos encuentros incluso llegaron a grabar algo de modo amateur, pero después esa cinta se perdió.
Sí, esa cinta se perdió. Puede que Leo conserve alguna cosa, pero lo grabábamos en cintas de esas de carrete. Y llegamos a grabar nuestra “obra cumbre”, que fue “Ópera Vida” (Risas) ¡Hicimos una ópera! ¡Es que éramos muy precoces! Las letras de “Ópera Vida” eran de Cecilia. Era algo así como Nacimiento, Infancia, Adolescencia, Madurez, Vejez y Muerte.

El ciclo completo…
Sí. Y teníamos diez años cuando la grabamos. Y también agregamos una flauta dulce, hicimos nuestros arreglos…Y además los dos estudiábamos guitarra con Claudio Gabis. Nos tomábamos el 64 y nos íbamos hasta Barrancas de Belgrano, después caminábamos diez cuadras, llegábamos a la casa de Claudio y nos tirábamos ahí. Aparte él nos dejaba tocar nuestras canciones, y también nos enseñaba a arreglarlas. Nos decía, “a ver, si él está tocando eso, ¿por qué vos tocás lo mismo? Tenés que tocar otra cosa. Yo buscaría por aquí…” Y eso no es algo que sólo aprendí, sino que también lo sigo aplicando, eso de cómo tienen que funcionar dos guitarras para que no salga algo muy cuadrado, ¿no?

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Un Ariel más grande, otra vez junto a su mamá: los años pasan, la pasión musical queda

¡Sin dudas te salió muy bien! Y también supongo habrá influido tu mamá, la legendaria cantante, pianista y musicóloga Dina Rot, ya que entiendo que no sólo escuchabas su música, sino también la de los músicos amigos de ella que iban de visita a tu casa.
Exactamente. Por ejemplo, hubo muchas veces en las que vino Paco Ibáñez. Y también una noche estuvo Vinicius, con sus músicos. Venían de un concierto y llegaron a casa muy tarde, cuando yo ya estaba durmiendo. Obviamente no me despertaron, porque yo tenía que ir al colegio al día siguiente. ¡Y eso es algo que jamás debería perdonárselo a mis padres! (Risas) ¿Cómo se iban a imaginar que 40 años más tarde yo iba a estar preguntándome por qué mierda no me despertaron aquella noche? ¿Te das cuenta? Estaba Vinicius De Moraes tocando en el salón de mi casa tomándose una botella de whisky, ¡y yo durmiendo en el cuarto!

¡Qué pecado!
Sí. Pero de todos los que venían, los que más me gustaban eran los del Cuarteto Cedrón, que siempre traían un contrabajo y percusión, y se ponían a tocar en casa. Eso era algo grandioso.

Bueno, seguramente todo eso te habrá marcado, y mucho, porque años más tarde ibas a terminar grabando “Eche 20 Centavos En La Ranura” para tu disco “Lo Siento, Frank”.
Es que cuando era chico, ésa era una de mis canciones favoritas; si bien no entendía mucho de qué hablaba, ni nada, pero era una canción que me encantaba.

TEQUILA RECIÉN SERVIDO
De alguna manera en nuestras casas siempre sonaba tango o folklore, algo que en tu música suele estar bastante presente. Pero el rock and roll, según tengo entendido, te llega de Alejo Stivel, tu amigo de la infancia y compañero en Tequila, que es quien te adentra en la música de los Stones y Chuck Berry.
Bueno, después de esa etapa sinfónica que te comentaba, volví a tocar, y a emocionarme, y a querer componer, porque Alejo es quien vuelve a traerme ese aire. Él quería empezar a tocar, y entonces yo pensé que había que volver a lo básico, ¡con 14 años de edad! (Risas) Y ahí fue cuando empecé a escuchar mucho el álbum “It’s Only Rock’n’Roll” de los Stones. “¿Y esto de dónde viene? Aah, viene de Chuck Berry. A ver Chuck Berry…” Y entonces ahí empecé a armar mi estilo. Pero habiendo estudiado con Gabis, conocía al blues. Y también bastante de swing, por haber estudiado con Walter Malosetti.

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Unos muy jóvenes Alejo Stivel y Ariel, allá lejos y hace tiempo

Estilos que después también ibas a terminar incorporando a tu carrera solista, sobre todo en tus últimos discos.
Sí, absolutamente.

Visto desde afuera, más allá de la buena escuela que resultó de todo eso, lo mejor fue que se dio de manera natural. Porque la música ya estaba en tu casa, desde el momento en que tenías una madre que se dedicaba a eso. Y aparte los de nuestra generación fuimos bastante prematuros, tal como decías, comprando discos a los 8 años de edad, o buscando con ansias esas revistas de música que investigábamos, cuando ahora es algo más propio de la adolescencia.
Sí, yo creo que le prestábamos mucha más atención a cada cosa que teníamos. Creo que ahora eso de que haya tanta información, hmm… Yo lo veo en mis hijos, están muy ansiosos, viven pasando a otra cosa todo el tiempo, entonces es como que no terminan de aprenderse un solo disco de memoria. Ni siquiera terminan de aprenderse una canción. Escuchan la parte de la canción que les gusta, y nada más. Cuando mi hijo me muestra la música que escucha, me dice “esperá, te paso el estribillo”. Y yo le digo que no hace falta que se apure, que tengo tiempo. Pero está acelerado y quiere mostrarme quince cosas al mismo tiempo. Él escucha hip-hop, está más identificado con eso.

Bueno, es lo que están escuchando casi todos los chicos hoy, o los que van camino a la adolescencia.
Sí, pero también porque ahí hay algo interesante. Yo creo que lo que a nosotros nos cautivó fue la peligrosidad del rock. Y ahora el rock no les brinda eso a los chicos. Coldplay, y todo eso… no ven ningún peligro ahí. En cambio en el hip-hop sí sucede, y es algo que está muy identificado con los chicos y su pinta, sus capuchas, eso de la marginalidad…todo eso los cautiva más. Y el rock dejó de tener esas razones, salvo que te metas en una movida muy under, y no sé tampoco en qué país. Probablemente en algunas ciudades de Estados Unidos todavía exista aquella tradición de los Stooges o del rock más pesado, y no me refiero a su sentido musical, sino al de modo de vida.

En cierta forma, si no existiera esa cuota de peligrosidad, esa cuota de alarma, entonces no es rock.
Bueno, no sé si es que tiene que tenerla. Quiero decir, yo no puedo inventarme ahora una vida que no es la mía. Ya pasé por eso, ya tuve mi dosis. Ahora se dio así. No llevo una vida peligrosa, si bien hoy en día vivir es algo peligroso. No puedo fabricar una estética. Entonces el rock también tiene eso, es música, y te lo podés tomar muy en serio. Como música, da mucho de sí. Podés ir de la simpleza a la máxima complejidad. Y trabajar con tan pocos elementos también requiere de mucho ingenio y trabajo.

Y a pesar de esa simpleza, todavía nos sigue emocionando.
¡Por supuesto! El rock, el blues…Willie Dixon, por ejemplo. De repente te preguntás, “¿pero solamente este tipo compuso todas estas canciones?” Que encima tienen los mismos tres acordes. ¡Y son todas brillantes!

Yendo mucho más atrás en la historia, hay algo que siempre me despertó curiosidad. Tu historia familiar es absolutamente parecida a la mía, ya que ambos somos nietos de inmigrantes rusos y con madres judías. Si bien no hay dudas que sí la tuvo en el caso de tu mamá (N.: Dina Rot grabó muchas canciones en “ladino”, dialecto del castellano que hablaban los descendientes de los judíos expulsados de la península ibérica en el siglo XIV), ¿lo judaico tuvo algún tipo de influencia en tu carrera?
Sólo en la cocina (Risas) En la música, mucho no lo veo. Bueno, tal vez esa cosa del sufrimiento judío, ¿no? Eso de la culpa y demás te da una sensibilidad y un feeling a la hora de tocar.

Bueno, hay grandísimos músicos de origen judío…
Sí, pero también hay grandes músicos argentinos (Risas)

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Ariel junto a la nueva versión de Tequila, en vivo en Aranda De Duero, España, el 23/9/2017 (foto: @M. Sonaglioni)

UNA VIDA A LA ESPAÑOLA
Después de estar aquí en España por más de cuatro décadas, lo que representa casi tres cuartos de tu vida, no se me ocurre otro caso de un músico argentino que lleve viviendo tanto tiempo en el exterior pero que aún haciendo básicamente rock, mantenga las raíces musicales de su lugar de origen en su música actual, o incluso otros géneros latinoamericanos. Espero que la pregunta no te resulte muy rebuscada…
No, para nada. Estoy en Madrid desde que cumplí 16. Y hay que descontarle cinco años, que son aquellos en que volví a Buenos Aires. Así que son casi 35 años aquí. Yo creo que en gran parte eso sucede por lo que viví en mi infancia, todo lo que te estaba contando hace un rato. Me refiero a todos esos discos de rock argentino hasta el año ’77 o ’78 que yo escuchaba, que creo que son joyas. Para mí, en cuanto a calidad, pienso que es donde más arriba se llegó. Al menos a nivel general. Después habrá casos aislados, pero esos discos me marcaron mucho y también los escuché mucho. Y además los sigo escuchando. Al mismo tiempo yo compartía todo el mundo anglo con eso, y para mí es como que era lo mismo. Para mí, Pescado Rabioso era como los Beatles.

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“Matrícula De Honor” (Novola, 1978), el álbum debut de Tequila

No es que unos te resultaran necesariamente más importantes que los otros…
No, no eran más importantes. Entonces en esa época yo era muy “esponja”, y eso queda mucho. Puede darse no tanto por lo que escuchaba en mi casa sino también por lo que sonaba en la radio, en la tele, o lo que se estaba escuchando… Era la música que sonaba de fondo, y de alguna manera me resultó muy fácil asimilarlo, aunque si me escucha un folklorista o un músico de tango de verdad, tal vez les parezca un mamarracho, porque no tengo ni puta idea. Por ejemplo, aprendí mucho con Eduardo Makaroff, de Gotan Project, con quien descubrí algunos yeites, o del swing. Pero claro, aprender bien el swing del tango lleva toda una vida, no es algo que se aprende porque te pongas a tocarlo. Son géneros para tocarlos toda la vida, son como algunos instrumentos.

Yendo más al rock en sí, ya sabés que sos mi guitarrista de rock and roll “en español” favorito de todos los tiempos. A lo que también podría agregarle tu parte de escribir canciones. Pero además creo que sos un excelente letrista, algo que vos mismo dijiste recientemente en una entrevista, cuando comentaste que te habías dado cuenta que habías mejorado mucho en ese aspecto. Sin embargo, lo que más me gustaría destacar de tu carrera es tu rol como miembro de Tequila junto a Alejo, la historia de dos músicos argentinos que llegaron aquí para formar un grupo que terminó cambiando los esquemas del rock en España. Lo que explica a la perfección por qué aquí sos un músico tan querido y valorado.
Yo creo que hay grupos, compositores o artistas que tienen una clara influencia de Tequila, pero pienso que igualmente hubiera terminado ocurriendo lo mismo con otros. Era un momento en que España tenía que recuperar el tiempo perdido.

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Tequila de izq. a der: Julián Infante, Alejo Stivel, Manolo Iglesias, Felipe Lipe y Ariel. Dale dale con el look…

Que fue mucho.
Sí, claro. Entonces creo que España se subió al tren de la historia justamente en una época curiosa, porque la gran influencia de esos tiempos fueron los grupos punk. Ramones, Sex Pistols… Digamos que la destreza musical no estaba valorada, y eso marcaba la diferencia entre nosotros y ellos. Veníamos de una época en la que esa destreza, y no el virtuosismo, tenía mucha importancia para nosotros. Tequila tocaba muy bien.

Bien, pero bien de en serio.
Sí, y sin embargo todos los grupos que surgieron por entonces estaban aprendiendo a tocar. Casi tuvieron que aprender a tocar en los escenarios, tal fue el boom que hubo. No sé si lo nuestro fue una habilidad, fue simplemente llegar en un momento en el que históricamente cubrimos un hueco que alguien tenía que cubrir. En todo caso, mi habilidad es la de hacer de todo bastante bien (Risas)

Sigo con los elogios… Yo diría que muy bien.
Es como que le he puesto la energía un poco a todo, ¿no? A veces me junto a tocar con guitarristas que tocan muchas más horas que yo, y con unas técnicas que yo jamás podría tocar. Tendría que dejar todo el resto de las otras cosas que hago y dedicarme solamente a la guitarra…

O tal vez sea que esos guitarristas son más jóvenes, y por eso dispongan de más tiempo para hacerlo.
No, porque también son guitarristas, pero que no han tenido que centrarse en otros proyectos. Cuando retomé mi carrera en solitario después de Los Rodríguez, tuve que intentar equilibrar la cosa, y tal vez me quedé un poco respecto a la guitarra durante unos años, para poder crecer como compositor, como cantante, o como frontman. Los últimos años, cuando empecé a hacer esos shows completamente solo en el escenario, también tuve que dedicarme mucho al piano. Y recién entonces volví a decirme “bueno, ya llegó el momento de volver a dar un empujón con la guitarra”… Igualmente creo que, si ya tocaste bien en algún momento de tu vida, si desarrollaste una técnica decente, entonces se trata de que tengas algo interesante para contar, y que se te reconozca cuando tocás.

