ENTREVISTA: SERGIO AISENSTEIN, CREADOR DE LUGARES: “LO RARO ES UNA NECESIDAD DEL SER HUMANO”

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Publicado en Revista Madhouse el 5 de agosto de 2016

La Buenos Aires de 1982 era un barco a la deriva encallado en el fango de un destino apremiado. Bajo la presión de la situación de facto imperante, muchos de los artistas locales conformaban un archipiélago de ideas reprimidas que flotaban en un mar turbulento. Pero en el medio de la tormenta se divisaba un puerto para amarrar: el Café Einstein bullía de artistas y demás habitués marginados que buscaban florecer antes de una primavera que recién llegaría al año siguiente. Lo comandaban los capitanes Omar Chabán y Sergio Aisenstein. Este último había regresado a la fuerza a su país tras un largo tiempo en Europa, con la cabeza repleta de ideas de libertad… Menuda tarea la de Aisenstein y compañía: mantener el estilo en una ciudad sitiada, con la bandera de la vanguardia en alto.
Antes había sido parte fundamental de un programa de radio que terminaría siendo de culto, tanto como aquel reducto under impuesto por las circunstancias de turno, el mismo que regenteaban cada noche después que caía el sol y hasta que comenzaba a asomarse el del día siguiente. Y donde al menos se podía existir. Quiso el destino que tras el cierre del Café Einstein, famosa guarida de Córdoba y Pueyrredón donde dieron sus primeros pasos los Twist, los Redonditos, los Fabulosos Cadillacs, donde debutó Soda Stereo y donde Sumo empezó a explotar (con un Luca Prodan que prácticamente la consideraba su residencia oficial), y mil nombres más, el Capitán Sergio sobreviviera a la tormenta para continuar dirigiendo su propia nave, ya en aguas más calmas y con su amada libertad borboteando hasta por los codos, para así dejar una nueva huella en otra página de la historia de la noche porteña. Mientras esperamos ansiosos la salida de “Freakenstein”, el libro de memorias cuya edición se anuncia para el mes de noviembre, estuvimos con Sergio Aisenstein para hablar de buena parte de lo que fue… y que siempre puede volver a ser.

Comenzaste haciendo radio de muy joven, apenas adolescente…
Sí, en 1977, fue el principio del principio del principio. Empecé cuando tenía 13 o 14 años haciendo “El Tren Fantasma” con Daniel Morano, que era compañero mío del secundario, en un colegio nacional del estado. Él venía de otro colegio y yo también, después de haber sido echado de un par, entonces nos encontramos en el Nacional Bartolomé Mitre y nos hicimos muy amigos. Éramos, digámoslo así, muy alocados. Muy experimentadores, estábamos todo el tiempo buscando cosas nuevas. Y el padre de Daniel, que era uno de los dueños de Radio Rivadavia, nos dio lo que se consideraba el peor horario para hacer un programa de radio, al que se le decía “la hora del colectivero” porque a esa hora eran los únicos que la escuchaban, los que estaban en la calle o los taxistas. Pero nos lo dio como para que nosotros juguemos. Doce de la noche del domingo, o una de la mañana, que es una hora que no hay público. Ya había pasado la hora de los comentarios del fútbol, después venía la hora del tango, y llega un momento en que la radio entra en un acantilado, en un vacío, porque no hay más público. Entonces nos dio ese horario, el de menos rating, por las dudas de que hiciéramos alguna cagada. Y así hicimos “El Tren Fantasma”, un programa con el que nos fue muy bien, incluso ganamos dos Martín Fierro. No teníamos muchas opciones para elegir locutor, y terminamos convocando a Omar Cerasuolo, al locutor más careta de la radio, el más oficial, el más rígido, la voz de las conmemoraciones políticas, locutor de Radio Nacional…

Omar Cerasuolo en épocas de Radio Rivadavia y "El Tren Fantasma"Que sonaba como si fuera un locutor de ultratumba, como si viniera del más allá.
Claro, porque venía de la escuela más tradicional de los locutores, pero en nuestro caso hablando de cosas locas. Yo me ocupaba del guión y de los textos, y Daniel de la música y de las cortinas. Ésa era la combinación. Lo hicimos en ese horario durante bastante tiempo, y después nos mandaron a un horario semi-central, el del sábado a la tarde, hasta que nos pasaron al horario central de Radio Rivadavia, viernes o sábados de 11 a 2 de la mañana. Primero empezamos en AM, y después nos pasaron a FM, y terminamos en AM y FM al mismo tiempo. Pero el programa terminó extendiéndose en el tiempo.

