A 37 AÑOS DE “1234”, CUARTO ÁLBUM SOLISTA DE RONNIE WOOD

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Continuando con la cadena de aniversarios, hoy nos toca el no. 37 de “1234”, o tal el nombre que Ronnie Wood eligió para titular a su cuarto álbum solista, que salió a la venta el 2 de septiembre de 1981. Por empezar, no obviemos la gran lista de invitados que RW convocó para el disco. Son más de 20, pero a la hora de nombrar a los más reconocidos no podemos dejar de mencionar a Charlie Watts (no hace falta aclarar nada), Ian McLagan (casi que tampoco, pero al desprevenido le vendrá bien saber que fue su ex compañero en los Faces), Bobby Keys (nada por decir), Nicky Hopkins (nada que agregar), Waddy Wachtel (compañero de banda en los Winos de Keith Richards y mucho antes sesionista de uno y mil artistas), la legendaria estrella del soul Bobby Womack (con quien Ronnie compartía algo más que la música), los bateristas Jim Keltner y Ian Wallace (sesionistas de aquellos y con gran historial a cuestas), Robin Le Mesurier (miembro estable de la banda de Rod Stewart a comienzos de los ’80s), Anita Pointer (de las Pointer Sisters), Clydie King (que fue parte de aquellos magníficos coros vocales femeninos en Exile On Main St.), etc.

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Semejante seleccionado fue convocado por el co-productor del disco Andy Johns (otro notable en la carrera stoniana) a pasar por Los Angeles y Hollywood, donde Ronnie vivía por entonces, para participar de las sesiones del álbum en cuya tapa Ronnie aparece montado a un camello y, claramente, en una postal a todo descontrol y fiel al momento en que Ronnie transitaba por entonces en su vida personal: la de escaso de divisas y lidiando con una adicción a la pasta base que se extendió por 1 año y medio (para detalles más escabrosos, recomiendo leer su autobiografía “Ronnie”, o la de su ex-mujer Jo Wood) En cuanto a las canciones del disco en sí, Ronnie nunca sonó tan Dylan, más allá de su clásico parecido en el registro de la voz. Tanto es así que muchos llegaron a pensar que era el mismísimo Dylan que las cantaba al sonar en las radios por aquel entonces. 1234 presenta nueve canciones sucias, desgarradas, y a tono con la vida rápida y salvaje que su intérprete atravesaba por entonces. Aquí hay rock’n’roll estricto como la que abre y le da título al álbum, “Outlaws” (la única del disco que alguna vez fue tocada en vivo, y recién 8 años después el en el tour conjunto de RW junto a Bo Diddley bajo el nombre de The Gunslingers) o “Down to the Ground”, blues instrumental (“Redeyes”, un viejo demo de los Stones en el que cantaba Jagger), baladas acústicas (la hermosa “Priceless” o la muy FM “Fountain of Love”), y las mencionadas en las que Wood suena como Dylan (“Wind Howlin’ Through”, “She Was Out There” y “She Never Told Me”) El disco pasó apenas desapercibido por los ránkings de aquella época, y en definitiva no le sirvió a Ronnie para siquiera financiar la adicción que le trajo varios problemas aparejados. Hubo que esperar 11 años para que lanzara su próximo trabajo solista Slide On This, del ’92, pero esa es otra historia. Como sea, amo este disco, y no pienso parar de recomendarlo. Enjoy.
LADO A: 1. 1 2 3 4/ 2. Fountain Of Love/ 3. Outlaws/ 4. Redeyes/ 5. Wind Howlin’ Through
LADO B: 1. Priceless/ 2. She Was Out There/ 3. Down To The Ground/ 4. She Never Told Me

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El retorno del hombre más valiente del Universo. Bobby Womack. HMV Forum, Londres, 27 de Nov. de 2012

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ImagePublicado en Evaristo Cultural en marzo de 2013

Robert Dwayne “Bobby” Womack es un cantante y compositor norteamericano que lleva más de cinco décadas de carrera en sus espaldas. Leyenda viva del soul, Womack supo también abarcar a lo largo de su carrera géneros como rock & roll, doo-bop, gospel, country y R&B.