01ROT AND ROLL MUSIC
Como fuera, las influencias en tu estilo -Chuck Berry, Keith Richards, etc.- son muy marcadas, y no existe mucha gente que toque así, al menos del lado “hispano”. Hay un sonido tuyo que tiene que ver muy claramente con esa escuela original, y que se sigue manteniendo.
Sí, creo que tengo eso, pero también siempre hay un lado melódico en la guitarra, que es lo que hace que marque la diferencia. Que tus solos formen parte de la canción, y que hasta se puedan cantar, y que haya gente que se los sepa de memoria. Y para eso no es necesario ninguna técnica.

Tequila estuvo junto a Moris en los tiempos en que desembarcó en España, siendo otro caso de un argentino que llegaba aquí, y de hecho fueron la banda que lo secundó en la grabación de su LP “Fiebre De Vivir”. ¿Cómo recordás esos días?
¡Para nosotros Moris ya era un prócer! ¡A “De Nada Sirve” nos la sabíamos entera, con diez años de edad! Yo recuerdo esa época como una de las más felices de mi vida, mirá lo que te digo. Mi primera novia, mi primer disco y mi primera banda y aparte, de regalo, levantarme una mañana en la casa de esta chica para ir a grabar con Moris. No cabía adentro mío. ¡Estaba que me salía! (Risas)moris-fiebre-de-vivir-portada

moris-fiebre-de-vivir-portadaCoincidieron las coordenadas. Que Uds. lleguen a España, que formen la banda, que llenen ese hueco que estaba tan vacío, y que justo al poco tiempo también llegue Moris.
Sí, por supuesto. En cierto modo cuando mis padres me dijeron que nos teníamos que ir de Argentina, llegado el momento en que tuvimos que ponernos a pensar adónde ir -y que por supuesto tenía que ser un sitio en que se hablase en español, ya sea México o España- yo tuve el presentimiento de que eso iba a ocurrir.

¿Habías tenido un presentimiento? ¿Cómo fue eso?
No se trató de un presentimiento del gran éxito que después fue Tequila, pero sí de que finalmente aquí iba a poder tener una banda, cosa que en Buenos Aires no podía haber tenido, ya que era más chico. Yo quería llegar aquí y tener un grupo. Y a los seis meses ya estaba tocando. Y a los ocho, dando conciertos.

Y además vendiendo muchos discos.
No, eso fue recién un año y medio después. Yo llegué en el ´76, el primer disco se grabó a fines de 1977, y salió recién en el ’78.

Igualmente fue todo muy veloz, y más a esa edad.
Y todo eso mezclado con los primeros 3 ó 4 meses aquí, que fueron raros.

Como lo decís en la canción “Vals De Los Recuerdos”…
Sí, un poco eso de la soledad, y lo de los amigos que no están. Igualmente todo se fue dispersando. No fui el único que se fue. Pasaron cosas. Fue una época en la que si me hubiera quedado… no sé. Tengo amigos que se quedaron y aguantaron bastante más.

429270_106962496102082_87007359_nDurante esos primeros años aquí en España, ¿alguna vez tuvieron la idea, o la ilusión, de regresar a Argentina?
El plan con mis padres era venir aquí por dos años, hasta que se calmase un poco todo. ¡Pero a los dos años no me sacaban de aquí ni con una ametralladora! ¡Me tenían que sacar con una escopeta! (Risas)

Sin embargo el recuerdo de la Tequilamanía continúa teniendo vigencia. Nunca dejó de ser una banda muy especialmente recordada en cada oportunidad en la que se hable de rock español.
A la gente le impactó mucho. A veces me subo a un taxi, o cuando me toca estar con alguien de mi generación que me reconoce, y no pueden parar de hablarme de Tequila. Y también están los que me vieron. A veces, cuando íbamos a tocar los pueblos, era como si hubieran llegado marcianos…

Me imagino, ¡con esas vestimentas!
¡Claro! Si Madrid era pueblerina, imaginate lo que eran los pueblos de España. No sabían ni lo que era un grupo de rock. Era todo muy primitivo, y nosotros íbamos con unas pintas tremendas. Y la situación en general también era muy rara, porque todavía no estaba armada la producción de conciertos, y mucho menos de rock. Entonces, por ejemplo, teníamos que ir a tocar a un sitio, y de repente íbamos en tren, ¡y nos bajábamos del tren con los Marshalls!

Bueno, hoy en día todavía hay músicos que recién empiezan, y que se ven obligados a moverse así.
OK, ¿pero a qué músico se le puede ocurrir la locura de meterse en un tren con un Marshall? (Risas) Entonces bajábamos en la estación, ¡y nos íbamos hasta el hotel empujando los Marshalls por la calle! Y la gente nos veía haciéndolo. Una vez íbamos empujando los amplificadores y un tipo gritó, “mira, ¡ahí van los Rolling Stones!” (Risas) Vio unos tipos ahí con los pelos largos, con pantalones rojos y no sé qué, y con amplificadores, y dijo ¡“son los Rolling Stones”! (Más risas)

TEQUILA ON THE ROCKS
Indudablemente lo de Uds. era un verdadero trabajo a pulmón…
Teníamos un tipo que se encargaba de todo, pero en los primeros tiempos, cuando todavía no habíamos grabado nada, sí, era todo a pulmón. Llegábamos de vuelta a Madrid a las seis de la mañana en la furgoneta, porque no había hotel donde parar en donde fuera que habíamos tocado la noche anterior, y todavía teníamos que descargar hasta el equipo de voces. Bajábamos todo, y después, ya de día, cada uno se iba a su casa.

Así y todo, desde afuera se ve como que la pasaban realmente bien.
Ya como adulto, a veces trato de recordar cómo fue. Porque claro, de joven pensás, “chicas, drogas, conciertos…”, todo ahí, sin tener que salir del hotel, ¿cómo no va a ser disfrutable? Pero yendo a algo más profundo, se trata de pensar cómo era realmente. Al mismo tiempo también percibíamos un poco la mala onda, y con Tequila en algunos momentos hasta hubo situaciones violentas y agresivas.

¿Lo decís por un rechazo de parte de la gente mayor de edad?
No, lo digo por el lado del público masculino. Eso era todo un inconveniente. Yo no podía salir solo a la calle. En aquel momento en Madrid se vivía una época muy pesada. A nosotros nos gustaba meternos en la zona donde pasaban las cosas. Y también donde te las pasaban. Y no siempre tenías a alguien disponible para que venga a tu casa. Entonces nos metíamos donde fuera que hubiera que meterse. Ser de Tequila también tenía sus momentos peligrosos. Una vez nos sacaron a botellazos de un concierto con Ian Dury en Barcelona. Eso ya fue casi al final… En los días finales de Tequila pasaron cosas jodidas, y una de esas cosas también fue que una vez nos robaron todos los equipos.

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1981 vio la salida de “Confidencial”, el último disco de Tequila

¿Eso fue más o menos en la época del disco “Confidencial” (1981)?
No, fue después. Esa cosa del “ciudadano ilustre”, ¿no? La paradoja del éxito. También existía eso. Estaba todo eso del éxito, y de ser una estrella de rock and roll, o del pop. Porque también éramos estrellas pop. España nos encasilló un poco como un grupo “de fans”, con aquello de la Tequilamanía, las chicas…Y también sufríamos por eso. Y éramos tan jóvenes, que no pudimos manejarlo.

¿Pensás que situaciones de ese tipo fueron las que derivaron en el final del grupo?
Bueno, pasó que tuvimos que cambiarnos de nuestra sala de toda la vida, que era un ranchito divino al que venía demasiada gente. Un día llegamos y nos encontramos con que habían roto el techo y se habían llevado todo. Por otro lado empezó a pasar lo que te decía, empezamos a notar violencia en los conciertos. Luego pasó que, estéticamente, empecé a tener desacuerdos con Alejo. Yo quería probar otras cosas, como lo hice después en canciones como “Debajo Del Puente”

Claro, cambiaba el sonido de la época.
Cambiaba el sonido, y en ese sentido Alejo era mucho más conservador. A él no le interesaba ese cambio. Entonces, llegado el momento en que empezamos a componer lo que iba a ser el disco que iba a venir después de “Confidencial”, era muy difícil entenderse. Y aparte también estábamos muy pasados.

Toda una conjunción de factores.
Sí, todas esas cosas, hasta que finalmente yo les dije, “chicos, hagan lo que quieran, pero yo me voy”

Siempre lamenté que no haya habido otro disco, porque los demos que luego aparecieron como extras en la recopilación “Tequila Forever” (“Dudas”, “La Isla” y “No, No, No”) me parecen buenísimos.
Sí, pero eso ya no era Tequila, eso ya era cualquier cosa.

No obstante, “La Isla” es una gran canción, de hecho después incorporaste parte de su letra en la canción “Seducción”, que estaba en el álbum “Debajo Del Puente”.
Claro. ¡Muy bien! Esas cuatro canciones podrían haber formado parte de “Debajo Del Puente”, sin duda.

De hecho ya se perfilaba un sonido más moderno.
Pero eso ya pasaba en “Confidencial”. Para entonces nos gustaban los Clash, Elvis Costello… También queríamos un poco buscar por ese lado, y no sólo por el de los Stones. Incluso el disco es distinto desde la estética, con más fotos en blanco y negro. Ya habíamos empezado a interesarnos en nuevas cosas.

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Tequila en blanco y negro: elviscostelleros, blondieros y newwaveros

O incluso más para cerca de Blondie, o de la New Wave, ¿no?
Sí, claro.

Y si bien eran todos excelentes músicos, no quiero dejar de mencionar a un gran baterista rítmico como Manolo Iglesias, fallecido en 1994, que sonaba realmente fresco, ¡y además muy salvaje!
Sí, y aparte era muy divertido cuando tocaba, muy gracioso. Como sabés, ahora estamos haciendo algunos shows con Tequila y el baterista, que es chileno, le copia muchos feels a Manolo. Era muy especial.

Definitivamente las cosas habían cambiado mucho en los últimos tiempos del grupo…
Y aparte para entonces ya nos tocaba compartir el “pastel”, el reinado. Estábamos muy tranquilos pero claro, ya había empezado a pegar el heavy. Nuestra compañía discográfica tenía a Barón Rojo y a Obús. Entonces, ya no nos trataban tan bien como al principio.

Y también ocurrió que la escena del heavy se afianzó mucho en España.
Sí, y eso es algo que sigue siendo muy fiel, como suele ser el público heavy de todo el mundo.

YO VIVÍA CON TEQUILA MUY CONTENTO
Recién mencionabas los problemas de estética que solías tener con Alejo, ¿pero también te pasaba en lo musical, o más estrictamente en lo vocal? De hecho, en los cuatro discos que editaron, solo cantaste una canción, “Estoy En La Luna”, donde compartís la parte vocal con Alejo. ¿Hubo algún otro intento de que cantes canciones en los discos de Tequila?
No, nunca me lo planteé. Recordemos que durante los primeros meses de Tequila, cuando todavía era un cuarteto, las canciones las cantaba yo. Me costó mucho convencer a Julián (N.: Infante, el otro guitarrista de la banda junto a Ariel y luego también compañero en los Rodríguez) que tenía que entrar otro argentino al grupo. Simplemente, Julián no quería que fuera así. Siempre me decía, “no, canta tú que cantas bien”. Y yo le decía, “no, pero tengo un amigo argentino, con el que compuse algunas de las canciones que estamos tocando…” ¡Pero Julián no quería saber nada! (Risas) Hasta que se fue el baterista original.

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La formación original de Tequila, todavía cuarteto. De izq. a der. Julián(sentado), Ariel, Felipe y el Oso. (Foto: Archivo Ariel Rot)

¿El Oso?
El Oso, sí. Entonces hubo una época que estuvimos sin baterista , y uno de los experimentos que hicimos fue poner a Julián a la batería. Y ahí fue cuando finalmente me permitió que venga Alejo a cantar, y también como guitarrista.

De hecho Julián tocaba muy bien la batería. Recuerdo canciones como “Ya Soy Mayor”, en donde se encarga él de tocarla.
Y también está en “El Barco” el reggae. Pero Julián quería seguir tocando la guitarra, si bien Alejo ya estaba adentro del grupo, ¡Ya había puesto el piecito ahí! (Risas) Pero durante varios meses canté yo, si bien mi rol nunca fue el de cantante, digamos, de cuna. Así como sí lo fue como guitarrista. Yo podía vivir perfectamente sin cantar.

Al menos no lo habrá sido durante esa época, porque después sí fue algo que terminó formando parte fundamental de tu carrera.
Sí. Después de haberlo sufrido durante mucho tiempo, empecé a disfrutar de cantar, y también de eso de expresar y de contar cosas.