Es muy llamativo que el programa era musicalizado y guionado por dos personas de 13 o 14 años. Algo increíblemente prematuro.
Absolutamente prematuro. Los primeros sorprendidos fuimos nosotros, por el rating que empezamos a tener, sobre todo el padre de Daniel, que jamás imaginó una reacción semejante de parte de los escuchas. Empezaron a llover cartas y llamados de todas partes, ya que la señal de Rivadavia llegaba a todo el país, la de más alcance después de Radio Nacional.

¿Cuánto tiempo en total estuvo en el aire?
El programa tuvo diferentes vidas. El ciclo de Rivadavia habrá sido desde el 77 hasta el 79, casi 1980. Cuando nos pasamos a la FM, estuvimos unos 3 o 4 años, y después tuvo un ciclo en la Rock & Pop en los ’90, pero yo ya estaba en otra cosa, ya estaba con lo de “Nave Jungla”. Esos fueron todos los ciclos de “El Tren Fantasma”.

¿Decidiste abrir Nave Jungla a causa del fin del programa de radio?
Es que yo ya tenía otro interés. Con Nave Jungla podía expresarme más nítidamente, y “El Tren…” me demandaba mucha energía. Con Daniel ya estábamos en diferentes cosas. Él tenía una productora, una agencia de publicidad…Teníamos actividades diferentes que eran diametralmente opuestas a lo que pasaba antes, cuando teníamos esa sección, esa ventanita abierta que era “El Tren…”, y poníamos todo ahí.

EL SUEÑO EUROPEO
Volvamos un poco más atrás. Por aquellos años también escribías en el Expreso Imaginario.
Sí, teníamos algunos contactos con Jorge Pistocchi y empecé a escribir en la revista a partir del segundo número, con una nota que se llamaba “La Rebelión De Los Monstruos Del Circo”, que intuitivamente era una nota que tenía muchísimo que ver con Nave Jungla, porque hablaba de los freaks. Y después seguí escribiendo en diferentes revistas, me dediqué al periodismo de notas que no tenían mucho que ver con la actualidad, que más bien eran ocurrencias mías, como la vida de las hormigas o cosas por el estilo. O qué le pasaba a un astronauta cuando se quedaba solo en el espacio dando vueltas alrededor de la luna, notas muy raras, que ahora, reviéndolas para escribir el libro, me pregunté cómo carajo se me había ocurrido escribir una nota sobre eso, o sobre la vida de Salvador Dalí. Cosas así. Hasta que dejé todo: el programa de radio, el Expreso y el teatro para chicos, que también hacía en esa época. Me tomé el trasatlántico Eugenio C y me fui a Europa.

¿Y por qué motivo te fuiste?
La verdad, sentía que necesitaba nutrirme un poco de lo que pasaba allá y además…

…Y además acá pasaban otras cosas.
Acá pasaban otras cosas, empezando por un régimen militar. La vida de un freak o de un outsider en Argentina, de alguien que estaba al costado de la carretera de lo que estaba pasando, se había convertido en algo muy peligroso. Nosotros éramos como la contracultura. Estaba todo mal. Y me parece que irme fue la mejor decisión que tomé. No lo hice de una manera paranoica, para nada, sino con mucha alegría, sentía que iba en busca de una gran aventura, de un mundo nuevo y montones de cosas, así que me tomé el Eugenio C en Rio de Janeiro y me fui a Europa, y ahí viví unos cuantos años.

Te fuiste a vivir a Amsterdam. ¿Fue el primer destino y el final?
No, no fue el primero. Primero fui a España, y de ahí a Holanda. Había conocido Amsterdam y me había encantado, y después volví y me quedé. La historia es compleja y la desarrollo bien en el libro, pero la cuestión es que me enamoré de Amsterdam y me quedé a vivir ahí.

Leí que sobrevivías vendiendo pósters y postales.
En realidad era una actividad que había empezado en España. Yo ya hacía collages en Buenos Aires, y en España los imprimía como medio de vida. Me llevé los negativos a Holanda, y vivía de eso, de vender postales y pósters, dejaba mis trabajos en diferentes librerías y lugares de la ciudad, y me iba muy bien.

