The Masked Marauders –o cuando Lennon, McCartney, Harrison, Jagger y Dylan no fueron Lennon, McCartney, Harrison, Jagger y Dylan–

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Publicado en Evaristo Cultural en junio de 2013

Se trataba del más grande disco de rock alguna vez grabado, a cargo de un supergrupo que congregaba a una buena parte de los hijos pródigos más prominentes del estilo, o bien a los más predilectos de la era. Un conglomerado de estrellas inigualable e insuperable. En algún momento de 1969 John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Mick Jagger y Bob Dylan se reunían en privado, dispuestos a plasmar la perla de las perlas, registrando The Masked Marauders (lo más semejante a Los Bandidos Enmascarados), el álbum ultra-secreto que tejían en conjunto. El mayor proyecto alguna vez imaginado, la superbanda definitiva, desde aquel momento y hasta la eternidad. Galardón que, seguramente, seguiría ostentando hoy día, si tan sólo hubiera sido verdad y no un rumor infundado vestido de broma de mal gusto. “Álbum del año”, tal como fuera etiquetado en las críticas de varias publicaciones de la época, las mismas que desconocían por completo el enorme sapo que estaban a punto de tragarse, The Masked Marauders no podría haberse editado en mejor coyuntura artística. Los Beatles ya habían lanzado Abbey Road, Jagger se disponía a editar Let It Bleed junto a los Stones y Dylan volvía nuevamente al ruedo de la mano de Nashville Skyline. Corrían tiempos de gloria. Los rumores indicaban que los cinco músicos habían estado reunidos reservadamente en un ignoto pueblo canadiense, cercano a la bahía de Hudson, donde grabaron las canciones que, entre versiones de clásicos y nuevas composiciones especialmente escritas para el futuro berretín (¡y con semejantes autores!), llevarían al concepto de “Supergrupo”, tendenciosa idea que había comenzado a florecer a mediados de la década del 60, a su punto más alto. Claro está, de haber sido real…
Los primeros comentarios sobre el grupo llegaron de manos de la publicación musical Rolling Stone, más precisamente en su edición del 18 de octubre de 1969. En aquel número de la revista, un periodista especializado que respondía al nombre de T. M. Christian (misteriosamente ignoto por ese entonces) se refería a The Masked Marauders como un álbum doble en el cual los cinco músicos participantes habían optado deliberadamente por escudarse bajo seudónimos, en el intento de evitar toda posibilidad de problemas legales con sus respectivas compañías discográficas. Asimismo, Christian dejaba en claro ante sus lectores que su crítica apuntaba a un disco del tipo bootleg, esto es, una grabación conteniendo material enteramente inédito, aún circulando fuera del mercado comercial tradicional y con miras a una edición oficial definitiva. Adicionalmente, el disco estaba producido por el gran Al Kooper, pianista de sesión que ya había trabajado con Dylan (aquel acompañamiento fundamental de órgano en Like a Rolling Stone), o impulsor de los recordados Blood, Sweat & Tears. El disco abría con una versión de 18 minutos de Season of the Witch, el clásico de Donovan, con Dylan en primera voz e imitando cabalmente al autor original de la canción, seguida por Lennon a cargo de Prisoner of Love (que cierta vez popularizaron, en sus versiones respectivas, Etta James, James Brown, Bo Diddley o Perry Como), Jagger y McCartney a dúo en Masters of War (de Dylan), Lennon en primera voz en The Book of Love, cerrando con un grand finale titulado Oh Happy Day. Una segunda versión del álbum –las hubo en distintas variantes y con diversos listados de temas– agregaba, o combinaba, demás rarezas como Lennon en I’m the Japanese Sandman, McCartney en su canción favorita Mammy, Dylan en el clásico de doo-wop Duke of Earl y Jagger en I Can’t Get No Nookie, que Jagger había considerado “un nuevo clásico instantáneo”, según lo apuntado por Christian en Rolling Stone. El crítico cerraba su columna afirmando que el disco “es más que una forma de vida, ¡es la vida misma!”.