Volviendo a Julián, siempre pienso que, a pesar de su partida física hace ya varios años, de alguna manera sigue estando muy presente en tu vida. La melancolía tiene esas cosas: la amamos y la odiamos al mismo tiempo. Y siempre noto referencias nostálgicas que te llevan a él, como fue en el caso de “El Mundo De Ayer”. Bueno, en verdad nunca tuve la certeza de que fuera así. Pero sí que lo hiciste en tu último disco, en la canción “Broder”.
“Broder” está oficialmente dedicada a él. Siempre puede haber una frase dedicada a Julián en alguna canción. Y en “El Mundo…”, sí, hay momentos. Incluso hay estrofas dedicadas a Julián, pero es algo más genérico. “Broder” es más directo, acordándome de él… Lo del calabozo, todas cosas que pasaron…

Siempre me pregunté por qué es que después él dejó de aparecer o colaborar en tus aventuras solistas, habiéndolo hecho en tus dos primeros discos (“Debajo Del Puente” y “Vértigo”) Y si bien estuvieron juntos en los días de Los Rodríguez, que después no lo haya hecho cuando todavía vivía, cuando editaste “Hablando Solo” o “Cenizas En El Aire”.
Es que con él nunca hubo una despedida. Los Rodríguez terminamos todos un poco quemados. La gran ruptura en Tequila se dio con Alejo, porque componíamos juntos, pero siempre fue natural seguir tocando con Julián. Después de Los Rodríguez, yo necesité descansar de Julián. Hubo un largo tiempo en el cual no nos vimos. Y después de la separación de la banda, él desapareció por una temporada. Y cuando volvió ya estaba enfermo. Muy enfermo. Pero después se recuperó. Eso fue muy duro, porque llegó un momento en que nos decíamos “éste nos va a enterrar a todos” (Risas)

los-rodriguez-02-10-15Pero de alguna manera, insisto, siempre siguió estando presente.
Siempre estuvo muy presente, y también lo sigue estando, y tal vez, con el paso del tiempo, esa ausencia se hace más notoria, porque él no me llegó a conocer ya como padre. ¿Cómo hubiese sido esta etapa adulta? Digo, siendo un amigo tan fraternal, casi como un hermano… ¿Cómo hubiésemos llevado esta etapa de nuestras vidas? Tener un “gomía” así para compartir estos años hubiera sido algo muy poderoso.

¿Esperaban que él terminara así?
Yo creo que es al revés, que no podría haber ocurrido de otra manera.

¿Julián tenía un hijo, verdad? ¿Seguiste teniendo relación con su familia después de su muerte?
Dos hijos. De hecho, cuando murió, también ya era abuelo, de un bebé. ¿La familia de Julián? ¡Vinieron a un concierto de Tequila! Nos abrazamos, lloraron… todo.

Julián y Manolo ya no están, y Alejo sigue muy cerca tuyo, ¿pero acaso también seguís en contacto con Felipe Lipe, el ex bajista de Tequila?
No, nos distanciamos. Felipe vino a tocar en la gira reunión de Tequila de hace diez años, y la cosa salió mal. Él se dio cuenta de que estaba en inferioridad de condiciones, y entonces se retiró a tiempo.

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Julián y Ariel, en otra postal de tiempos pasados

¿Nunca lograron recomponer esa parte?
Ahí ya nos distanciamos, tal vez medio definitivamente. En verdad con Felipe nunca nos peleamos, incluso cada tanto me llamaba. Y tampoco es que ahora haya habido una ruptura, pero tal vez esa vez nos permitió ver las diferencias que teníamos en la vida, en lo musical y en lo personal. Ya no teníamos mucho que ver. Tal vez lo único que nos unió fue ese pequeño momento cuando éramos pibes.

INFORMACIÓN CONFIDENCIAL
Me siento obligado a hacerte una pregunta “de fan”. En la canción “¿Qué Pasa Conmigo?” de “Confidencial”, que fue grabado en Inglaterra, aparece tocando la armónica un tal Paul Jones. ¿No será Paul Pond, no? Sabés de qué estoy hablando…
No, ese era el armonicista de Manfred Mann.

Exacto. Es precisamente por eso que te pregunto, porque al principio, Paul Jones usaba su nombre original, Paul Pond. O también su nombre artístico, P.P. Jones, en los días que tocaba junto a Brian Jones en Londres, antes que se formasen los Stones. De hecho, antes de la aparición de Jagger, Brian le había propuesto a Paul Jones cantar en la banda que quería formar. Y me pareció muy casual que el tipo que metió la armónica en la canción tuviera el mismo nombre.
No lo sé, pero el tipo era muy amigo de Peter McNamee, quien produjo el disco.

18Continuemos hablando de Tequila, no puedo evitarlo. Me gustaría que me hables sobre el disco que la banda alguna vez grabó para el mercado japonés, y que hoy por hoy resulta prácticamente inconseguible. De hecho lo único que hay dando vueltas por ahí es una de las canciones, en YouTube, al menos cierta vez la encontré ahí. ¿Es verdad que grabaron una canción de Leif Garrett para el disco?
No, no era de Leif Garrett, sino una que él versionaba, “Forget About You”(canta el estribillo de la canción). Los japoneses nos impusieron dos canciones. Y no sólo eso. Nos hicieron unas cuantas perrerías. Habían traducido las letras de Tequila al inglés, eran tremendas. …

¿No respetaron las letras originales? 
No, muy poco. Con clichés, frases manidas…

Volviendo a la nueva versión de la banda, Uds. ya habían hecho una pequeña gira reunión hace unos años, e incluso regrabaron “Que El Tiempo No Te Cambie”.
¡No, fue una gira grande!

Bueno, pero después eso cesó, y hace un tiempo, buceando en las benditas redes sociales, me sorprendió enterarme de esta nueva reunión del grupo.
Sí, ésta es menos formal, digamos. Surgió por una marca que quería hacer cuatro conciertos con la banda. Y decidimos hacerlos. Armamos la banda para esos cuatro shows. Pero luego empezaron a llamarnos y preguntar si había posibilidades de hacer alguna cosa más. No quisimos hacer eso de “otra vuelta”, ni tampoco promoción, pero si nos ofrecen durante un tiempo hacer conciertos, los vamos a hacer.

1200x630bb¿Tenés la idea también de retomar tu carrera solista? “La Manada”, tu más reciente trabajo, es realmente un disco grandioso.
Por el momento estoy sin proyecto en mente, pero sí estoy haciendo lo de Tequila, y voy a volver a hacer shows en solitario, lo mismo de aquel espectáculo que se llamó “Solo Rot”, con solo yo en el escenario. Un “one man show”, ¿no? Lo dejé de hacer hace dos años. Hablaba mucho, contaba muchas historias, y tal. No sé si ahora voy a hacerlo igual, tal vez a lo mejor cambie un poco el concepto. No lo tengo muy claro. Lo estoy armando. Pero no es un proyecto nuevo. Vengo de hacer tres discos de canciones nuevas –“Solo Rot”, “La Huesuda” y “La Manada”– que es algo que para mí está muy arriba, pero que tampoco trascendieron excesivamente. No sé si estoy motivado para otro disco así. Para mí, después de esa trilogía, me gustaría que el siguiente proyecto tuviese otra cosa. Todavía no lo sé. Son los discos que hice a partir de los 50 años. Porque ya en “Solo Rot” hablo del tema de la edad en canciones como “Manos Expertas”. Ya empiezo a hablar del tema. Los discos no son exactamente iguales entre sí, siendo “La Huesuda” el que más se diferencia de todos, porque tiene otro tipo de sonido. Últimamente tengo el reproductor de mp3 en “aleatorio” en el coche. Tengo un coche nuevo y, según me subo, empieza a sonar el teléfono, con todo lo que tengo. Y empecé a escuchar canciones mías, que también están ahí, y me sorprendió mucho el sonido de “La Huesuda”. De hecho me sorprendió muchísimo. Me parece una cosa muy distinta a lo que alguna vez hice. Canciones como “Mil Palabras Sucias Al Oído”… Creo que con José Norte se alcanzó un nivel muy fino.

Seguramente el productor tendrá mucho que ver con eso.
Sí. Bueno, es lo que estaba buscando en ese disco. Es algo que tenía muy claro. Yo quería usar otros instrumentos, y no los que siempre usaba. Ya venía con la gira del piano, y entonces compuse prácticamente todas las canciones así.

Claro, cosas como “Para Escribir Otro Final”.
Sí, son todas canciones muy pianísticas, y que por lo tanto puedo hacerlas todas en el piano. Mientras que “Solo Rot” y “La Manada” se parecen un poco.

Reitero, “La Manada” me pareció un álbum lindísimo, y además me gustó mucho que la canción que le da título al disco sea también quizás mi balada favorita de todas las que están ahí.
Yo encuentro en esa canción partes que me suenan a Dylan…

Y “En el Borde De La Orilla” me hace acordar a Moris…
Bueno, sí, ¡es casi un homenaje a él!

Mientras que en “Se Me Hizo Tarde Muy Pronto” escucho “Stay With Me”de los Faces.
¡Totalmente! Pero “La Manada”, la canción, tiene un momento “Wild Horses”. O tal vez es algo que imaginé yo, y que tal vez no tenga nada que ver.

¿Sos de poner todavía esos discos de Dylan o de los Stones que escuchabas al principio, ya sea en casa, o en el auto?
De vez en cuando. Escucho más roots, en todo caso. En el coche me gusta más escuchar a Chuck Berry. Pero volviendo a esos discos esenciales de nuestra vida, trato de no escucharlos mucho, porque me da la sensación de que, si lo hago, se va a perder el efecto.

¿Cómo es eso?
Sí, van a perder el efecto. Prefiero aguantarme, aguantarme y aguantarme. Que pase mucho tiempo y un día decir, “OK, lo voy a volver a escuchar”. Como para potenciar el efecto. Es como la abstinencia, para luego disfrutarlos más.

Hmm, muy interesante. Me resulta un buen consejo.
Claro, a mí me pasa. Y con los discos argentinos también. No puedo escuchar “Artaud” muy a menudo. Prefiero dosificar a esos discos, si no me da la sensación que la emoción puede gastarse.

Sin embargo, es una emoción permanente.
Bueno, cada uno lo lleva a su manera…

OTRAS BANDAS, OTRAS HISTORIAS
Antes que me olvide, creo que deberíamos hablar un poco de la etapa de Los Rodríguez y lo de la rumba catalana, básicamente en canciones como “Sin Documentos” o en “La Milonga Del Marinero Y El Capitán”, que en cierta manera fue un sonido que terminó siendo marca registrada en buena parte de las canciones del grupo.
En realidad teníamos pocas canciones de esas. Teníamos más “canción argentina rock”, que todo eso. Lo que pasa es que “Sin Documentos” fue muy famosa. Y lo mismo pasó con “La Milonga…”, que viene de González Tuñón.

Y más tarde hiciste lo mismo en “Dos De Corazones”
Sí, es una especie de milonga, pero mal tocada. Es una interpretación mía para poder tocar milonga sin saber ese swing, digamos.

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El autor y el entrevistado de esta nota en Madrid, vestidos al tono para la ocasión (Foto: @M. Sonaglioni 2017)

En 2001, cuando editaste el video del show de “En Vivo Mucho Mejor”, usás una campera con inscripciones que dicen “Colectivo 60” y “Manosanta”… ¿Los usabas a modo de amuletos?
Oh, eso es muy triste, porque es una campera hecha por David Delfín, que también hizo las letras del arte de tapa de “Lo Siento, Frank”, y que murió este año. La explicación de todo eso es que responde al nombre de mi editorial, que se llama Manosanta, por Olmedo.

¡Qué grande!
Sí sí…Fueron como dos emblemas. David Delfín me dijo, “decime dos cosas que querés que te ponga en la chaqueta, que sean fuertes”. El público español habrá pensado que lo de “manosanta” es porque soy guitarrista, ¡pero nada que ver! (Risas)

A lo largo de tu carrera grabaste muchísimo material, cantidades de canciones, sobre todo en tu etapa solista. ¿Te quedó mucho material afuera, demos o inéditos que alguna vez pienses editar? ¿Algo tipo box set o similar?
No, qué va… Como máximo a mí siempre me sobran dos o tres canciones por disco. Yo voy haciendo la edición de un disco durante la composición.

¿Siempre mantuviste ese esquema de trabajo?
Sí, soy de desechar en el camino. De hecho algunas quedaron para discos que vinieron después.