Aparte habrá estado buena esa sensación de libertad, mientras aquí pasaba más bien lo contrario…
Bueno, Argentina era como algo imposible, ¿no? Si bien uno pensaba que en algún momento tenía que volver y ver a mis amigos. En total estuve allí 3 años y medio.

Muchísimo tiempo, sobre todo a esa edad.
Es mucho tiempo, y además terminás acostumbrándote a un montón de cosas que sabés que después te va a costar un huevo dejarlas, porque el sentimiento de libertad y de comprensión de otros seres hacia vos es tan diferente, sobre todo en el norte de Europa, ¡que volver a Buenos Aires fue un coñazo!

Más aún tener que volver cuando aquí las cosas estaban muy mal.
No, yo no volví, a mí me deportaron. Yo no quería volver.

Te volvieron, entonces. ¿Y por qué motivo te deportan?
Bueno, es muy compleja la situación. Debería adentrarme demasiado en las cosas. Me conformo con decirte que fue una serie de sucesos inesperados y desafortunados, pero creo que la única manera de que yo podía volver a Argentina era siendo deportado, porque de otra manera no hubiera vuelto jamás.

CAFÉ EINSTEIN = MC²
Supongo que esa sensación de libertad te habrá marcado, porque cuando volviste a principios de los 80 algo se te habrá cruzado por la cabeza para terminar poniendo en marcha el Café Einstein junto a Omar Chabán y Helmut Zieger.
Sí, en verdad lo íbamos a abrir con Omar solamente y él trajo a Zieger, un compañero del colegio que se integró a la sociedad y que fue muy útil porque se ocupaba del funcionamiento de las cosas. El Einstein fue como la única posibilidad que yo sentía que tenía para subsistir en esta vida, en este país. Me sentía como rodeado, había caído preso muchas veces en Buenos Aires. Me sentía muy acosado, era como que vivía refugiado en la casa de mis viejos. Y entonces leo una nota en una revista sobre unos dichos de Einstein, donde hablaba de las posibilidades que tiene una materia viviente para existir. O que el hábitat transforma a esa materia viviente. O esa partícula de vida transforma todo el hábitat, ¿se entiende?

…Creo que sí.
O hay una adaptación donde desaparecen las cualidades de esa partícula, o esa partícula influye a todo ese hábitat de manera que le resulta noble vivir ahí… Cuando leí eso, me dije: acá hay dos posibilidades: o me matan, o hago algo muy grande. Después de haber vivido ese esplendor en Europa, pensar que yo era punk y estaba refugiado en la casita de mis viejos… ¡Una locura! Me di cuenta de que no tenía opción y lo único que podía hacer era aliarme con aquellas personas con las que nos podíamos influenciar mutuamente. Y ahí lo llamé a Omar Chabán, a quien conocía de mis épocas de teatro, y pusimos en marcha el Einstein.

chabanY yo que pensaba que el nombre del lugar tenía que ver con tu apellido…
Hay una casualidad, pero el nombre partió de la frase del sabio.

Y que terminó bautizando a un lugar que iba a contramano de todo.
Es que Omar era un tipo que también era muy opuesto a todas las normas, y nos juntamos e hicimos un gran quilombo. Y tuvimos una buena receptividad de todos los artistas, que fue lo bueno, porque el Einstein abrió las puertas a nuevas generaciones de pintores, de escritores, de cineastas, de músicos…Fue algo muy importante.

Al mismo tiempo casi no había lugares que nuclearan todo es tipo de gente, toda esa movida, ¿no?
¡Es que hacía falta! Las cosas generalmente permanecen a oscuras hasta que de golpe se iluminan, y hacía falta un lugar y una producción que catapulte a esa gente, a los músicos y otros artistas que estaban escondidos, porque realmente lo estaban.

