ROBERT JOHNSON, EL GUITARRISTA CON UN TALENTO DE LOS MIL DIABLOS… O QUIZÁ DE UNO SOLO

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Publicado en Revista Madhouse el 16 de agosto de 2017

“FUI HASTA LA ENCRUCIJADA Y CAÍ DE RODILLAS, LE PEDÍ PIEDAD AL SEÑOR, POR FAVOR, SALVA AL POBRE BOB” (“CROSS ROAD BLUES”, 1936)

La mitología cristiana se ha ocupado largamente de esta leyenda. Pudimos contemplarla a través de los relatos más disparatados, en libros, cuentos y películas. La historia del hombre que pacta con el diablo es uno de los relatos más recurrentes que han aparecido a lo largo de las efemérides y, casualidad o no, muy asiduamente ha estado relacionada con la música. Dos siglos atrás, la gente solía creer que el violinista italiano Nicolo Paganini tenía poderes demoníacos. Y ni hablar de los cientos de leyendas urbanas. Pero ningún relato faustiano ha perdurado tanto en el imaginario popular como el del músico de blues Robert Johnson. Según reza la leyenda, un principiante Johnson tomó su guitarra y se dirigió a la intersección de las carreteras 49 y 61 de la ciudad de Clarksdale, estado de Mississippi, donde el diablo le devolvió su instrumento a cambio de su alma… Tras haberlo dado por muerto por quienes lo conocían, Johnson, que hasta aquel momento había pasado por la escena musical sin pena ni gloria, reapareció al tiempo demostrando una técnica y maestría formidables a la hora de ejecutar el blues… a 79 años del día de su fallecimiento (curiosamente, el mismo día de la muerte de Elvis Presley), recordamos a esta figura y al supuestamente tenebroso origen de su incomparable talento.

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La encrucijada del diablo tiene su monumento guitarrístico

Así, los rumores sobre la historia del bluesman que logró conjurar riffs pentatónicos y sonidos de guitarra slide, acompañados por un ronco tono vocal soberbio, se extendieron por todo el estado sureño. Aquellos que lo habían escuchado tocar antes del insigne episodio también sabían lo que se rumoreaba sobre el hombre que había hecho un pacto con Satán para terminar dominando el género en el cual ahora descollaba con una excelencia sublime, creando su leyenda individual y asimismo liberándolo de su propio infierno, los de los sofocantes campos de algodón del crudo sur estadounidense donde se ganaba el pan de cada día. Sin embargo, los historiadores no la han pasado nada bien a la hora de rastrear los auténticos detalles sobre su vida. Supuestamente, Robert Leroy Johnson había nacido en Hazlehurst, estado de Mississippi, un 8 de mayo de 1911, producto de un affaire extramarital entre su madre (que previamente había sido abandonada por su esposo) y un campesino local. A los dieciséis años, Johnson ya se encontraba trabajando en los campos de algodón y, para evitar terminar siendo asociado con acusaciones infundadas -era muy común que un negro pobre termine siendo utilizado como chivo expiatorio- se paseaba por la vida tras haber adoptado una serie de alias, como el de Robert Spenser o el de Robert Sax. Los historiadores indican que Johnson se casó al menos en dos oportunidades, y fue durante su segundo matrimonio, en 1931, que comenzó con el blues. Originalmente tocaba armónica, para luego pasarse a la guitarra, el instrumento que terminó convirtiéndolo no sólo en un auténtico innovador del género en cuestión, sino también en el padre original del rock and roll moderno.