Tuviste, y también seguís teniendo, una vida muy rica en historias. ¿Nunca pensaste en escribir una autobiografía? Algo que, ya que estamos, está muy en boga por estos días.
Bueno, podría ser… pero por el momento prefiero poner más energía en la música.

garo9679retBRODER, UN VINO PARA HERMANOS DE TODA LA VIDA
“Con mi amigo Federico Oldenburg se nos ocurrió desde hace unos años hacer un vino con cada disco que edito. El primero se llamó La Huesuda, como el nombre del disco anterior, y a éste le pusimos Broder, nombre de una de las canciones que están en el álbum ‘La Manada’, y que está dedicada a Julián Infante. Siempre optamos por bodegas especiales, que trabajan al margen de los gustos del mercado con uvas autóctonas y con mucho mimo, bodegas con las que me siento identificado porque en cierto modo tienen una filosofía con respecto al vino como la mía hacia la música. Es un vino ligero con un frescor poderoso, noble y extraordinariamente bien hecho. Es de Ánima Negra, una bodega de Mallorca, de la que soy un gran fan desde hace años, así que es un honor y un placer poder haber hecho un vino con ellos. ¡Salud!”

CONCIERTOS: CHRIS JAGGER, EL HERMANO DE MICK, MOSTRÓ SU FOLK & BLUES EN BUENOS AIRES JUNTO A CHARLIE HART

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Publicado en Revista Madhouse el 26 de noviembre de 2017

Chris Jagger y Charlie Hart en Mr. Jones Blues Pub, Ramos Mejía – 21/11/2017

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Que sí, que no. Que sí, que no. Lo que podría interpretarse a priori como un diálogo histérico es apenas el código madre que subyace detrás de la chance de este periodista de entrevistar a Chris Jagger en Inglaterra el año pasado. Son cosas que ocurren cuando uno conoce accidentalmente a un amigo íntimo del músico en cuestión, y éste nos pone en contacto. Fiel a su estilo incansable de girar por Europa y Oceanía, coordinar una entrevista con un artista por demás particular (y muy lejos de aquello de “el hermano menor de Mick”, apenas justificado por la portación de apellido) se tornaba cada vez más remoto. Cuando Chris podía, no me daban los tiempos para acercarme hasta el área del condado de Somerset, donde residía por entonces. La última oportunidad iba a darse cuando él se acercara a la capital británica, pero para entonces uno ya tenía pasaje de regreso a la bendita tierra donde le tocó nacer. “OK Chris, quedará para otra ocasión”, le confesé, dubitativo. “¿Y si la hacemos por Skype?”, me sugirió como última chance, momentos antes de manifestarle mis preferencias por hacerla en vivo y en directo, en lo posible. Por eso resultó toda una sorpresa cuando hace unos meses volví a recibir un mail suyo asegurándome que hacia fines de año vendría a Sudamérica para realizar alguna fecha en el país, y también en Brasil.

QUE SÍ, QUE NO, QUE NI. Todo indicaba que el tiempo se había encargado de alinear los planetas. Claro que los hechos que se diluyeron una vez más cuando, hace apenas un mes y medio atrás, el último 9 de octubre, me lo crucé súbitamente en vivo y en directo en el vip del show de los Stones en Düsseldorf, deseándole lo mejor para su (ahora sí) futuro arribo a Buenos Aires, y al cual se refirió actualizándome que “al final no voy a tocar en Argentina, pero sí voy a estar en Brasil”. Que no, que no, otra vez que no… Por eso me resultó aún más inesperado cundo al pasado martes 21 de noviembre alguien me informó que esa misma noche se iba a estar presentando en un club de blues de Ramos Mejía.

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Desbordado de escepticismo, no acepté la veracidad del hecho antes de ver la confirmación del show en su página oficial, la cual, de no haber pasado por semejante mar de contradicciones anteriormente, más que seguro hubiera chequeado con antelación. Y como si todo esto fuera poco, Chris no sólo iba a tocar esa noche en la ciudad, sino que además lo iba a hacer acompañado del gran Charlie Hart. Que sí, que sí, y que sí, definitivamente, cuando pasadas las 23 hs., en medio de un recinto colmado de adeptos (de claro tinte stoniano, los mismos que posiblemente en su mayoría se hayan acercado por simple curiosidad y adhesión a la causa), el dúo apareció en el escenario del Mr. Jones Blues Pub para agasajar a los allí presentes con tonadas directamente de la cepa más pura del folk inglés e irlandés, empapadas de blues de Louisiana, de country, de cajun, de zydeco, y de otros estilos regionales que suelen abordar . En definitiva, lo que Chris viene haciendo tozudamente desde su álbum debut de 1973 “You Know The Name But Not the Face” (también conocido como “Chris Jagger”, editado bajo es título al año siguiente), y agregando 11 en su discografía hasta su más reciente trabajo “All The Best”, lanzado este mismísimo año.

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LOS HERMANOS SEAN UNIDOS (PERO POR SEPARADO). La experiencia de ver a Chris Jagger en vivo sugiere el previo intento de olvidarse de su célebre apelllido para comprobar que, más allá del hecho de ser el único hermano del performer definitivo de rock and roll en tiempo y espacio que el mundo conocerá (literalmente), y de la enorme montaña de ego a la que Sir Mick nunca pudo dejar de subirse, la figura y personalidad de “el otro Jagger” no está menos que en las antípodas. Es que Chris nunca perteneció al mundo del espectáculo per se, resultando ser aquel tipo de extremísimo bajo perfil que prefirió dedicarse a la música por el simple hecho de amarla, bien distanciado de las luminarias de rigor y optando por una carrera al tono que nada tuvo ni tiene de comercial, en el sentido estricto de la frase. Chris es hombre de shows en bares o en festivales pueblerinos, con sus raíces musicales irremediablemente enclavadas en su tierra natal, y campo adentro. A lo largo de su existencia, su parentesco con el frontman de los Stones apenas se limitó a participaciones aisladas de su hermano Mick en alguna canción suelta de sus trabajos, o a cierta colaboración en conjunto para algún proyecto benéfico.

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HAVE A HART. No resulta casual entonces que la canción elegida para abrir el show haya sido “Will Ya Won’t Ya?” (del álbum “Atcha” de 1994, en la que su hermano de sangre aparecía haciendo coros), dejando en claro el sabor de la propuesta musical que se iba a extender durante las casi 15 canciones que formarían parte del show en el que Chris, exclusivamente tocando guitarra acústica, a la que sólo abandonó circunstancialmente para pasarse a la armónica, terminarían conformando una oferta singular e inolvidable. Menos aún lo fue la vital presencia del legendario Charlie Hart secundándolo (en piano, violín, acordeón y coros) como único y principal escudero en su misión conjunta: plasmar un repertorio rico de sabores folk y derivados en el que sólo faltó un niño corriendo por la campiña inglesa. Los más melómanos, por su parte, probablemente hayan fijado más su atención en Hart y la extensa carrera que lo consagró: tocó y/o grabó con Alexis Korner, Chris Spedding, Ian Dury, Eric Clapton, Townshend, entre tantos, más aún recordado como miembro estable de Ronnie Lane’s Slim Chance, la banda formada por el ex-Faces tras desertar del grupo de Stewart, Wood y Cía., e incluso más tarde siendo director musical del show tributo al difunto Lane en el Albert Hall londinense… Era una noche estelar en el corazón del oeste de Buenos Aires, entonces, y sin desperdicio.

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CASTELLANO PARA PRINCIPIANTES. Tras más de un intento de esbozar algunas palabras en español (que por momentos terminaron en un forzado y agradable italiano), el menor de los Jagger continuó con “The Libido Blues”, antes de continuar con el repertorio de lo más destacado de su carrera (“If You Love Her”, “Lazy Says”, “On The Road”, “Funky Man”, “Lhasa Town”, en cuya versión original de estudio contó con la participación de David Gilmour) o en la versión de la canción de Ray Charles “Let’s Go Get Stoned”, y que a la hora de versionar clásicos de blues estricto como “Key To The Highway” o “Baby, Scratch My Back” agregó la participación extra del legendario bajista y sesionista Bob Stroger (Jimmy Rogers, Otis, Rush, etc.), que hacía menos de una semana se había presentado en el mismo tablado en otra de sus tantas visitas al país, y que ahora, sin más y a sus dulces 87 años de edad, se sumó al carismático dúo de Jagger y Hart, en un show que debería entrar en la categoría local de “histórico”.

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UNA NOCHE PARA EL RECUERDO. Por ser su primera presentación de la historia en tierras locales, y más aún por su alta performance artística, coronada por el festejo de casi todos los allí presentes que no titubearon a la hora de acercarse a saludarlo una vez finalizada la celebración, selfies y autógrafos incluidos, para calzarse el sombrero y retirarse a disfrutar de un merecido descanso (antes habían abordado un largo vuelo desde Nueva Zelanda, aprestándose al día siguiente a partir a Brasil para realizar allí tres fechas más)… Mención aparte para el Mr. Jones Blues Pub, recinto que los albergó, y que constituyó el marco indicado y a la altura perfecta de las circunstancias para una noche que deberá ser recordada como especial. Que se repita entonces. Y que sí, que vuelva a repetirse otra vez también.

Agradecimientos:
Rogelio Rugilo
Carlos Costa (fotos)

CONCIERTOS: FLAVIO CASANOVA CELEBRÓ SU ETERNA AMISTAD CON EL ROCK EN HIPÓLITO BAR

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FLAVIO CASANOVA BIG BANG, HIPÓLITO BAR – 20/7/2017

“¿Saben qué hora es…? ¡Es la hora del rock and roll!” Como un general de tropa dando la orden para atacar el campo enemigo, el grito de guerra de Flavio Casanova para dar comienzo al show de su nuevo trío en la noche del jueves pasado cumplió con todas y cada una de las expectativas que podían esperarse.

13La arenga podría haber resultado a cualquier hora, pero fueron las 22 en punto del casi extinguido Día Del Amigo cuando la Big Bang -que forma con Flavio en aullante guitarra y primera voz , D-Rex en contrabajo salvaje y coros y Gero Sarmiento en batería ingobernable-, tras anunciar “vamos a hacer principalmente clásicos de los 40 y los 50”, puso a sacudir el escenario del Hipólito Bar del viejo Centro porteño, y todos los que estuvieron allí presentes.
Fueron 60 minutos al palo en los que Flavio, líder eterno de la escena del rockabilly local desde que su banda original Casanovas llegó para introducir el estilo en la multicolor escena del rock local de mediados de los 80, demostró una vez más lo que siempre le salió mejor hacer: rock salvaje y directo, sin aditivos ni rodeos, un shot directo a los huesos de manos de algunas de las mejores canciones del género. Así las cosas, no hizo falta mucho esfuerzo.

14La canción que abrió la velada, “Rock Billy Boogie” (el hit de 1957 de Johnny Burnette, más tarde popularizado por Robert Gordon) marcó el camino para todo lo que vendría después, ni más ni menos que un tributo dorado a las grandes figuras del más visceral de los formatos del rock conocidos por la humanidad, y que continuó con “One Hand Loose” (de Charlie Feathers) o con el doblete de Carl Perkins de “Boppin’ The Blues” y “Matchbox”. Por eso el resto de las tonadas elegidas para el repertorio, esas que tan bien le sientan a la figura del comandante de la banda (nunca mejor dicho, con sus dos metros de vibrante estructura ósea y excelente labor en guitarra), o al ataque de contrabajo y batería que lo acompañaron, una receta a la cual no le faltó, ni tampoco le sobró, ninguno de sus ingredientes básicos.
De menciones a Warren Smith (“Red Cadillac And A Black Moustache”, “Ubangi Stop”), al megaclásico de Eddie Cochran “Summertime Blues”, a Dale Hawkins (con “Little Pig”) o a Gene Vincent (“Blue Jean Bop”), hasta una gran versión de “Jeepster” de T.Rex, sin dejar de incluir (¡claro!) los temas más insignes de su primera banda con “Enciende Un Cigarrillo Y Mira La Pelea” y “Modelo Del ‘56”, que gloriosamente cerró la velada. Mención aparte para el Hipólito Bar, un subsuelo de clima íntimo y gran porte, de esos lugares que uno pensaba que ya habían dejado de existir en la ciudad, y que fue el marco perfecto para una noche eléctrica de auténtico retro… No sólo hubo rock and roll, ese género que se creó para nunca envejecer, sino que además lo hubo de en serio. Y por muchas noches más así, entonces.

2 HOURS -AND MORE- WITH ANITA PALLENBERG

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“Aren’t you staying for lunch?” How could one ever say ‘no’ to that when it’s Anita Pallenberg who’s asking it? It all happened last year during the days of the fourth and (so far) last visit of the Stones to Buenos Aires as part of the Latin American Olé Tour, which had started a few days earlier in Santiago de Chile, and with 10 more shows to go after the three in Argentina, closing on a high note in Havana, Cuba. This time, in order to avoid fans leaning out at the hotel doors, or even camping out, looking to catch a glimpse of the band, the Stones’ machine had come up with a new strategy, which was splitting them into different locations. Then Jagger stayed at the Palacio Duhau Park Hyatt, and Ronnie Wood at the Faena Hotel, while the Four Seasons (where the whole band was in all previous visits, taking over the luxurious Álzaga Unzué mansion, at the back of the hotel) was the headquarters of both Charlie Watts and Keith Richards.
 