Podríamos trazar tranquilamente un paralelo con lo que fue el Instituto Di Tella en los 60.
Creo que tiene muchísimo que ver. Ojo, también fue una referencia para nosotros para poder lanzarnos. O sea, nosotros sabíamos lo que iba a pasar, buscábamos que pase eso, no es que nos haya pasado de casualidad. Buscábamos esa explosión, ese Di Tella de los ‘80s. Pero nos sobrepasó, ya que se convirtió en algo popular, mientras que el Di Tella fue una cosa de elite. Y creo que tiene que ver con las épocas, porque el Einstein se creó bajo una dictadura militar, y esa presión que existía comenzó a drenar a través del Einstein. Y se hizo muy popular, porque nosotros abrimos la puerta de toda una locura que estaba encerrada desde hacía muchos años por los militares.

sergio Abre el Café EinsteinHace poco entrevisté a Flavio Casanova y él me decía que el Einstein fue mucho más que un lugar para tocar o ir a hacer sociales, que muchos lo consideraban un segundo hogar, tanto los músicos como el público. Y donde existía una sana convivencia entre las tribus urbanas, ya fueras punk, o fan del pop, o lo que fuera.
Es verdad. La gente lo sentía como un referente, que era algo cercano, algo necesario, como una casa. Para mí también funcionó así. Un lugar lleno de vida donde te encontrabas con gente con la que podías hablar, podías compartir. Aparte estaba abierto todos los días. Era como un hogar alternativo, era algo necesario.

Y con eso de, reitero, la sana convivencia entre los artistas. Digo, si se daba que en la misma noche tocaban Sumo, Soda Stereo y Los Violadores, estaba todo bien. No existía eso de las internas entre bandas.
Sí, bueno, eso fue una especie de locura, pero los músicos eran todos amigos. La locura provino del público, más que de los músicos. Entre los músicos no había ninguna beligerancia. El público entre sí empezó como a separarse y dividirse.

¿A qué creés que se debió ese hecho?
Cada tribu tenía sus mitos, su mitología. Creo que tiene que ver con cuestiones sociales, de la necesidad de la gente de sentirse unida detrás de una bandera, de crear amigos y enemigos. Tener verdades que a veces son ciertas, y a veces no, y seguir un estilo de vida que continúa a través de una música que escucha.

Lo extraño es que en ese momento ninguna de esas bandas eran masivas, y pareciera ser que eso de las tribus comenzó cuando se volvieron grandes y populares.
Tal cual, cuanto más estaban alejadas de los músicos, más territoriales se hacían.

HISTORIAS DEL CAFÉ
¿Es verdad que Pipo Cipolatti se encargó de hacer la instalación eléctrica del lugar?
Sí, es cierto. Fue todo muy a pulmón, lo hacíamos entre amigos, fue algo casero por un lado e hiperprofesional por el otro, desde el lado artístico. Lo casero fue todo muy primario, muy rudimentario y básico, y fue así que Pipo hizo la electricidad del lugar.

Otra historia que necesita ser confirmada, o desmentida. En aquellos primeros shows de Sumo, en los días que también existía la Hurlingham Reggae Band o Sumito, algunos afiches se referían al grupo como Zumo, con “Z”. ¿Fue un error de edición o algo intencional?
Yo ponía Sumo con zeta, a propósito, para hacerlo enojar a Luca. Era una pelea entre nosotros, una joda entre amigos, y él lo tomaba bien. Y también a veces en vez de poner Luca, escribía Lucas. Porque Luca cantaba todos los días. Si bien al principio nos llevábamos muy mal, después nos hicimos íntimos amigos. Él vivía en mi casa en la calle Gascón, en Almagro.

sergio aisenSupongo que muchas historias como ésta formarán parte del libro.
Seguro, pero no está mal que las adelantes. Preguntame lo que quieras.

¿Finalmente cuánto duró el Einstein?
Duró dos años y algo. Poquísimo, ¿no?

Muy poco, pero fueron dos años muy importantes.
Muy importantes. Aparte el Einstein abría tofos los días, por lo que fueron dos años muy intensos, muy vividos, cada día rebosaba de gente. Y finalmente lo cerró la policía – lo que nos pasó fue muy injusto. Pasó lo que pasó y duró lo que duró porque no nos permitieron seguir, y después cada uno hizo lo suyo. Hubiéramos continuado, porque fuera de lo artístico nos iba muy bien económicamente.

