Lou Reed y la New York de terciopelo

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Publicado en Evaristo Cultural en noviembre de 2013

Resulta raro tener que escribir sobre las trayectorias de los grandes artistas. En ciertas ocasiones, desglosar la obra de algunas figuras podría considerarse una suerte de bien innecesario. Sería referirse a los ingredientes, y no a la receta final que tan bien podría satisfacernos ¿Explicar, describir la magnitud de lo que han alcanzado, de sus logros? Es extremadamente paradójico y hasta podría rayar en lo ridículo, para convertirse quizás en el oxímoron perfecto. Hay casos en que ciertas trayectorias simplemente no deberían explicarse. Aquí no hay pistas que descubrir, no hay trucos en manuales de magia que descifrar. Sólo las biografías deberían arrogarse el derecho de aportar datos concretos y definitivos. Fechas, situaciones, números, estadísticas. Pero hay oportunidades en que esos relatos ameritan ser algo infieles a las reglas. Las despedidas en vida, por si acaso. Son desafíos, mayormente, inesperados. Las que indican que ese alguien ya no estará físicamente y, ahora sí, esa serie de situaciones que al menos, de este lado de la vida, no continuarán sucediéndose como lo venían haciendo. Los grandes artistas, los creadores, no necesariamente mueren. Extinguen sus cuerpos, sólo eso, y encienden una llama eterna con su legado como combustible para pasar a una eternidad infinita. Eventualmente Lou Reed no necesita presentación, hacerlo correría ese delicado riesgo de caer en lo evidente. Brooklyn, la Velvet Underground y Warhol. El disco con la banana en la tapa. El otro, el doble con sólo ruido blanco. Nico, Bowie. Lou el Padrino del Punk, Lou el heroinómano en vida, y el que simulaba inyectarse sobre el escenario. Lou el bisexual. El Animal del Rock’n’Roll. Lou el malhumorado, o el practicante de tai-chi. El de las grandes canciones y el de las mil y una letras. El poeta y el que hasta grabó un disco con los mismísimos Metallica. El diccionario loureediano de bolsillo completo. O sus inolvidables conciertos cuando visitó Buenos Aires. Todo eso. El mismo hombre que alguna vez declaró que su meta era la de “escribir la Gran Novela Americana en formato de disco”, tempranamente inspirado por aquellas melodías que, tal como declaró en cientos reportajes a través de su carrera, “endulzaban las noches de su juventud”.
Lewis Allan Reed, prácticamente solo en su estilo entre los artistas judíos de su generación, generó con The Velvet Underground la música que todo padre o madre podía llegar a odiar, fácilmente. Pero al mismo tiempo la misma que se ganó la reputación de ser una de las más influyentes en la historia del Rock. Es que, sencillamente, Lou era demasiado cínico para ello. Y encontró en la idiosincracia de la ciudad de New York el caldo de cultivo ideal para plasmarla, y entonces convertirlo en su artista más característico de al menos las últimas cinco décadas. Quizás no sea tanto el hecho de que Lou haya representado el prototipo del neoyorquino promedio como nadie, más bien Reed es el prototipo perfecto del ciudadano neoyorquino en estado puro. Pero la New York de Lou Reed era dura y pesada, y acaso tan distintiva como la París de Baudelaire. Lou no hablaba del Broadway original de Margot Fontayne, de aquellos años dorados de “las luces brillantes en la ciudad brillante” y, más contemporáneamente, tampoco de la tardes de los enamorados que se revolcaban por el césped del Central Park. La poesía de Reed evitaba el glamour como tal en perfecto contraste con la cotidianeidad más folklórica de Manhattan y adyacencias. Prefería escribir sobre lo que sus ojos realmente percibían a diario, sometiéndose a su filosa retina. La New York de los buscavidas que pululaban en los recovecos de la ciudad, plagada de los marginales más selectos. La de los adictos más bravos o los travestidos más osados. La de las bandadas de inadaptados que habitaban los más oscuros hoteles y tugurios neoyorquinos. En rigor, la de todos aquellos que