10 DISCOS ESENCIALES – THE ROLLING STONES “30 GRANDES ÉXITOS” (1977)

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Ante todo, permítaseme una sugerencia. Que a nadie se le ocurra preguntarme cuál es mi disco favorito de los Stones, porque sinceramente la pregunta se quedará sin respuesta. No me pidan opinar sobre una obra integral que comprende ya…uff, más de 56 años de carrera. ¿Que si alguna vez lo intenté? Muchas. Pero siempre con el mismo resultado, el de optar distraerme con cualquier cosa ante la chance de hacer un esfuerzo inútil. Tal vez sí pueda atreverme a decir cuál es mi era favorita, a lo que sin titubeos responderé que la de los ’60, y sólo poque creo que sin los años junto a Brian Jones no hubiera sucedido nada de lo que vino después. Y también porque las etapas más embrionarias de cualquier tipo de artista siempre me resultaron las más interesantes. Por lo que a la hora de elegir un disco stoniano que haya sido parte fundamental de mi vida me decido por el que fue el primero que compré. O, en todo caso, que me compraron. Y vaya debut, entonces. Aquí están 30 de sus más grandes canciones divididas en 2 LPs. 8 por lado en el disco 1, y 7 en cada cara del disco 2. Del ’64 al ’71, y respetando el orden cronológico. De “Not Fade Away” a ‘”Brown Sugar”, 30 GREATEST HITS (que aquí se conoció como 30 GRANDES ÉXITOS) fue editado por el sello ABKCO en 1977, y oportunamente lanzado también en Argentina en el mismo año. Me resulta imposible acordarme de dónde lo adquirí, pero casi seguro fue en una disquería de Flores, o bien en un local de canje de libros, revistas y discos usados del mismo barrio al que solía visitar todas las semanas. Pero sí recuerdo que, siendo yo todavía muy chico, al ver los seis miembros del grupo en la tapa, pensé que se trataba de un sexteto. Por suerte me di cuenta de mi error a los pocos días.

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10 DISCOS ESENCIALES – CHUCK BERRY “ROCKIN’ AT THE HOPS” (1960)

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¡Mi primer disco de Chuck Berry! A decir verdad, el primero que compré en vinilo. Hasta aquel momento tenía casi todo lo que Chuck había registrado, pero en cassette (toda una antigüedad, ¡pero qué lindo sonaban!…amén de haber sido en su momento un fiel soldado de las milicias del walkman y haberme gastado medio PBI de Noruega en pilas…) Digámoslo así, antes del arribo de la cultura digital, y su canilla abierta a casi todo, los discos de Berry eran un tanto difíciles de obtener en el país. Había que ir a disquerías especializadas y, en el mejor de los casos, te los grababan a cambio de un precio razonable. O bien el destino te llevaba a hacerte amigo de alguno de esos disqueros y te los terminaban grabando de onda, a lo que tampoco logré resistirme. A lo que se agrega una nueva página: como muchos de sus contemporáneos, aquellos arquitectos de la cultura del RnR de mediados de los ’50s, Berry tenía pocos álbumes de estudio. Lo más común de todo era la cultura del single (o simple, si les gusta más) Uno tras otros, según los dictados de la industria, lo que derivaba en una o varias recopilaciones (en el caso de Chuck, fueron muchas) a las que iban terminando a parar todas esas canciones que se editaban de a dos. Por lo que a los 20 años yo todavía era un ansioso (y ergo, fracasadísimo) consumidor de Chuck Berry que todavía no lograba saciar su instinto. Fue precisamente cuando hace ya bastante tiempo, en ocasión de un viaje de vacaciones a Rio de Janeiro junto a unos amigos, me dirigí a la (hoy desaparecida) disquería Modern Sound, en la clásica avenida Barata Ribeiro de la ciudad carioca. Modern Sound era “la” disquería de importados en Brasil, con alguna que otra que le hacía la competencia en Sao Paulo. Pero Modern Sound las superaba a todas en caudal. Un palacio de vinilos importados a diestra y siniestra capaz de dejar boquiabierto al más insaciable de los buscadores de buena música. Y también de frustrarme, como aquel último día de mi estadía cuando me dirigí al sitio en cuestión con apenas unos reales (o cruzeiros, por entonces) y encontrarme con no menos de veinte LPs por los cuale me babeaba descaradamente. Recuerdo haber visto no menos de 10 o 12 de Berry, pero mis fondos de aquel momento (reitero, fue al final del viaje) no me permitían comprar más de uno, y tal vez agregar alguna edición local brasilera de menor precio. Sin titubeos, el elegido fue el maravilloso Rockin’ at the Hops. Y no sólo por ser uno de los pocos discos integrales de estudio que editó (lejos de los singles o recopilaciones), sino que también, como la historia lo supo detallar ampliamente, era uno de los discos que Jagger llevaba debajo de su brazo el famoso día de su reencuentro con Keith Richards en la estación de trenes de Dartford en 1962. Así las cosas, tras contar las monedas que me quedaban, literalmente, terminé haciéndome de tal magnífica pieza, a lo que agregué la edición brasilera de Knocked Out Loaded de Dylan, que se había lanzado recientemente. No me voy a extender mucho sobre el disco porque para eso están las canciones que lo componen (ni tampoco esta vez me sobra el tiempo para hacerlo), pero desde aquí invito a todo degustador a hacer un recorrido por las doce canciones que componen a este disco originalmente publicado en 1960 (seis por lado), y grabado durante la era Chess Records, desde “Bye Bye Johnny” hasta “Let It Rock”, las mismas que, oh casualidad, han integrado el repertorio stoniano, y de tantos más, por décadas.
Y como si todo esto fuera poco, un capítulo más. Rockin’ at the Hops fue el disco que Berry me firmó en su primera visita a Argentina, en 1993 (y cuya imagen ilustra este comentario) Anécdota la cual invito a todo interesado/a a repasar en esta nota que escribí en ocasión de la muerte del más influyente de los padres del rock’n’roll, en marzo del año pasado. Enjoy.
https://sonaglioni.wordpress.com/…/papito-chuck-el-padre-d…/