Y eso de que uno pudiera elegir ir cualquier día de la semana es muy europeo.
Totalmente. Abríamos a las 8 de la noche y cerrábamos a las 6 o 7 de la mañana. El público de las 9 de la noche no era el mismo que el de las 3 de la mañana, y el de las 3 no era el mismo que el de las 5. De hecho nuestra idea era la de ampliar el lugar, porque no dábamos abasto. Pero bueno, un poco la locura de las bandas la siguió Omar en Cemento, y yo abrí Nave Jungla, que era más mi palo.

¿Es verdad que quien cerró al Einstein fue Tróccoli, el ministro del Interior de Alfonsín?
Tal cual, porque los hijos, que eran un montón, eran todos terribles personajes y como el padre no los podía controlar, terminaba cerrando los lugares donde iban.

¡Qué injusticia! ¿Y ustedes qué culpa tenían?
Una injusticia terrible. Y también cerró el bar Zero. Lugar adonde iban los hijos, el viejo le bajaba la caña. Y terminamos presos, metieron a todos en cana, directamente por orden de Tróccoli. Y ahí fue entonces el cierre definitivo, si bien lo aguanté un tiempo, porque no quería largar el lugar Y entonces hice Babilonia, donde me dediqué básicamente a la pintura, que ya venía del Einstein, con Kuitca, Marrone, Suárez, con todos, pero me siguieron reprimiendo y también la cerré. Y después de ahí me dediqué a construir un lugar junto a Daniel Batezzatti, mi socio, que fue Nave Jungla, y Omar hizo la suya con Cemento.

¿Pensás que un proyecto como el Einstein hubiera sido posible actualmente? Hoy día la gente se expone en las redes sociales, y quizás no está esa necesidad de que existan lugares públicos físicos para hacerlo. Ahora es todo muy fácil y accesible, y esa facilidad no necesariamente implica traer aparejados buenos resultados artísticos…
Lo que falta son propuestas. La propuesta del Einstein fue única, y la de Nave Jungla también fue irrepetible. Creo que si se dan propuestas a esos niveles, que toquen las fibras de las personas -más allá de la forma, cada uno tendrá su modalidad- si son profundas, con temáticas interesantes, pueden producir una especie de nueva revolución de la comunicación entre las personas. De eso estoy seguro, no creo que tenga que ver con la época. Hay una necesidad de encuentro, de verse, que está insatisfecha. Pasa lo mismo con los libros, están todos en internet y sin embargo las librerías se llenan, el libro es algo insustituible. Con la gente pasa lo mismo, quieren verse, transportarse a un lugar y estar con los artistas. Es algo irremplazable.

sergio nave jungY LA NAVE VA
Lo que nos lleva, ahora sí, a la Nave Jungla, que comenzó en el ’88. ¿Por qué los enanos atendiendo el lugar?
Lo hicimos de una manera muy inocente. Los enanos nacieron de sueños que había tenido yo con ellos, y fueron apareciendo en la Nave. Llegó un tipo que era el Rey de Los Enanos y trajo a todo el resto.


Pero tras 11 años cerró en 1999 y no volvió jamás, salvo alguna que otra noche en la que el lugar fue revivido en Niceto.

Hicimos varias fiestas ahí. La primera nos jugó muy en contra porque quedaron 2000 personas afuera. Fue un quilombo, tiraron abajo la puerta de Niceto, como si hubiera vuelto Sumo. Yo quedé un poco asustado, y después no quise ni hacer publicidad de las otras fiestas. Un fierro caliente. Y después sentí que había que dejarlas ahí, y que continúe como misterio. No sé si va a haber otra fiesta, o no. No está en mi ánimo, si bien sé que va a tener muchísima convocatoria. Prefiero dejarla dormir en el inconsciente colectivo de la gente. Incluso la Nave Jungla es más conocida que yo. Todo el mundo sabe qué es la Nave Jungla y no quién es Sergio Aisenstein. Es algo que me trasciende, como si fuera el Parque Japonés. No importa quién la hizo. 

¿Cómo viviste todo el derrotero de Omar Chabán?
Es muy triste, qué querés que te diga. Y todo lo que le pasó fue muy escandaloso. Omar era realmente un personaje muy límite, un outsider total.

Pero él no venía originalmente del rock, como fue en tu caso.
Y como no venía del rock, fue algo que lo superó. El rock es algo muy peligroso para la gente que no lo maneja. O la gente que cree que puede manejar las drogas, y a las drogas no las manejan nunca. ¡Las drogas te manejan a vos! Omar se metió en el rock sin conocer el palo creyendo que iba a poder dominar a un público imposible de dominar. Y el público terminó pegándole una patada y tirándole el tablero a la mierda. Lo que pasó ahí fue un descontrol por parte del público, más que de Omar.