ImageLondres es una caja de sorpresas. Depara muchas, por cierto. Para los acólitos de la música en cualquiera de sus géneros, o los admiradores de las artes en general, designarla como una de las mecas más prolíficas en cuanto a espectáculos se refiere (y en lucha codo a codo con New York) no resulta menos que harto evidente. Ambas metrópolis ostentan dicho título, tal vez como ninguna otra. Pero es, quizás en el terreno musical, la más convocante de ambas. Por su azarosa posición continental observando al resto de Europa, y por considerarse uno de los polos artísticos más prolíficos de todos los tiempos. De alguna forma, la frase es conocida: “todo pasa por Londres”. Basta con hojear un diario o revista, cualquier día, hacerlo al azar, y encontrarse con la oferta más variada en lo que a espectáculos se refiere. Situación que puede llegar a abrumar y perturbar, incluso a las plateas más sedientas, cuando la falta de tiempo juega en contra. Porque el día nunca pero nunca alcanza. Y es que en uno de esos periódicos, revistas o afiches, uno se encuentra con el notición de un show de Bobby Womack. Espectáculos que difícilmente –sino imposible– tengan lugar en nuestro país. Vamos, o en Sudamérica toda. Artistas de culto que pueden desaparecer en cualquier momento. Conciertos a los que más vale asistir, si la buena suerte que significa estar en el lugar y en el momento correcto así lo sugiere. Por eso, aquella mañana del 26 de noviembre fui a desayunar al bar a la vuelta de la esquina (bah… al restaurante de paso), como había estado haciendo casi todos los días durante mi estadía en la capital británica. Los integrantes de mi familia amiga, en cuya casa me alojaba, se despertaban muy temprano y la opción de hacerlo junto a ellos con el frío otoñal de las 6 de la mañana (digo, para no perderme el tradicional desayuno), no sonaba muy seductora que digamos. Sobre todo si uno acostumbraba a caminar la capital por un mínimo de doce horas diarias, para luego desmayarme en la cama, casi catatónicamente, una vez de regreso a casa. Todos y cada uno de los días. Más aún, si la casa estaba situada en los suburbios, unos 16 km. al norte de Central London , el centro propiamente dicho de la ciudad (me costó un tiempo aprender que los ingleses le huyen a la palabra downtown), y a casi 2 horas de buses combinados (y claro, otras dos para regresar). Aquella era otra de las tantas mañanas en el bar/restaurante, entonces. Desayuno inglés oficial sobre mi mesa: huevos fritos, tocino, salchicha, frijoles, hongos y tomate al grill. Salsas inglesas (varias) y la tostada de rigor. Una auténtica sobredosis de colesterol británico. Y una merecida recompensa para un visitante que pasó sus dos primeros días en Londres (y en mi primera visita a Inglaterra) lidiando con una indescriptible gripe estomacal que me sometió a una dieta estricta y única de té medicinal. Y a un tour permanente de 48 horas a lo largo y ancho del baño (¿hubiera sonado menos escatológico escribir toilette?), con una pequeña ventana al Londres del más allá por cuya conquista rezaba y que, mientras tanto, ahora no paraba de maldecir. Plenamente recuperado semanas después, y con la taza de café de rigor, entonces. Junto a ésta la página del diario anunciando el show de Womack al día siguiente en el HMV Forum en Kentish Town, apenas a unas cuadras de la hipervisitada área de Camden Town. Un concierto caliente en una ciudad helada en pleno otoño boreal cuando, promediando la tarde, no queda nada luminoso allí arriba, salvo la luna y las estrellas. Y a 24 horas de mi corriente desayuno. Es que Robert Dwayne “Bobby” Womack, con casi 69 años a cuestas, oriundo de Cleveland, Ohio, estaba de regreso. Un nuevo regreso, en rigor.