10 DISCOS ESENCIALES – BLONDIE “EAT TO THE BEAT” (1979)

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Descubrir semejante disco a los 12 años de edad no tiene precio, y más si era en la (hoy por hoy extinta) disquería de importados Boing-Boing en el barrio de Flores, a cuyos vecinos melómanos nos tenía maravillados semana tras semana cual caja de sorpresas. Se trataba simplemente de entrar y encontrarse con decena de cajas con vinilos apiladas esperando a que alguien se apiade de ellos. Y entre esos estaba yo, claro. Recuerdo haberme llevado tres discos ese mismo día: “Face Dances” de los Who, “Wave” de Patti Smith y, por supuesto, Eat to the Beat, que iba a terminar resultando una de las mejores elecciones de mi vida. Los que lo conocen saben de qué estoy hablando. Cuarto disco del grupo, el que los sitúa en el punto de balance exacto entre Parallel Lines (el que lo precedió) y Autoamerican, que se editaría al año siguiente. Esto es ni más ni menos que Blondie a punto de caramelo, a pesar de los favoritismos que suelen inclinarse por sus trabajos anteriores. Describir Eat to the Beat mediante palabras resulta un ejercicio insuficiente. Empezando por su hermosa tapa y contratapa con los seis integrantes del grupo en rabioso blanco y negro (tres en cada cara, a cargo del fotógrafo Norman Seeff, quien había hecho las fotos de la contratapa “Hotter Than Hell” de Kiss unos años antes), y con esa mirada de Debbie Harry tan difícil de olvidar. Por el resto, en cuanto a lo musical, Eat to the Beat es uno de esos álbumes de eterna frescura en su permanente despliegue de rock, pop, disco y new wave, y fiel a la era en que vio la luz, absolutamente bailable. Y si bien a esa altura del partido al sexteto Harry/Stein/Destri/Harrison/Infante y Burke no le quedaba por demostrar lo buenos que ya eran por entonces, pocas veces en la vida se puedan superar canciones como “Dreaming”, “Accidents Never Happen”, o dejar de sacudirse hasta la hemiplejia con “The Hardest Part”, “Atomic” (no hacía falta esperar al cover que aparece en “Trainspotting”) o “Die Young Stay Pretty”. Mientras que ningún ser humano que se precie de contar con un oído delicado logre difícilmente resistirse a la dulzura de “Shayla”. Dejo para el final a “Slow Motion”, tal vez mi canción pop favorita de todos los tiempos (nunca el sonido de los ’60 estuvo tan bien representado) Por su frescura, por su buen gusto, por la voz de Debbie, y sobre todo porque en lo personal, es la que más vivamente mantiene el recuerdo de mi mamá, que amaba a esta canción más que nada en el mundo (si bien fue la más fiel escucha de todos mis discos a medida que iba creciendo, y que solía amarlos y conocerlos tanto como su dueño) Nada puede trasportarte a un lugar y a un sentimiento en particular como el poder de una melodía. “Slow Motion” me sigue permitiendo sentirla cerca como ninguna otra canción, y verla sonriendo junto a mí después de estos más de 6 años de no tenerla físicamente conmigo. Y que también fue quien me compró Eat to the Beat en aquella disquería del barrio de Flores que tantas alegrías me trajo.
Un dato más: a no perderse el homevideo del álbum que la banda lanzó por entonces (más tarde editado en formato DVD junto a la reedición el disco), que incluye promos de todas y cada una de las canciones del disco. O buscarlas en YouTube, no hace falta decirlo. Enjoy.