Y con un final tristísimo, tanto en el episodio de Cromañón como en su vida personal.
Su vida personal fue terrible. De alguna manera lo mataron, porque le hicieron mal un diagnóstico dentro de la cárcel. Lo estaban tratando con antibióticos y él murió a causa de un cáncer, que lo venía anunciando desde hacía un año y medio. A propósito o no, eso lo sabrá solamente Dios, lo mataron, porque lo podrían haber salvado.

Y también estaba eso de su imagen excéntrica, mal vista por la parte más conservadora de la sociedad.
Reaccionaron de una manera brutal. Para cuando se hizo pública su manera de ser, ya estaba condenado a muerte.

En 2010 fuiste guionista y productor de una película sobre el bailarín de tango Jorge Mayoral.
Sí, eso vino de un programa de TV de tango que se llamaba “La Menesunda” y que estuvo dos veces nominado al Martín Fierro, donde yo metía todos los músicos de rock. Un programa que había sido una creación mía, y a raíz de eso conocí a Pablo Pintor, con quien hicimos la película “El Hombre Que Baila”, con la cual viajamos y ganamos premios. Nos fue muy bien. Era una biografía ficcionada de la vida de Jorge Mayoral, el bailarín de tango más grande de todos los tiempos.

¿También te gustaba el tango?
De alguna manera, la necesidad tiene cara de hereje. La Nave Jungla también había tenido un final muy loco, teníamos 27 juicios de parte de los vecinos, porque era una locura que durante tanto tiempo existiera un lugar tan excéntrico en el medio de Palermo, y en determinado momento tuvimos que cerrarlo. Por entonces yo trabajaba para una agencia de publicidad que trabajaba con canales de televisión, y ahí me contacté con la gente del canal Sólo Tango para trabajar en los guiones de la grilla de la programación.

FREAKENSTEIN, LA CRIATURA DEL DR. AISENSTEIN
¿Cómo llegamos a “Freakenstein”, tu biografía?
El libro se va a editar por Planeta en noviembre. Es un poco la historia de mi vida, pero también hay cosas que no tienen mucho que ver con los hitos más conocidos. La historia de mi vida está hilvanada por un montón de situaciones que ahora las revelo. Es como una especie de vida secreta. Y adentro de esa vida secreta está El Tren Fantasma, El Expreso Imaginario, el Café Einstein, La Nave Jungla, los ciclos de TV, la película…Todas las cosas que hice, pero desde otra mirada.

¿Y no incluye nada sobre la que fue tu banda, Hollywood Nunca Aprenderá?
Sí, por supuesto, tocamos durante años. Una banda que adoro. Y está todo dentro del libro. Pero está todo contado desde otro lugar, y no de una manera periodística, porque es una biografía en primera persona. Y también voy a incluir mis días de radio con programas como “Cazadores De Cabezas” y “Nave Jungla”. Y ahora estoy con lo del programa Juan Acosta en Radio Nacional, que va a ir los domingos a la noche, donde voy a estar hablando del under local.

Volvés a “la hora de los colectiveros”…
¡Al horario original! Todos los colectiveros deben estar saltando en una pata.

De alguna manera, viéndolas desde el lado tradicional de la vida, casi todas las cosas que hiciste fueran, digámoslo así “raras”. ¿Qué sería hacer algo “raro” hoy en día? ¿No te parece que de por sí ésta ya es una sociedad sumamente rara? Antes, lo raro, lo poco frecuente, era lo no establecido, y hoy es al revés. Y entonces lo establecido y lo cotidiano termina siendo lo raro.
Creo que lo raro es una necesidad del ser humano. El misterio y el enigma son necesidades que tenemos, y siempre van a existir, así que nada deja de ser raro. Vivimos entre lo extraño. Si tomamos conciencia, nuestra vida misma es un enigma. De alguna forma todo pasa a ser surrealista, porque la realidad es un poco surrealista, pero el producto artístico va a permanecer y no se va a perder nunca. Yo le tengo confianza, por eso sigo haciendo cosas, y con el mismo ímpetu, como las hice siempre.

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