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Johnson, en algún momento de gloria de su fugaz carrera

GUITARRAS, CAMINOS Y HUESOS DE GATO NEGRO. Hasta entonces Johnson era un simple aprendiz con delirios de estrella, por lo que los músicos de blues más experimentados de aquellos años como Charlie Patton, Willie Brown o Son House, terminaban aceptando de mala gana que se suba al escenario para tocar junto a ellos. Todo esto hasta que llegó el día en que el novato Johnson desapareció por seis meses; en este lapso, solamente munido de su guitarra y un hueso de gato negro, esperó en la histórica intersección de caminos (sitio que tradicionalmente era utilizado para darle sepultura a todos aquellos que no eran considerados dignos de ser enterrados en un cementerio), para acabar vendiéndole su alma al diablo. Al retornar, su indiscutible talento para tocar la guitarra terminó impresionando a los bluesmen más expertos, lo que significó el verdadero comienzo de la leyenda. ¿De qué otra manera Johnson pudo haber logrado semejante maestría al ejecutar su instrumento? Según el folklore africano, una deidad conocida con el nombre de Esú, el guardián histórico de las encrucijadas, era la figura encargada de obrar de intermediaria entre los dioses y el hombre. Habiendo sido los misioneros cristianos quienes impartieron las enseñanzas de la cristiandad a las tribus africanas, muchos de los dioses paganos terminaron siendo asociados con el concepto del diablo, por lo que una encrucijada representaba el punto geográfico por excelencia en el cual un hombre podía encontrarse con Satán. Lo que explica por qué la brujería, o cualquier tópico relativo a un probable acercamiento al maligno, se hayan mantenido prominentes en muchas de las letras de blues a través de los tiempos.

4EL DIABLO SABE POR DIABLO… PERO MÁS SABE POR BLUESMAN. Curiosamente, el relato original del pacto de Johnson se vio modificado según la “visión” que tuvo el músico de blues Henry Goodman, que no trastabilló a la hora de sugerir su propia versión de lo ocurrido aquella fría noche: “Robert Johnson había estado tocando en Yazoo City y en Beulah, intentando retornar a Helena, y en plena carretera se topó con un camino vecino a un dique. Llevaba la guitarra sobre su hombro. Era una noche fresca de octubre, y la luna llena iluminaba el cielo oscuro. Johnson no lograba dejar de recordar a Son House cuando éste le decía ‘Bajá la guitarra, muchacho, estás enloqueciendo a la gente’. Como siempre, Johnson estaba buscando mujeres y whisky. Había árboles muy altos por todo el lugar, el camino era oscuro y solitario. Un perro loco y envenenado aullaba y gemía desde una zanja al costado. Johnson sentía escalofríos por todo el cuerpo, mientras se iba acercando a una encrucijada al sur de Rosedale. Robert Johnson, sintiéndose mal y solo, conocía a gente que vivía en Gunnison. Allí podía conseguir whisky, y mucho más. Un hombre que estaba sentado sobre un tronco al costado de la carretera va y le dice ‘Llegaste tarde, Robert Johnson’. Johnson cae sobre sus rodillas y le contesta ‘Tal vez no’. El hombre, muy alto, con el pecho del tamaño de un barril y negro como los ojos cerrados de Johnson, se pone de pie y se acerca al medio del cruce de caminos en el que Johnson se arrodillaba, y le dice ‘De pie, Robert Johnson. ¿Querés tirar esa guitarra en la zanja con ese perro sin pelo y volver a Robinsonville y tocar la armónica con Willie Brown y Son y seguir siendo uno más del montón, o querés tocarla como nunca nadie lo hizo? ¿Con un sonido que nadie jamás escuchó? ¿Querés ser el rey del blues del Delta y tener todo el whisky y las mujeres que quieras?’ ‘Eso es mucho whisky y mujeres, Hombre-Diablo’, le contestó Johnson. ‘Te conozco, Robert Johnson’, le replicó el hombre. Johnson sintió que la luz de la luna caía sobre su cabeza y la parte trasera de su cuello, mientras la luna parecía crecer más y más, cada vez más brillante. La sentía como si fuera el calor del mediodía, y el aullido y gemido del perro en la zanja le penetraban el alma, subiéndole por sus pies y las puntas de los dedos a lo largo de sus piernas y brazos, hasta terminar en ese espacio vacío detrás del esternón, haciendo que se sacuda y se estremezca, como si fuera paralítico.

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El cruce de las rutas 49 y 161 hoy, donde Johnson acordó su supuesto pacto con el diablo. Ahí, donde está el árbol y el monumento con guitarras.