habían llegado a New York City para pasearse por el lado salvaje. Y, por si todo esto fuera poco, además claramente influenciado por los aportes inquietantes de William S. Burroughs y Allen Ginsberg, entre otros escritores de la llamada “Generación Beat”, o por la decadencia de Rimbaud, para terminar oponiéndose, indiscutiblemente, a la sociedad a la cual parecía no sentirse afín, y exponiendo su actitud munido de un lenguaje claramente autóctono. Reed podría tranquilamente ostentar el título del hombre más influyente del rock and roll, tal vez, si Elvis no hubiera existido. Hasta el comienzo de su carrera en solitario en 1971, sus primeras canciones junto a la Velvet Underground siguen resultando aún hoy día frescas e innovadoras, y hasta resulta realmente difícil creer que fueron escritas hace casi medio siglo atrás. “El primer disco de la Velvet Underground vendió solamente 30.000 copias en los primeros cinco años. Creo que cada una de las personas que compró una de esas 30.000 copias formó una banda” La frase de Brian Eno es una de las citas más famosas y recordadas sobre la música de Lou Reed, pero ni el mismísimo biógrafo de Eno pudo comprobar su veracidad, lo que la puso en duda en más de una ocasión. Paralelamente resulta impensable el no considerar que una banda en estos tiempos no haya tenido influencia de la Velvet, en mayor o menor escala. Apócrifa o no, la frase de Eno podría definir perfectamente, entonces, la obra de uno de los artistas con más peso y relevancia a tener en cuenta.
A mediados del corriente año, Reed debió abandonar por un tiempo a su entrañable New York para ser sometido a un transplante de hígado en la ciudad de Cleveland. Los pronósticos resultaban alentadores y poco después declaró abiertamente que se sentía “un triunfo de la medicina, física y química moderna. Me siento más fuerte que nunca, y espero ansiosamente volver a los escenarios, y escribir más canciones para poder conectarme con sus corazones y sus espíritus, y el universo entero, con miras al futuro” Pero el último domingo 27 de octubre las esperanzas de sus amantes volvieron a fragmentarse, esta vez como nunca antes, tras la noticia de su fallecimiento por una seria enfermedad estomacal en su hogar en Southampton, en el estado de New York, a los 71 años de edad.
La muerte de Lou generó uno de los impactos más significativos de la era que se recuerden, en tanto insignificante al momento de compararla con su inconmensurable legado artístico. El mismo que lo mantiene sano y salvo. En pocas ocasiones se recuerda tamaña oleada de repercusiones que siguieron al hecho, y de boca del abanico más variado de artistas imaginable, en un juego de frases y elogios y elogios tan inmenso como su obra. Pero fue su esposa y artista Laurie Anderson (a quien sorpresivamente Reed acompañó en una canción en su presentación en el Gran Rex en el 2008) quien sentó la más conmovedora de las secuelas dedicándole su propio obituario en el periódico East Hampton Star de Long Island: “A nuestros vecinos: ¡Qué hermoso otoño! Todo brilla y luce dorado y toda esa luz suave. Nos rodea el agua. Lou y yo hemos pasado muchísimo tiempo aquí en los últimos años, y si bien somos personas de la ciudad, este es nuestro hogar espiritual. La semana pasada le prometí sacarlo del hospital e irnos de vuelta a nuestra casa en Springs. ¡Y lo hicimos! Lou era maestro de tai-chi y pasó sus últimos días allí sintiéndose feliz y encandilado por la belleza, el poder y la ternura de la naturaleza. Falleció en la mañana del domingo mirando los árboles y haciendo la famosa ‘posición 21’ del tai-chi, con sus manos de músico moviéndose a través del aire. Lou era un príncipe y un luchador, y sé que sus canciones sobre el dolor y la belleza en el mundo llenarán a mucha gente de la misma alegría que él sentía por la vida. Larga vida a la belleza que nos contagia a todos nosotros. Laurie Anderson, su amada esposa y eterna amiga”
Es un día perfecto para Lou, y un buen momento para su paseo por el lado más pacífico de la eternidad de la vida.