Como no podía resultar de otra manera, dicha alianza generó una desenfrenada demanda por parte de los fans, que no veían la hora de tener entre sus manos semejante obra cumbre, que especulaba con su edición para generar mayores expectativas. Entre tanto, Allen Klein y Albert Grossman, managers de los Beatles y Dylan, respectivamente, eran perseguidos incesantemente en busca de respuestas. Para entonces, los Masked Marauders (el “supergrupo” de tres de los Beatles, Jagger y Dylan) ya rotaba en las principales emisoras radiales de Los Angeles y San Francisco y, días más tarde, el esperado disco colmaba, finalmente, las bateas de las disquerías, si bien en versión unitaria, situación que comenzó a causar cierta incertidumbre tras haber sido descripto como disco doble y que, sin embargo, no evitó que se vendiera una nada despreciable cantidad de unidades, que llegó a superar las cien mil copias. Y a engañar a los más de cien mil compradores que, sin siquiera sospecharlo, automáticamente se convertían en víctimas fatales de uno de los fraudes mejor confeccionados de la historia de la música popular. Fraude que no hubiera existido como tal si desde el vamos el tal T. M. Christian no hubiese sido el seudónimo del que el reconocido crítico (y absolutamente real) Greil Marcus se aprovechaba para lanzar al ruedo la engañosa movida, tras extraerlo de la novela The Magic Christian del escritor Terry Southern, publicada en 1959. Fríamente calculado, Marcus ya contaba en sus filas con el grupete de impostores que lo secundaban en su tragicómica coartada, cuando tiempo antes se dirigió a California y, en la ciudad de Berkeley, contrató a un desconocido grupo que respondía al nombre de Cleanliness and Godliness Skiffle Band por la nada despreciable suma de 15.000 dólares, suma que había obtenido de la mismísima discográfica Warner Bros., que hasta había creado el sello subsidiario Deity para sumarse al ardid, pura y exclusivamente para la ocasión. Para colmo, los músicos de la Cleanliness and Godliness Skiffle Band (Banda de Skiffle de la Higiene y Santidad, je) resultaron ser unos expertos totales a la hora de imitar a la supuesta formación, tanto en lo musical como en la parte vocal. Listo, el plan maléfico de Marcus había logrado su cometido. De hecho, el disco había logrado excelentes ventas, permaneciendo en el ranking de la revistaBillboard por más de doce semanas. Tal como si realmente hubiera sido procreado por sus hipotéticos maestros. Un grupo falso, con nombres falsos, sustentado por una crítica falsa, pero de auténtico éxito. ¡Bingo! No conformes con tremenda patraña (incluso casi superando aquel recordado murmullo sobre la muerte de McCartney que aún continuaba vigente tras la fresca edición de Abbey Road), Marcus y sus secuaces fueron aún más lejos, reproduciendo la crítica publicada en Rolling Stone en la funda interior del álbum, a su vez potenciada por nuevos comentarios del amigo Christian –Marcus, claro– que definían a los Masked Marauders como “un artículo genuino en un mundo de farsantes, ¡bendíganse sus corazones!”. Pero no existía ningún Dylan imitando a Donovan, ni nada que se le parezca, ni había ningún Beatle, ni era Mick Jagger quien cantaba en I Can’t Get No Nookie –¿sinceramente podría haber tenido algún viso de realidad una canción titulada “No puedo echarme un polvo”?), a pesar de su magnífica y tan bien lograda parodia. Paradójicamente, y en un rapto de honestidad, el disco cerraba con una última pista (en rigor, un monólogo) bajo el nombre de Saturday Night at the Cow Palace”. Un chasco más. No podía ser de otra forma con un título que refería a una jornada de sábado a la noche en el equivalente a La Rural californiana. Treinta y cuatro años más tarde, mientras tanto, en 2003, la compañía Rhino Records ofrecía una edición limitada de 2000 copias numeradas bajo el nombre de The Masked Marauders – The Complete Deity Recordings, que hasta incluía canciones extras de las misteriosas sesiones.
Al menos para los Masked Marauders, y su círculo de engañados, cualquier semejanza con la realidad resultó ser pura mentira…

Bob, la Tempestad. El nuevo álbum de Dylan

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Publicado en Evaristo Cultural en septiembre de 2012

El inefable Bob Dylan, maestro de unas cuantas generaciones de cantautores norteamericanos acaba de editar un nuevo trabajo. Si llueve sobre mojado, que sean tempestades.