Robert Johnson dice ‘Ese perro se volvió loco’. El hombre se ríe. ‘Ese sabueso es mío. No está loco, tiene el Blues. Tengo su alma en mi mano’. El perro esboza un gemido bajo y sentimental, un aullido jamás escuchado, rítmico, y gruñidos, chillidos y ladridos sincopados, convulsionando a Johnson, y haciendo que las cuerdas de su guitarra vibren y zumben un sonido triste y oscuro, acordes y notas, poseyendo a Robert Johnson, dominándolo, haciendo que se pierda dentro de sí mismo, dando vueltas, levantándolo por los aires. Robert Johnson enfoca su mirada hacia la zanja y ve que los ojos del perro reflejan la luz de la luna brillante, fulgurantes, con un brillo violeta penetrante, y Robert Johnson sabe lo que está pasando, y siente que está mirando los ojos de un Perro del Infierno, y le tiembla todo el cuerpo. El hombre dice ‘El perro no está en venta, Robert Johnson, pero el sonido puede ser tuyo. Es el sonido del Blues del Delta’ ‘Tengo que tener ese sonido, Hombre-Diablo. Ese sonido es para mí. ¿Dónde tengo que firmar?’ El hombre le contesta, ‘No tenés ningún lápiz, Robert Johnson. Tu palabra es suficiente. Todo lo que tenés que hacer es seguir caminando en dirección al norte. ¡Pero mejor preparate! Hay consecuencias’¿Preparado para qué, Hombre-Diablo?’ ‘¿Sabés dónde estás, Robert Johnson? Estás parado en el medio de una encrucijada de caminos. A la medianoche, esa luna llena caerá directamente sobre tu cabeza. Un paso más, y estarás en Rosedale. Si vas por este camino hacia el este, volverás a la carretera 61 en Cleveland, o podés retornar y volver a Beulah, o dirigirte hacia el oeste, sentarte en el dique y mirar el río. Pero si seguís en la dirección que habías tomado, vas a llegar a Rosedale a la medianoche, bajo la luna llena de octubre, y vas a tener el Blues como nadie lo tuvo en este mundo. Mi mano izquierda envolverá tu alma por siempre, y tu música poseerá a todos los que la escuchen. Eso es lo que va a suceder. Eso es para lo que tenés que estar preparado. Tu alma me pertenecerá. Esta no es una encrucijada cualquiera. No por nada la marqué con una equis, y te estuve esperando’… Robert Johnson movió su cabeza, con la cuenca de sus ojos mirando hacia la luz cegadora de la luna, que para entonces ya había llenado la oscurísima noche del Delta, perforando su ojo derecho como si fuera una descarga de relámpagos al filo de la medianoche. Miró al inmenso hombre directamente a los ojos y le dijo, ‘¡Atrás, Hombre-Diablo, estoy yendo a Rosedale. ¡Soy el Blues!’ El hombre se hizo a un lado y le dijo, ‘Seguí adelante, Robert Johnson. Sos el Rey del Blues del Delta. Volvé a tu hogar en Rosedale. Y cuando llegues a la ciudad, buscá un plato de tamales calientes, vas a necesitar tener algo en tu estómago’

EL SECRETO DE MI ÉXITO. Eventualmente, gracias a su nuevo nivel de excelencia musical, Johnson logró cumplir cada uno de sus sueños, más precisamente los de sumergirse de lleno en el mundo del whisky, las apuestas, y las mujeres fáciles. Una vez que logró notoriedad como guitarrista de primera línea, viajó por todo el sur de los Estados Unidos, desbordando de público todos y cada uno de los lugares en los que se presentaba. Su inusual apariencia, mientras tanto, basada en la suposición que indicaba que tenía un “ojo malo” (en verdad, una catarata que se había formado sobre el cristalino), logró que se le agregue más combustible a su de por sí muy incendiaria apariencia, por lo que el público creía que una mirada de Johnson era todo lo necesario para mandar a uno al infierno.robertjohnson-album Johnson también acostumbraba a tocar de espaldas a la audiencia, lo que era interpretado como señal de que siempre tenía algo que ocultar. Pero en verdad lo que Johnson buscaba reservarse eran los yeites que le permitían tocar la guitarra tan magistralmente, y que no quería que nadie le robe.