As it’s been happening for at least the last 25 years (eventually, as the Stones’ kids grew older), taking them on tour became a usual thing. Children, wives, and even parents (during the band’s first time in the country in 1995, Keith had even brought dad Bert with him) ended up joining the party as they wandered around the world. But never ex-love partners. So I felt already too skeptical when an English girl friend that had come to South America to see some of the shows (and who was also staying at the Four Seasons) told me she had seen Anita Pallenberg in the afternoon taking a swim at the hotel’s pool. I denied her statement right from start. Anita hadn’t been close to the band for 35 years or more, at least since she stopped being Keith’s love-mate, and even when they were together, she was never one to show up on tours much often. “Anita? No way! You must have seen somebody that looked like her” Less likely to happen in South America, I thought to myself. I then asked her if she somehow had a chance to talk to the woman. “No, I didn’t”, she admitted, “but I sure can tell it was Anita. She was swimming next to me, she had a leopard bathing suit…” I could have kept refusing it on and on, I was sure she was clearly mistaken. At the end of the day, I thought again, everybody sees everybody’s look-alikes all the time. In fact the last time Anita had visited far away South America was around Christmas in 1968, when along Keith Richards,Marianne Faithfull and (Marianne’s then) boyfriend Mick Jagger took a boat all the way to Brazil, spending their holidays in the city of Matão (countryside of the São Paulo state, where Keith got the inspiration to write “Honky Tonk Women”), and then moving to Rio and Bahia, before heading for a few days in Perú. At the time, Anita had already become Keith’s steady girlfriend after he rescued her from the arms of his fellow bandmate Brian Jones (her original lover, with whom she shared an idyllic relationship before Jones, paranoid and currently dealing with one too many addictions, became violent with her) My friend’s theory about Anita’s sight in Buenos Aires 48 years later was, to say the least, unthinkable. However, as I was pacing the hotel lobby next day to meet another friend, who was also staying at the Four Seasons, I happened to see a woman walking by away enough from me who looked a lot like Anita (eventually, Anita in those days, whose older image I was familiar with after I had seen some new pictures of her on the internet a few months earlier) The woman rushed out of one of the elevators, going somewhere else. It all didn’t last for more than a millisecond, and wondering if I hadn’t actually imagined it (or, worst case scenario, if it wasn’t somebody resembling me of her), I decided to move on.

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Photo: Michael Cooper

But it all became true the day of the second show of the Stones in La Plata. A while before the concert began, as I was having a drink at the VIP area, once again I saw the lady I briefly spotted at the hotel the previous day, who now was about five meters from me, walking towards one of the tables. I was still quite dubious, I won’t deny it. More over, nobody attending the VIP seemed to notice that singular woman, elegantly dressed, with a hat, and walking with a cane. The possible fact it was actually her, going unnoticed by the others, no matter what, was also likely to happen. Only that she wasn’t on her own. Besides her was my friendAdam Cooper, which led me to start wondering if somehow I could have been wrong from the beginning. To anybody not familiar with his name, Adam is the son of Michael Cooper, the legendary photographer mostly famous for being the one who shot many of the English rock and pop stars in his home country during the ‘60s and ‘70s and, and even more important, for being the one who did the Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band and the Their Satanic Majesties Request covers. That’s right, those two album covers.

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Anita and me at the VIP in La Plata

Adam has been living in Buenos Aires for at least 20 years (where he organized many photo exhibitions showing his father’s works, as he also did abroad) and whom I’d first met shortly after his original arrival to Argentina. But long before that, when he was still the little boy living with his father in Chelsea, London, in the mid-‘60s, with his mum mostly out of the whole picture, and because of dad Michael’s friendship with the Stones, he had found a sort of surrogate mothers in both Marianne Faithfull and Anita Pallenberg. Not just one, but two, as if that weren’t enough. Marianne and Anita cuddled him, invited little Adam home to play, making him part of a memorable and amazing  cultural scene he would only become aware of as he got older. Plus the fact I knew Adam used to get in touch with them quite often after all these years, no matter the distance. This time there was no doubt that the woman my friend had seen by the hotel’s pool, or the one I’d seen at the lobby, was the same one. And that was Anita Pallenberg. I ended up swallowing my words, as I watched her chatting with Adam in the midst of the cacophonous rumble at the VIP area before the Stones’ second show in La Plata, while I slowly approached them. I greeted Adam and then introduced myself to Anita, telling her about my joy to see her visiting the country, and finally asked her to have a picture with her. Something against my own ethics, by the way. For some reason I never ever felt comfortable asking for a picture, period. Not only because I never found it right to invade anybody’s area, but actually mostly because a photograph without a story behind is nothing but that, an image born by ways of a lens and a button that’s pushed down, lacking naturalness, and turning out into a forced, artificial kind of situation. Without a before, without a during, and also lacking an after. Add to that I didn’t like the idea Anita could think I was just another fan looking for a picture to display on Facebook. Anita had always been one of my favorite female icons (that is, besides my devotion to the lives and times of the Stones, of which she played, needless to say, a major role in) So then Anita, the lady, gently said ‘yes’, displaying her trademark smile. It didn’t last for longer than 2 minutes, I’d say even less than that, and so I decided to leave them alone for better. I actually wouldn’t  have been interested in taking any pictures had I had the chance to talk to her instead, as talking always comes first. Out of there, away from the noise, and in the right place. I’d later apologize to my British friend for my stubborn reluctance to her story.

ANITA KONEX

Anita at the Michael Cooper’s 
exhibition at the Konex
(Photo: Adam Cooper)

Two days later, on Friday February 12, the weather was already awfully soaking wet by the time it dawned. The hottest February ever in history, according to the local meteorologists. There was still one final Stones’ show at La Plata’s Estadio Único next day but, once again, and despite the unbearable temperature, I had to go back to the Four Seasons to meet a fellow friend from New Zealand who was also in Buenos Aires for the Stones concerts. We had agreed to meet in the early afternoon but, given the weather conditions, I decided to leave from home earlier, which led me to arrive to the hotel before I expected. It was only a few minutes after my arriving to the Four Seasons that there I came across Adam again who, polite as usual, approached me to say hello. I asked him why he was there, and he replied he had an appointment with Anita, they were going to have lunch together at one of the hotel restaurants. I didn’t hesitate for a second, and next thing I was telling him how important it would be for me to finally have the chance to exchange a few words with her (more than a minute and a half, at least) now that we were in the right place to do so, away enough from the concert craziness.“Sure”, he said, “right now she must be coming down in the elevator” I confessed to him all I actually wanted (and whoever is reading this, please believe my very words) was just to walk them up to the restaurant table, and then I was done. As I said before, I’m not the kind of person who likes to interfere with anything, let alone something I wasn’t invited to in the first place. Anita showed up in a matter of seconds, elegantly dressed, bohemian style, in a leopard pattern printed dress and purse, flashing her classic smile. After greeting us gracefully, we started heading to the Nuestro Secreto restaurant, which can be accessed right from the very entrance of the mansion. Once again, I knew time would be never enough to have a proper chat, so far for me, but nevertheless I was happy enough to be with them and have a word in the meantime. Plus there was no way Anita could have remembered about our brief meeting at the stadium. We reached the restaurant five minutes later and, as promised, I said goodbye to them. That’s just when she unexpectedly invited me to have launch with her and Adam. “Aren’t you staying for lunch?” In the right place now. And in case it all happened because she felt sorry letting me go, she gave me another of those killer smiles confirming that she really meant she was inviting me to join them. “Oh, I’d love to stay!” “Sure, have a seat”, she confirmed, which I instantly agreed to while getting ready to be part of an unforgettable one-of-a-kind moment. I can’t actually remember now what we ordered to eat (quite weird for somebody as insanely thoughtful as me), but the three of us sure drank mineral water. Some details may always escape my mind. That’s the price one pays when you put much attention to a woman with an overwhelming personality like Anita had to say, someone who lived and survived (nearly) anything, when other personal issues take second place and you prioritize her knowledgeability above all, addressing literally any topic, which she proved to know quite much of.

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Gerard Malanga, Andy Warhol, Edie Sedgwick, Chuck Wein, Anita, and a guest. Warhol’s Factory times.

Readers may wonder why I didn’t ask her about all those facts and stories we read again and again over the years. But what was there to ask? And what would have been the outcome anyway? The answer is, they’re all pretty well-known, then why asking about them again? After all, this was no interview, this wasn’t me the journalist meeting her. No journalistic duties involved this time then, but just an informal and regular conversation. It was lovely and extremely funny  to enjoy Anita’s great sense of humor throughout the two hours or more we’d been there.  I just let it flow. Had it not been so, I would have sure asked her about the days when she was expelled from a German boarding school at 16, or her times at Andy Warhol’s Factory after she arrived to New York. Long before her entry into the world of the Rolling Stones, Anita was already a class A rebel with enough skills (out of her amazing physical beauty, she managed five languages) that she made best use of. That’s one of the reasons why listening to all she had to say was such an amazing experience. And although it was mostly English we talked (in Anita’s case, with a strong Italian accent), she would often come up with a few single words in a different language. She told us how much she loved the hot weather above all, and that she was always running away from the cold. That’s why, she explained, she shared her time in at least four different destinations in the world, mostly in Keith Richards’ house in Ocho Rios, Jamaica, “where the weather was always nice”, or in other places that also belonged to Keith , like the Redlands country house in West Wittering (located in West Sussex, England, yes, which was scene of the famous February 1967 police raid) or the one in Cheyne Walk, right by London’s Chelsea Embankment (where she started living with Keith in 1969), or even her native city of Rome where, as much as I remember, she told me she used to have, or still had a sister living there.

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Anita and Mick Jagger during the shooting of “Performance” (1968)

Clouds of artificial smoke coming out of her electronic cigarette, extremely tanned and with her skin slightly wrinkled, the then 73-year-old Anita still carried the sex appeal that had been a permanent trademark all though her life. And whereas she no longer had that fresh beauty so typical of her when she was younger, her particular way of speaking, coupled with an established femininity, still made her a very attractive woman. And that halo all around her! There’s something rather strange that always happened to me whenever I had the chance to meet somebody I admired, or wished I’d ever meet in person, being it for an interview or, such as in this opportunity, that of a fortuitous encounter, and that’s in a way or another, I always feel that person isn’t actually there in front of me, in spite getting this endless collage of images and intermingled stories that remain away from what is really happening at the very moment you’re talking to them. It mostly felt like it every time I had the chance to meet somebody with a heavy history behind, that I really admired, or meant a lot to me. That’s when I’m not able to separate all that from the true reality, as redundant as that may sound. It’s like one dimension within another, while both get constantly blurred on the fly. For that reason, meeting Anita had little to do with the actual fact of being there with her, instead making me feel I was watching an unlimited short film where the thousands of images of her I saw over the years, being them photographs or footage, came one after another non-stop, taking me to a parallel dimension. Which is a probably the same that could happen to anybody into the lives and times of the Rolling Stones, as it’s undeniable that Anita Pallenberg epitomizes a crucial element in the band’s history. Because, to put it this way, if there’s no certain amount of danger involved, there’s no rock and roll at all. And I’ve always believed Brian and Anita were the first ones to come up with that pinch of danger in the Stones, something which they’d go along with in their formative years and beyond. Brian gave the Stones their original style and attitude, anticipating which would come later, while Anita with her piercing gaze and dangerousbad girl aura was just the icing on the cake, an irresistible dish on the table.

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Brian Jones, Anita and Keith in Tangiers, Morocco, 1967

That’s the main reason why, all through the lunch, I wasn’t essentially able to take my eyes off her, while another shot of a thousand images crossed my mind, and all that now taking place only a few inches from me. All those pictures of she and Keith, Anita seducing Mick while shooting Performance (which led to the very first rift between the Glimmer Twins), Anita “the Great Tyrant” who controls the underground city where Jane Fonda landed in Roger Vadim‘s science fiction film Barbarella, or another of her film roles, in A Degree of Murder, which original movie soundtrack by ex boyfriend Brian Jones remains unreleased to this day. Instead, I chose to look and listen to her, while (once again) that endless number of images kept going through my head with Anita in the leading role, the Stones’ muse par excellence, and no way it could stop. The full blooded “it girl” during much of the ‘60s and ‘70s, who after all this time couldn’t help but give you a crushing smile, that very one an English magazine once referred to as “that witchy smile”, the kind of girl everybody wanted to have.