La invalorable ventaja de escribir sobre un disco de Dylan radica precisamente en éso, en la posibilidad de facilitarse la tarea, esto es, la de dedicar el relato a una mera porción de una determinada obra de su vastísima carrera, y no a la de una etapa, o a uno de sus pendulares y retorcidos ciclos. Es que, como es bien sabido, a menos que se tratase de componer un libro (y mejor aún, en varios volúmenes, y en lo posible en papel biblia), escribir sobre Dylan, eternidad mediante, puede resultar una auténtica tortura. La obra de Dylan es sencillamente infinita. Como muestra basta un botón: es el artista popular con más libros escritos dedicados a su trayectoria. Y hasta existen libros sobre los libros escritos sobre Dylan. Escribir sobre Dylan no significa referirse a su música, ni a sus letras, ni a su persona. Mucho menos meterse con su compleja personalidad, sus dos-tres-cinco-cuarenta y ocho facetas…Bob el Sabio, Bob el Jodido, Bob el Icono, o Bob El Gran Mentiroso, Su Majestad Bob, o aquél “Judas!” con el que un fan decepcionado rotuló a su ídolo folk durante un show en Manchester en 1966, y tras decidir éste electrificar su música. Más bien es hacer todo eso junto, incluyendo las cefaleas y los textos postergados. Los ataques de “síndrome de la hoja en blanco”, y las mil neuronas exprimidas buscando inspiración. Es perder suficientemente el raciocinio. Y más aún cuando se es admirador de unos de los artistas más influyentes, por no decir el más de todos, de las últimas cinco décadas, al menos en lo que a cultura occidental se refiere. Lo que no lo hace ni el mejor ni el peor, ni el más o el menos importante, pero eventualmente único en su especie. Casi seguramente. ¿O a quién se le ocurriría negarlo? Hablar o discutir sobre Dylan, enmarañarse en sus acertijos, es un trompazo directo al equilibrio. Asimismo resulta curioso llegar a entender que es precisamente Dylan a quien menos le importe que así sea, tal vez manteniendo aquél perfil escueto que comenzó a pergeñar a medida que su popularidad avanzaba, y su propia incomodidad cada vez que, a partir de aquellos primeros años de efervescente popularidad, se le recordaba permanentemente que había sido comenzado a ser considerado “el vocero de una generación” Era inevitable, esto ya se está complicando…Entonces dejemos transcurrir medio siglo desde aquellos años de negación, y permitámonos el placer de asistir sólo a su presente. Es saludable y conveniente. Un presente que muestra a un Dylan algo (y por ende, bastante), menos escurridizo, un Dylan que sale a responder a las críticas, en fin, un Dylan que se aparta de su cronometrada agenda de entrevistas para adentrarse en estos tiempos vertiginosos. Y salir al ruedo. O tal vez, quién sabe, para inaugurar una nueva faceta.
Sucede muy a menudo. Cada vez que Dylan lanza un nuevo álbum, inevitablemente surge una oleada de críticas alabando el genio detrás del artista (firmadas por los incondicionales de siempre) y, más acertadamente, su fiel dedicación a la música popular. Tempest es el disco número 35 de estudio de Dylan y, sin incluir la simpática colección de canciones navideñas Christmas in the Heart, más los dos volúmenes de The Original Mono Recordings, el cuarto de los Bootleg Series, o el disco con los siete temas en vivo en la Brandeis University de 1963 (su colección se ha incrementado notablemente para los bolsillos de los seguidores), su primera aventura desde Together Through Life, lanzado en 2009. Lo acompaña la misma banda que lo trajo a los shows en el Gran Rex en el mes de abril pasado, a quienes se suma el oportuno acordeón de David Hidalgo, integrante de los míticos Los Lobos. Si no fuera porque estamos hablando precisamente de su más reciente trabajo, la canción que abre el álbum, ‘Duquesne Whistle’, parece extraída de una estación de radio de los años ’40, o de un club de mala muerte de época. Se trata de una canción de trenes en ritmo de ragtime, y de un pasajero procurando algún estado de gloria, un viaje a la nostalgia. Le sigue ‘Soon After Midnight’, una auténtica sorpresa que muestra a un Dylan endulzado, como no se lo escuchaba desde hace un buen tiempo, una canción de amor que por momentos evoca pasajes de aquellas magníficas baladas al estilo de (si se quiere) ‘In the Summertime’, o más atrás, la bellísima ‘Just Like a Woman’. Mientras tanto, el disco parece lograr una identidad sonora que cautiva y predispone, naturalmente, a la canción que le sigue. Una colección de oldies en tiempos modernos. En consecuencia, ‘Narrow Way’ es