6Así, el Rey del Blues del Delta grabó sólo 29 canciones, las cuales llegaron a sumar un total de 41 pistas (incluyendo las tomas alternativas), todas ellas registradas entre 1936 y 1937 -editadas por entonces en once discos de pasta individuales de 78 revoluciones- tarea por la que cobró la por entonces no tan moderada suma de cien dólares, plasmando así un legado único que más tarde lo consagraría como uno de las principales influencias de los artistas de blues y rock más reputados (sus canciones fueron versionadas por discípulos de la talla de Led Zeppelin, Rolling Stones, Elmore James o Cream, entre otros) y que no verían la luz en conjunto hasta 1991, cuando la compañía Columbia editó “The Complete Recordings”, un álbum doble conteniendo todo lo que Johnson alguna vez registró, y que le valió la certificación de Mejor Álbum Histórico.

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE ESTÁS MUERTO. Las circunstancias que rodearon a su muerte sólo lograron reforzar la leyenda y, lejos de la versión que indicaba, obviamente, que el diablo se había llevado su alma, los biógrafos coincidieron en señalar que fue apuñalado o, como se creyó más popularmente, que recibió un tiro certero de manos de una novia celosa, o bien del esposo de una de su tantas amantes. O tal vez envenenado con estricnina.

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Uno de los tantos lugares en el sur de EE.UU. donde -se dice, se cree, se supone- puede estar enterrado el cuerpo de Robert Johnson.

Otras interpretaciones de los hechos citan la posibilidad de haber sufrido una sífilis alocada que lo tuvo angustiado durante tres años, hasta que terminó cayendo de rodillas y, aullando y ladrando como un perro agonizante, exhaló por última vez el 16 de agosto de 1938, a los 27 años de edad… Su tumba más recordada -en rigor una de las tres existentes, lo que acabó aportando aún más pimienta a la leyenda- puede ser visitada en el cementerio de la iglesia Misionaria Bautista Mount Zion, situada cerca de la carretera 7 de Morgan City, en su Mississippi natal, y no tan lejos del lugar donde, mito o verdad, y con tan sólo ellos dos como únicos testigos, Robert Johnson negoció con el mismísimo diablo.

 

 

ROBERT JOHNSON | Negocios con el diablo

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Publicado en Evaristo Cultural el 9 de noviembre de 2015

“Fui hasta la encrucijada y caí de rodillas, le pedí piedad al Señor, por favor, salva al pobre Bob”
(‘Cross Road Blues’, 1936)