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On the set of “Barbarella” (1968)

It’s noon and it’s summer and in this restaurant in a fancy hotel in Buenos Aires here’s the woman whose veins have seen vast doses of opiates go by, when being a junkie had to do only with one’s own decisions, and not because of a snobbish pose to satisfy a photographer’s eye. The one who was part of the whole thing behind “Sympathy for the Devil” during a pivotal year, when many people started considering Anita “the sixth Stone”. “Is it true that all those ​​’oohs, ooh, oohs’ in the song was your idea?” I’d rather refrain from asking her. She may not be interested in setting the record straight, or in reviewing other pages of her past, which she makes clear when, after my suggesting she should write her autobiography some day, she honestly replies “I can’t remember anything”. It was a short way of explaining the true story behind her answer, her actual reluctance to do so as, since “all that the publishers want are the stories with some scandal involved” Neither it was needed to discuss her contribution to the Stones’ mystique. It was enough of her to express her unconditional love for the band’s history, of which now wonders about its fans, “Don’t they realize they’re already grown-ups and that they need to have some rest after a show?” Now it’s Anita who’s shooting questions. “Sure”, I said, “but I guess there’s nothing we can do about it” And then she smiles back, followed by another puff from her electronic cigarette. Later on she would refer to the Toronto 1977 days, when she and Richards got arrested at the airport after customs searched their luggage and found out they were carrying drugs. Well, you all know the story. Richards would get his visa back after a while, which allowed him entrance to the USA, while Anita had to wait for many years. “That was the worst time of my life”, she would confess, as we ordered more mineral water. Interestingly, she proposed talking about the current political scene in Argentina at the time, when we tried to explain to her that our previous government had restricted the local population to get any foreign currency for many years, a subject she suddenly changed to express her love for her children and grandchildren. Adam had invited Anita to visit Early Stones, by Michael Cooper, the photo exhibition featuring his father’s works which was currently taking place at Ciudad Cultural Konex that very afternoon once we finished our lunch. With just one last Stones show in Buenos Aires to go, and with no intentions to follow the rest of the Latin American tour (“I’m not following it, after Buenos Aires I’m going back to Jamaica”) we finally left the restaurant and headed for the exhibition, where Adam was honoring his father once again displaying pictures from the Stones’ early years, which Anita had been an essential part of.

Anita y Silvia Cooper, esposda de Adam, en la muestra en el Konex

Another picture of Anita at the Konex, with Silvia Cooper, Adam’s wife (Photo: Adam Cooper)

Before jumping on the elevator that would take us back to the ground floor of the hotel, I considered having a picture with her: “Anita, I hate to say this, but I’d love a picture of the day I met you” “Oh no, sorry, I’m not wearing any make-up”, she reacted, flashing another of her classic smiles. That’s when I realized that, after all, and against any logic, at least this time a thousand words would be worth an image. To my surprise, there came an unexpected bonus. By the time we got to the main entrance of the Four Seasons, amidst some 35-odd degrees, Adam asked us to wait for him outside as there was something else he needed to do, which turned into about 10 minutes of me and Anita all alone sitting on one of the benches right by one of the hotel doors.  Under the blazing sun, she asked me to get her another bottle of water. I was back with the bottle in a matter of seconds to find her taking one of her Camels from her purse, then tasting it like it was her first cigarette that day.

With director Volker Schlondorff during the filming

With director Volker Schlondorff during the filming of “A Degree of Murder” (1967)

I kept asking questions to her, one right after another, until from a cloud of smoke that made her look like in the days of Nellcote, she boldly said:“Are you gonna keep asking me questions all the time?” Oops. “Sorry, I cannot think of any other way to talk to you, Anita”, I honestly acknowledged. Then, a few minutes later, when I took out my pack of Marlboros and offered her one saying “Would you like a cigarette?”,unsuccessfully  trying not to make it sound like a question as much as possible (is there any other grammar way of saying so, after all?), she laughed histerically. “You said your name is Marcelo and that your family came from Italy, so what’s your last name?” Now it was Anita who asked the questions. “Sonaglioni, Marcelo Sonaglioni, and you know what, I never got to find out the story behind my last name and…” She stopped me. “¡Marcelo Sonaglioni!”, she said in a loud voice, like she was introducing me to an audience. “That’s the name of an Italian serpent!”, she assured, while I enjoyed my cigarette with Anita Pallenberg in the thick of more clouds of smoke, the girl whose ex boyfriend Keith Richards once dedicated the song “You Got the Silver”to, definitely as much dazzled as I felt now. With Adam back into scene, it was time to leave for the Konex, but I decided not to join the party this time, as I still had to meet my friend, as previously arranged. Anita grabbed my arm and I walked her up to the car. “Oh, aren’t you coming?”, she said. “Unfortunately I can’t, but I look forward to seeing you again soon. And thanks for an amazing time!” Hugs and kisses were exchanged, before she and Adam left in a taxi on their way to dad Michael’s exhibition.
Just last year, as I was about to travel to England, an interview with Anita had been almost confirmed (where I would have asked her all those questions I had in mind and had to keep to myself the day we had lunch), but then I was informed she broke one of her ribs, so it was postponed for another time, which now won’t ever happen.

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The news first published by the Italian newspaper La Stampa on last June 13 was a bolt from the blue. Even though she had been experiencing several health issues over the last few years, Anita’s body clock finally determined it was time to stop. She died peacefully surrounded by her loved ones in a Chichester hospital, in West Sussex, not far from Redlands. How the world turns, before we got the shocking news I had already arranged to meet up with Adam on Wednesday, just a day after Anita passed away. We didn’t cancel it at all. Adam was already there when I got to the bar. He was really down, and quite sad and shaken. “You know, that was like losing my mother, because Anita was like a substitute mother to me…”, he told me. We realized we didn’t feel like talking anything, but about Anita. “Did you see Keith’s post on Facebook?”, Adam asked. “It reads ‘A most remarkable woman. Always in my heart.’ ”. Keith’s heartfelt post also included a picture of Anita, looking incredibly beautiful, originally shot by his father Michael. Adam was almost in tears. We ended up unwinding ourselves, like in all the wakes, a nice way to remember  the people we love, while I kept reminding him about the many stories we lived the day we had lunch with Anita, when both of us saw her for the last time, something I will thank Adam for forever.

DOS HORAS -Y ALGO MÁS- CON ANITA PALLENBERG

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Publicado en Revista Madhouse el 24 de junio de 2017

“¿Te querés quedar a almorzar con nosotros?” ¿Cómo decirle no a semejante invitación cuando la propuesta parte de la mismísima Anita Pallenberg? Sucedió el año pasado, durante los días de la hasta ahora cuarta y última visita de los Rolling Stones a Buenos Aires como parte del Olé Tour, la gira latinoamericana que había comenzado unos días antes en Santiago de Chile, y que se extendería por diez  fechas más culminando con una presentación en La Habana, Cuba, a modo de broche de oro. Para la ocasión, y a fines de que los fans no desborden los accesos al hotel o incluso terminen acampando a sus alrededores, esta vez el equipo de logística del grupo había designado una nueva estrategia: separar a los miembros de la banda en diferentes destinos. Jagger se alojó en el Palacio Duhau Park Hyatt y Ronnie Wood en el Hotel Faena, mientras que el Four Seasons (donde la primera plana stoniana sí se había instalado en su totalidad en todas sus visitas anteriores, ocupando la mansión Álzaga Unzué) fue la base de operaciones de Charlie Watts y Keith Richards. Y también parte de esta anécdota, recuerdo informal -y emocionado- de un fan. 
 
Tal como se viene observando desde hace al menos un cuarto de siglo, a medida que los Stones se hacían mayores y sumaban hijos a sus familias la tradición de llevarlos de gira junto a ellos acabó convirtiéndose en un hecho folklórico. Hijos, esposas y hasta padres (en la primera visita de la banda al país, en 1995, fue el mismísimo Bert Richards, padre de Keith, quien también se paseó por estos lares) terminaron sumándose al equipo de gira que los Stones arrastran a su paso por el planeta. Pero nunca sus ex-mujeres. Por eso me tomé todo el atrevimiento posible de pecar de escéptico cuando una amiga inglesa que había venido a Sudamérica para presenciar algunos de los shows del tour -que, al igual que los Stones, también se estaba alojando en el Four Seasons- me confesó haber visto esa tarde a Anita Pallenberg en la pileta del hotel. Se lo refuté desde el vamos. “¿Anita? Imposible”, le dije. “Anita no viaja con el grupo desde hace mínimamente 35 años, al menos desde que cortó relaciones directas con Keith. Y aún cuando estaban juntos, jamás fue de seguir las giras. Debés haber visto a alguien muy parecida”. Y mucho menos en Sudamérica, me decía para mis adentros. Le pregunté insistentemente si había trabado conversación con ella. “No, no hablé”, me confesó, “pero te aseguro que era Anita. Estaba nadando a mi lado, tenía un traje de baño de leopardo…”. Podría haber continuado rechazándole toda posibilidad de veracidad del hecho explícitamente, queen lo que a mi refiere nada me iba a convencer que estaba en un perfecto error. Al fin y al cabo, me dije, todo el mundo ve gente “parecida a” por todas partes.
 
ANITA EN ARGENTINA. La última vez que Anita Pallenberg había visitado estos hemisferios fue para las navidades de 1968, cuando en ocasión de un crucero de placer junto a Richards, Marianne Faithfull y su por entonces novio Mick Jagger, el insigne cuarteto  desembarcó en Brasil, donde pasaron sus vacaciones en las ciudades de Matão  (en el interior del estado de São Paulo, donde Richards se inspiró para componer “Honky Tonk Women”), Rio y Bahia, antes de dirigirse por unos días más a Perú. Por esos años Anita ya se había convertido en la compañera de vida oficial de Keith luego de que en 1967 el guitarrista de los Stones la “rescatara” de los brazos de su co-equiper Brian Jones, su pareja original, con quien compartió una relación idílica hasta que el pelirrojo guitarrista, presa de la paranoia y desbordado de adicciones, comenzara a ejercer la violencia física sobre ella. La teoría de mi amiga sobre el avistaje de Anita en Buenos Aires 48 años más tarde de aquella oportunidad era, cuando menos, inimaginable. Sin embargo, quiso el destino que mientras me paseaba por el lobby del hotel al día siguiente, aguardando el encuentro con otro amigo que también se alojaba allí, pude ver a una mujer de rasgos muy similares a los de Anita  (por lo menos la Anita de esos días, con cuya imagen de “señora mayor” estaba familiarizado tras haber visto unas fotos recientes en alguna página de noticias), la cual rápidamente salió de uno de los ascensores para dirigirse a otro sector del hotel. La escena no duró más de medio segundo, y pensando si al fin y al cabo no había sido producto de mi imaginación o -en el mejor de los casos- si no se trataba simplemente de alguien con un gran parecido, opté por olvidarme del asunto.

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Foto: Michael Cooper

Pero la ilusión terminó convirtiéndose en hecho el día del segundo de los tres shows de los Stones en la Plata. En momentos previos al conciertos, mientras me encontraba en el sector VIP del evento, vi cómo esa señora tan parecida a Anita que el día anterior me había llamado la atención saliendo del ascensor del hotel era ni más ni menos la que ahora, a unos cinco metros de distancia, se dirigía a una de las mesas del VIP. Nada iba a tirar por la borda mi escepticismo, para qué negarlo. Más aún, ninguno de los muchos asistentes al recinto parecía haber puesto la mirada en la distinguida dama en cuestión, lo cual mantenía la improbabilidad de la situación: había pasado inadvertida ante los ojos de los demás asistentes, lo cual tampoco hubiera resultado nada improbable. Claro que la señora que se parecía a Anita iba acompañada de mi amigo Adam Cooper, y eso significaba un giro de 180 grados en lo que tozudamente negaba desde el vamos. Para aquellos que no están familiarizados con su nombre, Adam es hijo de Michael Cooper, legendario fotógrafo inglés que retrató como pocos la escena del rock de su país de origen de los 60 y buena parte de los 70 y, entre otras grandes obras, el responsable de las portadas  de los célebres álbumes “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” y de “Their Satanic Majesties Request”. Nada más y nada menos.

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Anita y el autor de esta nota: tiempos de sector VIP en La Plata, antes del más reciente show de los Stones

UN ENCUENTRO CON ADAM. Adam vive en Buenos Aires desde hace al menos dos décadas (muchos recordarán las varias exhibiciones fotográficas que organizó con buena parte de la obra de su padre), y a quien yo ya había conocido por aquellos tiempos,  poco después de su arribo al país. Pero mucho antes de todo eso, cuando todavía era el niño que vivía junto a su padre en el Chelsea londinense de mediados de los 60, Adam, de madre original prácticamente ausente, a través de la amistad y cercanía permanente de papá Michael con los Stones había encontrado en Marianne Faithfull  y Anita Pallenberg una suerte de madres sustitutas. Dos, a falta de una. Marianne y Anita lo mimaban, lo invitaban a jugar a sus casas, haciéndolo formar parte de una escena cultural histórica de la cual sólo tomaría conciencia con el correr de los años. Y yo sabía que Adam se mantenía en contacto con ellas, a pesar del paso del tiempo y también de la distancia. Ya no quedaba espacio para dudas: aquella señora que mi amiga había visto en la piscina del hotel, o la tan parecida a Anita que yo había divisado por un microsegundo en el lobby del lugar, era finalmente Anita Pallenberg.