un ataque frontal de rhythm and blues afianzado por un delicado trabajo de los guitaristas Stu Kimball y Charlie Sexton, siete minutos de auténtica ira (“Este es un país en el que es difícil estar vivo”), con sones que remiten al ‘Rollin’ and Tumblin’’ (que Dylan versionó no hace tanto en su álbum Modern Times), o a la mismísima ‘Highway 61 Revisited’, del disco Bringing It All Back Home, o a las  mil y una otras canciones de estilo similar que plasmó a través de los años. ‘Long and Wasted Years’, como su título lo indica, chorrea desesperanza (“Creo que cuando les volví la espalda /  el mundo entero detrás mío se quemó”) En la misma senda de letras de dolor se ubica ‘Pay in Blood’ (“Pago con sangre / pero no con la mía”), con sonidos de guitarra claramente stonianos. ‘Scarlet Town’ suena hipnótica y oscura (como una canción de Nick Cave, pero embuída en una extraña atmósfera de violín y arreglos de banjo)
Dylan abandona por un momento el melodramatismo para despacharse con ‘Early Roman Kings’, en plan absoluto de blues standard, una emulación honrada a Muddy Waters en ‘Mannish Boy’ (o si se quiere, al ‘I’m a Man’ de Bo Diddley, maracas incluídas), pero con el acordeón de Hidalgo jugando con la armónica de Bob. Es lo más parecido al tipo de blues al que Dylan apuntó en discos más enraizados en el mismo estilo como Together Through Life Después de todo fueron sus acordes los que originalmente lo convencieron de que empuñe una guitarra en su adolescencia. La letra es por demás ostentosa y Dylan no guarda el más mínimo reparo en mostrarse como tal (“Aún no estoy muerto / Mi campana aún suena…”)
‘Tin Angel’ es una balada de nueve minutos y un retorno al suspenso mórbido de ‘Scarlet Town’. Aquí no brilla precisamente el sol, o tal vez no brilló jamás, el espíritu de Nick Cave (juguemos con esa remota posibilidad), nuevamente sobrevolando el área.
A continuación aparece la canción que le da nombre al álbum. De extensa duración (casi 14 minutos!), ‘Tempest’ brinda 45 versos sobre el hundimiento del Titanic, con su comienzo de cuarteto de cuerdas y un desarrollo en plan vals, más sus eventuales largas y métricamente calculadas estrofas (¿’Desolation Row’?), una aventura cinematográfica plagada de escenas de pánico, confusión y desesperación, como el film mismo, pero en sonido, y donde ni siquiera faltan las referencias a Leonardo DiCaprio.
Cerrando el álbum, y tal vez en el caso más parecido a ‘Lenny Bruce is Dead’ (a saber, un título de una canción de Dylan con nombre del homenajeado incluído), ‘Roll On, John’ es un saludo sentimental a su amigo John Lennon, 30 años y algo más tarde de su desaparición física. Y una de las canciones más emotivas que seguramente ha grabado, que incluye claras citas (tal el grado de ternura y emotividad del homenaje) a ‘The Ballad of John and Yoko’, ‘A day in the Life’ o ‘Come Together’. Pero Dylan le está hablando al Lennon de ahora, al que ya no está más entre nosotros, pero donde sigue habitando.
Parte del encanto de Dylan sigue siendo su intacto arte de la provocación, ya sea de forma directa, o insinuada. Su cascada voz se ha trasformado en un instrumento más, y parece estar a tono con sus últimos discos, no en el sentido de someterse a los registros que su voz sólamente le permite, perso sí en el adecuarse maravillosamente a la intimidad de sus canciones, a los climas propuestos al menos desde el fantástico Time Out of Mind, hace una quincena de años atrás. Son un viaje permanente al pasado, un pasado de gloria que ha sobrevivido al paso del tiempo, que envejeció de manera bella y delicada. No casualmente algunos críticos lo atacaron durante los últimos años, dejando traslucir la posibilidad de que Dylan había perdido cierta inspiración, y que sólo disfrazaba su nueva música de influencias no abiertamente reconocidas. En rigor, Tempest demuestra precisamente lo contrario. En la última entrevista concedida a la edición estadounidense de la revista Rolling Stone, Dylan expuso su pasión abierta por el arte de la influencia, desafiando a los bocones más osados: “Todos esos malditos bastardos pueden pudrirse en el infierno, trabajo dentro de mi estilo artístico. Es así de simple. Lo hago dentro de las reglas y limitaciones que ello impone. Hay figuras autoritarias que pueden explicar esa clase de forma de arte mejor de lo que puedo hacerlo yo. Se llama ‘escribir canciones’ Tiene que ver con la melodía y el ritmo, y después de eso, todo vale. Hacés que todo se convierta en algo tuyo. Todos lo hacemos”
Bien dicho, Bob. En hora buena…