10 DISCOS ESENCIALES – BOB DYLAN “STREET-LEGAL” (1978)

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Ante nada aclarar que éste fue, es y será mi disco de Dylan “de culto” favorito por excelencia. Nombrar mis discos preferidos de Dylan me resulta tan imposible como hacerlo con los de los Stones. Considero a ambos artistas parte de una obra íntegra que poco tiene que ver con cada trabajo en particular, por lo que a cualquiera que se le ocurra preguntarme esto alguna vez, no me quedará más remedio que decepcionarlos y cerrar el diálogo con una cálida sonrisa. No es fácil elegir discos predilectos de uno, pero sí siempre vale la pena hacer el esfuerzo y entonces referirse (reitero, a regañadientes) a esos que más te marcaron, con los que creciste o seguís creciendo y, más específicamente, esos que nunca pero nunca pudiste dejar de escuchar desde aquella primera vez en que los descubriste. Así las cosas, descubrí a Street-Legal (un juego de palabras que determina cuando un vehículo cumple con los requisitos necesarios para circular por determinadas calles, sobre todo en las zonas más transitadas y/o comerciales de las grandes ciudades) apenas terminaba la escuela primaria, apenas unos años después de su edición original. Porque si de algo me enorgullezco es de haber empezado a escuchar música muy prematuramente, lo que me permitió sacar cierta ventaja y ganar mucho tiempo a la hora de poder disfrutarla. A lo que agrego que, dentro mi eterna fascinación con las canciones, sus creadores y su contexto (que me resultan tan necesarios para sobrevivir como la alimentación, e incluso diría más), también se me torna muy difícil explicar esto de las emociones que te pueden producir. Por eso, para empezar a hablar de este disco hay que referirse primeramente a las emociones. Porque es ante todo un disco que apunta a los sentimientos más profundos, potenciados por un Dylan que decide desnudar su corazón tras varias tormentas amorosas (si bien no tanto como en discos como Desire o, claro, Blood on the Tracks, su más claro ejemplo) Y si es por referirse a la emociones, ¿quién mejor que uno de los letristas más destacados de todos los tiempos para plasmarlas? Por si todo esto fuera poco, Dylan también se ocupó de acompañar esa catarata de sentimientos, por momentos de los más desgarrados que puso sobre una hoja, con sonidos de belleza irrestricta. Fiel a su estilo de ir contra la corriente, y en plena era “disco”, Dylan arremetió con un trabajo sin precedentes en su carrera. Y recurriendo a buena parte de la “creme de la creme” de los sesionistas que pudo encontrar para la ocasión. Nunca antes se escuchó tanto saxo y trompeta en ninguno de sus trabajos, ni siquiera de cerca, que en Street-Legal cumplen un rol fun-da-men-tal, y son esos instrumentos entonces, sumados a los bellísimos coros gospel a través del álbum (¡por Dios!, nunca mejor dicho…), que convierten a su disco No. 18 en un trabajo esencial. Y que deliberadamante habrá apuntado a que tenga cierta difusión en las FM de aquella época, porque ese sonido así lo habilitaba. ¡Es que Dylan nunca cantó tan lindo! Desde el comienzo con la bellísima “Changing of the Guards” y toda su poesía bizarra (que llevó a muchos de sus fanáticos más fundamentalistas a complicarse la existencia tratando de decodificarla), el blues de “New Pony” (con un magnífico solo del guitarrista Billy Cross), “No Time to Think” (superando la barrera de los 8 minutos, y en ritmo de minué), y la hermosísima “Baby Stop Crying”. Pero el verdadero plato fuerte empieza con el lado B (porque soy un fiel defensor de la era en que los discos eran editados y planificados así) y “Is Your Love in Vain?”, que tal vez sea la balada más hermosa alguna vez compuesta (digámoslo así) y, a mi entender, con la más profunda de todas las letras del álbum (“Muy bien, me voy a arriesgar, voy a enamorarme de vos…¿Estás lista para arriesgarlo todo, o es tu amor en vano?”, y demás preguntas que muchos todavía seguimos haciéndonos) La segunda del lado 2 es “Señor (Tales of Yankee Power”), acaso la canción de más aproximamiento al período introspectivo religioso que Bob atravesaba por entonces, e inagurando la etapa que continuaría con los discos Slow Train Coming, Saved y Shot of Love. La catarata melódica sigue en “True Love Tends to Forget” y “We Better Talk This Over”, antes de cerrar con “Where Are You Tonight? que entre tanta letra dedicada a sus contrapartes amorosas, incluye su más claro guiño a la dualidad geminiana que tantó lo benefició como lo atormentó a lo largo de su existencia (algo que los geminianos entendemos muy bien) cuando dice “luché con mi gemelo, el enemigo interior, hasta que ambos caímos”.
Y un dato más: en lo posible sugiero conseguir la versión remasterizada que se editó en 1999, con un cambio radical en el sonido general del disco, y también con unos minutos más de duración sobre el final de “Changing of the Guards” como bonus.
Si amás Street-Legal tanto como yo, ya sabés que vamos a poder entendernos mejor…