Tuve que tragarme mis palabras, más que nunca ahora que la veía charlando con Adam en medio del alboroto generalizado del VIP, mientras me dirigía sigilosamente hacia ellos con la intención de plasmar algún tipo de recuerdo en mi memoria. Saludé a Adam y me presenté ante Lady Anita; le manifesté mi alegría de verla de visita en el país y, finalmente, le pregunté si podía tomarme una foto con ella, algo que resultaba ir en contra de mi propia ética. Por una serie de motivos, siempre me pareció mal pedir fotos. No sólo porque nunca me pareció correcto invadir el tránsito de nadie, sino más aún porque una foto sin una historia que la produzca es simplemente eso, una imagen capturada por un lente y un botón que la dispara; un momento que carece de naturalidad, forzado y artificial, de tantos de esos que hoy día suelen pulular en las redes sociales, para efímero placer de sus protagonistas de la era del vacío, sin un antes, sin un mientras y sin un después. Tampoco quería que Anita pensara que era simplemente “otro fan” acumulador de fotos, pero al mismo tiempo sabía que la tiranía del tiempo no me iba a permitir declararle mi admiración por su persona (Anita siempre fue uno de mis íconos femeninos favoritos, más allá de mi eterna devoción por las vidas y los tiempos de los Stones, de los que ella es parte fundamental) y que esa posible fotografía, reitero, no iba a ser más que el retrato de un instante de estilo pasajero. Y entonces Anita, la dama, accedió gentilmente, exhibiendo su sonrisa resplandeciente marca registrada a través de los años. Bastó con menos de dos minutos, el tiempo exacto que me indicó que hubiera renunciado a toda fotografía de haber podido ocuparlos para intercambiar unas palabras y así poder sondear su mirada con más detenimiento.  Fuera de ahí, fuera del ruido, y en el marco indicado.  Más tarde le pediría a mi amiga británica disculpas por mi capacidad de descreimiento ante ciertas aseveraciones…

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Anita posando en el Konex  (Foto: Adam Cooper)

ALMORZANDO CON ANITA. Dos días más tarde, aquel 12 de febrero de 2016 amaneció con un clima insoportable, siendo el segundo mes del año más caluroso en la historia del distrito, tal como lo confirmaban los meteorólogos. Aún restaba un tercer y último concierto de los Stones en el Estadio Único de La Plata el sábado, pero una vez más, y a pesar de la temperatura sofocante, tuve que volver al Four Seasons para encontrarme con un amigo neozelandés que también vino al país para asistir a los shows. Minutos después de mi llegada al lugar, me topé nuevamente con Adam, tan amable como siempre, que se acercó a saludarme. Le pregunté a qué se debía su visita, y con toda la parsimonia posible me contestó que estaba allí para almorzar con Anita en el restaurante del hotel. No titubeé ni por un instante y le manifesté lo importante que sería para mí poder intercambiar unas palabras con ella, ahora que sí estábamos en el marco adecuado, bien lejos de la agitación de rigor previa a un concierto. “Claro que sí”, me aseguró, “debe estar bajando en el ascensor”. Agregué que todo lo que deseaba (y quien sea que esté leyendo estas líneas, créame que fue meramente así) era quizás acompañarlos hasta la mesa, saludarla nuevamente y despedirme. Remarco una vez más que no me gusta interceptar ninguna situación que no me competa.

Anita apareció en cuestión de instantes, elegantemente vestida, de bohemio estilo, vestido y cartera de leopardo  y sombrero beige, apoyándose en un bastón para caminar, tan refinada como siempre, con su enorme sonrisa. Nos saludó, y segundos después nos encaminamos a Nuestro Secreto, el restó al cual se accede directamente desde la entrada de La Mansión. Sabía que el tiempo nuevamente iba a resultar escaso, al menos desde mis posibilidades, pero como fuera, estaba más que conforme con poder acompañarlos hasta el lugar y de paso intercambiar unas palabras. Desde ya, no había manera de que recordara nuestro veloz encuentro anterior, ni tampoco necesidad de refrescarle la memoria. Por eso, cuando finalmente arribamos al lugar del almuerzo, cumpliendo con lo prometido, me despedí. Fue cuando Anita me propuso lo inesperado, invitándome a quedarme a compartir el encuentro junto a ella y Adam. En el lugar justo, en el momento indicado. Y por si aún existía la posibilidad de aceptar la invitación sólo por un motivo de suerte, me regaló otra de sus sonrisas fulgurantes una vez que asentí y me senté junto a ellos para disfrutar de un momento inolvidable. No recuerdo qué pedimos, lo cual resulta raro para alguien tan detallista como yo, pero sí que los tres invitados bebimos agua mineral. Algunos pormenores, aunque mínimos, simplemente se escapan. Es el precio que se paga por poner mucha más atención en lo que una charla relajada con una mujer de personalidad avasallante depara. Es lo menos que puede suceder al comunicarse con alguien que lo vivió (casi) todo, y con la cual prácticamente todo dato histórico de rigor termina resultando secundario ante su enorme cultura y su disponibilidad.

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Gerard Malanga, Andy Warhol, Edie Sedgwick, Chuck Wein, Anita Pallenberg y una invitada.

HISTORIA VIVA Y HUMO ELECTRÓNICO. El lector podrá preguntarse cómo es que no abordé ninguno de los temas o hechos  relevantes que Anita cosechó a lo largo de su vida. Vaya como respuesta que simplemente por ser datos conocidos, la necesidad de preguntarle por ellos hubiera resultado absolutamente innecesaria. Y que después de todo, aquí no había ninguna entrevista de por medio, ninguna misión periodística ni informativa, sino una charla distendida con toda la informalidad que ameritaba (fue adorable disfrutar de su poderoso sentido del humor a través de las casi 2 horas que duró el almuerzo), y dejar que, sencillamente, fluya. De no haber resultado así seguramente le hubiera preguntado por los días en que fue expulsada de una escuela de pupilos a los 16 años para acabar bandeándose por algunas de las grandes capitales europeas, o su experiencia en New York como parte del grupo selecto que poblaba The Factory bajo la batuta de Andy Warhol. Mucho antes de su ingreso a las filas de los Rolling Stones, Anita ya era una rebelde empedernida, un destino natural rico en virtudes y sensaciones varias (fuera de su asombrosa belleza física, manejaba cinco idiomas) que supo explotar del mismo modo. Es por tal motivo que escucharla hablar resultara tan extremadamente simpático y, fuera del inglés que dominó la charla (caracterizado por un fuerte acento mitad italiano- mitad alemán) cada tanto proponía alguna frase o palabra en otra de las lenguas que dominaba. Nos confesaba su predilección por el clima caluroso, y su huída cada vez que llegaba el frío al lugar que estaba habitando. Es que Anita repartía su tiempo viviendo en al menos cuatro destinos en el mundo, principalmente en la casa propiedad de Keith Richards en Ocho Ríos, Jamaica, donde el clima no le resultaba problema alguno, y escapándose de los otros paraderos también del mismo dueño (la histórica casa de Keith de Redlands en Sussex, Inglaterra, o la de la calle Cheyne Walk en el Chelsea Embankment londinense, o de su Roma natal, de donde recuerdo señaló haber tenido, o seguir teniendo una hermana que vivía allí). Todo entre permanentes bocanadas de humor artificial disparadas por su cigarrillo electrónico.

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Anita y Mick Jagger en el rodaje de “Performance” (1968)

ESA VIEJA MAGIA. Extremadamente bronceada, y con la piel algo arrugada a su edad, a sus 71 años de edad Anita aún mantenía el sex appeal que había sido su sello natural personal. Y si bien ya no contaba con la belleza física que la caracterizó, su peculiar forma de hablar, sumada a sus clásicos modales y su femineidad establecida, continuaban siendo parte de una personalidad atractiva en todo momento, con un halo que estaba a la misma altura.  Hay algo suficientemente raro que siempre me sucedió cuando tuve que estar frente a algún personaje histórico que me haya tocado conocer en persona, ya sea en situación de una entrevista o, como fue en este caso, el de un encuentro fortuito, y que es de alguna manera sentir que la persona en cuestión en realidad no se encuentra físicamente allí, tornándose todo el tiempo un collage interminable de imágenes y historias entremezcladas (las mismas que uno siempre contempló, las mismas que terminaron forjando al personaje en cuestión), y alejándose de lo que realmente está pasando en el autentico momento del encuentro. Básicamente me ocurrió con cualquier figura de peso que tuve oportunidad de conocer, y que, así las cosas, no logré separar de la verdadera realidad, con todo lo redundante que la frase pueda significar. Es como una dimensión dentro de otra, mientras ambas se desdibujan constantemente sobre la marcha. Por tal motivo, estar con Anita poco tuvo que ver con el hecho en sí, pero con un cortometraje ilimitado por donde figuraron las mil y una imágenes de ella que uno cierta vez presenció con el correr de los años, en fotografías o material en video. Que es lo mismo que le podría haber sucedido a un adorador de la carrera de los Rolling Stones, porque es innegable que Anita Pallenberg simboliza un elemento fundamental de la iconografía central de la banda. Porque si no existe una cuota de peligro (lejos de cualquier posibilidad amenazante, sino respecto a la situación de tensión que el género debe esencialmente conservar), el rock no es rock. Y Brian y Anita fueron los progenitores del estilo de la banda desde esa coyuntura original en sus años formativos. El primero aportó la imagen original y la actitud estilística de casi todo lo que llegaría después, y la inquietante Anita, con su mirada penetrante y su porte natural original de bad girl, fue la cereza en la torta para un plato irresistible de uno de los menúes centrales en toda buena mesa.

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Brian Jones, Anita y Keith Richards: el triángulo original

MIL Y UNA PERFORMANCES. Por esa y mil razones más, a lo largo del almuerzo no logré quitar la mirada de su persona y ese halo inexplicable, mientras por mi mente desfilaban otros tantos millares de postales a los que uno asistió y que ahora se materializaban en la mesa de un restaurante. Aquellas de Anita junto a Keith en todas esas ocasiones que haría falta un archivo aparte para atesorar, Anita cortejando amorosamente a Mick en el film “Performance” (y la guerra de situaciones internas en la dupla Jagger/Richards que esa circunstancia produjo), Anita la “Gran Tirana” que  controla la ciudad subterránea donde aterriza Jane Fonda en la película “Barbarella” (mientras el director Roger Vadim luchaba por manejar sus emociones comandando los roles de dos de las mujeres más bellas del planeta), o en otro de sus roles fílmicos, el del largometraje “A Degree of Murder”, cuya banda original de sonido a cargo de su ex Brian Jones continúa permaneciendo inédita. Preferí inclinarme al viejo arte de la observación, mientras por mi cabeza seguía cruzándose un sinfín de imágenes imposible de detener protagonizadas por la musa stoniana por excelencia, e “it girl” de cepa durante buena parte de los años 60 y 70 (eso que los diccionarios definen como la frase informal para referirse a la mujer bella y de estilo poseedora de sex appeal sin la necesidad de lucir su sexualidad), que a pesar del paso del tiempo y las arrugas no lograba evitar una sonrisa irresistible a la que alguna vez una revista de moda británica citó como “esa sonrisa de bruja”. O la chica que todos querían tener.

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Anita en el film “Barbarella” (1968)

EL LIBRO QUE NUNCA FUE. En este mediodía estival en el restaurante de un lujoso hotel de Buenos Aires estaba la mujer por cuyas venas circularon vastas correntadas de opiáceos, cuando ser un yonqui respondía exclusivamente a una decisión propia y no a una pose snob celebrada por los lentes de las cámaras. La del aporte definitivo a la concepción de la canción “Sympathy For The Devil”, en lo que determinara un año clave en la imaginería del grupo del cual muchos la consideraban “el sexto Stone”. “¿Es verdad que la idea de los ‘oohs, ooh, oohs’ de esa canción fueron idea tuya?”… Prefiero abstenerme de preguntárselo. Posiblemente no le interesara aclararme nada de eso, ni repasar viejas páginas de su historia, lo que decididamente dejó en claro cuando se me ocurrió sugerirle por qué no escribir una autobiografía alguna vez, y a lo que respondió “Porque no me acuerdo de nada”. Fue una manera rápida y concisa de explicar la verdadera historia detrás de la respuesta, que es la de su reticencia declarada a no hacerlo, previendo que cualquier editor posible sólo lo hubiera hecho con el mero interés de ofrecerle a los lectores historias de neto corte amarillista, las que seguramente hubieran vendido cantidades de copias, pero que a cambio hubieran pasado por alto otros capítulos que la hubieran definido más acertadamente. Tampoco fue necesario repasar su aporte fundamental a la mística de los Stones, entonces. Bastó y sobró con dejar que se expresara por sí misma, declarando su amor incondicional por la historia del grupo y que ahora, de grande, se preguntaba cada vez que presencia las escenas de fanatismo adonde los Stones se dirijan: “¿No se dan cuenta que ya son tipos grandes y que cuando vuelven de un concierto necesitan irse a dormir y descansar?” Esta vez fue ella quien me formuló una pregunta. “Seguramente”, respondí, “pero no creo que podamos hacer mucho al respecto”. Me devolvió una sonrisa, como las tantas otras que se dieron durante la charla, seguida de otra bocanada de humo artificial.
Tampoco faltarían sus comentarios sobre los días en Toronto de 1977, cuando fue detenida junto a Richards en el aeropuerto de la ciudad tras habérseles encontrado una buena cantidad de heroína, lo que casi le vale al guitarrista una temporada tan extensa en la cárcel como para haber puesto fin a la mismísima carrera de los Stones. Richards lograría la emisión de un nuevo visado que le permitió regresar a los Estados Unidos tiempo después, situación que a Anita, habitante de su esfera personal ante todo y sin contar con los mismas ventajas que la fama de un músico puede traer aparejadas, le valió al menos una década y media sin poder retornar a aquel país. “Fue el peor momento de mi vida”, nos confesaría, mientras ordenábamos otra botella de agua mineral.  Más curioso aún fue cuando propuso abordar un repaso breve sobre la situación política argentina del momento, que entre cambios de gobierno y explicaciones en vano sobre la medida del “cepo” monetario de la administración anterior (y donde no faltó más de un “¿por qué?”), prefirió cambiar de tema para dejar en claro cuánto amaba a sus hijos y a sus nietos. El plan posterior al almuerzo iba a ser el que tenía previamente agendado, la invitación de Adam a que visite “Early Stones, by Michael Cooper”, la exhibición con fotografías de los Stones tomadas por su padre que Adam estaba llevando adelante por esos días en el espacio Ciudad Cultural Konex, a la que Anita había prometido visitar aquella tarde y de la cual iba a ser invitada ilustre para revisar en persona buena parte de su historia, enfrentándose a imágenes de las cual ella también formaba parte. Con solo un show más de los Stones pendiente a tener lugar al día siguiente, y dejando de sumarse al resto de la gira latinoamericana (“no la voy a seguir, después de aquí regreso a Jamaica”) abandonamos el recinto para emprender camino a la muestra de imágenes en blanco y negro en la que Adam, lleno de emoción, homenajeaba una vez más a su padre y al temprano mundillo Stone del que Pallenberg había sido pieza fundamental.