ImageUno más de sus tantos retornos, a pesar de su monumental talento como compositor, músico y cantante, si tenemos en cuenta sus innumerables desapariciones de la palestra a título de una extensa carrera plagada de todo tipo de situaciones trágicas, mala fortuna y una serie de adicciones que le depararon una no menor cantidad de zigzagueos con la muerte. Trayectoria que comenzó en 1960 como cantante de The Valentinos y, al mismo tiempo, como guitarrista del eterno Sam Cooke, una de las más finas leyendas del Rhythm and Blues, Soul, Gospel y Pop de toda la existencia, de alma y piel tan negra como Womack. Con más de medio siglo de carrera a cuestas, Womack nunca ha sido un gran vendedor de discos –prefirió ganarse la vida sobre los escenarios–, pero sí ha compuesto una buena cantidad de canciones que le valieron un podio especial, principalmente, en la hermandad musical negra de los últimos 50 años. Pero también en aquella otra audiencia, la de un público blanco cada vez más seducido, desde los tempranos años 60, por aquellos que todo lo originaron. Sin ir más lejos, fue la pluma de Womack que escribió It’s All Over Now, canción que los Rolling Stones grabaron en su segundo álbum y que, además, les valió su primer No. 1 en los ránkings británicos, superando cómodamente las propias ventas de la versión original de Womack.
Desterrado por muchos de sus contemporáneos de la escena del Rhythn’n’Blues tras contraer enlace con la viuda de Cooke al año siguiente, Womack optó entonces por oponerse a grabar muchas de sus propias canciones, en su lugar prefiriendo que las graben otros músicos, como el gran Wilson Pickett, o la mismísima Janis Joplin.
Cientos de vidas después, en 2012 Womack estaba de regreso con su nuevo trabajo de estudio The Bravest Man in the Universe. Producido por Damon Albarn (más conocido como cantante de Blur, y uno de los factótums del proyecto de rock virtual Gorillaz) junto a Richard Russell, el fundador del sello XL Recordings, la dupla fue la auténtica responsable de rescatar a Womack de un nuevo anonimato, tal como años atrás también lo habían intentado con el poeta y músico Gil Scott-Heron. El disco gozó de una muy cálida recepción en las estaciones de radio londinenses y, masivamente aclamado, colmó ambas presentaciones de éste en Londres.
Aquella noche del 27 de noviembre, para el segundo y último de los dos conciertos, la multitud que circulaba por las inmediaciones del HMV Forum era una curiosa mezcla que reunía fans de antaño y amantes del Soul, quien aquí subscribe, entre ellos.
Tiempo antes, en las fechas de presentación del disco en su propio país, Womack ignoró casi completamente su nuevo trabajo. Pero lo pensó mejor para los shows londinenses. Habría resultado imperdonable que no lo hiciera. Para ello abrió el concierto con un set separado del que luego sería el espectáculo principal, enteramente dedicado a sus nuevas canciones (las que obvió en Estados Unidos) a modo de introducción y en plan de música electrónica (¿soul electrónico?), segmento al cual sumó la participación de Albarn y Russell (en piano y teclados, respectivamente), más otros dos músicos, compartiendo escenario. Womack al frente, enfundado completamente en cuero rojo, y con gorra al tono, pasó la mayor parte de set sentado, quizás conciente de los problemas coronarios que lo estuvieron afectando, y de un cáncer de cólon diagnosticado recientemente.
Apenas un puñado de canciones entonces, sólo las de The Bravest Man…, y turno para un intervalo. En no más de diez minutos Womack retornó al escenario junto a su banda completa para iniciar el auténtico viaje al pasado que la audiencia, en su mayoría negra y colmando el teatro reclamaba –al fin y al cabo, el motivo principal de la velada– y que registraría un cambio total de atmósfera. Del íntimo y frío set inicial a la travesía directa al mundo del Soul de la segunda parte. Un ataque total de “negritud”, en composé con las luces que ahora volvían a apagarse, tiñendo el Forum de oscuridad para dar paso al acto final de la noche. Esto es, “Womack, el soul brother” en estado puro. Logísticamente, el propósito de dividir el concierto en dos bloques cobró sentido, gracias a la imponente personalidad de Womack quien, a pesar de su eventual fragilidad física, asombrosamente posee un registro vocal indestructible. Cada una de las canciones representa una historia diferente de otra, así y todo amalgamadas por el clima de lucha “día a día” al que tantas veces se refirió a través de su pedregosa carrera en algunos de sus más grandes éxitos que esa noche cantó, como That’s The Way I Feel About Cha, Harry Hippie o, por supuesto, It’s All Over Now. El punto emocional más alto fue, sin duda, para A Change Is Gonna Come, el clásico de clásicos de Sam Cooke en la cual Womack compartió la primera voz con su hija, una de las tres coristas de su grupo. “¿Pueden sentirme?”, disparó a la multitud. Así, Womack no sólo se ocuparía de su mentor. El “Hombre Más Valiente del Universo” tampoco dejaría de omitir las menciones a James Brown o Marvin Gaye, rindiéndole homenaje a con frases del tipo “¡Yo aún estoy aquí!” o cuando recitó “ha sido difícil vivir pero temo morir”, antes de recibir una ovación demoledora y, con la ayuda de un asistente, abandonar el escenario para fundirse en un abrazo con Albarn. Y encandilar a una audiencia que lo esperó por años, que tal vez fueron demasiados y bastante hostiles, pero no lo suficiente como para poder con su osada valentía.