La mitología cristiana se ha ocupado extensivamente de ello. Pudimos contemplarla a través de los relatos más disparatados, en libros, cuentos y películas. La historia del hombre que pacta con el diablo es uno de los relatos más recurrentes que han aparecido a lo largo de las efemérides y, casualidad o no, muy asiduamente ha estado relacionada con la música. Ya hace dos siglos atrás, la gente solía creer que el violinista italiano Nicolo Paganini tenía poderes demoníacos. Y ni hablar de los cientos de leyendas urbanas. Pero ningún relato faustiano ha perdurado tanto en el imaginario popular como el del músico de blues Robert Johnson. Según reza la leyenda, un principiante Johnson tomó su guitarra y se dirigió a la intersección de las carreteras 49 y 61 de la ciudad de Clarksdale, estado de Mississippi, donde el diablo le devolvió su instrumento a cambio de su alma. Tras haberlo dado por muerto por quienes lo conocían, Johnson, que hasta aquel momento había pasado por la escena musical sin pena ni gloria (su contemporáneo Son House lo consideraba un armonicista aceptable, pero un pésimo guitarrista), reapareció después de un tiempo demostrando una técnica y maestría formidables a la hora de ejecutar el blues.
Así, los rumores sobre la historia del bluesman que logró conjurar riffs pentatónicos y sonidos de guitarraslide, acompañados por un ronco tono vocal soberbio, se extendieron por todo el estado sureño. Aquellos que lo habían escuchado tocar antes del insigne episodio también sabían lo que rumoreaba sobre el hombre que había hecho un pacto con Satán para terminar dominando el género en el cual ahora descollaba con una excelencia sublime, creando su leyenda individual, y asimismo liberándolo de su propio infierno, los de los sofocantes campos de algodón del crudo sur estadounidense donde se ganaba el pan de cada día. Sin embargo, los historiadores no la han pasado nada bien a la hora de rastrear los auténticos detalles sobre su vida. Supuestamente, Robert Leroy Johnson había nacido en Hazlehurst, estado de Mississippi, un 8 de mayo de 1911, producto de un affaire extramarital entre su madre (que previamente había sido abandonada por su esposo) y un campesino local. A los dieciséis años, Johnson ya se encontraba trabajando en los campos de algodón y, para evitar terminar siendo asociado con acusaciones infundadas (era muy común que un negro pobre termine siendo utilizado permanentemente como chivo expiatorio) se paseaba por la vida tras haber adoptado una serie de alias, como el de Robert Spenser, o el de Robert Sax. Los historiadores indican que Johnson se casó al menos en dos oportunidades, y fue durante su segundo matrimonio, en 1931, que comenzó con el blues. Originalmente tocaba armónica, para luego pasarse a la guitarra, el instrumento que terminó convirtiéndolo no sólo en un auténtico innovador del género en cuestión, sino también en el padre original del rock and roll moderno. Hasta entonces Johnson era un simple aprendiz con delirios de estrella, por lo que los músicos de blues más experimentados de aquellos años como Charlie Patton, Willie Brown o Son House, terminaban aceptando de mala gana que se suba al escenario para tocar junto a ellos. Todo esto hasta que llegó el día en que el novato e improvisado Johnson desapareció por seis meses y, una vez más, solamente munido de su guitarra y un hueso de gato negro, esperó en la histórica intersección de caminos (sitio que tradicionalmente era utilizado para darle sepultura a todos aquellos que no eran considerados dignos de ser enterrados en un cementerio), para acabar vendiéndole su alma al diablo. Al retornar, su indiscutible talento para tocar la guitarra terminó impresionando a los bluesmen más expertos, lo que significó el verdadero comienzo de la leyenda. ¿De qué otra manera Johnson pudo haber logrado semejante maestría al ejecutar su instrumento? Según el folklore africano, una deidad conocida con el nombre de Esú, el guardián histórico de las encrucijadas, era la figura encargada de obrar de intermediaria entre los dioses y el hombre. Habiendo sido los misioneros cristianos quienes impartieron las enseñanzas de la cristiandad a las tribus africanas, muchos de los dioses paganos terminaron siendo asociados con el concepto del diablo, por lo que una encrucijada representaba el punto geográfico por excelencia en el cual un hombre podía encontrarse con Satán. Lo que explica el porqué del cual la brujería, eventualmente, o cualquier tópico relativo a un probable acercamiento al maligno, se hayan mantenido prominentes en muchas de las letras de canciones de blues a través de los tiempos.
Curiosamente, el relato original del pacto de Johnson se vio modificado según la “visión” que tuvo el músico de blues Henry Goodman, que no trastabilló a la hora de sugerir su propia versión de lo ocurrido aquella fría noche:
“Robert Johnson había estado tocando en Yazoo City y en Beulah, intentando retornar a Helena, y en plena carretera se topó con una camino que estaba cerca de un dique. Llevaba la guitarra apoyada sobre su hombro. Era una noche fresca de octubre, y la luna llena iluminaba el cielo oscuro. Johnson no lograba dejar de recordar a Son House cuando éste le decía ‘Bajá la guitarra, muchacho, estás enloqueciendo a la gente’ Como siempre, Johnson estaba buscando mujeres y whisky. Había árboles muy altos por todo el lugar, el camino era oscuro y solitario. Un perro loco y envenenado aullaba y gemía desde una zanja al costado. Johnson sentía escalofríos por todo el cuerpo, mientras se iba acercando a una encrucijada al sur de Rosedale. Robert Johnson, sintiéndose mal y solo, conocía a gente que vivía en Gunnison. Allí podía conseguir whisky, y mucho más. Un hombre que estaba sentado sobre un tronco al costado de la carretera va y le dice ‘Llegaste tarde, Robert Johnson’. Johnson cae sobre sus rodillas y le contesta ‘Tal vez no’ El hombre, muy alto, con el pecho del tamaño de un barril, y negro como los ojos cerrados de Johnson, se pone de pie y se acerca al medio del cruce de caminos en el que Johnson se arrodillaba, y le dice ‘De pie, Robert Johnson. ¿Querés tirar esa guitarra en la zanja con ese perro sin pelo y volver a Robinsonville y tocar la armónica con Willie Brown y Son, y seguir siendo uno más del montón, o querés tocarla como nunca nadie lo hizo? ¿Con un sonido que nadie jamás escuchó? ¿Querés ser el rey del blues del Delta y tener todo el whisky y las mujeres que quieras?’ ‘Eso es mucho whisky y mujeres, Hombre-Diablo’, le contestó Johnson. ‘Te conozco, Robert Johnson’, le replicó el hombre. Johnson sintió que la luz de la luna caía sobre su cabeza y la parte trasera de su cuello, mientras la luna parecía crecer más y más, cada vez más brillante. La sentía como si fuera el calor del mediodía, y el aullido y gemido del perro en la zanja le penetraban el alma, subiéndole por sus pies y las puntas de los dedos a lo largo de sus piernas y brazos, hasta terminar en ese espacio vacío detrás del esternón, haciendo que se sacuda y se estremezca, como si fuera paralítico. Robert Johnson dice ‘Ese perro se volvió loco’ El hombre se ríe. ‘Ese sabueso es mío. No está loco, tiene el Blues. Tengo su alma en mi mano’ El perro esboza un gemido bajo y sentimental, un aullido jamás escuchado, rítmico, y gruñidos, chillidos y ladridos sincopados, convulsionando a Johnson, y haciendo que las cuerdas de su guitarra vibren y zumben un sonido triste y oscuro, acordes y notas, poseyendo a Robert Johnson, dominándolo, haciendo que se pierda dentro de sí mismo, dando vueltas, levantándolo por los aires. Robert Johnson enfoca su mirada hacia la zanja y ve que los ojos del perro reflejan la luz de la luna brillante, fulgurantes, con un brillo violeta penetrante, y Robert Johnson sabe lo que está pasando, y siente que está mirando los ojos de un Perro del Infierno, y le tiembla todo el cuerpo. El hombre dice ‘El perro no está en venta, Robert Johnson, pero el sonido puede ser tuyo. Es el sonido del Blues del Delta’ ‘Tengo que tener ese sonido, Hombre-Diablo. Ese sonido es para mí. ¿Dónde tengo que firmar?’ El hombre le contesta, ‘No tenés ningún lápiz, Robert Johnson. Tu palabra es suficiente. Todo lo que tenés que hacer es seguir caminando en dirección al norte. ¡Pero mejor preparate! Hay consecuencias’ ‘¿Preparado para qué, Hombre-Diablo?’ ‘¿Sabés dónde estás, Robert Johnson? Estás parado en el medio de una encrucijada de caminos. A la medianoche, esa luna llena caerá directamente sobre tu cabeza. Un paso más, y estarás en Rosedale. Si vas por este camino hacia el este, volverás a la carretera 61 en Cleveland, o podés retornar y volver a Beulah, o dirigirte hacia el oeste, sentarte en el dique y mirar el río. Pero si seguís en la dirección que habías tomado, vas a llegar a Rosedale a la medianoche, bajo la luna llena de octubre, y vas a tener el Blues como nadie lo tuvo en este mundo. Mi mano izquierda envolverá tu alma por siempre, y tu música poseerá a todos los que la escuchen. Eso es lo que va a suceder. Eso es para lo que tenés que estar preparado. Tu alma me pertenecerá. Esta no es una encrucijada cualquiera. No por nada la marqué con una equis, y te estuve esperando’ Robert Johnson movió su cabeza, con la cuenca de sus ojos mirando hacia la luz cegadora de la luna, que para entonces ya había llenado la oscurísima noche del Delta, perforando su ojo derecho como si fuera una descarga de relámpagos, al filo de la medianoche. Miró al inmenso hombre directamente a los ojos y le dijo, “¡Hacia atrás, Hombre-Diablo, estoy yendo a Rosedale. Soy el Blues!’ El hombre se movió hacia un lado y le dijo, ‘Seguí adelante, Robert Johnson. Sos el Rey del Blues del Delta. Volvé a tu hogar en Rosedale. Y cuando llegues a la ciudad, conseguí un plato de tamales calientes, vas a necesitar tener algo en tu estómago’ ”

