EL ADIÓS A DANIEL RABINOVICH

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Publicado en Evaristo Cultural el 22 de agosto de 2015

Cuando uno era niño, en aquellos tiempos en que todo se trataba de descubrir, cuando uno analizaba minuciosamente todo lo que le resultara novedoso, para entonces ponerse a comparar, antes de seguir explorando el reino de lo desconocido, la televisión resultaba nuestra mejor aliada. Cualquier rato que no estuviera dedicado a las tareas habituales transcurría en el living de casa frente al bendito aparato. Para los que éramos ávidos consumidores de TV, a esa edad en que no quedaba más remedio que remitirse a ésta, cuando aún siquiera habíamos aprendido a leer, toparse con esa saga de figuras que componían el mundo exterior era todo lo que importaba. Estaban los personajes de ficción, y también estaban los reales, pero hasta ese momento no existía el límite entre fantasía y realidad. Descubríamos entes similares a nosotros, caras y voces nuevas que se incorporaban inconscientemente a nuestro imaginario. Algunos de ellos burlaban esa frontera virtual y acababan pareciendo más reales que otros. Indagando incansablemente, se nos indicaba cuáles eran los actores, cuáles los políticos. Cuáles eran los músicos, y cuáles los actores. Cuáles de ellos nos hacían reír, cuáles nos hacían llorar. Y también estaban aquellos que nos hacían seguir preguntándonos quiénes eran. Venían en distintas formas y colores, hablaban de formas diferentes. Algunos eran tremendamente serios, otros tremendamente entretenidos. Incluso algunos volaban. Y de repente, entre tanta fisonomía y estilo por descubrir, uno se tropezaba con un grupo de tipos de elegante saco o frac, de moño o corbata, munidos de los instrumentos más extraños que uno podía imaginarse, para terminar dándose cuenta que a veces tanta seriedad también podía venir acompañada de risas. En plena confusión, uno reconocía que además, esos señores tan serios y elegantes, de léxico fino y delicado, acababan descorchando de risa a nuestros mayores. Ya de más grandecitos, descubríamos que encima se agrupaban bajo un nombre que estaba, por lo menos, en otro idioma. ¿Quiénes eran entonces los Les Luthiers, y qué se escondía detrás de su tan hilarante seriedad? Los veíamos desfilar por los diarios y las revistas. En marquesinas de teatros, en afiches callejeros. En las tapas de los discos o de los cassettes. ¿Y qué hacían en la mesa de Mirtha Legrand? Obsesionado por descifrar tamaño acertijo, finalmente logré informarme que sus apellidos respondían a los de Mundstock, Núñez Cortés, Maronna, Acher, López Puccio y Rabinovich. Creo que en aquel momento llegué a tenerlos  tan claros como los de los Beatles. Pero el de Rabinovich resultó ser el que más perduraba en mis laberintos mentales. En rigor, el pediatra de turno que me atendía por entonces tenía el mismo apellido, y recuerdo preguntarle más de una vez a mamá si tenía algo que ver con el de la tele (“el de saco y bigotes, que hace reír”). Pero mi doctor tenía lentes y era calvo, y casi todos los Les Luthiers tenían bigotes. “Hay muchos Rabinovich”, decía mamá, “pero si querés, preguntale”. Jamás lo hice, pero sí me puse la meta de llegar a algún tipo de veredicto sobre el grupo de señores que no lograba introducir en ninguno de los recovecos de mi mente joven e inexperta. Las respuestas eran de lo más variadas. Los Les Luthiers eran músicos, compositores y humoristas, representaban un conglomerado artístico que en general resultaba imposible de encasillar. Una factoría artística única en su especie, y de la mejor calidad que había circulado por estas tierras.
Daniel Abraham Rabinovich Aratuz había conocido a sus magníficos compañeros de ruta al unirse al coro de la facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, con quienes fundó Les Luthiers en 1967 tras estudiar derecho y recibirse de escribano público, y convertirse en miembro estable de todas las formaciones del grupo. Después de casi medio siglo haciendo reír al público de los dos lados del Atlántico, sin recurrir a la grosería, y dejando de lado todo indicio de mediocridad, Les Luthiers acabaron conquistando los corazones de Latinoamérica, además de sus constantes visitas a España. Pero lejos de sus grandes e inolvidables obras (que superan las 150), los maravillosos monólogos de Rabinovich, y su singular mirada, tan graciosa como susperformances (¿cómo olvidar aquellas interpretaciones de ‘gaita de cámara’ o ‘calephone’?), siempre serán parte de nuestro crecimiento emocional. ¿Qué parte exactamente nos entristece entonces cuando se va alguien con el que crecimos?
Y si el humor resulta ser tan terapéutico como dicen, Rabinovich (que asimismo supo incursionar en la televisión, en el cine y en la escritura), quedará como una auténtica eminencia. Y al menos sólo por esta vez no le permitiremos sacarnos una sonrisa. Después de todo creo que sí tenía algo que ver con mi pediatra. Seguramente, de haberlo sabido en aquel entonces, no le hubiera insistido tanto a mamá con mi pregunta.