Anita y Silvia Cooper, esposda de Adam, en la muestra en el Konex

En la muestra del Konex junto a Silvia, esposa de Adam (Foto: Adam Cooper)

FUMANDO AL SOL. Antes de tomar el ascensor que nos iba a llevar a la planta baja del hotel barajé la chance de tomarme una fotografía con ella: “Anita, odio pedir fotos, pero me gustaría que nos tomemos una como recuerdo de lo que para mí fue gran momento”; “No, que no tengo puesto nada de maquillaje”, me contestó sinceramente, valiéndose de otra de sus sonrisas arquetípicas. Fue cuando deduje que, después de todo, y desafiando la lógica, al menos por esta vez las mil palabras iban a valer más que una imagen. Claro que mucho menos me esperaba que la jornada todavía me tuviera deparada un bonus inesperado. Fue cuando al llegar a la puerta principal de ingreso al Four Seasons, inmersos en una temperatura que para esa hora ya había superado los 35 grados reales, Adam nos pidió que lo esperemos un momento. El momento finalmente terminó extendiéndose por algo más de diez minutos, en los que Anita y yo nos quedamos a solas sentados en uno de los bancos de la entrada del hotel. Bajo un sol abrasador, me pidió que le consiga otra botella de agua mineral. Volví a estar sentado junto a ella en tiempo record, mientras sacaba un Camel de su cartera para saborearlo como si fuera el primer cigarrillo del día de todo fumador empedernido.

With director Volker Schlondorff during the filming

Con el director Volker Schlondorff, durante la filmación de “A Degree of Murder” (1967)

PREGUNTAS VS. RESPUESTAS. Continué haciéndole preguntas, una tras otra, hasta que, en medio de la nube de humo que la hacía verse como en una postal de Nellcote de 1972, me disparó contundentemente: “¿Pensás seguir haciéndome preguntas todo el tiempo?”. “No sé de qué otra manera dirigirme”, le reconocí con todo el peso de la verdad, por lo que minutos después, cuando saque mi atado de Marlboro y le ofrecí uno  diciendo “¿Querés un cigarrillo?”, evitando que suene a pregunta sin posibilidades de éxito (¿acaso había otra forma gramatical de hacerlo?), se rió histéricamente. “Me dijiste que te llamabas Marcelo y que tu familia paterna provenía de Italia, pero cuál es tu apellido?”. Ahora era ella la que preguntaba. “Sonaglioni, Marcelo Sonaglioni”, le apunté. “Y sabés qué,  jamás pude saber el origen detrás de mi apellido y…” Me interrumpió. “¡Marcelo Sonaglioni!”, exclamó en perfecto italiano, con un tono de celebración como si hubiese estado anunciando mi nombre ante una audiencia. “Tu apellido tiene que ver con el nombre de una serpiente italiana”, me aseguró convencida, mientras yo disfrutaba de mi cigarrillo fumando a solas junto a Anita Pallenberg, la chica a la que su ex novio Keith Richards le había dedicado “You Got the Silver” tan deslumbrado como yo. Surgió la invitación para ir con ella y Adam al Konex, una nueva aventura a la que no pude sumarme para poder cumplir con el compromiso original que tenía para esa tarde. Anita me tomó del brazo y la acompañé hasta el auto. “¿No venís?”, me preguntó. “Desafortunadamente no puedo hacerlo ahora, pero espero verte nuevamente, y gracias por un almuerzo inolvidable”, atiné a decirle. Intercambiamos abrazos y besos, antes de que el taxi de Anita y Adam partiera rumbo a la exhibición fotográfica de papá Michael. El año pasado, con motivo de un viaje personal a Londres, había logrado tramitar una entrevista con Anita en la que esa vez seguramente no iban a faltar todas las preguntas que me hubiera gustado formularle el día del almuerzo, pero poco antes sufrió la rotura de una costilla, por lo que debió ser cancelada para una futura oportunidad que ahora, dado el rigor de los acontecimientos sucedidos, no podrá tener lugar.

 


EPÍLOGO.
La noticia publicada primeramente por el diario italiano La Stampa el martes 13 de junio pasado cayó como un balde de agua helada. Si bien eran de conocimiento los diversos problemas de salud que venía enfrentando en los últimos años, el reloj biológico de Anita Pallenberg marcó que era la hora de cambiar de escena. Falleció rodeada de familiares en un hospital de Chichester, la ciudad británica al oeste de Sussex, muy cerca de su amada Redlands, donde vivió algunas de sus más recordadas páginas a la que ahora se agregó un último capítulo definitivo. Por esas vueltas del destino, días antes de la noticia de la muerte de Anita ya tenía pactado un encuentro con mi amigo Adam al día siguiente de lo sucedido. Cuando llegué al bar, Adam ya estaba esperándome. Se lo veía cabizbajo, notablemente conmovido, emocionado hasta las lágrimas. “Fue como perder a una madre, porque Anita fue como una madre sustituta para mi, ya sabés…” El motivo original del encuentro pasó a segundo plano, para terminar favoreciendo una charla dedicada exclusivamente a un ícono definitivo. “¿Leíste el mensaje de Keith en Facebook? ‘Una mujer notable. Siempre en mi corazón’”. El texto iba acompañado de una foto de Anita, invariablemente bella, que su padre Michael había plasmado. Adam tenía los ojos llenos de lágrimas. Terminamos relajándonos y sonriendo, como suele pasar en los velatorios, una distensión natural y necesaria que nos permite recordar a los seres que admiramos de manera más distendida, mientras no dejaba de mencionarle a mi estimado amigo todas las historias vividas aquel día del almuerzo junto a ella, cuando la vimos los dos por última vez, y del cual le estaré agradecido a Adam eternamente.
 
(Agradecimientos: Adam Cooper)

 

CONCIERTOS: HONEST JOHN PLAIN SE MOSTRÓ HONESTAMENTE ROCKERO EN EL SALÓN PUEYRREDÓN

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HONEST JOHN PLAIN AND THE PIBES – SALÓN PUEYRREDÓN, 13/ 5/ 2017

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Y sí, HJ cada tanto tiene los blues. Y los oranges y los purples y los yellows también (Foto: ©Anitta Ramone)

“Qué lindo es el rock’n’roll”. Parece el título de una canción de uno de esos gruposde kermesse, o de un festival de baile o de un club barrial de los ’70 pero, así y todo, con el rigor del peso de la simplicidad que amerita, la frase soltada por uno de los asistentes que colmó el Salón Pueyrredón para ver aHonest John Plain el sábado pasado acaba siendo la mejor declaración de principios para un show que cumplió a rajatabla con lo que se esperaba. No importó el horario. Plain había largado su concierto promediando las 2 AM palermitanas del día siguiente (antes habían pasado por el escenario los teloneros She-Ra, Angel Voodoo, Los Mareados yStarpunks, quienes calentaron el terreno apropiadamente) y el clima que se respiraba desde el vamos presagiaba una velada que prometía resultar encantadora.

NEW OLD BOY. “The Boy Is Back”, anunciaba el póster del evento en el cual una de las figuras más prominentes de la escena del rock inglesa de mediados de los 70 y que las vueltas de la vida llevaron a titular como “punk”, algo que el mismo Plain no dudó en cuestionar en la entrevista que MADHOUSE le realizara días antes del show, y que pueden ver aquí. Con las primeras notas de “Never Listen to Rumours” (la única canción que hasta ahora vio la luz del álbum que HJP grabó junto a un seleccionado de estrellas hace unos años, y que sigue inédito), la banda dejó en claro de antemano que las 18 canciones que restaban iban a estar perfectamente a la altura de las circunstancias. La primera sorpresa del set llegó de la mano de “All The Way To Hell And Back” (que abría “Rock On Sessions”, el segundo álbum de los Crybabys), y que se mantuvo muy fiel a la versión original de estudio.

TEMA VA, TEMA VIENE, LOS MUCHACHOS SE ENTRETIENEN. Lo que siguió fue un repaso detallado por la extensa carrera de Plain, basada principalmente en el catálogo de The Boys, con “Monotony” y “Scrubber” del álbum “Boys Only”, 1980, a los que se les agregaron “U.S.I.”, el recordado hit “Brickfield Nights” y “T.C.P.” (las tres grabadas en “Alternative Chartbusters”, segundo disco de la banda), “Kamikaze” y “Terminal Love” de “To Hell With The Boys” (1979), y aún tres más del álbum debut de la banda de 1977 comandadas por “I Don’t Care” (primer single del grupo), “Sick On You” (que inauguraba el LP) y “First Time”, que fue parte de los bises, cerrando el concierto.

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HJ rockeándola en el Salón junto a lo’ Pibe’ (©Gux Ramone)

Campera de cuero y lentes oscuros permanentes (que Plain sólo amagó sacarse cada vez que le dirigía unas palabras al público), el repertorio también incluyó el cover de M.O.T.O “I Hate My Fucking Job”, “Where Have All The Good Girls Gone” (canción/título del álbum inicial de los Crybabys), “New Guitar In Town” que grabara en su paso por The Lurkers,“That’s Not Love” de “Honest John Plain & Friends” (1996) y “Punk Rock Girl” de “Punk Rock Menopause”, el disco reunión de The Boys editado hace 3 años, a lo que se sumaría el inesperado anuncio de “Tell Me (You’re Coming Back)”, la canción de la pluma Jagger/Richard -a la que anunció como “y ahora una canción de los fuckin’ Rolling Stones”-originalmente incluida en el primer álbum stoniano, y que Plain registrara en estudios junto a The Mattless Boys, uno de los incontables proyectos en los que participó. Brian Jones estaría más que agradecido.

3VAMOS LOS PIBES. Y si una auténtica obra de arte no está solamente determinada por el lienzo, sino también por el marco, seguramente la performance general del show no hubiera resultado tan buena sin la presencia del trío que lo secundó en escena, que para la ocasión recibió el título de “The Pibes” y que formó conJuan Papponetti (ex-Katarro Vandaliko, ahora en Traje Desastre) en guitarra y coros,Arnold Rock (ex-Tukera, hoy enDoble Fuerza) en bajo y coros, y Alejo Porcellana (ex-Shaila, hoy en día en Mamushkas) a la batería, los mismos que lo acompañaron a lo largo de las dos jornadas previas a la presentación en el Salón Pueyrredón, que tuvieron lugar en Tandil y Mar Del Plata. Tres shows seguidos en tres ciudades distintas a lo largo de tres días no está nada mal, y con apenas alguna que otra señal de cansancio para el hombre que hace 2 años casi pierde la vida por un desliz del destino. Por el resto, fue una noche inolvidable con un recinto colmado y con el deseo en común de ver a una leyenda viviente del rock frente a sus narices. En estado de pura efervescencia, a la hora correcta, con el clima indicado, y con la promesa que indica que en noviembre retornará una vez más al país con -ahora sí, los más mayorcitos- The Boys. O con los pibes originales… Al menos para la ocasión, las noches de Brickfield cambiaron de nombre para convertirse en argentinas y más precisamente aún en la del pasado sábado en Buenos Aires. Que se repita todas las veces que sea posible, rock mediante.