Eventualmente, gracias a su nuevo nivel de excelencia musical, Johnson logró cumplir cada uno de sus sueños, más precisamente los de sumergirse de lleno en el mundo del whisky, las apuestas, y las mujeres fáciles. Una vez que logró notoriedad como guitarrista de primera línea, viajó por todo el sur de los Estados Unidos, desbordando de público todos y cada uno de los lugares en los que se presentaba. Su inusual apariencia, mientras tanto, basada en la suposición que indicaba que tenía un “ojo malo” (en verdad, una catarata que se había formado sobre el cristalino), logró que se le agregue más combustible a su de por sí muy incendiaria apariencia, por lo que el público creía que una mirada de Johnson era todo lo necesario para mandar a uno al infierno. Johnson también acostumbraba a tocar de espaldas a la audiencia, lo que era interpretado como señal de que siempre tenía algo que ocultar. Pero en verdad lo que Johnson buscaba reservarse eran los trucos que le permitían tocar la guitarra tan magistralmente, y que no quería que nadie le robe.
Así , el Rey del Blues del Delta grabó sólo 29 canciones, las cuales llegaron a sumar un total de 41 pistas (incluyendo las tomas alternativas), todas ellas registradas entre 1936 y 1937 (editadas por entonces en once discos de pasta individuales de 78 revoluciones), tarea por la que cobró la por entonces no tan moderada suma de cien dólares, plasmando así un legado único que más tarde lo consagraría como uno de las principales influencias de los artistas de blues y rock más reputados (sus canciones fueron versionadas por discípulos de la talla de Led Zeppelin, Rolling Stones, Elmore James o Cream, entre otros) y que no verían la luz en conjunto hasta 1991, cuando la compañía Columbia editó The Complete Recordings, un álbum doble conteniendo todo lo que Johnson alguna vez registró, y que le valió la certificación de Mejor Álbum Histórico.
Las circunstancias que rodearon a su muerte sólo lograron reforzar la leyenda y, lejos de la versión que indicaba, obviamente, que el diablo se había llevado su alma, los biógrafos coincidieron en señalar que fue apuñalado o, como se creyó más popularmente, que recibió un tiro certero de manos de una novia celosa, o bien del esposo de una de su tantas amantes. O envenenado con estricnina. Otras interpretaciones de los hechos citan la posibilidad de haber sufrido una sífilis alocada que lo tuvo angustiado durante tres años, hasta que terminó cayendo de rodillas y, aullando y ladrando como un perro agonizante, exhaló por última vez el 16 de agosto de 1938, a los 27 años de edad. Su tumba más recordada (en rigor una de las tres existentes, lo que acabó aportando aún más pimienta a la leyenda), puede ser visitada en el cementerio de la iglesia Misionaria Bautista Mount Zion, situada cerca de la carretera 7 de Morgan City, en su Mississippi natal, y no tan lejos del lugar donde, mito o verdad, y con tan sólo ellos dos como únicos testigos, Robert Johnson negoció con el mismísimo diablo.